Riesgo y pocas opciones: así es el trabajo de mineros
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Manu Ureste

Sin seguridad, en riesgo constante y con pocas opciones: las carencias marcan el trabajo de los mineros en los pozos de carbón

Mineros y habitantes de la región carbonífera de Coahuila advierten que accidentes como el ocurrido en El Pinabete no son una excepción, sino hechos comunes en un entorno donde los pozos operan en la opacidad y sin que empresarios y autoridades rindan cuentas.
Manu Ureste
18 de agosto, 2022
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“Ven rápido, hubo una tragedia en el pozo”. 

María Magdalena Montelongo cuenta que, cuando escuchó por teléfono que algo grave había pasado en el pozo de carbón donde trabaja su hermano Jaime, entró en una especie de trance donde el tiempo se detuvo. 

“Venía en el carro totalmente incrédula. Jaime llevaba trabajando como carbonero desde los 14 años y nunca había tenido ni un accidente. No podía creer que ahora, a sus 61 años, y ya pensionado, le pudiera ocurrir esta desgracia”, lamenta la mujer desde El Pinabete, el pozo ubicado en el municipio de Sabinas, Coahuila, donde 10 mineros están atrapados desde el 3 de agosto. 

Era miércoles, alrededor del mediodía. La rutina había sido la misma que la de cualquier otra jornada: a las 7:00 de la mañana, los mineros se habían introducido por parejas en la cápsula de hierro que desciende lentamente por un túnel vertical estrechísimo y con forma de esófago hasta descender a 60 metros de profundidad. 

Una vez en el fondo, se distribuyeron de nuevo por parejas por las diferentes galerías, equipados con poco más que cascos, martillos y dificultades para respirar. 

Plutarco Ruiz, minero de 56 años, explica que, a diferencia de las minas, que son proyectos muchos más robustos y en los que las empresas suelen invertir más dinero en seguridad y en brindar mejores condiciones laborales, en los pozos verticales es muy raro, por ejemplo, que se instalen sistemas de ventilación. 

Por eso el aire es mucho más sofocante en un pozo, porque los niveles de oxígeno son muy bajos y los de gas muy altos”, dice. Su yerno, Sergio Gabriel Cruz, está entre las personas que continúan atrapadas.  

“Se invierte mucho más en una mina que en un pozo —agrega—. Los patrones procuran que las condiciones sean más seguras y que las minas resistan más tiempo por la misma inversión que hacen. En un pozo de carbón no hay tanta inversión porque, además, no tienen mucho tiempo de vida. A lo sumo pueden durar unos dos años”. 

Ya distribuidos por las diferentes galerías del pozo, a las que llaman “cañones”, las parejas comenzaron a trabajar como siempre, a destajo: uno iba picando con un martillo neumático las paredes y otro “paleaba” el carbón en una carretilla hasta completar la tonelada por la que reciben poco más de 120 pesos. Cuantas más toneladas se logre acumular, más se cobra, pudiendo llegar hasta los 4 mil pesos semanales. Es un sueldo mucho mayor a lo que podrían recibir, por ejemplo, en las maquiladoras, donde los salarios apenas sobrepasan los mil 200 pesos semanales

“En las minas te pagan por día, en el pozo por tonelada. En el pozo, tú eres tu propio patrón, tú decides cuándo empiezas a trabajar y cuándo terminas. Solo te pones las herramientas en la cintura y órale, a correrle para sacar un buen billete”, expone Antonio Cabriales, de 81 años, que también tiene en el pozo a su hijo, Mario Alberto Cabriales Uresti, de 41 años. 

Lee: “Déjenme bajar por mi hijo”: la desesperación de un padre por rescatar a los mineros atrapados en Coahuila

“Es un crimen”

Ese 3 de agosto, el turno de la mañana estaba a punto de terminar. De hecho, varios mineros como Jaime Montelongo ya estaban ascendiendo de nuevo a la superficie, cuando de las profundidades de la tierra brotó un estruendo seguido de un estallido de agua que lo inundó todo. Jaime regresó a tratar de rescatar a sus compañeros, pero él y otros nueve mineros quedaron atrapados, mientras cinco lograron salir. 

El supuesto dueño del pozo que había registrado a trabajadores a su nombre, de nombre Cristian, es un muchacho que “tontamente aceptó ser prestanombres”, denunció la organización Familia Pasta de Conchos. Los dos verdaderos dueños siguen sin conocerse oficialmente. 

