
Hay que decirlo, envejecer no es solamente un proceso biológico, es un proceso social, y destacar esto importa y mucho. Mientras la industria de la enfermedad organiza la vejez en torno a diagnósticos, medicamentos y tratamientos, la evidencia científica muestra que uno de los factores más poderosos para la salud en edades avanzadas no se encuentra en una farmacia. Tiene otro nombre y se llama vínculo social.
Durante años hemos entendido la longevidad y la edad como un riesgo, un mal que inevitablemente llega a la sociedad y a las personas, como un problema de políticas públicas, como un problema familiar y como una amenaza fiscal. Pocas veces se habla sobre ella con cuestiones relacionadas al entorno social y a la comunidad que rodea este proceso natural de la vida. La Organización Mundial de la Salud reconoce hoy que la soledad y el aislamiento social son un problema serio de salud pública con impactos directos en el bienestar físico y mental de las personas. No se trata de un tema emocional menor: es un determinante social de la salud.
La evidencia científica es clarísima al respecto. Un estudio publicado por Julianne Holt-Lunstad encontró que las personas con relaciones sociales sólidas tienen una probabilidad significativamente mayor de supervivencia en comparación con aquellas con redes débiles. El efecto de las relaciones sociales sobre la mortalidad es comparable al impacto de factores de riesgo ampliamente reconocidos en salud pública.
El U.S. Surgeon General publicó una advertencia oficial sobre la epidemia de soledad y aislamiento, señalando que la desconexión social se asocia con mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, demencia, depresión y mortalidad prematura. Este documento es relevante porque se trata de una alerta institucional sobre costos sanitarios y sociales del aislamiento.
En personas mayores, la vulnerabilidad se acentúa y es motivo de atención por parte de las y los expertos en longevidad. La OMS estima que aproximadamente una de cada seis personas mayores experimenta aislamiento social y una proporción significativa reporta soledad persistente. Estamos hablando de un problema estructural, no de un fenómeno aislado.
Frente a estos datos es inevitable preguntarnos por qué seguimos organizando la vejez como un asunto individual y clínico cuando la evidencia muestra que es profundamente relacional.
Hablar de comunidad no es hablar de entretenimiento ni de actividades para pasar el tiempo o de actividades para “quienes no tienen algo mejor que hacer”. Comunidad significa pertenencia sostenida, redes de confianza, reciprocidad y propósito. Significa tener a quién llamar y que alguien note tu ausencia. Significa que el envejecimiento no se vive en aislamiento sino en interacción.
Desde una perspectiva económica, esto no es romántico ni inspiracional: es racional. La OCDE ha advertido que las conexiones sociales son un componente crítico del bienestar en sociedades que envejecen y que el deterioro de vínculos incrementa vulnerabilidades sanitarias y sociales.
Al hablar de la Silver Economy, esta realidad cambia el enfoque. Si la longevidad se aborda exclusivamente como mercado médico -suplementos, tratamientos, anti-envejecimiento- el modelo es reactivo. Si se aborda como ecosistema social, el modelo es preventivo. Una persona mayor con redes activas, participación comunitaria y sentido de propósito tiene mayor probabilidad de mantener autonomía y bienestar psicológico.
La diferencia no es menor. En términos de políticas públicas, implica pasar de invertir solamente en atención clínica a invertir también en infraestructura social. En términos empresariales, implica reconocer que la comunidad no es un accesorio reputacional, sino un factor que reduce riesgos y costos sanitarios.
La narrativa antiedad vende la ilusión de “combatir” el tiempo y el envejecimiento. La evidencia en salud pública sugiere algo más sensato: aceptar el envejecimiento como etapa vital y fortalecer las condiciones sociales que lo sostienen. No se trata de negar la medicina, se trata de reconocer que la medicina sola no es suficiente.
Si las ciudades hostiles generan aislamiento, si las viviendas no adaptadas confinan, si el retiro rompe redes laborales sin ofrecer alternativas de pertenencia, entonces la enfermedad no es únicamente biológica: es estructural y comunitaria.
Envejecer en comunidad no es una aspiración nostálgica. Es una estrategia de salud pública, un modelo económico más sostenible y, sobre todo, una decisión política y profundamente humana sobre cómo queremos vivir más años: luchando contra la edad, marginando a quienes viven esta etapa o habitándola en compañía, reconociéndola y dignificándola.

