En 29 estados hay más prisión preventiva oficiosa que justificada
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Gobierno de México

En 29 estados se dicta más prisión preventiva de forma automática que justificada; delitos como robo, los más procesados

Datos recabados por México Evalúa muestran que en algunas entidades federativas, como Baja California, Jalisco o Guerrero, se alcanza una proporción en la que en 9 de cada 10 casos procesados se aplica la prisión preventiva oficiosa.
Gobierno de México
Por Alfredo Maza
8 de septiembre, 2022
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En 29 de los 32 estados del país, los jueces de control dictan más prisiones preventivas de manera oficiosa o automática que de forma justificada. Ello se traduce en que la mayor parte de las personas que son encarceladas en México sin que aún se les haya probado que cometieron un delito terminan en el reclusorio sin mayor debate en las audiencias, y sin que el juez analice si era posible imponer otra medida. 

Además, los delitos por los cuales es encarcelada la mayoría de estas personas son presuntos robos, narcomenudeo o violencia familiar, que no son considerados “graves” en la Constitución, pero en los hechos terminan acaparando las prisiones oficiosas que se aplican todos los días.

Datos de la organización México Evalúa actualizados durante 2021 —y que hasta ahora no se conocían— refieren que en estados como Baja California, Guerrero, Jalisco, Michoacán, San Luis Potosí y Veracruz se alcanzó la cifra más alta de aplicación de esta medida: ahí se aplica en nueve de cada 10 casos, cuando a nivel nacional se impuso a tres de cada cinco personas.

Este jueves, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) definirá el futuro para la prisión preventiva oficiosa. Si bien es cierto que el proyecto que propone eliminarla de la Constitución no ha obtenido la mayoría de ocho votos, también lo es que la mayoría de ministras y ministros ha manifestado que se trata de una figura que viola los derechos humanos de las personas procesadas y que se ha abusado de ella. Por ello, aún buscan un acuerdo.

Datos del Cuarto Informe de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador refieren que desde su llegada a la presidencia casi 29 mil personas más han ingresado a prisión. De ellas, un 58% son personas que han llegado a la cárcel sin juicios ni condenas que prueben que son responsables de algún delito, para llegar a un total de 92 mil 595 presuntos culpables a las cárceles. Pese a ello, el presidente pidió a la SCJN mantener la prisión preventiva oficiosa, entre otras cosas, porque esta se aplica a delitos particularmente lesivos para la sociedad, como el homicidio doloso, el feminicidio y la desaparición forzada.

En contraste, los datos recabados por México Evalúa mediante solicitudes de información tramitadas ante Tribunales Superiores de Justicia de todo el país indican que precisamente en los delitos donde el Estado tiene un deber de protección reforzado —como violación, secuestro o feminicidio— son en los que menos se aplica la prisión automática: en su conjunto, solo en uno de cada 10 casos se dicta. En la misma proporción se aplica para el delito de homicidio.

Personas presas sin sentencia por más de dos años

Otro dato recabado por la organización refiere que, pese a estar prohibido por la Constitución, al cierre de 2021 se tenía registro de 4 mil 904 personas privadas de la libertad sin sentencia pero con más de dos años en la cárcel, lo que “socava por completo el marco legal que la sostiene”.

El artículo 20 de la Constitución establece que la prisión preventiva “en ningún caso será superior a dos años, salvo que su prolongación se deba al ejercicio del derecho a la defensa del imputado”, ni podrá exceder el tiempo que como máximo de pena se fije al delito que se impute, es decir, que no deberá mantenerse en la cárcel a nadie por un tiempo superior al que se pida en su contra como castigo, salvo que haya razones justificadas.

Sobre este asunto, el pasado 9 de febrero la Primera Sala de la SCJN determinó, por mayoría, que la prisión preventiva en México ya no sería inamovible, por lo que, transcurridos los dos años, sin importar el delito por el que se acusa, esta medida debe ser revisada por un juez, quien podrá determinar revertirla y en su caso cambiarla por una medida menos restrictiva como prisión domiciliaria.

Los datos sobre este fenómeno actualizados a 2021 refieren que, del total de presos sin sentencia que ya han excedido los dos años de cárcel, 4 mil 569 son hombres (76.4% bajo la modalidad de prisión automática) y 355 son mujeres (70.4%). Por entidad federativa, los estados que concentran las más altas cifras de personas privadas de libertad desde hace más de 730 días son Baja California, Nuevo León y Puebla.

