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“¿Cómo te calmas cuando estás embarazada y tu presión no baja?”: madres con preeclampsia relatan sus historias
“¿Cómo te calmas cuando estás embarazada y tu presión no baja?”: madres con preeclampsia relatan sus historias
FOTOS: Cuartoscuro
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“¿Cómo te calmas cuando estás embarazada y tu presión no baja?”: madres con preeclampsia relatan sus historias
Elizabeth, Lili, Alice y Belén no solo tienen en común ser originarias del Estado de México y haberse convertido en madres. También comparten haber padecido preeclampsia, una enfermedad hipertensiva que cada año pone en riesgo miles de embarazos y es una de las principales causas de muerte materna.
07 de abril, 2023
Por: Sarai M. Gutierrez
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“Era un viernes. Me tomé el refresco, vi la tele, platiqué con mi familia, me fui a dormir y se me apagó la cámara, me quedé sin señal. Desperté en terapia intensiva el lunes sin saber qué me había pasado. Recordé estar embarazada al tocarme y sentir la cesárea. Diego había nacido”. A 16 años de distancia, así es como Elizabeth recuerda haber tenido Síndrome de Hellp, complicación derivada de la preeclampsia.

La preeclampsia es una enfermedad hipertensiva que puede presentarse a partir de la semana 20 del embarazo, durante el parto e incluso en las primeras semanas de postparto.  

Las enfermedades de hipertensión gestacional, preeclampsia y eclampsia, están entre las principales causantes del 75% de las muertes maternas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

En 2019, el Estado de México, Jalisco, Veracruz, Baja California y Michoacán representaron el 47.5% de los casos de muertes maternas en todo el país, informó la Secretaría de Salud. Las principales causas fueron hemorragia obstétrica (22.5%), enfermedad hipertensiva, edema y proteinuria en el embarazo, el parto y el puerperio (20%) y enfermedad del sistema respiratorio (15%).

Pero quienes deciden gestar y maternar, además de enfrentar complicaciones propias del embarazo, como preeclampsia, diabetes gestacional, infecciones u otras enfermedades, también pueden tener que encarar un discurso médico que culpabiliza, regaña y ofende.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH, 2016), el 33.4% de las mujeres en México que tuvieron un parto o cesárea vivió algún tipo de maltrato, como gritos, falta de atención y procesos quirúrgicos no consultados.

Elizabeth, Lili, Alice, Belén, mujeres mexiquenses, cuentan sus experiencias y reflexiones sobre la maternidad, la preeclampsia, los embarazos tardíos y la violencia obstétrica en el país. 

Lee: Desde regaños, hasta anticoncepción forzada: 3 de cada 10 mujeres viven violencia obstétrica

La elección frente a la imposición

Elizabeth desde pequeña planeaba tener un hijo, casarse y atender a su familia, pero al crecer optó por estudiar. Entró a la carrera de Pedagogía en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón, de la UNAM. Ahí conoció al papá de Diego. 

“A finales de mayo del 2006 me di cuenta de mi primer retraso. Me realicé una prueba de embarazo casera, la cual resultó negativa. Al otro día fui al doctor acompañada de mi novio y me dijo: ‘Tú no estás embarazada, estás embarazadísima’. Para ese momento tenía cuatro meses”. Elizabeth sería madre por primera vez a los 18 años. 

Para especialistas en salud, los embarazos antes de los 20 y después de los 35 años pueden incrementar riesgos para patologías propias de la gestación o maternas o provocar la muerte materno-fetal.

Con el avance de los derechos reproductivos y sexuales, los embarazos se han postergado ante la búsqueda de las mujeres por una mejor condición económica, una pareja estable y el uso de métodos anticonceptivos. Las madres con edades entre los 30 y los 39 años al momento del alumbramiento representaron un 32.08% del total de nacimientos registrados en 2020 (Inegi).

Los mellizos Natalia Isabella y Máximo llegaron a la vida de Belén cuando tenía 35 años. Había postergado su embarazo debido a la búsqueda de una pareja estable para compartir su proyecto de vida. “Siempre quise ser madre, pero cuando cumplí 33 años parecía lejano. Pensaba que el tiempo había pasado y probablemente la adopción iba a ser mi opción”, recuerda. 

En el caso de Lili, su primera hija llegó cuando tenía 38 años. Alondra fue el único embarazo concluido después de tres abortos espontáneos. “Buscaba en mis embarazos un equilibrio en lo emocional, económico y físico. A pesar de acudir con diversos especialistas, no tuve una respuesta para conocer por qué no se lograban”.

