
Cada 11 de febrero hacemos visible el Día Internacional de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia. Es una iniciativa importante y no hay que dejarla de promover. Durante décadas, el acceso estuvo bloqueado, explícita o implícitamente a ellas. Sin embargo, la fecha no puede quedarse en esta invitación y queda una pregunta por responder: ¿a qué ciencia estamos invitando a entrar a las niñas hoy? ¿Cómo las invitamos a acercarse a la inteligencia artificial, tema central de nuestro tiempo?
Decir “más niñas en la ciencia” suena progresista, sin duda, pero evita una discusión de fondo: la ciencia y en particular la inteligencia artificial, no es un espacio neutro. Tiene historia, valores, jerarquías, exclusiones y los datos lo confirman.
De acuerdo con la UNESCO, sólo el 22 % de la fuerza laboral mundial en inteligencia artificial está constituída por mujeres y apenas una de cada cinco personas que hacen ciencia en inteligencia artificial es mujer. No hablamos aquí sólo de una brecha de acceso, sino de quién define qué problemas vale la pena resolver y cómo.
La inteligencia artificial que domina hoy el mundo se construyó sobre una noción muy específica de racionalidad: eficiencia, cálculo, predicción, optimización. No son valores universales ni inevitables, son elecciones y como toda elección, deja cosas fuera, entre ellas, el cuerpo, la experiencia vivida, el cuidado, la vulnerabilidad, lo relacional que, casualmente, son dimensiones históricamente feminizadas y sistemáticamente desvalorizadas.
Este cuestionamiento está fuera del radar y de la conversación, inclusive puede sonar “anticientífico”. Por ello vale la pena detenerse y preguntar: ¿cómo invitamos a las niñas a una ciencia que, durante años, ha tratado su existencia y realidad como anomalía, ruido, problema a corregir o que de plano las ignora?
Cuando hablamos de inteligencia artificial solemos celebrar su objetividad, pero la evidencia empírica desmonta rápidamente ese mito. Un estudio ya clásico del MIT Media Lab, Gender Shades, mostró que los sistemas de reconocimiento facial tenían tasas de error inferiores al 1 % en hombres blancos, pero que esos errores podrían escalar hasta 34 % en mujeres con rasgos de color. ¿Qué significa esto? No es que la tecnología falle, sino que fue entrenada con datos que no las representaban.
Los algoritmos no flotan en el vacío, clasifican, jerarquizan, deciden y lo hacen a partir de conjuntos de datos que reflejan prejuicios históricos. Diversas investigaciones han documentado sesgos de género y raza en sistemas de selección de personal, en herramientas de evaluación de riesgo y en modelos predictivos usados por gobiernos y empresas. El efecto es preocupante: la discriminación deja de ser excepcional y se vuelve sistémica y automatizada.
En este punto vale la pena plantearse otra pregunta que rara vez se formula cuando hablamos de niñas y ciencia: ¿qué idea de ciencia e inteligencia estamos enseñando a admirar?
La inteligencia artificial, por ejemplo, reconoce como inteligente aquello que puede medirse, cuantificarse y automatizarse. Pero ¿qué pasa con el juicio ético, con la deliberación, con la capacidad de cuidar o de contextualizar? ¿Qué lugar ocupan esas formas de inteligencia cuando el estándar lo definen una máquina o algoritmos entrenados para maximizar eficiencia, nada más?
Invitar a las niñas a la IA sin cuestionar esa definición implica, muchas veces, pedirles que dejen partes de sí mismas, de su historia, contexto y circunstancias fuera para poder entrar y participar. No porque no sean capaces, sino porque el modelo dominante no sabe qué hacer con esas dimensiones y simplemente, las excluye.
Además, la inteligencia artificial no sólo reproduce sesgos de género. Estudios en sociología de la tecnología han documentado también prejuicios religiosos, raciales y culturales, especialmente en sistemas de moderación de contenidos, traducción automática y clasificación de riesgos. Lo que se presenta como neutral es, en realidad, una forma de poder epistémico: decidir qué cuenta como normal, aceptable o verdadero.
Por eso, promover la ciencia hoy no puede significar solo abrir la puerta, tiene que significar dar herramientas para entender cómo funcionan los algoritmos, sí, pero también para cuestionarlos críticamente y plantearse quién los diseñó, con qué supuestos, para beneficiar a quién y a costa de qué.
Aprender ciencia -y aprender inteligencia artificial- no debería ser un ejercicio de obediencia técnica, sino de pensamiento crítico e inclusive filosófico. No basta con que las niñas sepan programar si no pueden cuestionar qué vale la pena automatizar y qué no. No basta con que entren a los laboratorios si no tienen espacio para discutir qué formas de conocimiento están siendo sistemáticamente excluidas.