En la investigación “Prisión preventiva: el arma que encarcela pobres e inocentes”, Animal Político y la organización Intersecta documentaron que el uso de la prisión preventiva en México se acrecentó tras la reforma que el gobierno de López Obrador hizo al artículo 19 de la Constitución, que agregó una veintena de delitos nuevos al catálogo de ilícitos que ameritan prisión automática.

En dicho reportaje, publicado en octubre de 2021, se dio cuenta de la historia de diversas mujeres a quienes se les impone ir a la cárcel en lo que termina la investigación en su contra y ocurre el juicio. Si se les declara como inocentes, solo se les ofrece un “usted disculpe” sin llegar a una verdadera reparación del daño.

Ahora, en términos generales, la organización concluyó que a nivel nacional los procesos penales que implican a personas adultas imputadas bajo prisión preventiva oficiosa tienden a durar medianamente 146 días para mujeres, mientras que para los hombres son 141 días.

Hoy, gracias al caso Daniel García y Reyes Alpízar contra México, promovido ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, se sabe que existen casos donde personas legalmente inocentes han estado más de 17 años en la cárcel sin llegar a un juicio ni recibir sentencia.

Lee: Ante la Corte IDH, fiscales llaman a eliminar prisión preventiva oficiosa; funcionarios piden que México tenga última palabra

Ministros reconocen violación a derechos humanos

Durante dos largas sesiones en el pleno de la SCJN, las y los ministros han debatido en torno a la prisión preventiva oficiosa. Si bien el proyecto para eliminarla por completo de la Constitución ha sido respaldado solo por cuatro ministros, la mayoría de los integrantes del máximo tribunal ha criticado su uso y reconocido que viola los derechos humanos de las personas sujetas a proceso. Por ello, han expuesto la necesidad de revisarla y buscar una solución.

El ministro Luis María Aguilar, autor del proyecto de sentencia, propuso durante la última sesión posponer la votación para tratar de tomar en cuenta las consideraciones de sus compañeros e intentar buscar el consenso.

Si bien el ministro presidente, Arturo Zaldívar, aceptó la propuesta y anunció que la votación sería este jueves, durante su participación fue uno de los más enfáticos para argumentar las razones por las cuales considera que se debe eliminar esta figura de la Constitución.

“La prisión preventiva oficiosa en nuestro país tiene a miles de personas en la cárcel. La mayoría de ellos son pobres, los olvidados y marginados que no tienen quién los defienda y afecta, de manera particular, a las mujeres. Vayamos a las prisiones y díganme: ¿cuánta gente rica hay? Y vean cuánta gente pobre hay, a cuántas personas se les fabrican delitos o se les pone un agravante para que ya no puedan salir, y se les pasen 10, 12, 17, 20 años en una prisión preventiva oficiosa sin que se les dicte sentencia. Esta es una profunda injusticia que padece el pueblo de México todos los días”, dijo.

A este tipo de posiciones de condena a la prisión preventiva oficiosa se sumaron las de al menos ocho ministras y ministros, como Javier Laynez, que aseguró: “El uso excesivo y abusivo de la prisión preventiva, inclusive, el incremento a nivel constitucional de delitos, colocan al ciudadano en el peor de los escenarios posibles”.

“Porque, entonces, se bajó el estándar para el Ministerio Público de iniciar un proceso penal, pero se sigue incrementado el número de delitos con prisión preventiva y, luego, con prisión preventiva oficiosa. Esto es lo más peligroso para la ciudadanía y eso es lo que los operadores jurídicos e, insisto, los legisladores tienen que tomar en cuenta”, expuso.

Fabricación de delitos afecta más a mujeres que a hombres

Tal como expresó Zaldívar, uno de los últimos hallazgos de México Evalúa señala que en efecto la prisión preventiva afecta más a las mujeres y que fenómenos como la fabricación de delitos les perjudica más que a los hombres. En 17 estados se concentran las mayores cifras en perjuicio de las reclusas, en contraste con las ocho entidades donde más se utilizan estas prácticas contra reclusos.

Los datos recabados de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad (ENPOL) 2021 señalan que en Tlaxcala y Chiapas siete de cada 10 mujeres dijeron que entre las razones por las cuales consideran que están en un penal está que las acusaron falsamente de cometer un delito.

En un porcentaje superior al 60% también se encuentran las mujeres consultadas en Veracruz, Colima, Guerrero, Morelos, Estado de México, Tabasco y Tamaulipas, mientras que sobre el 50% están Nuevo León, Puebla, Ciudad de México, Oaxaca, Jalisco, Quintana Roo, Michoacán y Yucatán.