Julián Ruíz Anguas, director de la Clínica de Infertilidad y Reproducción Asistida, especializado en ginecología, obstetricia y biología de la reproducción humana, explica la relación del riesgo de la edad tardía en embarazos a partir de los óvulos: “Las mujeres nacen con cierta cantidad de óvulos, los cuales, conforme avanza el tiempo, van disminuyendo. Si se logra un embarazo con un óvulo tardío, existe un riesgo al ser fertilizado si no genera un intercambio genético adecuado con el espermatozoide”.

La comunicación es la clave para que este sistema complejo logre la fecundación y el desarrollo del embarazo. “Cuando se fecunda el óvulo, ese blastocisto debe ingresar al endometrio, la capa dentro de la matriz, donde deben existir ciertas células que permitan la comunicación necesaria para nutrirlo. Debe adentrarse en el endometrio y formar puentes que lo unan a la madre”, menciona Ruíz Anguas. 

Cuando existe una falla en el sistema que impide la recepción de mensajes, se pueden presentar diversas complicaciones. “Si estos puentes son de baja resistencia, delgados o el flujo es restringido, el pase de sangre de la mamá será costoso. Debido a esto, se formarán sustancias que eleven la presión, uno de los síntomas de la preeclampsia”, expone el especialista.

Además de la presión, la persona gestante puede tener visión borrosa, náuseas, vómitos e hinchazón, que pueden confundirse con los signos de embarazo. 

Alice tuvo a Carlos Enrique a los 27 años. Al pasar tiempo con sus sobrinos y encontrar una pareja en sintonía con sus planes de maternidad-paternidad decidió embarazarse, pero encaraba desafíos.

En los inicios de su adolescencia, atravesó una epilepsia que marcó un antes y después en su salud física. Años después le detectaron un microadenoma hipofisario. El tratamiento involucraba una pastilla que originaba los mismos síntomas del embarazo: sueño, náuseas, mareo. Por ello, se enteró de su embarazo a los tres meses. 

Al asistir a su revisión semanal con el especialista materno-fetal, la retuvieron en el hospital. “Mientras me realizaba un ultrasonido, me preguntó si venía acompañada porque le preocupaba la hinchazón de mi cuerpo; aparte, tenía tres centímetros de dilatación. Al responderle que iba acompañaba por mi esposo, me dice: ‘Qué bueno porque ya no te puedes ir’. Fue la última vez que lo vi”. 

Lili, en tanto, asistió a sus revisiones correspondientes siguiendo al pie de la letra los cuidados. Un día despertó con dolor de cadera, horas después sería llevada a emergencias para una cesárea de urgencia donde presentaría preeclampsia. “En algún momento presenté hinchazón, pero el doctor me recomendó no ingerir sal. Al ver un cambio cuando bajé mi consumo, no lo tomé como una alarma. Solo el día de la cesárea sentía los oídos tapados y somnolencia”.

En 2006, la Secretaría de Salud informó que un 25% de los casos de preeclampsia se presenta en dicho momento sin factores predictivos previos. 

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“Lo que hicimos fue salvarte la vida”

Elizabeth compara su parto con un capítulo de novela donde primero está embarazada y al siguiente corte tiene a su bebé en brazos. El nacimiento de Diego es una historia contada por sus padres, hermanas y hermano, debido a su estado inconsciente por más de 48 horas. 

En las semanas previas, Elizabeth atravesó un embarazo sin complicaciones. “Subía, bajaba, iba a la escuela, asistía a mis revisiones y llevaba los cuidados prestando atención en algún malestar. El día de mi baby shower, los pies se me hincharon tanto que mis tobillos no se podían ver, pero lo relacionamos con el mismo embarazo”.

Sin embargo, un 11 de octubre Elizabeth fue internada en el hospital. “Recuerdo perfectamente que fue ese día porque era el cumpleaños de mi hermana y mi familia le preparó una comida. Me sentía muy cansada, no me quería levantar y no me quería bañar. A mi mamá no le gustó mi estado, por lo cual insistió ir al doctor”.

Elizabeth y su mamá fueron al Hospital General De Zona No 2-A del IMSS, mejor conocido como El Troncoso. En el camino, a Elizabeth se le antojó un refresco de lata por ser un día caluroso.

Al llegar le realizaron los estudios correspondientes, donde detectaron presión alta en ella y taquicardia en Diego. “No era necesario operarme, pero debía mantenerme en observación así que me quedé. Al día siguiente, vuelven hacer los estudios y todo estaba perfecto. Relacionaron la presión con el refresco que me tomé; entonces, fui dada de alta”.

A la semana pasó exactamente lo mismo. Sintió cansancio y antojo por un refresco, pero esta vez ir al doctor no fue una opción. Era viernes, se quedó dormida, despertó el lunes y su hijo ya había nacido.

