
Bad Bunny convirtió el medio tiempo del Super Bowl en un acto político cuidadosamente coreografiado que dialoga con una larga tradición de gestos de resistencia y llamados a la unidad en el deporte y el espectáculo en Estados Unidos. Su mensaje resuena en un país que presume la libertad de expresión, pero que sigue atrapado en tensiones raciales y en políticas antiinmigrantes cada vez más agresivas.
En un estadio abarrotado y conectado al mundo entero, Bad Bunny eligió responder al clima de miedo alimentado por las operaciones de ICE y por amenazas públicas de que habría presencia de agentes migratorios alrededor del Super Bowl. Días antes ya se había debatido si su presencia pondría en riesgo a comunidades latinas e indocumentadas, y la propia NFL tuvo que aclarar que no habría operativos de detención vinculados al juego, reconociendo de facto que el fútbol americano se disputa hoy también en el terreno de la política migratoria. En ese contexto, el artista puertorriqueño cerró su actuación enumerando los países de todo el continente americano y rematando con un “God bless America” que, lejos de ser un guiño al nacionalismo excluyente, reivindicó la idea de América como espacio compartido, diverso y mestizo, donde los latinos no son invitados: son parte constitutiva del proyecto.
Su gesto no surge en un vacío, sino que se inscribe en una genealogía de rebeldías deportivas frente al racismo y la exclusión. Recordemos que en 1968, en los Juegos Olímpicos de México, Tommie Smith y John Carlos alzaron el puño con guante en el podio de los 200 metros planos, denunciando la violencia racial en Estados Unidos y pagando un altísimo costo, pues fueron expulsados de los Juegos y estigmatizados durante años. Décadas más tarde, en la propia NFL, Colin Kaepernick decidió arrodillarse durante el himno nacional para denunciar la brutalidad policial contra personas negras, inaugurando una ola de protestas que lo dejó sin equipo, pero lo convirtió en símbolo global de resistencia. El basquetbol y el beisbol tampoco han sido ajenos: LeBron James ha usado de forma sistemática su plataforma para hablar de racismo estructural y participación política, mientras equipos como los Phoenix Suns jugaron como “Los Suns” en rechazo a leyes migratorias discriminatorias en Arizona, y las protestas masivas tras el asesinato de George Floyd forzaron a franquicias como Washington y Cleveland a abandonar nombres y mascotas ofensivas para los pueblos originarios.
La lista es larga y atraviesa disciplinas y épocas: de Muhammad Ali negándose a ir a Vietnam, a Kareem Abdul-Jabbar y Jim Brown articulando sus carreras deportivas con causas por los derechos civiles, pasando por generaciones recientes de atletas olímpicos y profesionales que se pronuncian contra el racismo y en favor de la igualdad. Todas estas gestas comparten un hilo conductor: usan el escenario deportivo que se presenta como neutral y “apolítico“, para evidenciar que la neutralidad, en contextos de desigualdad, es una forma de complicidad. En cada caso, la reacción del poder ha sido ambivalente: castigo y censura cuando la protesta irrumpe de forma espontánea, y cooptación o administración del mensaje cuando la crítica se vuelve imposible de ignorar.
Ahí radica una de las particularidades del medio tiempo de Bad Bunny: no fue un acto aislado de insubordinación individual, sino una puesta en escena planificada y asumida por la propia NFL y por la industria del entretenimiento, plenamente conscientes del impacto de su discurso en un país gobernado por un presidente que ha respaldado políticas de endurecimiento migratorio y un discurso hostil hacia los “ilegales”. El hecho de que, tras meses de polémica y hasta amenazas de que ICE estaría “por todas partes” en el Super Bowl, la liga confirmara que no habría operativos de detención, muestra que el negocio entendió que convertir el miedo en espectáculo podía volverse en su contra y optó por asociarse a un mensaje de unidad continental que, sin nombrarlo directamente, cuestiona el uso del aparato migratorio como herramienta de intimidación política.
