
Marzo es el mes en que se revisan avances, retrocesos y pendientes en la agenda de derechos de las mujeres a nivel global, pero este 2026 empezó de manera atípica y en un contexto particularmente violento, con olor a guerra y confrontación.
La intervención en Venezuela, la retirada funcional de Estados Unidos de espacios multilaterales, el debilitamiento abierto del orden internacional basado en reglas y, ahora, la escalada militar entre Estados Unidos e Irán, configuran un escenario que no es solo inestable: es estructuralmente más crudo y amenazante.
En tiempos de guerra -y esto no es retórica, es evidencia acumulada- el cuerpo de las mujeres se convierte en campo de batalla. Numerosos estudios dan cuenta de ello.
Los registros de Naciones Unidas, y de organismos humanitarios muestran patrones constantes: en contextos de conflicto armado aumentan la violencia sexual, la trata, el desplazamiento y la impunidad. La militarización no se limita a los frentes, penetra la vida cotidiana y lo hace sobre cuerpos específicos, cuerpos de mujeres, niñas y niños.
Pero lo más preocupante no es solo la violencia. Es la invisibilidad.
En los grandes titulares, en los debates estratégicos, en los cálculos de disuasión y seguridad, las mujeres desaparecen del análisis. Son mencionadas como víctimas colaterales, rara vez como sujetas políticas con agencia, derechos y voz propia. Como si en el contexto de la guerra no tuvieran voz.
Esa invisibilidad no es accidental. Es estructural.
Es necesario hablar de Irán hoy. Las mujeres iraníes llegan a este momento después de haber protagonizado uno de los movimientos más valientes de los últimos años: Woman, Life, Freedom. Han desafiado al régimen teocrático, han enfrentado prisión, persecución y muerte por reclamar autonomía básica sobre sus cuerpos y su vida. Su vida pende de un hilo por simplemente querer algo elemental: que sus derechos sean respetados, reconocidos y su existencia visibilizada.
Hoy están atrapadas entre dos fuegos.
Por un lado, un régimen cuya estructura institucional, aparato de seguridad y lógica represiva permanecen intactos. Aún no se sabe qué sigue ni quién tomará el poder. La eliminación del ayatolá Alí Jamenei no desmantela el sistema. La historia demuestra que los vacíos de poder no garantizan democratización, con frecuencia producen mayor militarización, un cierre interno de filas y represión bajo la narrativa de la amenaza externa.
Por otro lado, una intervención que puede fortalecer a los sectores más duros del régimen, justificar estados de excepción y desplazar más (si es que eso es posible aún) la agenda de libertades civiles.
Las mujeres iraníes no necesitan héroes externos ni bombas redentoras. Necesitan garantías estructurales, estado de derecho, instituciones responsables, coherencia y apoyo internacional y mecanismos efectivos de protección.
Al mismo tiempo, se vive a nivel internacional el debilitamiento del multilateralismo y ello tiene consecuencias concretas y claras.
Cuando se erosionan los organismos de derechos humanos, cuando se reducen fondos para la cooperación, cuando se fragmentan mecanismos de monitoreo y presión internacional, la vulnerabilidad de las mujeres se multiplica. El sistema multilateral era imperfecto, pero ofrecía algo esencial: marcos jurídicos, foros de denuncia, documentación sistemática, presión diplomática y financiamiento humanitario, sobre todo, establecía reglas de juego a las que podía apelarse. Los derechos de las mujeres tenían un marco regulatorio internacional que podía cobijarlas y al que podían recurrir. No siempre sucedió, es cierto, pero servía como base para la actuación y el apoyo de quienes podían hacerlo.
En un mundo donde las potencias actúan unilateralmente y las instituciones pierden capacidad, las mujeres en contextos de conflicto quedan aún más expuestas. No porque la violencia sea nueva, sino porque los contrapesos son más débiles.
La guerra concentra poder, reduce controles, suspende prioridades sociales. En ese clima, la agenda de género se considera secundaria, incluso prescindible para quienes toman decisiones, para quienes tienen el poder de las armas y el poder para amenazar. En tiempos de guerra la discusión sobre violencia de género pasa a un segundo plano, cuando difícilmente en tiempos “de paz” alcanza los titulares. Todo se subordina a la “seguridad nacional”.
En marzo deberíamos estar discutiendo presupuestos con perspectiva de género, participación política, cuidados, brechas salariales, acceso a la justicia. En cambio, el debate público se centra en drones, escaladas y alianzas militares, petróleo y amenazas.
Cada vez que la agenda de derechos se desplaza en nombre de la urgencia estratégica, se envía un mensaje claro: hay prioridades que siempre pueden esperar. Entre esas prioridades, históricamente, han estado las mujeres.
La violencia contra las mujeres no se detiene en tiempos de guerra. Se transforma, se normaliza, se invisibiliza bajo el ruido de los bombardeos.

BBC Mundo conversó con dos latinoamericanos que viven en Medio Oriente. Tanto Ibis como José concuerdan en decir que lo peor fue la incertidumbre del sábado, cuando empezaron a caer los misiles.
Una ruidosa alarma en su teléfono celular sobresaltó a la periodista venezolana Ibis León Malave en la tarde del sábado, mientras estaba descansando en su casa en una zona residencial en el centro de Qatar.