Elizabeth recibió la visita del doctor momentos después de despertar. “Recuerdo claramente sus palabras: ‘Eli, tú volviste a nacer, tú volviste a nacer con tu hijo. Te van a decir que se pudieron hacer otras cosas, pero lo que hicimos fue salvarte la vida. Solamente quiero que tengas muy presente eso. No había esperanzas. Se tomaron las decisiones para lograrlo’”.   

Al día siguiente, cuando pudo reunirse con su familia, entendió las palabras del doctor.

Elizabeth compartía la cama con una de sus hermanas, Fernanda, quien sintió un jaloneo. “Fer pensó que me había puesto peor, pero estaba convulsionando. Corrió al cuarto de mis papás para avisarles. Entre ellos, mis hermanas y mi hermano, me subieron a un taxi donde volví a convulsionar”.

Primero la llevaron a la Clínica 25 del IMSS, pero no tenía el equipo necesario para atenderla. En una ambulancia fue trasladada al Troncoso, donde convulsionó por tercera vez.

“Realizaron la cesárea, estabilizaron a Diego, pero mi estado continuaba crítico. Mi matriz no se contrajo a pesar de haber dado a luz, provocando una hemorragia grave. Mi papá fue por inyecciones para controlarla, pero no dieron resultado. Entonces, decidieron quitar la matriz”.

¿Hubiera querido tener más bebés? “A mí no me causa pesar saber que no tendré más hijos. La decisión de mi papá y el doctor hizo que esté aquí. Agradezco esta oportunidad donde las posibilidades de sobrevivir eran pocas”, responde.

La preeclampsia es una enfermedad hipertensiva presente solamente en los embarazos humanos. Existen pocos estudios que puedan explicar su relación. Ruíz Anguas da una respuesta al proceso distinto de la formación de la placenta comparada con otros mamíferos, donde destaca la particularidad de la comunicación de la placenta con los vasos uterinos y las venas uterinas de la mamá. 

La enfermedad tiene cuatro grados. Ruíz Anguas los explica de la siguiente manera:

Dependiendo del grado de la preeclampsia, la etapa gestacional de la persona, su edad y los factores de riesgo, se determina el momento para interrumpir el embarazo. 

Hasta la fecha, el tratamiento curativo para la preeclampsia es el parto, pues no existen modelos integrales para predecirla. La falta de un procedimiento clínicamente útil y de atención digna por parte del sector salud puede poner en riesgo la vida de la persona gestante y del feto. 

Debido al estado de salud de Elizabeth, su familia y el doctor en turno tomaron una decisión, pero en México, de 3.7 millones de mujeres que tuvieron cesárea, 10.3% no fueron informadas de la razón y a 9.7% no les pidieron autorización para realizarla (ENDIREH, 2016).

“Te tienes que calmar porque esto puede ser peor”

Un 3 de marzo, Alice fue internada en el Instituto Materno Infantil del Estado de México para recibir a Carlos Enrique, su primer hijo. Estar junto a sus sobrinos y encontrar una relación estable comenzaron el camino hacia una maternidad deseada a los 27 años. 

Alice conocía la preeclampsia por casos cercanos. Constantemente checaba su presión porque la enfermedad era —en palabras de su madre— muy peligrosa. Ante una hinchazón que molestaba al ponerse zapatos y rozar con los calcetines en las últimas semanas del embarazo, el especialista materno-fetal que daba seguimiento a su caso la mandó a urgencias. 

“Me enviaron a trabajo de parto donde estábamos todas las embarazadas. Para mi suerte, llegaron 10 personas practicantes. Todo el mundo te toca, todo el mundo te manosea, todo el mundo te mete mano. No fue problema para mí, pero existen mujeres que les puede ocasionar pudor”.

A pesar de no sentir alguna molestía, la presión de Alice no bajaba de 140. Durante nueve horas estuvo en esa sala sin una bata apta para su cuerpo. “No había una talla que me cubriera completamente. Si te pones a pensar, no es adecuado. Las personas somos diversas”.

A las 10:30, fue trasladada al quirófano para realizarle una cesárea. La presión alcanzaba los 200 y la anestesióloga no encontraba la médula ósea. Una enfermera le dijo: “Te tienes que calmar porque esto puede ser peor”. “¿Cómo te calmas cuando tu presión no baja? ¿Cómo te calmas al estar siendo picoteada para ponerte la anestesia? ¿Cómo te calmas cuando estás rodeada de personas?”.

Minutos después, en el parto, necesitó oxígeno, dejó de sentir las piernas, perdió la noción del tiempo y tuvo pérdida de sangre. 