En tanto, los estados donde los hombres acusan haber sido víctimas de fabricación de delitos son Chiapas, Guerrero, Estado de México, Veracruz, Oaxaca, Michoacán, Tamaulipas y Nayarit, que son los únicos estados con un porcentaje superior al 50%.

Finalmente, si bien los datos por sexo refieren que durante el 2021 la prisión preventiva oficiosa se impuso a seis de cada 10 hombres y a cinco de cada 10 mujeres a nivel nacional, en entidades como Baja California Sur, Guerrero, Jalisco, Michoacán, San Luis Potosí, Tabasco, Veracruz y Zacatecas las proporciones superaron por mucho al promedio nacional: nueve de cada 10 causas penales involucraron a mujeres imputadas por la vía oficiosa.

Caso extremo fue Tlaxcala, donde el 100% de las mujeres recibieron esta medida. 

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'El narcotraficante no era yo': la historia del fotógrafo personal de Pablo Escobar

Edgar Jiménez fue compañero de secundaria de Pablo Escobar y años más tarde tuvo acceso al círculo íntimo del capo como su fotógrafo durante uno de los periodos más convulsionados de la historia de Colombia.
22 de julio, 2022
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El 22 de julio se cumplen 30 años de la fuga del narcotraficante Pablo Escobar de la Catedral, la cárcel donde estaba recluido con sus secuaces, tras entregarse voluntariamente al gobierno de Colombia. Poco más de un año después, terminaría muerto a tiros por las autoridades en un tejado de Medellín, su ciudad natal.

Este julio también sale publicado el libro “El Chino: La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, un recuento y álbum fotográfico de la vida de Edgar Jiménez -escrito por Alfonso Buitrago- quien conoció al futuro capo desde temprana edad y años después captó con su cámara los momentos más íntimos del poderoso jefe del Cartel de Medellín.

Edgar Jiménez, apodado “El Chino”, habló recientemente con el programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC sobre esos primeros años de amistad en la adolescencia y cómo de adulto reconectó con Escobar quien lo contrató para fotografiar su espectacular hacienda y zoológico y sus eventos personales y familiares.

Esa relación abarcó desde la “época dorada” del narcotraficante (como la llama el fotógrafo) cuando era considerado un benefactor de los pobres, hasta la campaña que lanzó para ser elegido al Congreso y finalmente la sangrienta ola de violencia que desató contra el estado colombiano.

A pesar de haber acompañado durante varios años a uno de los hombres más buscados por la justicia, de haber penetrado su círculo interno, de compartir tragos con sus despiadados sicarios y de conocer las atrocidades que habían cometido, Jiménez no tiene reparos por su cercanía con Escobar. “El narcotraficante no era yo”, dijo a la BBC. “Yo estaba haciendo una actividad legal que era la fotografía”.

Esta es la historia de ese fotógrafo que tuvo acceso a uno de los personajes más famosos e infames de finales del siglo XX, durante un dramático período en la historia de Colombia y el mundo.

Uno del montón

Edgar Jiménez y Pablo Escobar se conocieron en 1963, cursando el primer año de secundaria en el Liceo Antioqueño, una institución pública para clases populares y sectores medios, pero considerada de muy buena calidad.

Tenían 13 años y forjaron una amistad típica de compañeros de un mismo salón; había camaradería, practicaban deportes juntos y en los descansos charlaban. “Fuimos muy amigos”, dice Jiménez.

Al principio, Escobar no era una persona que se destacara mucho. “Pablo era un estudiante del montón. Ni bueno ni pésimo”, recuerda Jiménez. “No significa que no fuera inteligente, que sí lo era, peros sus preocupaciones eran de otra naturaleza”.

Más o menos desde los 16 años se notaba que tanto él como su primo Gustavo Gaviria -que también estudiaba en el liceo- “eran muy inquietos por conseguir dinero” y empezaron a negociar con cigarrillos de contrabando.

“Los estudiantes éramos de bajos a medianos recursos económicos, Escobar y Gaviria también, pero ellos eran los que más solvencia tenían por cuenta de sus actividades de esa índole”.

Por falta de disciplina académica, Pablo Escobar reprobó el cuarto año de secundaria y tuvo que repetirlo en una institución paralela. Al no estar ya más en el mismo salón, ni el mismo año, los amigos empezaron a distanciarse y perdieron contacto.

