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Después de Venezuela, ¿sigue México?
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Después de Venezuela, ¿sigue México?

Estamos lejos de una invasión estadounidense o de un operativo similar al observado en Venezuela y no parece que Estados Unidos lo requiera. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha sido particularmente eficaz al momento de apaciguar las presiones ejercidas por Trump, cediendo prácticamente en todas las demandas planteadas por el vecino del norte.
04 de enero, 2026
Por: Gerardo López García

Finalmente pasó lo que tanto se había estado anunciando: la intervención directa en Venezuela y la detención ilegal (¿secuestro?) del presidente Nicolás Maduro por parte del ejército estadounidense. Se añade una raya más al historial de golpes de Estado e intervenciones extranjeras realizadas por ese país, cuya tradición imperialista sigue más viva que nunca.

Este ominoso suceso prende las alarmas en México, y con justa razón, ya que ha quedado demostrado con hechos que las pulsiones intervencionistas de Donald Trump en América Latina no son únicamente amenazas retóricas. Incluso, durante su mensaje sobre el operativo en Venezuela, Trump se refirió a México. Afirmó que estaba “dirigido por los cárteles” y señaló que “tendrían que hacer algo al respecto”. En este contexto, cabe preguntarse: ¿puede México esperar una invasión de esta escala? ¿Realmente se encuentra en una situación comparable?

Existen elementos que permiten sostener que no enfrentaremos un escenario similar en los próximos años. No existen los mismos incentivos para que Estados Unidos haga en México lo mismo que acaba de suceder en Venezuela. A pesar de que Trump es un personaje impulsivo, sus decisiones siguen estando motivadas por incentivos específicos que pueden identificarse y que, en el caso venezolano, se alineaban para concretar la intervención.

En primer lugar, Venezuela era una nación no alineada con Estados Unidos, por decirlo suavemente. Hugo Chávez fue siempre una figura abiertamente antagónica a la presencia estadounidense en América Latina y un crítico férreo del historial intervencionista del país norteamericano. Estas tensiones se incrementaron aún más con la ruptura de relaciones diplomáticas en 2019, derivada del reconocimiento por parte de Washington de Juan Guaidó como presidente de Venezuela, con lo cual la nación sudamericana se convirtió en un antagonista directo del gobierno estadounidense. A ello se suma la cercanía de Venezuela con China y Rusia, otras potencias rivales de Estados Unidos, que desde la óptica de Washington representan amenazas concretas a la seguridad hemisférica, lo que contribuyó a elevar la tensión bilateral.

Por otra parte, está el incentivo de los recursos energéticos, ya que Venezuela sigue siendo un productor importante de petróleo. En este punto, Trump ha sido bastante transparente: desde diciembre de 2025, el gobierno estadounidense comenzó un bloqueo total al comercio del petróleo venezolano, y tanto el propio Trump como miembros de su gabinete declararon que la expropiación petrolera había representado un robo a la propiedad estadounidense y que la industria petrolera venezolana existía gracias a la fuerza laboral norteamericana. De este modo, el foco de la intervención dejó de ser el supuesto combate al narcotráfico y pasó a ser la apropiación del petróleo venezolano que, no olvidemos, constituye nada más y nada menos que las mayores reservas de petróleo del planeta.

Estados Unidos, un imperio en decadencia como señalan algunos analistas, entre ellos Guadalupe Correa-Cabrera, se encuentra en la búsqueda de cualquier asidero que le permita reposicionarse en el escenario internacional y recuperar la fortaleza geopolítica de la que gozó en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, Trump encontró en Venezuela la oportunidad perfecta para avanzar en su proyecto y “hacer a América grande de nuevo”.

Los incentivos mencionados son muy específicos y están lejos de repetirse en el caso mexicano. Por ello, me atrevo a pensar que aún estamos lejos de una invasión estadounidense o de un operativo similar al observado en Venezuela. Además, no parece que Estados Unidos lo requiera. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha sido particularmente eficaz al momento de apaciguar las presiones ejercidas por Trump, cediendo prácticamente en todas las demandas planteadas por el vecino del norte. Y difícilmente puede culparse a la presidenta: las correlaciones de fuerza son tales que México cuenta con un margen de maniobra claramente limitado.