Carlos Enrique nació a las 36 semanas el 3 de marzo de 2020. Su salud era estable, pero Alice no lo sabría hasta una semana después. Estuvo en recuperación mientras su presión se estabilizaba, pero eso sucedió tres meses después.

Postergar el regreso a casa

Durante 34 semanas, Lili imaginó un parto normal. Después de tres abortos espontáneos, su tercer embarazo tenía un diagnóstico favorable. “Me sentía segura, tranquila, confiada. Me imaginaba un parto normal, una recuperación pronta y un bebé sano”. Sería madre por primera vez a los 38 años. 

La mañana del 1 de junio de 2021, sintió dolores en la cadera que se iban intensificando en cortos lapsos. Ante ello, decidió comunicarse con su ginecólogo. “Al revisarme, no solo se percata de la dilatación, también mi presión estaba elevada y mi corazón estaba acelerado, por lo cual era necesario realizar una cesárea”.

Entre nervios, dolores intensos y trámites para el registro del hospital, Lili fue internada en el Centro Médico Toluca. “Empecé a sentirme nerviosa porque faltaba tiempo para el correcto desarrollo del bebé, pero mi cuerpo me pedía que debía nacer; entonces, traté de conservar la calma. No entendía por qué la presión se había disparado; sin embargo, sabía que no estaba bien”.

En el momento de la operación, el personal médico detectó que una infección en la placenta de Lili impedía una nutrición correcta del feto. Al segundo día de nacimiento, Alondra fue internada en el Hospital del Niño en Toluca. 

El primer mes, Lili y su hija se abrazaron entre cables a ciertas horas del día bajo las miradas de enfermeras, doctores y el frío de una habitación. Alondra debía aprender a vivir fuera del vientre materno por medio de sueros y sondas, buscando regular los efectos de la prematuridad, la preeclampsia y la infección en la placenta.

“Requirió mucho esfuerzo porque fue un choque emocional. Había imaginado una situación totalmente diferente. Los escenarios no eran alentadores. A pesar de que la verdad era cruda, agradezco que me la dijeran porque sabía qué estaba pasando”.

El 13 de julio, Alondra llegó a casa. Su peso y talla se habían recuperado; también aceptaba la leche materna y podía respirar sin depender de un tanque de oxígeno. Ahora los trabajos de cuidado serían distintos. Constantemente, Lili sentía miedo por regresar al hospital.

“Tienes una preeclampsia leve, pero no va a pasar nada”

Natalia Isabella y Máximo llegaron a la vida de Belén en marzo de 2020. Al vivir con diabetes e hipotiroidismo, Belén sabía que su presión podía elevarse durante el embarazo. Ante ello, disminuyó la sal en su comida, realizó ejercicio y asistió a chequeos regulares. 

Su embarazo a los 35 años significó para ella cumplir su deseo de ser madre. Encontrar una pareja con un proyecto de vida parecido fue el “Sí” a esta nueva etapa. “Siento que a esta edad cuento con mecanismos de solución donde puedo relacionarme mejor con los niños en situaciones de estrés”.

A las 35 semanas de embarazo le realizaron una cesárea en el Hospital Materno Perinatal Mónica Pretelini Sáenz, debido a que su presión estaba elevada. “Me dijeron: ‘Tienes preeclampsia leve, pero no va a pasar nada. Tú tranquila’”.

Al siguiente día, Natalia Isabella, Máximo y Belén fueron dados de alta. Ninguno presentó un complicación que postergara su regreso a casa. Belén reconoce la atención adecuada que recibió en el hospital.

Sin embargo, recuerda ciertos comentarios cuando se enteró de su embarazo. “Fui a un centro de salud porque llevaba días con dolor de vesícula. Para mi sorpresa, estaba embarazada. La doctora que me atendió comenzó a decirme que era muy grande para ser mamá, me preguntó si conocía los riesgos que podría enfrentar por mi edad, incluso hizo referencia a que podía morir”.

Belén trató de no tomar sus comentarios en cuenta aunque resonaron al momento del parto. La reconfortó el saber que había hecho lo posible por mantenerse saludable. 

A pesar de que la edad puede ocupar un rol en el desarrollo de la preeclampsia, también la ocupación, la estructura genética, el estado nutricional, los hábitos y las costumbres, incluso el tiempo del lugar, pueden impactar.

Lee más: Violencia obstétrica: un problema grave

Partos informados y fuera del estigma

La Norma Oficial Mexicana NOM-007-SSA2-2016 establece que la atención médica a las embarazadas debe ser con un enfoque preventivo, educativo, de orientación y consejería. Proporcionando calidad y respeto a los derechos humanos. Apelando al trato digno en mujeres cisgénero, hombres transgénero y personas no binarias al momento de gestar.