Esto es parte del panorama de corrupción que impera en la industria minera de Coahuila, denuncian múltiples mineros entrevistados. 

Aquí hay mucha corrupción y mucha gente embarrada. Por ejemplo, en Sabinas, hay un buen de mansiones. ¿De dónde sacan esos empresarios tanto dinero, si aquí la mayoría de la gente que trabajamos todo el día no tenemos ni para comer? Pues de la corrupción”, dice un veterano minero, que pide omitir su nombre. 

En cualquier caso, ninguno de los que aparecen como responsables de la Compañía Minera El Pinabete había hecho ningún estudio geológico ni de riesgos que pudiera prevenir que las paredes que picaban los mineros estaban conectadas con otra mina aledaña, que llevaba 30 años abandonada y en cuyo interior guardaba casi 2 millones de metros cúbicos de agua. Tampoco tenían asegurados a los trabajadores, como reveló el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien denunció públicamente que el supuesto dueño de la compañía trató de inscribirlos en el Seguro Social el día después del accidente. 

Es decir, los mineros trabajaban sin seguro, sin condiciones de seguridad ni de higiene, en un pozo clandestino que era un polvorín a punto de estallar. 

“Esto es un crimen que no puede quedar impune. Porque, en caso de que no salgan con vida, para mí esto es un crimen”, denuncia María Magdalena Montelongo, que apunta: “Los responsables de lo sucedido son, por un lado, los dueños de los pozos, y por otro, las autoridades que autorizan estos trabajos clandestinos”. 

Familia Pasta de Conchos, que toma su nombre del siniestro sucedido en 2006 en esa mina donde murieron 65 mineros —de los que 63 continúan sepultados a 16 años—, recuerda que hechos como el de El Pinabete no son extraordinarios en la región carbonífera de Coahuila, donde abunda el “carbón rojo”; es decir, el carbón extraído por empresas clandestinas, ilegales, o bien, por compañías que, aun siendo legales, ponen en riesgo la salud y la vida de los mineros por obtener mayores ganancias. 

En el informe El carbón rojo de Coahuila: aquí acaba el silencio, publicado en 2017 por la agrupación, se contabilizan al menos 310 siniestros mineros en los que murieron hasta 3 mil 103 mineros. Y en los últimos cinco años, los accidentes han continuado, como el que tuvo lugar en junio del año pasado en el ejido Rancherías, municipio de Múzquiz, donde quedaron atrapados otros siete trabajadores. 

“Los accidentes se siguen repitiendo porque siguen sin tener protocolos de atención a emergencias mineras y porque tampoco hay medidas de no repetición”, dijo a este medio la activista Cristina Auerbach para esta nota.

“Los mineros trabajan bajo circunstancias muy malas, a pesar de que son quienes generan el carbón debajo de las entrañas de la tierra para que todos podamos tener luz y electricidad. Y todo por unos pocos pesos la jornada”, apunta María Magdalena Montelongo. 

El minero Plutarco Ruiz, que sobrevivió en 2010 hasta siete días atrapado en una mina tras un siniestro muy similar al de El Pinabete, señala que los mineros conocen muy bien los riesgos de su trabajo y de los pozos clandestinos, aunque muchas veces enfrentar esos riesgos y las malas condiciones laborales y de seguridad ya es visto por los mismos trabajadores como algo natural en su profesión. Algo que ya viene de muchas décadas atrás. 

“Es un legado que ya traemos de nuestros abuelos y de nuestros padres, y ya te acostumbras a trabajar en estas malas condiciones”, dice. 

“Pero quienes tienen la responsabilidad de la seguridad de los mineros son los patrones y las instancias gubernamentales correspondientes. Ellos son los responsables y los que tienen que vigilar que todo esté bien en los trabajos. Pero no lo están haciendo y algo está fallando. Por eso están pasando estos accidentes”. 

Sin opciones 

En las minas de carbón de Coahuila, los trabajadores se juegan la vida por poco menos de 12 mil pesos mensuales, de acuerdo con la página Data México, aunque los trabajadores de los pozos que van a destajo pueden llegar a sacar unos 16 mil pesos. No son salarios altos, pero para muchos es la única fuente de empleo posible, o la única que ofrece un sueldo algo más atractivo. 