Hay, además, una dimensión corporal que rara vez aparece en este tipo de debates científicos. La ciencia y la tecnología no sólo producen conocimiento: ordenan cuerpos y realidades, deciden qué se mide, qué se clasifica, qué se considera eficiente. En ese sentido, las mujeres que menstrúan, gestan, envejecen o cuidan suelen ser tratadas como ineficiencias en modelos diseñados para maximizar la productividad.
No es que las mujeres no quepan en la ciencia, es que el modelo de ciencia que conocemos hasta el momento decidió que esas realidades y temas no cabían.
Por eso, el desafío de este Día Internacional de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia no es solo sumar cifras ni repetir consignas, es atrevernos a hacer preguntas más profundas. Es preguntar si queremos más mujeres adaptándose a un modelo que no las reconoce o más pensamiento crítico transformando ese modelo desde dentro.
Promover la ciencia sigue siendo urgente y necesario, pero promoverla sin reflexión y cuestionamiento es insuficiente. Tal vez el mejor gesto hoy no sea sólo decirles a las niñas que hay lugar para ellas, sino asegurar que tengan las herramientas para entender cómo funciona la ciencia, cómo opera la inteligencia artificial y sobre todo, cómo puede ser cuestionada y reconstruida para que incluya la realidad de las mujeres y las niñas.
Para hacer cambios en un sistema es necesario conocerlo y una ciencia que no admite preguntas no merece llamarse así.

El encuentro entre Trump y Petro rebajó tensiones y reabrió el diálogo tras una etapa conflictiva, aunque sin que hubiera nuevos compromisos formales.
La reunión era muy esperada y llegó precedida de episodios de tensión.
Tras meses de cruces verbales, advertencias públicas y desconfianza mutua, Gustavo Petro y Donald Trump se encontraron finalmente en la Casa Blanca este martes.
Semanas atrás, Trump llamó a Petro narcotraficante, le advirtió de que “debía cuidarse” y llegó a afirmar que le “sonaba bien” una acción militar en Colombia similar a la emprendida en Venezuela.
El presidente colombiano, por su parte, acusó a Estados Unidos de violar la soberanía colombiana y matar a gente inocente en sus operaciones antidroga.
Previamente, Estados Unidos había revocado el visado de Petro después de que este pidiera a los soldados estadounidenses que desobedecieran a Trump en un mitin propalestino en Nueva York.
En ese contexto, el encuentro de este martes -que se prolongó cerca de dos horas a puerta cerrada- acercó a los dos mandatarios, que intercambiaron gestos de cordialidad.
Petro salió de Washington con su imagen reforzada y una relación aparentemente más fluida con Trump, aunque sin avances concretos.
El primer logro tangible para Petro fue acabar con la tensión de una relación que, hasta hace poco, parecía al borde de la ruptura.
Las imágenes difundidas por la Casa Blanca y la presidencia colombiana mostraron a ambos mandatarios sonrientes, sentados juntos en el Despacho Oval y acompañados de sus principales colaboradores.
“Nos entendimos muy bien”, afirmó Trump en unas breves declaraciones tras la reunión, en las que admitió que él y Petro “no eran los mejores amigos” pero afirmó que el encuentro fue cordial y no se sintió insultado.
También mencionó que debatieron sobre un acuerdo relativo al narcotráfico, aunque no dio detalles.
“Estamos trabajando en ello”, indicó, y agregó que ambos hablaron sobre “sanciones” sin especificar en qué sentido.
Petro, por su parte, afirmó tras el encuentro que le “gustan los gringos francos” y calificó como “positiva” su impresión tras citarse con Trump.
“La impresión que tengo de una reciente reunión de hace unas horas es positiva, en primerísimo lugar. Esa es la realidad”, declaró al iniciar su conferencia de prensa en la embajada de Colombia.
En una reflexión más política, reconoció que ni él ni Trump habían cambiado de postura en muchos temas, pero defendió el diálogo como vía para recomponer la relación.
“Un pacto no es entre hermanos gemelos. Un pacto es entre contradictores que pueden encontrar los caminos de una hermandad humana”, aseveró.
Este cambio de tono se considera un punto de inflexión en una relación que vivió meses de fuertes choques, especialmente después de que Petro denunciara lo que llamó un “genocidio” en Gaza durante una visita a Nueva York.
Petro indicó, sin embargo, que no se puede dialogar bajo amenazas, en referencia a las sanciones que ha recibido de Washington.
“Yo estoy en la lista OFAC (de sanciones del Departamento del Tesoro estadounidense), en mi opinión, por lo que dije en Nueva York”.