“Todas queremos un embarazo tranquilo, pero es importante tener información sobre los posibles riesgos en el embarazo y cómo podemos ayudar cuando existen estos. A pesar de la incertidumbre y los nervios, es necesario estar preparada”, subraya Lili.

Hasta el momento, Alondra ha tenido un desarrollo como cualquier otro infante. Lili lo atribuye a la estimulación temprana con fisioterapeutas. “Me aconsejaron estar atenta al desarrollo de la motricidad para evitar un daño cerebral debido a la muerte de neuronas en el parto. El realizar ejercicios, por más que parezcan sencillos, ayuda a su recuperación y crecimiento, incluso si no atravesaron un nacimiento difícil”.

Elizabeth aconseja, además de estar informada, estar presente en los cuidados de familiares cercanos para evitar escenarios que pongan en peligro la vida de la madre y del feto y creen recuerdos poco agradables. “Al final yo no viví la pesadilla, sino mi familia al verme convulsionar. Hoy podemos bromear, pero fue un golpe de ellos. Ahora con mis hermanas y cuñadas trató de estar presente en sus cuidados. Estar atenta a que coman bien, vayan a sus consultas y la experiencia no vuelva a repetirse”. 

Señala que es necesario fomentar la prevención ante las enfermedades gestacionales. “Yo no estaba enterada de hasta qué punto podía llegar con la preeclampsia hasta que lo viví. Tenemos la mala costumbre de pensar: ‘A mí no me va a pasar. Estoy joven, estoy sana, estoy bien’. Debemos cuidarnos porque al final nuestros hijos van a seguir necesitando nuestra ayuda a pesar de que sean adultos”. 

Alice rescata el cariño recibido de su hijo, que le ayuda a atravesar los momentos difíciles. “Ahora que Carlos está conmigo, aprendo que esa parte infantil que todos tenemos, aunque no nos guste aceptarlo, es lo que nos salva en esta situación de maternidad y paternidad. El jugar con muñecos, carros, brincar saltar y estar con él te fortalece a seguir en lucha con los prejuicios y estigmas, tanto sociales como personales”.

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La nueva modalidad de los carteles mexicanos para extorsionar a los migrantes en la frontera
12 minutos de lectura
La nueva modalidad de los carteles mexicanos para extorsionar a los migrantes en la frontera
Elizabeth, Lili, Alice y Belén no solo tienen en común ser originarias del Estado de México y haberse convertido en madres. También comparten haber padecido preeclampsia, una enfermedad hipertensiva que cada año pone en riesgo miles de embarazos y es una de las principales causas de muerte materna.
19 de febrero, 2024
Por: BBC News Mundo
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A Laura le pareció extraño que hombres vestidos de policía y de paisano los apuntaran con sus teléfonos al salir del avión, como si estuvieran haciendo videos de ella, su esposo, su hija de 3 años y el resto de los pasajeros.

Pero no era el momento de distraerse con temores. Por fin habían logrado llegar a la frontera norte de México y llevaban lo más importante: su cita programada con las autoridades migratorias de Estados Unidos impresa en un papel.

La familia venezolana aterrizó en el Aeropuerto Internacional Quetzalcóatl en Nuevo Laredo a la 1:00 de la tarde de un día que prefiere no revelar. La cita estaba prevista para la jornada siguiente, a las 8:30 de la mañana, en el puesto migratorio del Puente Internacional de Las Américas, que conecta a la ciudad de Nuevo Laredo, en el estado de Tamaulipas, con la ciudad de Laredo en Texas.

Laura, su esposo y su hija estaban a escasos 13 kilómetros y a menos de 24 horas de cruzar legalmente a Estados Unidos.

BBC
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Laura se sentía orgullosa. A diferencia de miles de compatriotas venezolanos que intentaban cruzar la frontera entre México y Estados Unidos de forma irregular, ella y su esposo habían logrado seguir las reglas y concertar una cita por medio de la aplicación CBP One.

En octubre de 2020, el gobierno estadounidense habilitó este mecanismo para gestionar el ingreso de los migrantes por la frontera sur a través de los estados de Arizona, California y Texas.

Dos años después, la afluencia de venezolanos era tan masiva que el gobierno del presidente Joe Biden prohibió su ingreso irregular por la frontera con México y creó un mecanismo para recibir a 24.000 venezolanos patrocinados por familiares en Estados Unidos.

El cierre de la frontera se extendió luego a cubanos, nicaragüenses y haitianos. Todos debían tramitar la cita a través de CBP One, aunque muchos se quejaban de que el sistema estaba tan congestionado que tardaban semanas en lograr una entrevista con un agente migratorio.