Los ataques de Irán a los Estados árabes del Golfo sugieren que la República Islámica no sólo tiene como objetivo al ejército estadounidense sino también la infraestructura civil.
En el cielo azul y despejado de Abu Dhabi, en Emiratos Árabes Unidos (EAU), se ven estelas blancas sobre las villas color arena y los jardines bien regados.
No se trata de Dreamliners ni Airbus transportando el siguiente contingente de turistas y trabajadores temporales. Son misiles balísticos lanzados por el gigante vecino de los Emiratos al otro lado del Golfo: Irán.
El domingo por la tarde, el Ministerio de Defensa de EAU afirmó que hasta ese momento había “lidiado” con 165 misiles balísticos, dos misiles de crucero y 541 drones iraníes.
En Baréin, un amigo me alertó el domingo por la mañana de que el aeropuerto estaba siendo atacado.
“Me despertaron fuertes explosiones y sirenas”, escribió. “Creo que unas 20 explosiones. Al menos dos impactos”.
Estas escenas no son habituales en esta región, pero desde que comenzó el conflicto el sábado por la mañana, Irán parece haber ampliado sus objetivos, pasando de solo objetivos militares, como el cuartel general de la Quinta Flota de la Armada estadounidense en Baréin, a aeropuertos y otras instalaciones civiles.
Ahora, hoteles de lujo, centros comerciales, rascacielos y terminales de salidas en aeropuertos de última generación son objeto de ataques esporádicos mientras aparecen brechas en las defensas aéreas de los Estados árabes en el Golfo.
Estos lugares nunca se construyeron con la perspectiva de que algún día fueran atacados por drones y misiles balísticos.
El ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Aragchi, negó haber atacado a los vecinos de su país. “No estamos atacando a nuestros vecinos en los países del Golfo Pérsico, sino a la presencia de Estados Unidos en estos países. Los vecinos deberían dirigir sus quejas a quienes toman las decisiones en esta guerra”, le dijo a la cadena Al Jazeera.
Parte de los daños a la infraestructura civil en los países del Golfo es accidental, resultado de la caída de escombros de misiles interceptados.
Pero no todos.
El número de ataques a aeropuertos en Baréin y Emiratos Árabes Unidos apunta a algo más que una coincidencia.
Irán siempre dejó en claro de antemano que, si era atacado, tomaría represalias contra cualquier país que considerara cómplice del ataque.
Los países del Golfo se esforzaron para demostrar a Irán que, a su juicio, no eran parte de este ataque estadounidense-israelí.
Sin embargo, en esencia, están siendo castigados por ser socios militares de Washington desde hace mucho tiempo.
Antes de la Revolución Islámica, en la época del sha, Irán era conocido como “el policía del Golfo”.
Desde la revolución, siempre intentó convencer a sus vecinos que debería retomar ese papel, “haciéndose cargo de la seguridad” de lo que llama Khaleej-e-Fars, el Golfo Pérsico (los árabes lo llaman Golfo Arábigo).
Los líderes iraníes han intentado, sin éxito, persuadir a los Estados árabes del Golfo para que expulsen a la Armada estadounidense y los acepten como sus guardianes.
Pero para los gobernantes de los Estados del Golfo —monarquías conservadoras y dinásticas para quienes el fervor revolucionario de la República Islámica es un anatema— aquí se ha cruzado una línea.
Es difícil imaginar cómo podrán volver a tener relaciones que se acerquen a la normalidad con el actual liderazgo iraní, es decir, si este sobrevive a esta guerra.
Arabia Saudita y Omán, dos países que desde hace tiempo han acogido a fuerzas militares estadounidenses y occidentales, salieron mucho más airosos que los otros cuatro Estados del Golfo Pérsico.
Omán, que mantiene buenas relaciones con la República Islámica y mediaba en las conversaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán, sufrió un ataque con drones en su puerto comercial de Duqm, en la costa del mar Arábigo.
La capital saudita, Riad, parece haber sido atacada el sábado, lo que provocó un enérgico comunicado de su gobierno.