Edgar Jiménez se había interesado en la fotografía gracias a un laboratorio muy bien montado y un club de fotógrafos en el liceo. Cuando se graduó e ingresó en la universidad para estudiar ingeniería se dedicó a fotografiar eventos sociales para solventar sus estudios.

Por su parte, Escobar se graduó de bachiller un año después, pero supuestamente frustrado por no poder conseguir un empleo le dijo a su madre que ya no lo intentaría más, pero le juraba que antes de cumplir los 30 conseguiría su primer millón.

“Ahí fue donde tomó la decisión de volverse bandido y delincuente… como a los 19, 20 años”, explicó Jiménez.

No fue sino hasta 1980 que los dos excompañeros volvieron a toparse. Jiménez, ya un fotógrafo profesional, estaba cubriendo un evento en el municipio de Puerto Triunfo, a unas tres horas de Medellín, cuando un amigo de él que era un funcionario público lo invitó a conocer una esplendida finca que había en esa región.

Era la Hacienda Nápoles, famosa ahora internacionalmente como el extravagante complejo campestre de Pablo Escobar, con una avioneta en la puerta de entrada con la que supuestamente “coronó” su primer cargamento de cocaína en Estados Unidos.

La entrada de la Hacienda Nápoles con una avioneta

Getty Images
Esta foto de archivo muestra la icónica entrada de la Hacienda Nápoles con la avioneta en la que Escobar “coronó” su primer cargamento de cocaína a Estados Unidos.

“Como un safari del África”

Jiménez cuenta que quedó asombrado por la magnitud de la hacienda -de unas tres mil hectáreas- con una zona selvática por la que pasaba un importante afluente del río Magdalena, el mayor de Colombia. Además tenía unos 30 lagos, plaza de toros, una gran pista de aterrizaje, helipuerto y hangar.

Pero lo más memorable era el espectacular zoológico con “la fauna más representativa de todos los continentes”. De Australia, por ejemplo, tenía casuarios, emúes y canguros; de África, cebras, rinocerontes, antílopes, hipopótamos, elefantes y jirafas.

Tenía un aviario con gran cantidad de aves estupendas. Además de pericos, pavorreales y faisanes había “guacamayas de todos los colores, unas loras negras que habían costado un infierno de plata, una guacamaya azul de ojos amarillos por la que había pagado US$100.000”.

Los lagos estaban llenos de todo tipo de cisnes, gansos, patos, pelícanos, incluso delfines rosados del Amazonas.

“Para uno que no estaba acostumbrado era como estar en un safari del África, porque los animales andaban en libertad y estaban muy bien cuidados”, recuerda.

Pablo Escobar reconoció inmediatamente a su antiguo compañero de escuela y lo saludó efusivamente de abrazo. Cuando supo que se dedicaba a la fotografía lo contrató para que le tomara fotos a todos sus animales pues quería tener un inventario con las imágenes de todos, que eran unos 1.500.

“Ahí empezó mi nueva relación con Pablo. Desde el año 80 hasta su muerte”, dijo Jiménez.

Fue una tarea larga, que implicó numerosas visitas a la hacienda, pues tomaba fotos de unos 50 a cien animales y luego regresaba a los 15 o 20 días a seguir fotografiando.

Se siente muy orgulloso de las fotos que tomó, particularmente de los primeros hipopótamos que llegaron a la hacienda y que ahora son “los papás, abuelos y tatarabuelos de esos hipopótamos que ahora están diseminados por una gran zona de Colombia” y que son considerados una especie invasora.

Hipopótamos en el parque temático de la Hacienda Nápoles

Getty Images
Estos hipopótamos son descendientes de los originales que importó Escobar a su hacienda. La especie se ha diseminado por la región y es considerada invasiva.

Recuerda momentos graciosos, como la vez que una avestruz le arrebató de un picotazo un cigarrillo a su asistente y la retrató como si el ave estuviera fumando.

Pero también hubo momentos de riesgo. Jiménez le tomó fotos a un casuario, una de las aves más peligrosas del mundo que tiene pezuñas tan afiladas como cuchillos, capaces de partir un ser humano. “Yo no sabía, y le tomé fotos a una distancia de un metro. Me miraba fijamente. Si me ataca, me mata”.

Igualmente le sucedió con unas avestruces -también de potente patada- que lo persiguieron y tuvo que escapar moviéndose en zig zag, hasta que un trabajador las interceptó y pudo escapar ileso.

Portada del libro "El Chino. La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar"

Universo Centro
El libro “El Chino. La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, incluye todos los pormenores de la tarea de fotografiar los animales del zoológico en la Hacienda Nápoles.