Estados Unidos registró casi 2,5 millones de detenciones en la frontera sur durante el año fiscal de 2023, una cifra inédita para un flujo de migrantes que acumuló estadísticas récord durante los dos años anteriores.

Gráfico
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La emboscada

La pareja intentó tomar un taxi dentro del aeropuerto de Nuevo Laredo, pero los conductores se negaron a llevarlos porque eran extranjeros. Laura pidió una carrera por la aplicación de taxi Didi, siguiendo la recomendación de otros conocidos venezolanos que tuvieron la cita en Nuevo Laredo y advertían que era una ciudad peligrosa.

Aunque no les gustaba la idea, los venezolanos caminaron fuera de los predios de la terminal aérea para abordar el auto. El ingreso al aeropuerto de taxis ajenos a las líneas internas está prohibido.

Cuando ya en el auto se detuvieron en un semáforo, poco antes de llegar a un puente, un auto gris los bloqueó desde el carril derecho y se bajaron dos hombres jóvenes, con tatuajes en el cuello y las manos.

“¿Para dónde van? ¿De dónde son ustedes?”, preguntó uno de los hombres, mientras el otro vigilaba la luz del semáforo. “Venimos de Ciudad México, venimos de visita”, recuerda Laura que respondió mientras abrazaba a su hija.

“Mi acento venezolano nos delató, de inmediato se dieron cuenta de que no éramos de allí”, cuenta a BBC Mundo la mujer de 33 años desde un refugio de migrantes en el norte de México, donde pidió el resguardo de su verdadera identidad y la de su familia por temor a represalias.

La luz del semáforo cambió a verde. Los vehículos comenzaron a moverse mientras ellos permanecían detenidos. Nadie tocó la bocina, nadie intervino. Uno de los hombres le ordenó al taxista que cruzara a la izquierda en la siguiente esquina.

“¡Por favor, no se pare! Sáquenos de aquí”, recuerda Laura que le dijo al conductor, mientras su esposo miraba hacia atrás para confirmar que los seguían.

“Discúlpenme, no puedo hacer nada. Después arremeten contra mí”, contestó el chofer.

Ella comenzó a llorar, recordó a los hombres que les hicieron videos al abandonar el avión en el aeropuerto. “Me dio una crisis. Empecé a gritar, pensé en tirarme del carro con la niña, pero no quería lastimarla”.

Su esposo cuenta que tuvo la misma idea, pero el auto gris los alcanzó antes de que la pareja tuviera tiempo de acordar una estrategia para salir de aquella trampa.

Un sueño forzado

Estados Unidos se convirtió en un sueño forzado por las circunstancias.

Laura y su esposo cuentan que eran empleados públicos en Maracaibo, la ciudad más poblada del occidente de Venezuela. Cuando sus sueldos dejaron de alcanzarles para vivir, juntaron sus ahorros y abrieron un negocio de venta de accesorios para teléfonos móviles.

La pareja comenzó a recibir amenazas de extorsión. Hombres que decían llamar desde “la cárcel” pedían una “vacuna” (extorsión) de US$200 semanales. Inicialmente el negocio no generaba ni la mitad en ganancias, así que la pareja dejó de contestar las llamadas e ignoró los mensajes de texto.

Todos los días les advertían que si no pagaban, se iban a arrepentir.

Un lunes por la mañana, Laura llegó a la tienda y descubrió orificios de disparos en la puerta. “Aunque no era nuestro plan, ese día decidimos irnos a Estados Unidos”.

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Más de 7,7 millones de personas han emigrado de Venezuela desde 2015, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, con el fin de escapar de la crisis económica, la falta de servicios básicos, la violencia y la persecución política.

“Viajamos durante un mes, nos fuimos por tierra desde Venezuela hasta México”, cuenta Laura desde un salón apartado en el refugio de migrantes donde la familia se aloja temporalmente, el único lugar donde la pareja accedió a contar su testimonio para evitar el riesgo de ser escuchados.

Vimos muertos boca abajo en los ríos del Darién, mientras se los comían los zamuros (aves de rapiña)”, afirma Laura bajando la voz frente a su hija, que da brincos mientras juega por la sala. “Cuando estábamos en la selva, unos hombres armados nos detuvieron y nos pidieron ‘colaboración’, pero no teníamos el dinero que pedían”.

“Nos apuntaron con armas y registraron nuestras mochilas. No nos hicieron más nada porque logramos huir en un momento en el que estaban distraídos revisando a otros migrantes”, explica el esposo de Laura.

El gobierno panameño reportó que más de 520.000 migrantes cruzaron la espesa selva del Tapón del Darién durante 2023 en su tránsito hacia Estados Unidos, la mayor cifra registrada en los últimos años. 63% eran venezolanos.