“El sueldo en las maquiladoras es muy bajo y los hombres prefieren irse a trabajar a los pozos de carbón, aunque el riesgo es mucho más latente que en una maquiladora”, apunta Aída Almansa, vecina de Cloete, una localidad de apenas 4 mil 500 habitantes a pocos kilómetros de El Pinabete, donde la gran mayoría de la gente se emplea en los pozos como en los que quedaron atrapados los 10 mineros. 

“O sea, si naces en esta zona, o te empleas en el pozo… o te cruzas de ‘mojarrita’ para el otro lado”, agrega la mujer, para hacer referencia a que muchas personas también tratan de cruzar sin documentados (como mojados) a Estados Unidos, cuyo paso por Eagle Pass está a tan solo hora y media de distancia en la frontera norte. 

Por ejemplo, Cecilia Cruz, tía del minero atrapado Sergio Gabriel Cruz, dice que su sobrino estuvo un tiempo trabajando en fábricas, pero ganaba muy poco. “En los pozos ganaba algo más y trabajaba menos horas”, asegura. Además, a sus 41 años, encontrar empleo no era una tarea sencilla en la región, de ahí que como el resto aceptó el trabajo, aun cuando no tuviera prestaciones como seguro social ni pensión.

“En los pozos, el patrón le hace mucho al pendejo para no pagar el seguro”, dice tajante Pedro Martínez, un veterano minero de voz ronca y potente. “Y eso en las minas no pasa, ahí está todo mucho más controlado, y la seguridad también. Pero en los pozos, sobre todo los jóvenes se meten a veces a lo pendejo por ganar algo más de dinero. Es una lástima, porque, además, el día de mañana se van a topar contra el suelo cuando no tengan nada de pensión. Aunque ahora ganen un buen dinero, si no le inyectan a cotizar… el día de mañana van a estar jodidos”. 

Plutarco Ruiz se retiró de la minería un año después de haber permanecido atrapado siete días en un pozo. Tras toda una vida dedicado al carbón, tuvo que abandonar su pasión. 

“Yo, como minero, no tenía miedo a los accidentes. Me podían bajar a la profundidad que fuera que yo no sentía miedo alguno. Pero cuando te pasa algo como lo que le ha sucedido a mi yerno y a esos mineros, y cuando vives algo como lo que yo viví, empiezas a verlo todo distinto. Empiezas a valorar si realmente vale la pena seguir trabajando en estas condiciones tan malas”, concluye. 

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43 mujeres de Sudamérica denuncian al Opus Dei ante el Vaticano por servidumbre y explotación

43 mujeres de Argentina, Paraguay y Bolivia denunciaron ante el Vaticano al Opus Dei, que ha abierto una "comisión de escucha y estudio" de los casos.
2 de agosto, 2022
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Les decían que tenían “vocación de santas”, que estaban llamadas a “servir a dios” y las sometían a jornadas de hasta 15 horas de trabajo, aisladas en residencias, con una rutina de oración y mortificaciones que incluía bañarse con agua fría y autoflagelarse.

Eso es lo que dicen que sufrieron las 43 mujeres de Argentina, Paraguay y Bolivia que en septiembre de 2021 denunciaron a la organización ultraconservadora católica Opus Dei ante el Vaticano por trata de personas, explotación y reducción a la servidumbre.

Ahora, la orden religiosa en la Región del Plata -que incluye Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay- ha anunciado la creación de una “comisión de escucha y estudio”, aunque dicen hacerlo por “una motivación moral y no jurídica”.

“Creemos que es necesario un ámbito que permita comenzar a sanar lo que haya que sanar”, explica a BBC Mundo la oficina de comunicación del Opus Dei sobre la creación de la comisión. Al ser preguntada por las acusaciones, la orden afirma que no tiene “ninguna notificación de denuncia por parte de las autoridades eclesiásticas”.

“Al finalizar el periodo de escucha y estudio, la comisión presentará sus conclusiones y recomendaciones al vicario regional, para que se tomen las decisiones oportunas”, agregó.

Las mujeres, que no han acudido aún a la justicia ordinaria a la espera de reunir más testimonios, según su abogado, reclaman una reparación económica y un reconocimiento público de la Iglesia.

Sus historias tienen puntos en común: fueron reclutadas entre familias de bajos recursos cuando tenían entre 12 y 16 años y las llevaron a Buenos Aires en las décadas del 70, el 80 y el 90 con la promesa de darles educación.