Entre 1980 y 1984, además de recopilar el catálogo fotográfico de los animales, Jiménez registró los eventos sociales y familiares de Pablo Escobar y sus allegados. Penetró su círculo más íntimo y se codeó con sus lugartenientes y sicarios.

También lo acompañó en las actividades cívicas, la repartición de dinero entre los pobres y la construcción de viviendas, acciones por las que integrantes de las clases populares adoraron al capo, haciendo caso omiso de sus actividades ilegales.

Al fotógrafo le “pagaban muy bien” por su trabajo y aunque era consciente de la procedencia del dinero, Jiménez asegura que no tiene nada de qué arrepentirse de la relación durante esos años que llama “la faceta buena, el lado noble y amable de Pablo Escobar”.

Indica que a finales de los 70 y comienzos de los 80 se sabía de los “mafiosos” que tenían mucho dinero, pero eran bien vistos en la sociedad colombiana, no solamente en los estratos bajos de la sociedad, sino en las altas esferas empresariales y políticas.

“Había una connivencia con los narcos. Ellos generaban empleo, negocios, ayudaban a mucha gente”, señaló. “Y los políticos a quienes Pablo les financió la campaña tampoco jamás se preguntaron de dónde venían esos dineros”.

Fuera de eso, afirma: “El narcotraficante no era yo, Yo estaba haciendo una actividad legal que era la fotografía”.

Lealtades opuestas

En 1982 Escobar se lanzó a la política, buscando un escaño en la Cámara de Representantes. En ese momento, aunque se hablaba de que era un mafioso, “no estaba cuestionado ni se le había comprobado absolutamente nada”, explica Jiménez, así que aceptó acompañarlo y ser coordinador de su campaña.

“Consideré que si la política colombiana ha estado llena de bandidos desde hace 200 años, por qué entonces un bandido más no puede llegar a la Cámara, además un bandido que hacía obras sociales”.

La experiencia en política de Sergio Jiménez venía de su trayectoria con la ANAPO (Alianza Nacional Popular) un partido de izquierda que se fracturó después de perder las cuestionadas elecciones presidenciales de 1970 y algunos de sus integrantes terminaron formando parte del movimiento guerrillero M-19, responsable de algunos de los golpes más espectaculares contra el gobierno de Colombia.

Sergio Jiménez fue militante del M-19 desde su inicio. Una situación delicada para el fotógrafo pues simultáneamente el M-19 estaba en un conflicto violento con el Cartel de Medellín.

Unos meses antes, una célula del grupo guerrillero había secuestrado a Martha Nieves Ochoa -del Clan Ochoa, socios de Pablo Escobar en el negocio del narcotráfico. A raíz de ese secuestro el Cartel de Medellín auspició el grupo armado MAS (Muerte a Secuestradores) -que fue parte del origen al paramilitarismo en Colombia- y desataron una cruenta guerra.

“Yo estaba entre dos bandos enfrentados y opuestos. Dos bandos bien duros”, reconoce Jiménez.

Carlos Pizarro Leongómez (izq.) líder del M-19 y el representante legal de la organización Ramiro Lucio, en 1990

Reuters
El M-19 fue una poderosa guerrilla urbana que entró en conflicto con el Cartel de Medellín en la década de los 80. En esta foto, su líder Carlos Pizarro Leongómez (izq.) discute con la prensa el posible desarme del grupo en 1990.

Pudo salir de esa encrucijada por que, según explica, Escobar conocía de su militancia en el grupo guerrillero, pero le “tenía mucho aprecio” y sabía que el M-19 era una guerrilla compartimentada y que una célula independiente había realizado el secuestro de Martha Nieves Ochoa sin autorización.

Por otra parte, Edgar Jiménez le contó a la cúpula guerrillera de su trabajo en la campaña de Escobar, lo cual les pareció apropiado y favorable a sus intereses.

“Ambos bandos sabían dónde estaba, qué estaba haciendo y cuáles eran mis lealtades. Por eso no me pasó absolutamente nada”, asegura y añadió que en parte, fue determinante en los acercamientos del M-19 y el Cartel de Medellín para frenar esa guerra que había costado tantas vidas.

El antes y el después

Pero eso no significó el fin del derramamiento de sangre pues, a partir de 1984, se desató una guerra entre el Cartel de Medellín y el estado colombiano y el país entró en uno de los períodos más convulsionados de su historia.