“De inmediato es angustiante porque suena como un alarma de incendios”, le contó Ibis a BBC Mundo. “Llega a todos los celulares con indicaciones e información oficial de las autoridades”.
La alarma se lanzó en repuesta al operativo militar conjunto que Estados Unidos e Israel lanzaron este fin de semana contra Irán, en el que murió el líder supremo del país, Alí Jamenei.
Los países del Golfo Pérsico activan sus alarmas para prevenir muertes civiles en sus territorios, ya que su cercanía diplomática con EE.UU. los ha convertido en objetivos de los ataques del ejército de Irán.
Ese mismo sistema se activó también el sábado, a casi 600 km de distancia, en Emiratos Árabes Unidos. Pero cuando el guatemalteco José Basilea la recibió, ya sabía lo que estaba pasando.
“Me di cuenta cuando los misiles entran al cielo emiratí y el ejército lo intercepta”, le dijo a BBC Mundo desde Abu Dhabi, donde vive hace poco más de 5 años. “Ese golpe, ese sonido es lo que se escucha como una explosión”.
“Entonces el sábado, eso es lo que se empezó a escuchar (…) y a través de videos me di cuenta de que, en efecto, hubo una explosión y que sí que hubo unos escombros que sí cayeron cerca de donde yo vivo, en la isla de Yaz”.
Ibis y José le contaron a BBC Mundo sus experiencias viviendo un momento histórico, en países que están en alerta por los ataques de Irán.
A pesar de la distancia que los separa, tanto Ibis como José concuerdan en decir que lo peor fue la incertidumbre tuvo lugar el sábado, cuando empezaron a caer los misiles.
“Después de recibir la alerta, como a los cinco minutos, empezamos a escuchar explosiones y sentimos la onda expansiva en la estructura del edificio”, le dijo Ibis a BBC Mundo.
“Muy leve porque, aunque la percepción y la sensación es que está cerca, no está ocurriendo tan cerca, pero todo sí tiembla: las puertas, las ventanas, sientes como la estructura del edificio se resiente un poco con estas explosiones”.
“De día solo se ve como una nube en el cielo, en el lugar donde interceptaron el misil”.
Ibis llegó con su esposo a Qatar buscando una nueva vida, lejos de la crisis política y económica de su país.
“Las personas me han parecido amables”, dijo, “y apenas llegué pude también contactar con una comunidad de hispanohablantes, lo que te permite no sentirte solo o tener la posibilidad de hablar también en tu idioma”
“Pero, por supuesto, con todo este conflicto, pues ahora nos queda simplemente esperar. Hay demasiada incertidumbre. Miedo también, por supuesto.”
José, por su parte, ha hecho una carrera en los países del Golfo, trabajando con el servicio diplomático de Guatemala, tanto en Dubái como en Abu Dhabi, gracias a lo cual, ya lleva 5 años viviendo en la región.
José recuerda que el sábado, las autoridades empezaron a usar los mensajes de emergencia para pedirle a la gente que se escondiera en los sótanos de los edificios.
Este tipo de experiencias son excepcionales en un país que está enfocado en convertirse en un hub internacional para el turismo y los negocios.
“Específicamente Abu Dhabi es una ciudad exageradamente tranquila, donde no pasa mucho,” explica José.
Eso es algo que hace mucho más alarmante los sonidos que atravesaron los cielos el sábado: “Son sonidos como hipersónicos o algo por el estilo donde se escucha un primer bombazo, pasa un tiempo y luego se escucha como como la ola”.
José recuerda que Emiratos Árabes Unidos no cuenta con un sistema de defensa antiaérea como el famoso Domo de Hierro de Israel -aunque las bases estadounidenses en los territorios del Golfo sí cuentan con sistemas similares-, algo que aumenta el riesgo.
Pero siente que la gente igual confía en las capacidades de las fuerzas armadas del país para defenderlos.
“Miedo, personalmente, yo no lo tengo”, cuenta José. “Sí hay preocupación, pero tanto Dubái como Abu Dhabi, como Emiratos Árabes Unidos en general, está teniendo una vida muy normal dentro de lo que cabe con la situación en la que estamos”.
Ibis ve lo mismo en los cataríes: “La sensación en general es que la gente tiene buen ánimo, confía en el sistema de defensa de Qatar y cree que va a ser algo temporal. Tienen la esperanza de que es algo que se puede resolver a corto plazo. Tratan de mantener la calma”.
Ambos concuerdan en que el sistema de alertas tempranas de ambos gobiernos ha funcionado de manera eficiente, y que los servicios, por lo menos en las zonas donde ellos están, se han mantenido activos.
“Por una parte, con las alarmas, hay como una sensación de alivio porque las autoridades están allí indicándote qué hacer,” explica Ibis. “Pero, por otro lado, es ver cómo me protejo realmente, porque estar dentro de mi casa es la única garantía de seguridad”.
Algo le queda claro a José, luego de contar su experiencia del sábado a BBC Mundo: “Si tú me preguntas dónde está mi casa, para mí es Emiratos Árabes Unidos”.
“Entonces, uno no tiene que estar con un país que le ha dado tanto solo en las buenas y en los momentos de alegrías y de fiestas y de comidas y demás, sino en los momentos donde el país necesita que exista esa estabilidad”.
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