En un país construido por migrantes sobre territorios arrebatados a pueblos originarios, que hoy siguen movilizándose contra nombres de equipos y símbolos que perpetúan su humillación, el medio tiempo de Bad Bunny funciona como espejo incómodo. La narrativa oficial habla de Estados Unidos como baluarte de la libertad y los derechos humanos, pero, al mismo tiempo, normaliza la detención masiva de personas sin documentos, el uso excesivo de la fuerza y la producción sistemática de crímenes de odio que rara vez se reconocen como tales. Cuando un artista latino, nacido en Puerto Rico —territorio colonizado que es parte de Estados Unidos, pero cuyos habitantes viven ciudadanía de segunda— se planta en el escenario más visto de la televisión estadounidense para decirle al público que “somos humanos, somos americanos” y que no son “animales” ni “aliens”, conecta directamente con discursos previos suyos en premios como los Grammy, y desarma la retórica que deshumaniza a la migración.
En redes sociales, el eco de esa intervención no se limitó al elogio a la producción musical o al espectáculo visual: millones de usuarios retomaron la idea de una América que va de norte a sur y cuestionaron el derecho de cualquier gobierno a definir quién pertenece y quién no en un país que jamás ha resuelto su propio contrato social. La polarización quedó expuesta en tiempo real: mientras sectores conservadores insistían en que el deporte debe mantenerse “al margen de la política”, otros recordaban que fueron justamente las luchas de atletas y artistas las que abrieron espacio a debates hoy considerados básicos, desde los derechos civiles hasta el matrimonio igualitario. El medio tiempo se transformó así en un foro transnacional, donde la diáspora latina, las comunidades negras, los pueblos originarios y otros colectivos pudieron reconocerse en un mismo relato de exclusión, pero también de resistencia.
La historia demuestra que estos gestos no cambian, por sí solos, estructuras de poder ni detienen el aparato de deportación o la lógica de criminalización. Sin embargo, sí alteran el imaginario: colocan a millones de espectadores frente al recordatorio de que, en el país que se reivindica como ejemplo democrático, seguir deteniendo, humillando y violentando a personas en nombre de la ley no es un simple “exceso”, sino la expresión contemporánea de una mentalidad de superioridad racial que viene de la colonización y de la esclavitud. Al seguir la estela de Smith y Carlos, de Kaepernick, de LeBron y de tantos otros, Bad Bunny no solo consolidó su propio lugar en la historia de las gestas deportivas y culturales contra el racismo y la xenofobia, también dejó claro que, mientras existan estadios llenos, cámaras encendidas y redes sociales dispuestas a amplificar, la cancha nunca será exclusivamente de quienes mandan.
* Iliana Rodríguez Santibáñez es profesora-investigadora del Tecnológico de Monterrey, Ciudad de México.

En algunos países la influencia genética en la esperanza de vida parece haberse duplicado. ¿Por qué?
Durante años, la respuesta parecía definitiva: la genética explica entre el 20% y el 25% de la variación en la esperanza de vida humana, y el resto se debe al estilo de vida y al entorno.
Pero un nuevo estudio publicado en Science cuestiona esta perspectiva y afirma sugiere que la contribución genética es considerablemente mayor.
La razón, según los investigadores, es que las estimaciones previas no tenían en cuenta cómo han cambiado las causas de muerte con el tiempo.
Hace un siglo, muchas personas morían por lo que los científicos llaman causas extrínsecas: accidentes, infecciones y otras amenazas externas.
Hoy en día, al menos en los países desarrollados, la mayoría de las muertes se deben a razones intrínsecas: el desgaste gradual de nuestros cuerpos a causa del envejecimiento y enfermedades relacionadas con la edad, como la demencia y las cardiopatías.
Para obtener una visión más clara, el equipo de investigación analizó numerosos grupos de gemelos escandinavos, excluyendo cuidadosamente los fallecimientos por causas externas.
También estudiaron a gemelos criados por separado y a hermanos de centenarios en Estados Unidos.
Al excluir las muertes por accidentes e infecciones, la contribución genética estimada aumentó drásticamente: del habitual 20-25% a alrededor del 50-55%.
El patrón cobra sentido al analizar enfermedades individuales. La genética explica gran parte de la variación en el riesgo de demencia, tiene un efecto intermedio en las enfermedades cardíacas y desempeña un papel relativamente modesto en el cáncer.