El detonante fue el asesinato ordenado por Pablo Escobar del entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, que adelantaba una cruzada contra los carteles del narcotráfico.

Edgar Jiménez dice que ese evento fue el “corte en la vida de Escobar, el antes y el después”. El antes siendo lo que llama la “época dorada” del narcotraficante, en torno a sus actividades que no estaban asociadas con violencia sino con “beneficio social”.

Lo que vino después fueron años de atentados con bomba, asesinato de periodistas, magistrados, militares y policías. “Con esa violencia desmedida, con esos asesinatos y crímenes no podía estar de acuerdo. Jamás”, expresó. “Pero tampoco podía hacer nada, porque yo no era parte del Cartel de Medellín, yo no pertenecía a esa estructura”.

Asegura que tampoco podía ponerse a denunciarlo por que era seguro que lo mataban.

Después del asesinato de Lara Bonilla, Jiménez fue un par de veces más a la Hacienda Nápoles. La visita que más recuerda fue en 1989 -el año más violento en la historia reciente de Colombia– cuando fue a fotografiar el cumpleaños número 13 del hijo de Escobar, Juan Pablo. Ahí tomó una foto del capo que dice ser la más significativa porque revela tanto sobre el momento que atravesaba.

Escobar se había separado de la fiesta y estaba completamente absorto en sus pensamientos, mirando al piso y fue ahí que Jiménez apretó el obturador. “Yo creo que en ese momento él estaba lucubrando sobre todos esos acontecimientos violentos que se venían encima. Esa foto la relaciono con lo que se vino después”.

Lo que se vino después fue el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán, la voladura de un avión de pasajeros y los atentados con bomba contra las instalaciones del Departamento Administrativo de Seguridad y del diario El Espectador.

Perseguido por el ejército y policía de Colombia y el llamado Bloque de Búsqueda, exigido en extradición por las agencias DEA y CIA de Estados Unidos, Pablo Escobar decidió entregarse a las autoridades colombianas tras lograr un acuerdo mediante el cual pagaría unos años de cárcel mientras el Estado le garantizaría su seguridad y no lo extraditaría.

Fue un golpe de astucia del capo. La cárcel fue construida sobre una montaña, según sus especificaciones, llena de lujos, incluyendo jacuzzi, sala de billar, bar, televisores, muebles importados y cancha de fútbol. Desde allí continuó delinquiendo, convocando a sus secuaces e, incluso, asesinando a algunos de ellos.

Bajo presión de la Fiscalía, el gobierno ordenó trasladar a Escobar y sus compañeros reclusos a una “cárcel verdadera”, pero estos lograron escapar fácilmente por un muro de yeso construido para ese propósito, el 22 de julio de 1992.

A partir de ahí, empieza nuevamente la cacería implacable del jefe del Cartel de Medellín, que termina con su muerte a tiros en un tejado de la ciudad de Medellín, el 2 de diciembre de 1993.

Tristeza y alivio

En ese momento, Edgar Jiménez se encontraba en su laboratorio de fotografía en el centro de Medellín, cuando se enteró por la radio de la noticia que le estaba dando la vuelta al mundo.

Confiesa que tuvo sentimientos encontrados. Por un lado sintió tristeza por alguien que, a pesar de ser un criminal que hizo tanto daño -como él bien lo sabía- no dejaba de conservar el afecto que en su niñez tuvo por Escobar y Escobar por él.

“Pablo conmigo siempre se portó muy bien, en lo personal y como amigo”, aseguró. “Me dolió que alguien con su capacidad e inteligencia, que hubiera sido muy útil para la sociedad, hubiera tomado un rumbo diferente”.

Pero por otro lado, reconoce que sintió alivio “por la sociedad colombiana, porque el país se encontraba en una zozobra” por los constantes atentados con bomba en los que murieron policías y mucha gente inocentes, incluyendo mujeres y niños. “Por lo menos toda esa violencia se acababa. Eso lo vi como positivo”.

Jiménez continuó en contacto hasta comienzos de los 2000 con la familia de Escobar; la mamá y los hermanos, y la familia Henao de su esposa, cubriendo eventos de tipo social. Pero su vida siempre estará ligada al desaparecido jefe del Cartel de Medellín.

“Es el bandido más famoso de la historia, su vida lo convirtió en leyenda y su muerte en un mito. Yo, de alguna manera, hago parte de ese mito”.

“El Chino: La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, de la editorial Universo Centro, saldrá al mercado este julio.Todas las fotos tienen derechos reservados.


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