En cambio, denuncian, recibieron capacitación en tareas domésticas y las hicieron trabajar gratis para miembros de alta jerarquía y sacerdotes de la obra fundada por el cura español y santo Jose María Escrivá de Balaguer.

La denuncia presentada ante el Vaticano asegura que “hubo un plan proselitista” y que “lo hicieron con el conocimiento y consentimiento de las personas que ostentaban las facultades de organización y control”.

“No ha habido ninguna denuncia laboral formal en los últimos 40 años“, replica el Opus Dei al ser preguntado por BBC Mundo. “Y tampoco desde que se han realizado las acusaciones públicas, habiendo transcurrido casi un año (desde las denuncias) y a pesar de que la Prelatura siempre estuvo a total disposición de la Justicia”, agrega.

BBC Mundo no obtuvo respuesta del departamento de prensa del Vaticano ni de otras instituciones de la iglesia católica en Roma.

Alicia Torancio, una de las 43 mujeres denunciantes, se muestra reacia a colaborar con la comisión creada por el Opus.

“¿Cómo esperan que alguien vaya a denunciar el abuso y explotación al que lo abusó y explotó?“, dice a BBC Mundo.

Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei, en Bolivia junto a numerarias auxiliares en una imagen de archivo.

Alicia Torancio
Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei, en Bolivia junto a numerarias auxiliares en una imagen de archivo.

Torancio entró a la obra detrás de una hermana mayor que hoy también es una de las denunciantes.

Estuvo 13 años. Entró en 1994 con 16 y salió en 2007, con casi 30. Ahora, a los 44, las marcas de lo que padeció siguen presentes.

“Los últimos seis años estuve sumergida en una depresión terrible, ellos me trataron con psiquiatras de la obra y tuve un intento de suicidio. Me decían que esa era mi cruz, lo que tenía que pagar por los pecadores, y que con mi sufrimiento estaba sosteniendo las labores apostólicas. Sólo me dejaron ir cuando no servía más para trabajar”.

“A partir de ahora tu familia es el Opus Dei”

Torancio nació y creció en Mercedes, a casi 700 kilómetros de Buenos Aires. A los 10 años, mientras los hermanos varones se quedaban a trabajar en el campo con su padre, peón rural, a ella y a sus hermanas las mandaron a casa de unos familiares en la capital argentina para terminar la escuela primaria y después emplearse como servicio doméstico.

Por una de sus hermanas mayores, que ya trabajaba allí, supo de un centro de formación para mujeres. “Te ofrecían algo tentador, porque era una casa donde podías vivir y de paso tener una capacitación”, cuenta a BBC Mundo.

Ahí llegó Élida, la primera Torancio en entrar al Opus Dei como numeraria auxiliar, la categoría más baja de pertenencia a la obra, la de las “mucamas”.

Torancio no quería ser del Opus Dei. Pero a los 15 años y a través de su hermana consiguió trabajo en una residencia de varones perteneciente a la obra. Como estaba sola en Buenos Aires, le ofrecieron alojamiento en la residencia de mujeres donde estaban todas las chicas que estudiaban en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos, el ICIED, “la escuela de mucamas”.

“Cuando llegas ahí te empiezan a hacer la cabeza. Te dicen que tenés vocación para ser santa, que podés aportar al mundo a través de tu trabajo y que vas a ayudar a cambiar el mundo. Y yo era muy idealista”, se lamenta.

Clase en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos del Opus, el ICIED, "la escuela de mucamas".

Alicia Torancio
Clase en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos del Opus, el ICIED, “la escuela de mucamas”.

A los tres meses escribió la “carta de admisión” a las autoridades de la obra: un escrito de puño y letra en el que manifestaba su vocación. Una vez que la aceptaron, dejó de cobrar por su trabajo y tuvo que empezar a vivir de un día para el otro con las reglas del “plan de vida” de los miembros: despertarse a las 6 de la mañana, bañarse con agua fría, rezar, estudiar textos de Escrivá de Balaguer y trabajar el resto del día, pero ya sin pago.

“Te dicen que le ofrecés tu trabajo a dios. A mí me preocupaba que ya no iba a poder mandarle dinero a mis padres. Me dijeron: ‘Ya no tenés que preocuparte por tus padres. Ahora tu familia es el Opus Dei'”.

En ese momento le designaron también una directora espiritual con la que debía charlar a diario, y le sumaron la obligación de confesarse una vez a la semana con un sacerdote.

