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Más futbol, más violencia
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Más futbol, más violencia

Mientras el imaginario colectivo asocie al futbol con lo masculino, con las barras, con la violencia y el insulto como parte de la cultura, y mientras algunos hombres sientan que tienen derecho a golpear a su esposa cuando su equipo pierde, el futbol es parte del problema y se extiende más allá de la tribuna.
08 de febrero, 2026
Por: Tatiana Revilla Solís

¡En dónde están, en dónde están, los directivos que van a pagar igual! ¡En dónde están, en dónde están, los directivos que van a pagar igual! 

Porra Ciudad Universitaria 

No soy futbolera. Nunca lo he sido. Durante años me pareció exagerada —y a ratos absurda— la pasión que despierta un partido. Simplemente no era una emoción que me atravesara.

Llegué a ir a algunos partidos. Al principio disfrutaba la aventura, sobre todo porque involucraba taquitos de canasta con cerveza, que era mi parte favorita; también me divertían los goles y algunas porras. Casi todo el estadio sabía el nombre de los jugadores el cual gritaban al tocar el balón. 

En algunos partidos me daba miedo salir y entrar del estadio, sobre todo en los clásicos. Conforme avanzaba el juego, se podía ver a las barras listas para aventar cosas o tomar venganza contra quien trajera la playera del equipo contrario en caso de perder. Eso siempre me tensaba, y aunque nunca me pasó nada, sí fui testigo de unas cuantas madrizas entre barras y aficionados, casualmente siempre hombres. 

Durante el mundial me gustaba que la vida tomara otro ritmo. Aunque no fuera oficial, parecía que todos entraban en una especie de periodo vacacional sin necesidad de hablarlo, simplemente ocurría. El tiempo era distinto, sobre todo cuando jugaba México o selecciones como Argentina, Brasil, Alemania o España. Recuerdo muchas reuniones para ver finales, pero no recuerdo una sola de mujeres. Y aunque el futbol no me gustaba tanto, sabía perfectamente quienes eran los futbolistas más famosos, pero no podía decir el nombre de una sola mujer futbolista sino hasta hace no más de cinco años. 

Crecí en un entorno deportivo profundamente masculinizado. Nunca me sentí parte, todo lo contrario. Era un espacio que, de muchas formas, nos decía a las mujeres que no pertenecíamos ahí. 

¿Qué habría pasado si desde niña hubiera visto partidos de mujeres en la televisión? ¿Si niños y niñas hubieran usado playeras con el nombre de una futbolista? ¿Si Nike hubiera patrocinado y retacado los anuncios del domingo con su fotografía? 

No sé si me hubiera hecho más fan o hubiera querido ser futbolista, seguramente no, nunca fui la gran deportista, pero estoy segura de que me hubiera sentido más identificada y representada. Si mis compañeros de la escuela hubieran admirado a mujeres, eso se habría convertido en la norma y no en la excepción. Y también estoy segura que, definitivamente, hoy el futbol sería más igualitario y menos violento. 

Pero no fue así. El futbol no se desmasculinizó. El imaginario colectivo en torno a este deporte continuó siendo machista, y aunque muchas mujeres llevan décadas pateando el balón a contracorriente, las violencias y desigualdades —sostenidas por todo un sistema— siguen reproduciéndose dentro y fuera de la cancha. 

Fuera de la cancha 

Los datos confirman que las violencias de género aumentan durante y después de los partidos. Los relojes criminológicos de diversos municipios en el país reportan incrementos considerables en las llamadas de auxilio por violencia de género y familiares durante y después de los partidos de fútbol, especialmente los fines de semana. 

Por ejemplo, el municipio de Naucalpan, en el Estado de México, reporta que la violencia contra las mujeres incrementa hasta un 50 % durante los partidos y peleas estelares de box, contextos donde también aumenta de forma considerable el consumo de alcohol y drogas. Autoridades municipales señalan que durante los fines de semana, “especialmente en partidos de América, Toluca, Cruz Azul o Chivas, la policía permanece alerta por las agresiones especialmente hacia madres de familia, mujeres jóvenes y niñas”. 