Uno de los objetivos centrales de Petro era confrontar la visión de Washington sobre el narcotráfico en Colombia y defender la estrategia de su gobierno.
En 2025, por primera vez en tres décadas, Estados Unidos retiró a Colombia la certificación como socio estratégico en la lucha contra las drogas, alegando un aumento récord de cultivos de hoja de coca.
El presidente colombiano también sugirió que este martes hubo un entendimiento con el mandatario estadounidense en esta materia.
“Lo que dijo Trump en la reunión es que él no cree en sanciones. Y que él no las ve en este caso en particular. No las ve racionales. Y yo creo que tiene razón, es lo mismo que yo pienso”, declaró.
No detalló, sin embargo, si Washington volverá a certificar a Colombia en el futuro próximo.
Insistió en que su país no es responsable del consumo global de drogas: “Colombia no consume cocaína, los porcentajes son mínimos. Ni fentanilo, ni produce fentanilo”.
Por otra parte, Petro aseguró haber entregado a Trump una lista con los nombres de quienes considera los verdaderos líderes del narcotráfico.
“La primera línea del narcotráfico no es la que te imaginas”, sostuvo.
Aseguró que esos capos no operan en zonas rurales ni portan fusiles, sino que “viven en Dubái, en Madrid, en Miami” y manejan sus capitales fuera de Colombia.
Aunque no reveló nombres, afirmó que “los conocen las agencias de los Estados Unidos” y que deben ser perseguidos mediante una articulación internacional de inteligencia.
Para reforzar su argumento, citó operaciones recientes realizadas junto a la DEA y la inteligencia naval colombiana, que permitieron incautar 15 toneladas de cocaína en apenas dos días, incluyendo un submarino interceptado cerca de las Azores.
El viaje a Washington también deparó una lectura clave en la política interna colombiana.
Petro se juega la continuidad de su proyecto con la candidatura de Iván Cepeda en las elecciones presidenciales programadas para mayo frente a una oposición que lo acusa de haber puesto en riesgo la histórica alianza con Estados Unidos.
Durante meses, sectores opositores advirtieron que un gobierno de izquierda podía aislar a Colombia de su principal socio estratégico en seguridad y economía.
Sin embargo, el tono cordial del encuentro con Trump ofrece a Petro un buen argumento para desactivar ese relato.
Las imágenes de la reunión con ambos mandatarios sonrientes, las dedicatorias personales de Trump (“Un gran honor. Amo a Colombia” y “Eres genial”, escribió el mandatario estadounidense en sendas notas para Petro) y la ausencia de reproches públicos refuerzan la idea de que la relación bilateral sigue en pie pese a las diferencias ideológicas.
Analistas consultados por BBC Mundo señalaron que la relación entre Petro y Trump, así como el resultado de la reunión de este martes, podrían tener una influencia notable de cara a los comicios.
Pese a los numerosos gestos simbólicos, la reunión dejó más interrogantes que certezas.
No hubo anuncios de acuerdos concretos ni comunicados conjuntos, y varios de los temas más sensibles siguen pendientes.
Las sanciones personales contra Petro continúan vigentes y tampoco se aclaró si Estados Unidos reconsiderará su decisión de “descertificar” a Colombia en la lucha antidrogas.
En materia regional, Petro confirmó que hablaron sobre Venezuela y la posibilidad de una reactivación económica con apoyo de Colombia.
“Vimos cómo podría ser una reactivación de Venezuela con ayuda de Colombia, en su frontera, en su vecindad… y cuál es el papel de EE.UU.”, explicó.
Sin embargo, no se anunciaron pasos concretos ni cambios inmediatos en la política estadounidense hacia Caracas, o nuevas iniciativas de cooperación con Colombia en relación a Venezuela.
Tampoco se revelaron avances específicos sobre integración energética, seguridad fronteriza y cooperación contra el narcotráfico en el Caribe y el Pacífico.
Petro insistió en que el cierre de fronteras con Venezuela fue contraproducente: “Cuando se cerró la frontera, lo que más se comerció entre los dos países fue cocaína”, afirmó, defendiendo la apertura y el comercio legal como herramientas de estabilidad.
Al cierre de su conferencia de prensa, el mandatario colombiano aseguró haber pedido a Trump que desclasifique informes de la CIA sobre dos episodios clave de la historia de Colombia: el asesinato del precandidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y la toma del Palacio de Justicia en 1985.
Petro concluyó asegurando que en su país persiste un “genocidio” que continúa hasta hoy.
Así, el encuentro no sirvió para producir acuerdos tangibles pero sí rebajó tensiones y normalizó el diálogo entre los líderes de los dos países aliados.
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