Ahora bien, que Estados Unidos no vaya a enviar aviones o helicópteros a bombardear Palacio Nacional o instalaciones militares estratégicas no significa que dejará de realizar acciones en territorio nacional ni de ejercer su presión característica. Incluso es posible que dichas presiones se intensifiquen, ahora que Washington cuenta con el precedente venezolano para respaldar amenazas y discursos. Sin embargo, precisamente ahí radica uno de los incentivos para no invadir a México: no necesitan desplegar fuerzas de élite para lograr que el gobierno mexicano ceda en sus exigencias.

Algunos analistas, como Víctor Hernández, han sostenido desde hace meses que una intervención es inminente y argumentan que las condiciones institucionales en Estados Unidos están dadas para ello. No obstante, aunque institucionalmente el gobierno estadounidense esté articulado para intervenir militarmente en prácticamente cualquier país, ya sea México u otro, se requieren incentivos mucho más fuertes —como los ya mencionados— para llevar a cabo una operación de esa magnitud. Es un hecho que Estados Unidos siempre estará en condiciones de intervenir militarmente en México, independientemente del partido que gobierne en uno u otro país, y ello forma parte de su lógica de poder. No obstante, conviene distinguir entre un ataque dirigido contra un supuesto capo del narcotráfico y una operación orientada a remover al gobernante de un país; es en este segundo escenario donde considero que aún estamos lejos.

Finalmente, todo lo anterior no implica que México deba estar tranquilo, sino más bien en o una vigilia nerviosa. Washington ha demostrado una vez más que es capaz de encontrar pretextos para justificar cualquier intervención contra cualquier país, en el momento que lo considere conveniente y eso, sin duda, sí debe preocuparnos.

* Gerardo López García (@gera_emp) es licenciado en Ciencias Políticas y maestro en Estudios Políticos, ambos grados por la UNAM. Realizó el Diplomado en Defensa y Seguridad Nacionales en la UNAM y se especializa en análisis de seguridad pública, delincuencia organizada y control territorial. Ha sido funcionario público federal y local (INEGI, FGR Y SSC-CDMX).

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Imagen BBC
Dioses, emperadores y números que no coinciden: cuál es el origen del nombre de los 12 meses del año
6 minutos de lectura

La antigua civilización romana creó un calendario que sirvió de base para identificar los meses del año que tenemos hoy. Aunque a lo largo de miles de años, hubo varios cambios.

01 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
0

La llegada del nuevo año es una de las celebraciones que comparte todo el mundo… o al menos lo hacen los países que siguen el calendario gregoriano, vigente desde hace siglos.

Pero que sea enero el primer mes del año no es algo que siempre fue así. De hecho hubo un tiempo en el que marzo era el mes que marcaba el cambio de año.

Y es que el calendario que usamos hoy en día ha tenido varias reformas y ajustes a a lo largo de miles de años, desde su origen en la antigua civilización romana.

Desde su primera creación, atribuida a Rómulo, el mítico fundador de Roma junto a su hermano Remo, los romanos le dieron el nombre a cada uno de los 10 meses de su primer calendario. Y luego le añadieron dos meses más, enero y febrero.

Como en otras culturas, la sincronización con el año solar era el objetivo. Y aunque luego hubo que ajustar el desfase de los días, los nombres de los meses quedaron fijados así hasta nuestros días.

Aunque si miramos al pasado, su orden ha perdido su lógica inicial.

Enero

Siguiendo el calendario primitivo, bajo el mando del rey romano Numa Pompilio (753-674 a. C.) fueron añadidos los meses de enero y febrero al final del calendario de 10 meses, con el objetivo de ajustar el conteo del tiempo al año solar.

Así que este mes originalmente era el penúltimo hasta el cambio de posición bajo el calendario juliano, impuesto por Julio César.

En latín era llamado Ianuarius y su nombre procedía de Jano, el dios romano de los inicios o las puertas. Esta deidad era también considerado un dios de los finales, por lo que era representado con dos caras, mirando al pasado y al futuro, respectivamente.

Una ilustración del dios romano Jano
Getty Images
El dios Jano era representada con dos caras, una mirando al pasado y otra al futuro.