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) también ha documentado un incremento generalizado de violencia de pareja no solo en Latinoamérica, sino en países como Inglaterra y Estados Unidos, especialmente cuando las selecciones locales pierden. Además, durante las Copas Mundiales se ha observado un aumento en la explotación sexual de mujeres, niñas y niños como consecuencia del turismo masivo y todo un sistema que lo facilita.

Dentro de la cancha 

El futbol es uno de los ámbitos en donde las desigualdades y violencias, sobre todo económicas, son más evidentes. A pesar de grandes avances de las selecciones femeniles y de contar con figuras internacionales y nacionales relevantes, los salarios, transferencias, patrocinios y en general, la visibilidad y construcción de figuras deportivas no tiene comparación con el fútbol masculino. La transferencia más cara de la historia del futbol varonil, la de Neymar, costó 222 millones de euros, mientras que la más alta en el femenil, de Olivia Smith, fue de 1.3 millones de euros. 

A estas brechas se suman las violencias cotidianas que viven las atletas y que son poco visibilizadas. Una encuesta del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dirigida a personas que participan en el entorno del futbol en México —jugadoras, árbitras, entrenadoras, cuerpo técnico, personal administrativo, periodistas/comentaristas, personas aficionadas, incluidas mujeres trans–— reveló que el 78 % de las mujeres ha vivido al menos un incidente de violencia, cifra que asciende al 100 %  en el caso de las mujeres trans. 

El “72 % reportó haber experimentado violencia verbal, tanto en espacios formales (como entrenamientos, partidos o vestidores) como en ámbitos informales (tribunas, redes sociales, medios de comunicación), y puede provenir de colegas, personas entrenadoras, personas directivas, medios y, en mayor medida, de la afición”.

¿Qué han hecho las ligas y directivos para cambiar esto? 

El futbol, como señala Marion Reimers, “es una representación de lo que sucede en la sociedad, un microcosmos donde lo bueno y lo malo sale a flote, es un espejo de lo que ocurre en el mundo”. 

Podemos compartir o no la pasión por el futbol. Disfrutar o no ir al estadio. Lo cierto es que las violencias que ocurren dentro y fuera de la cancha son una manifestación de las estructuras de desigualdad, violencias y discriminación que siguen presentes en la sociedad en este y en otros deportes, a pesar de que tantas mujeres abren a diario brechas no solo desde las canchas, sino como comentaristas, árbitras, directoras técnicas y atletas quienes, además de dejar el cuerpo en cada partido, alzan la voz para mostrar las injusticias que persisten. 

Desmasculinizar el futbol no es solo cuestión de tener selecciones femeniles o de que Nike o Adidas lancen marcas personalizadas con nombres de jugadoras. Implica una transformación profunda de infraestructura, mediática, logística y simbólica que muchas atletas ya impulsan desde sus equipos. 

Mientras el imaginario colectivo asocie al futbol con lo masculino, con las barras, con la violencia y el insulto como parte de la cultura, y mientras algunos hombres sientan que tienen derecho a golpear a su esposa cuando su equipo pierde, el futbol es parte del problema y se extiende más allá de la tribuna.

Cambiar los patrones de violencia —dentro y fuera de la cancha— no es un tema privado. Las transformaciones deben tocar a las ligas, al periodismo deportivo, a los entrenadores y a todo ese espacio que durante años ha excluido a las mujeres.

No sé cuánto tiempo nos tome cambiarlo. Pero el Mundial femenil viene en camino  y mirar hacia otro lado —por parte de las ligas y quienes dirigen el fútbol— también será una decisión.

 

 

*Tatiana Revilla (@tatianarevilla) es escritora de clóset. Ha dedicado su vida a temas de género, feminismos y sus cruces con la vida misma. Doctora en Política Pública y fundadora de Gender Issuesdirigió el Programa de Género de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey, trabajó en Palladium Group y después se fue a la Escuela Federal de Formación Judicial como Secretaria Técnica de Derechos Humanos. Hoy combina la escritura, la consultoría y la docencia. 