La revisión

Cumpliendo la orden dada, el taxista de Nuevo Laredo giró a la izquierda y se detuvo en una calle más solitaria que la avenida principal. Los hombres volvieron a bajarse del auto gris y llamaron a las ventanas.

“Bájense que les vamos a hacer una revisión”, dijo uno de ellos. Laura se negó y le ordenó al taxista que mantuviera las puertas cerradas.

“Nosotros estamos sin armas, pero los que van a venir sí tienen armas y van a tomar cartas en el asunto”, amenazó uno de los hombres, según recuerda Laura. “Nos dijeron que era mejor que nos montáramos por las buenas para que los otros no vinieran porque se iban a molestar”.

La familia abordó el auto gris y los hombres pidieron los celulares y las claves de acceso. Laura entregó el suyo, era el único teléfono que tenían. Los hombres armados del Darién se habían quedado con el de su esposo.

Los venezolanos fueron trasladados a un hotel abandonado. Al entrar, Laura vio un revólver 38 sobre un mueble que alguna vez fue la recepción.

Luego los condujeron a una habitación donde había más de 15 personas. Laura y su esposo los reconocieron a todos: eran pasajeros del avión en el que llegaron a Nuevo Laredo desde Ciudad de México.

Dinero o cita

Los hombres les pidieron el papel de la cita para verificar que aquel era el verdadero motivo de su presencia en Nuevo Laredo. A Laura y a su esposo les preguntaron sus nombres y apellidos y les tomaron fotos con la niña.

Mientras esperaban instrucciones de sus captores, la pareja descubrió que en aquella habitación había colombianos, cubanos, ecuatorianos, hondureños y mexicanos.

“Al rato apareció un hombre que nos dijo: ‘Tienen que buscar US$800 por persona para que puedan salir. Si no nos dan el dinero, no van a su cita’”, cuenta Laura.

Los sacaron a todos de aquella habitación y los hicieron abordar varios vehículos y camionetas a toda prisa. La pareja asegura que ningún auto tenía placa. En el camino vieron hombres con radiotransmisores en las calles.

“El muchacho que conducía la camioneta en la que íbamos se detuvo en un sitio y le dijo a un tipo que le diera dos. Miré disimuladamente y vi que el hombre estaba armado y le entregó dos bolsitas de droga”.

Los venezolanos fueron trasladados a una casa humilde y estrecha, donde había un pozo séptico cerca de la sala donde estaban los secuestrados. “El hedor del pozo se filtraba por todas partes. Había unas 15 personas, entre cubanos, mexicanos, hondureños y guatemaltecos”, detalla Laura.

La pareja recuerda que separaron a las mujeres de los hombres. Mantenían a los mexicanos apartados de otras nacionalidades. Laura dice que un hombre mayor que los custodios, vestido con una chaqueta y una gorra, tomó la palabra y se dirigió a ellos como si fuera el jefe:

“Nosotros somos del Cartel de los Zetas. Tengan cita o no tengan cita, ustedes no tienen derecho a estar aquí. Por eso tienen que pagar por el suelo que están pisando. El suelo de Nuevo Laredo cuesta US$20.000 pesos’”.

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El Cartel de los Zetas surgió a finales de los 90 como un grupo élite que desertó del Ejército mexicano y se convirtió en un brazo armado del Cartel del Golfo. Sus hombres eran sicarios, guardaespaldas y transportistas, explica Insight Crime, una organización dedicada a la investigación del crimen organizado y la seguridad ciudadana en América Latina.

Con el tiempo, el grupo se separó del Cartel del Golfo y se convirtió en “el grupo paramilitar más tecnológicamente avanzado, sofisticado y violento” de México, según la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA por sus iniciales en inglés), conocido por usar el miedo en lugar de la corrupción como mecanismo de dominación en sus territorios, precisa Insight Crime.

En el año 2010, hombres del Cartel de los Zetas asesinaron a tiros a 72 migrantes, en su mayoría centroamericanos, que viajaban en un autobús por una carretera de Tamaulipas, en una de las peores masacres de migrantes registradas en la historia de México.

Laura y su esposo hicieron cuentas: 20.000 pesos equivalían a cerca de US$1.200 dólares por persona, US$400 más que el monto que les dieron inicialmente por cada uno.

“Para las personas que tengan su chingada cita: si no nos pagan, lamentablemente van a perderla y los vamos a devolver”, cuenta Laura que dijo el hombre.

La extorsión

Les entregaron sus teléfonos para que contactaran a familiares y amigos que pudieran hacer transferencias para ayudarlos. Pero antes, el hombre les advirtió que no intentaran enviar la localización del lugar donde estaban.