“El Reino de Arabia Saudita expresa su rechazo y condena en los términos más enérgicos a los flagrantes y cobardes ataques iraníes contra la región de Riad y la Provincia Oriental, que fueron interceptados con éxito. Estos ataques no pueden justificarse bajo ningún pretexto”, afirma el comunicado.
Esta no es la primera vez que Irán ataca a sus vecinos árabes del Golfo, ya sea directa o indirectamente, pero nunca a esta escala.
En 2019, una milicia iraquí respaldada por Irán lanzó una lluvia de drones contra las instalaciones petroquímicas de Saudi Aramco en Abqaiq y Khurais, bloqueando temporalmente la mitad de su capacidad de exportación diaria.
En junio pasado, Irán disparó misiles balísticos contra la base aérea de al-Udaid en Qatar, pero esto se interpretó como una respuesta performativa al ataque aéreo estadounidense “Operación Martillo de Medianoche”, que destruyó las instalaciones nucleares iraníes en Isfahán, Natanz y Fordo, y Teherán avisó discretamente con antelación.
Baréin, que tiene una numerosa y a veces inquieta población chiita, lleva tiempo acusando a Irán de financiar, entrenar y armar a insurgentes en su país.
Sin embargo, todo esto palidece en comparación con la situación que viven actualmente los países árabes del Golfo.
Para el presidente Trump, para Israel, para muchos gobiernos de Medio Oriente y, por supuesto, para muchos iraníes, el mejor resultado ahora sería un rápido fin del régimen de la República Islámica, seguido de una transición fluida hacia la democracia y un mundo donde Irán pueda disfrutar de relaciones normales con el resto del mundo.
Sin embargo, no es nada seguro que esto ocurra.
Estados Unidos e Israel están librando una carrera para tratar de destruir la capacidad de Irán de seguir lanzando estos misiles y drones antes de que pueda dispararlos.
Para los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI), el dilema es si intensificar un ataque contra un objetivo importante, como un buque de guerra estadounidense, con la esperanza de superar sus defensas, o retener gran parte de su arsenal oculto con la esperanza de superar la paciencia del presidente Trump.
Irán también sabe que, si bien cuenta con un número finito de misiles y drones, sus adversarios también están limitados por el número de defensas aéreas que les quedan.
Si estos se agotan antes de que Irán se quede sin misiles, drones o lanzadores, la vida para quienes están en el terreno en el Golfo podría volverse aún más alarmante.
El equilibrio de poder favorece claramente a Estados Unidos e Israel.
Se trata de dos de los ejércitos más poderosos y tecnológicamente avanzados del mundo.
Hay dos grupos de ataque de portaaviones estadounidenses en la región con más de 200 aviones de combate, mientras que Irán, sometido a amplias sanciones durante años, carece de fuerza aérea.
Tanto Israel como Estados Unidos gozan de una superioridad aérea absoluta.
Pero Teherán aún tiene algunas ventajas.
El régimen, aunque debilitado e impopular entre gran parte de su población, solo tiene que sobrevivir para proclamarse vencedor a largo plazo de este conflicto.
La República Islámica, con su culto al martirio, puede soportar mucho más sufrimiento que Estados Unidos, y cuanto más se prolongue este conflicto, más ansioso estará el presidente Trump por encontrar una salida.
¿Volverán Estados Unidos e Irán a las conversaciones?
Si el régimen iraní colapsa, no será necesario.
Pero si el régimen sobrevive, y eso bien podría suceder, las tres exigencias de Washington a Teherán volverán a cobrar protagonismo: la limitación del sospechoso programa nuclear iraní, incluyendo la reanudación de las inspecciones; el fin del programa de misiles balísticos iraní; y el fin del apoyo iraní a las milicias subsidiarias en la región, como Hezbolá, Hamás y los hutíes.
Omán afirma que se lograron avances reales en las conversaciones celebradas en Ginebra el mes pasado sobre el expediente nuclear.
Sin embargo, Irán descartó discutir los otros dos temas, lo que llevó a Donald Trump a declarar su “descontento con el desarrollo de las conversaciones”.
Es posible que los contactos extraoficiales conduzcan a un alto el fuego, seguido de la reanudación de las conversaciones.
Pero si las posiciones negociadoras de ambas partes no cambian, es probable que se reanuden las acciones militares.
Por lo tanto, este conflicto aún no ha llegado a su fin.
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