Recibió también una liga de alambre con puntas, el cilicio, y un látigo con un manojo de sogas trenzadas y enceradas, la disciplina, junto con las instrucciones de uso: llevar el alambre ajustado a la pierna dos horas al día y rezar dándose latigazos en la espalda una vez a la semana. Todavía tiene las cicatrices del cilicio en el muslo.

Disciplina (izquierda) y cilicio.

Getty Images
Disciplina (izquierda) y cilicio.

“Te convierten en una máquina”

Con la admisión tuvo que ir a la “escuela de mucamas”. Era como una secundaria, pero de sólo tres años y sin título oficial. Tenían clases de cocina, limpieza, costura, modales. La escuela era de 2 a 7 de la tarde. Los padres de algunas de las chicas pagaban una pensión. Las que no podían, como Alicia, sentían la responsabilidad de trabajar más para compensar que no pagaban.

“Te cortan los vínculos con tu familia y con el (mundo de) afuera, pero además tenés prohibido hacerte amiga de alguna de tus compañeras. Tampoco podía compartir con mi hermana. Te observan todo el tiempo y enseguida te llaman la atención”.

El control, dice, se ejercía a través de la “corrección fraterna”: todas observan a todas e informan de todo lo que ven a las directoras, que las corrigen. “Te convierten en una máquina”.

Alicia, de uniforme, con su hermana Élida, que también es unas de las 43 denunciantes.

Alicia Torancio
Alicia, de uniforme, con su hermana Élida, que también es unas de las 43 denunciantes.

Cada tanto, una vez al año o cada año y medio, la dejaban viajar dos o tres días a visitar a sus padres. Tenía que hacer un pedido especial; a veces le decían que sí y a veces que no. Cuando le daban permiso, tenía que ir acompañada por otra chica.

“Te infantilizaban todo el tiempo. Tenías que pedir permiso para las cosas más tontas y no tenías dinero para manejarte”. El resto del año se podía comunicar por carta o teléfono. Las cartas, tanto las que mandaba como las que recibía, se abrían y leían primero por la directora espiritual, asegura Torancio.

Los traslados entre centros del Opus Dei eran compulsivos, incluso entre provincias y países. A los 20 años mandaron a Torancio a Laya, la residencia de numerarias auxiliares más grande del país, al lado de la sede central de la organización y “centro de estudios” por el que pasan todos los miembros varones y donde también están las máximas autoridades. Queda en la Recoleta, el barrio más caro de Buenos Aires.

La sede central es un gran edificio de nueve pisos de alto. A un costado está el edificio de la servidumbre. Se pueden ver desde la calle las ventanas tapadas que no permiten mirar el exterior ni que el interior se vea desde afuera.

A través de una conexión en el subsuelo, con doble puerta, pasan a trabajar al edificio de la sede central todos los días -en horarios específicos para evitar cruzarse con los varones-. Allí tienen la cocina, el planchero, la tintorería, la sala de lavado y además limpian las habitaciones y espacios comunes, como el oratorio, salas de conferencia, comedor y living. También cosen, bordan y hacen lo que haga falta.

Clases prácticas en la llamada "escuela de mucamas" del Opus en los años 2000.

Alicia Torancio.
Clases prácticas en la llamada “escuela de mucamas” del Opus en los años 2000.

Allí Torancio cumplió la mayoría de edad y dio el paso definitivo como miembro del Opus Dei: la Fidelidad, que es la incorporación de por vida con compromisos de castidad, pobreza y obediencia.

Ese paso es para todos los miembros célibes, que no pueden casarse y son los que ocupan las casas de la obra: los numerarios y numerarias, que son los de alta jerarquía y son profesionales de clases medias y altas; y las numerarias auxiliares, que son las mujeres de origen pobre que sirven y atienden a los demás. Es el caso de Alicia.

Por encima de todos ellos hay una cúpula de religiosos, pero son sólo un 2% de los miembros en el mundo.

La Fidelidad implica el rito de ponerse un anillo como símbolo de unión a la obra y el compromiso de pobreza, que incluye entregar todo lo que se posee y se recibe: sea un regalo o el salario en el caso de quienes trabajan fuera de las casas.

José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, de visita en Argentina en 1974.

Getty Images
José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, de visita en Argentina en 1974.