“No pierdan el tiempo, aquí nadie los va a ayudar. En Nuevo Laredo mandamos nosotros”.

Aunque sabía que no tenía dinero, Laura le contó a su madre lo que estaba pasando. “Nos secuestraron y nos están extorsionando con la cita de Migración”.

Su madre se puso muy nerviosa, ofreció empeñar el único bien que tenía: su casa en Maracaibo. Laura agradeció el gesto, pero no había tiempo para eso. La pareja le escribió a otros parientes, pero nadie tenía dinero para hacerles un préstamo.

Esa noche no pudieron dormir. Les ofrecieron comida, pero no probaron bocado. Laura se alegró de que los hombres no mostraran armas mientras los custodiaban. Aunque su hija parecía ser muy pequeña para entender lo que estaba pasando, no quería que sintiera miedo.

En ese punto ya no importaba la cita. Lo que más nos preocupaba era que no le hicieran daño a la niña y que pudiéramos salir con vida”, dice el esposo de Laura.

Escucharon que a los mexicanos que intentaban cruzar la frontera por Nuevo Laredo les pedían entre US$10.000 y US$20.000 dólares. Y que no los soltaban hasta que pagaran. Uno de los mexicanos secuestrados les contó que llevaba más de un mes en aquella casa.

Una oportunidad perdida

Al día siguiente, impregnada por el hedor del pozo séptico, Laura miró en la pantalla de su teléfono móvil cómo avanzaba el tiempo: 7:30, 8:00, 8:30 de la mañana. Pasó la hora de la cita, habían perdido la oportunidad de entrar legalmente en Estados Unidos.

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Gracias a transferencias de parientes que tenían en Estados Unidos, una familia cubana logró pagar US$9.600 en menos de 24 horas: US$1.200 por cada uno de los ocho miembros. Los hombres que los secuestraron ofrecieron llevarlos hasta el Puente Internacional de Las Américas para garantizar que llegaran a tiempo a la cita.

Después del mediodía, uno de los hombres le pidió a Laura el teléfono para revisarlo. “Leyó todos los chats y comprobó que no teníamos a nadie que nos apoyara económicamente”.

Antes de desalojarlos de la casa bajo el argumento de que necesitaban el espacio para otras personas, los hombres le hicieron un video a la pareja, con la niña en brazos, y les obligaron a decir que estaban bien y que no les habían hecho daño.

“En ese momento pensamos que estaban buscando una prueba para eliminar su responsabilidad y que luego nos iban a matar”, recuerda Laura.

A la familia venezolana y a otros migrantes que no pagaron y perdieron su cita aquel día los llevaron a un terminal de autobuses. Mientras los obligaban a abordar uno con destino a la ciudad de Monterrey, en el vecino estado de Nuevo León, volvieron a tomarles fotos y les dijeron que no se molestaran en denunciar a la policía.

“No vuelvan a pisar Nuevo Laredo. Recuerden: aquí mandamos nosotros”.

Los coordinadores de varios albergues de migrantes en el norte de México confirmaron haber escuchado la misma historia en boca de otros migrantes que también fueron secuestrados en Tamaulipas por el Cartel de los Zetas.

En un informe sobre delitos perpetrados contra migrantes, la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas de la Secretaría de Gobernación de México reportó que 540 personas denunciaron haber sido víctimas de algún delito en su tránsito por México hacia Estados Unidos durante 2023. Casi la mitad eran centroamericanos.

La mayoría dijo haber sido víctima de tráfico ilícito de personas y robo. Un 10% denunció secuestros. El estado de Tamaulipas, donde Laura y su familia fueron capturados, no figura en la estadística oficial del último año y el documento no ofrece detalles sobre la responsabilidad de los carteles en estos crímenes.

A principios de enero, 31 migrantes fueron secuestrados en Tamaulipas. “Los tenían en un sitio y como se dio un despliegue importante en la zona, pues había mucho gobierno, decidieron dejarlos libres”, contó el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador.

Consultado en rueda de prensa sobre el grupo que los capturó, el mandatario dijo que era “una investigación que continúa”. “Por lo pronto, celebremos que aparecieron con vida”.

La mayoría de los secuestrados eran venezolanos.

BBC Mundo consultó con varias instancias del Estado mexicano sobre el papel del Cartel de los Zetas en las denuncias de secuestros y extorsiones contra migrantes en el estado de Tamaulipas, pero no obtuvo respuesta hasta la fecha de publicación de esta historia.

Desde un refugio de migrantes en el norte de México, cada día Laura y su esposo intentan concertar una nueva cita en la aplicación CBP One, en cualquier lugar que no sea Nuevo Laredo. Hasta el momento no lo han conseguido.

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