Febrero

A diferencia de enero, Februarius no recibió el nombre de un dios, sino que hacía referencia a la festividad romana de la Februa.

Esta fiesta se celebraba como ritual de purificación o expiación, ya que februare en latín significa “purificar”. Se realizaba al final del año romano, por lo que este mes era también el último.

Marzo

En el calendario primigenio romano, marzo era el inicio del año y fue llamado Martius, en honor a Marte, el dios de la guerra.

Para los romanos, el inicio del año no era a mitad del invierno boreal, como en la actualidad, sino en la época de primavera.

Era el momento adecuado de reactivar la agricultura y las campañas militares.

De hecho, iniciar el año con la primavera es algo que se usó durante mucho tiempo en diversas culturas. Reino Unido, por ejemplo, celebraba este mes el año nuevo hasta la adopción del calendario gregoriano en 1752.

Una pintura de Venus, Cupido y Marte, de la mitología romana
Getty Images
En la mitología romana, Marte era el dios de la guerra y pareja de Venus, con quien concibió a Cupido.

Abril

Sobre abril, hay distintas teorías sobre el origen de su nombre.

Una se refiere a un verbo del latín, aperire, o abrir, posiblemente para señalar el florecimiento en la agricultura.

Pero otra hipótesis lo relaciona con Afrodita, la diosa griega del amor.

Mayo

Este mes era Maius, dedicado a la diosa de la fertilidad y la primavera, Maia. Esta divinidad también era la madre del dios Mercurio.

Algunos, sin embargo, señalan que el nombre pudo originarse como referencia a los maiores, es decir, los ancianos en la cultura romana.

Junio

El origen de junio, o Iunius en el calendario romano, era la evocación a Juno, la reina de los dioses romanos y esposa de Júpiter.

Como tal, esta diosa también era considerada protectora de la maternidad y el matrimonio.

Pero el origen del nombre también está sujeto a debate, pues también pudo haberse dedicado a los iuniores, es decir, los jóvenes, algo que tendría concordancia con Maius.

La pintura
Getty Images
Junio también fue nombrado en referencia a una deidad romana: Juno.

Julio

Este mes no era originalmente llamado Iulius, la palabra en latín del nombre Julio, sino que se llamaba Quintilis por ser el quinto mes del año en el calendario romano original (Quintus significa quinto)

En este mes había nacido el líder Julio César, así que a la muerte de éste en el año 44 a.C., los romanos cambiaron el nombre a Iulius en su honor.

Bajo su dominio fue que se había instaurado la primera gran reforma del calendario de 365 días, que colocó a enero como inicio de año (y febrero como segundo).

Durante siglos, el calendario juliano fue el que regía en los dominios de esta civilización conquistadora.

Agosto

De manera similar a julio, el mes de Augustus, o agosto, originalmente era el sextus (sexto) mes del año y por ello era conocido como Sextilis.

Fue renombrado en 8 a.C. en honor a César Augusto, el primer emperador de Roma (27 a.C.-14 d.C.).

Septiembre

Siguiendo el orden numérico que tenían los meses en el calendario original, September, o septiembre, era nombrado por su posición.

Era el séptimo mes y los romanos lo nombraron por la palabra en latín septem, o siete.

Un busto de Julio César
Getty Images
Bajo su dominio, Julio César instauró el calendario de 365 días, el que hasta entonces se ajustaba más al año solar.

Octubre

El nombre de octubre, en latín October, venía de la palabra octo, que significa ocho.

Como el anterior, no estaba dedicado a un dios o un emperador, sino simplemente al octavo lugar que ocupaba en el año.

Noviembre

La historia del mes de noviembre, o November, no es diferente: también tuvo su origen en la palabra novem, o nueve, por su lugar en el calendario romano original.

Diciembre

Finalmente estaba diciembre, el décimo mes del año para los romanos, que ellos conocían como December por la palabra en latín decem, que significa diez.

Cuando llegó la reforma del papa Gregorio XIII, en 1582, no se renombró los meses ni se cambió su orden, sino que simplemente se ajustó la duración para incluir los días bisiestos que corrigieran el desfase con el año solar.

Y desde entonces el calendario gregoriano rige en buena parte del mundo.

BBC

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