“Si Jesús y los grandes santos soportaron tanto dolor, cómo no lo vas a soportar vos”

A los 22 años, a Torancio la nombraron jefa de cocina de la sede central: era la responsable del menú, las compras y el servicio para los 100 hombres que vivían allí. Ahí empezó su crisis: “Era demasiada presión y empecé a estar mal”, recuerda.

En el Opus Dei hay un manual para todo. Y cualquier cuestionamiento a lo que se vive se aborda como una duda vocacional que tiene respuesta estandarizada: “Cualquier duda vocacional era abordada por la institución como un problema psicológico/psiquiátrico con el consiguiente suministro de psicofármacos para neutralizar la voluntad”, dicen en la denuncia al Vaticano las 43 mujeres.

Los psiquiatras y psicólogos son siempre miembros del Opus Dei. A Alicia la llevaron primero a una psiquiatra que le dijo que no tenía nada y que fingía su depresión. “Lo que te dicen siempre es que si Jesús y los grandes santos soportaron tanto dolor, cómo no lo vas a soportar vos”.

Consiguió que la llevaran con otra psiquiatra que decidió tratarla. “Enseguida me dieron pastillas, pero siempre era algo que hacía efecto al principio pero después volvía a caer. Llegué a tomar siete u ocho pastillas por día. O más. Era una zombi y pesaba 45 kilos porque no podía comer. Caí en un pozo y empecé a tener ideas suicidas”. Fueron seis años así.

“Yo no lograba levantar. Estuve tan mal que en un momento le pidieron permiso a mi familia para tratarme con electroshock, pero por suerte dijeron que no”.

Después de una sobredosis de pastillas, estuvo internada en un psiquiátrico y recién ahí le dieron permiso para irse a casa con su familia. Ahí empezó a madurar la decisión de irse.

“Fijate el lavado de cabeza que te hacen que yo les decía que me iba porque era mala imagen para ellos. Sentía que no servía, que había fallado a dios. Eso es lo que te dicen”.

Cuando volvió de Corrientes escribió la “carta de dispensa”, porque así como para entrar, también se necesita permiso para dejar el Opus Dei. En los dos casos se hace a través de un escrito de puño y letra que se envía al Prelado, la máxima autoridad de la organización, que reside en la sede central, en Roma.

Es un edificio a pocos kilómetros del Vaticano. Allí se centraliza el control de los 68 países en los que la obra está presente.

Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei.

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Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei.

Cuando se fue del Opus Dei, con casi 30 años de edad, Torancio sólo tenía una valija y una bolsa con unas pocas cosas personales. Se fue a Corrientes, a casa de sus padres, porque no tenía nada.

De los 13 años que estuvo dentro del Opus Dei, dice que nunca ganó dinero por ni una de las horas trabajadas. No estaba contemplado pagarles. “A nosotras no nos decían que estábamos trabajando. Nos decían que nos estábamos santificando, que lo que Dios nos pedía era servir y que así estábamos ayudando a transformar el mundo”.

“No te podías quedar ni con un centavo”

Recién en 2005, con cambios en la legislación laboral argentina, el Opus Dei empezó a hacer un pago a las numerarias auxiliares: “Nos hacían firmar un recibo, nos mandaban a cobrar por cajero automático y luego teníamos que entregar todo a las directoras. No te podías quedar ni con un centavo”, dice Alicia, que cumplía así el voto de pobreza al que obliga la obra.

Por eso, le quedaron los dos últimos años de aportes jubilatorios. Por los otros 11 años que estuvo no tiene ni registro de su paso por allí.

“Ellas eran miembros del Opus Dei. Los católicos encarnan los valores del Evangelio de diversas maneras. Los miembros del Opus Dei lo hacen desde su trabajo y en la vida diaria. Para las numerarias auxiliares, esa llamada desde el trabajo se concreta en su elección profesional del cuidado de las personas y actividades ligadas a la Prelatura”, explican a BBC Mundo desde la organización.

“Ese trabajo, como cualquier otro, está remunerado”, dice. Respecto del régimen laboral, dicen que “el Opus Dei se adaptó a las leyes vigentes de cada época“.

“El trabajo que desarrollan las numerarias auxiliares en los centros del Opus Dei se ajustó a las leyes vigentes en cada época”.

“Tienen que reconocer públicamente lo que hicieron con nosotras”, reclama Torancio. “Hay mujeres mayores con muchos problemas de salud por tanto trabajo y que ni siquiera pueden jubilarse”.


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