A medida que los entornos se vuelven más favorables, las poblaciones envejecen y las enfermedades causadas por el propio proceso de envejecimiento se vuelven más comunes, el componente genético parece naturalmente mayor.
Pero aquí es donde la interpretación se vuelve crucial. Una estimación más alta no significa que los genes se hayan vuelto repentinamente más poderosos, ni significa que solo se pueda influir en la mitad de las probabilidades de llegar a la vejez.
Lo que ha cambiado es el entorno, no nuestro ADN.
Consideremos la estatura humana como ejemplo. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de si se tenía suficiente comida y de si las enfermedades infantiles retrasaban el crecimiento.
Hoy en día, en los países ricos, casi toda la población tiene una nutrición adecuada.
Debido a que estas diferencias ambientales se han reducido, la mayor parte de la variación restante en la estatura se explica ahora por diferencias genéticas, no porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría de las personas ahora alcanzan su potencial genético.
Sin embargo, un niño desnutrido seguirá sin lograr una estatura adecuada, independientemente de sus genes.
El mismo principio se aplica a la esperanza de vida. A medida que hemos mejorado la vacunación, reducido la contaminación, enriquecido la dieta y adoptado estilos de vida más saludables, hemos disminuido el impacto general de los factores ambientales.
Cuando la variación ambiental disminuye, la proporción de variación restante atribuida a la genética —lo que los científicos denominan “hereditabilidad”— aumenta por necesidad matemática.
Las estimaciones anteriores no eran erróneas; simplemente reflejaban circunstancias históricas diferentes.
Esto revela algo fundamental: la hereditabilidad no es una propiedad biológica fija, sino una medida que depende completamente de la población y las circunstancias que se analizan.
La cifra tradicional del 20-25% describía la esperanza de vida tal como se experimentaba en poblaciones históricas, donde las amenazas externas eran importantes.
La nueva estimación del 50-55% describe un escenario diferente, donde dichas amenazas se han eliminado en gran medida, lo que en esencia describe un rasgo distinto.
La cifra principal de una esperanza de vida de alrededor del “50% heredable” corre el riesgo de malinterpretarse, como si los genes determinaran la mitad de las posibilidades de vida de una persona.
En realidad, la contribución genética en un individuo determinado puede variar de muy pequeña a muy grande, dependiendo de sus circunstancias.
Existen innumerables caminos hacia una larga vida: algunas personas tienen perfiles genéticos robustos que las protegen incluso en condiciones difíciles, mientras que otras compensan una genética menos favorable con una excelente nutrición, ejercicio y atención médica.
Cada persona representa una combinación única, y muchas combinaciones diferentes pueden resultar en una longevidad excepcional.
Las combinaciones más comunes dependen completamente de la población y de las circunstancias en las que las personas viven y envejecen. A medida que las causas externas de muerte continúan disminuyendo en el mundo real, aunque no desaparecerán por completo, será fascinante observar cómo evolucionan estos patrones.
Los autores de este último estudio admiten que aproximadamente la mitad de la variación en la esperanza de vida aún depende del entorno, el estilo de vida, la atención médica y procesos biológicos aleatorios, como la división celular descontrolada en el cáncer.
Su trabajo, argumentan, debería renovar los esfuerzos para identificar los mecanismos genéticos involucrados en el envejecimiento y la longevidad.
Comprender cómo interactúan los diferentes factores genéticos con los diferentes entornos es probablemente la clave para explicar por qué algunas personas viven mucho más que otras.
El estudio ofrece información valiosa sobre cómo los diferentes tipos de mortalidad han moldeado nuestra comprensión de la esperanza de vida.
Sin embargo, sus resultados se entienden mejor como una muestra de cómo cambia la hereditabilidad en diferentes contextos, en lugar de establecer una contribución genética única y universal a la longevidad.
En definitiva, tanto los genes como el entorno importan. Y, quizás aún más importante, importan juntos.
Así que, independientemente de si esto parece una buena o mala noticia, probablemente nunca obtendrás una respuesta sencilla sobre qué parte de tu esperanza de vida está determinada únicamente por los genes.
* Karin Modig es profesora asociada de epidemiología del Instituto Karolinska, Suecia. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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