 

(1)  El Universal (2026) “Edomex: Preocupa aumento de violencia de género durante partidos de fútbol”, disponible aquí.

(2) PNUD (2025) Informe de resultados: tarjeta roja a la violencia de género.

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Imagen BBC
¿Cuánto de tu longevidad está en tus genes? Un estudio eleva la cifra al 50%
5 minutos de lectura

En algunos países la influencia genética en la esperanza de vida parece haberse duplicado. ¿Por qué?

07 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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¿En qué medida influyen tus genes en tu longevidad? Es una pregunta que nos cautiva y que se ha debatido durante décadas.

Durante años, la respuesta parecía definitiva: la genética explica entre el 20% y el 25% de la variación en la esperanza de vida humana, y el resto se debe al estilo de vida y al entorno.

Pero un nuevo estudio publicado en Science cuestiona esta perspectiva y afirma sugiere que la contribución genética es considerablemente mayor.

La razón, según los investigadores, es que las estimaciones previas no tenían en cuenta cómo han cambiado las causas de muerte con el tiempo.

Hace un siglo, muchas personas morían por lo que los científicos llaman causas extrínsecas: accidentes, infecciones y otras amenazas externas.

Hoy en día, al menos en los países desarrollados, la mayoría de las muertes se deben a razones intrínsecas: el desgaste gradual de nuestros cuerpos a causa del envejecimiento y enfermedades relacionadas con la edad, como la demencia y las cardiopatías.

Para obtener una visión más clara, el equipo de investigación analizó numerosos grupos de gemelos escandinavos, excluyendo cuidadosamente los fallecimientos por causas externas.

También estudiaron a gemelos criados por separado y a hermanos de centenarios en Estados Unidos.

Al excluir las muertes por accidentes e infecciones, la contribución genética estimada aumentó drásticamente: del habitual 20-25% a alrededor del 50-55%.

Ilustración de la estructura de hélice del ADN en azul y rojo.
Getty Images
Tus genes no han cambiado. El ambiente que te rodea sí.

El patrón cobra sentido al analizar enfermedades individuales. La genética explica gran parte de la variación en el riesgo de demencia, tiene un efecto intermedio en las enfermedades cardíacas y desempeña un papel relativamente modesto en el cáncer.

A medida que los entornos se vuelven más favorables, las poblaciones envejecen y las enfermedades causadas por el propio proceso de envejecimiento se vuelven más comunes, el componente genético parece naturalmente mayor.

Nuestros genes no se han vuelto más poderosos

Pero aquí es donde la interpretación se vuelve crucial. Una estimación más alta no significa que los genes se hayan vuelto repentinamente más poderosos, ni significa que solo se pueda influir en la mitad de las probabilidades de llegar a la vejez.

Lo que ha cambiado es el entorno, no nuestro ADN.

Consideremos la estatura humana como ejemplo. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de si se tenía suficiente comida y de si las enfermedades infantiles retrasaban el crecimiento.

Hoy en día, en los países ricos, casi toda la población tiene una nutrición adecuada.

Debido a que estas diferencias ambientales se han reducido, la mayor parte de la variación restante en la estatura se explica ahora por diferencias genéticas, no porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría de las personas ahora alcanzan su potencial genético.

Sin embargo, un niño desnutrido seguirá sin lograr una estatura adecuada, independientemente de sus genes.

El mismo principio se aplica a la esperanza de vida. A medida que hemos mejorado la vacunación, reducido la contaminación, enriquecido la dieta y adoptado estilos de vida más saludables, hemos disminuido el impacto general de los factores ambientales.

Cuando la variación ambiental disminuye, la proporción de variación restante atribuida a la genética —lo que los científicos denominan “hereditabilidad”— aumenta por necesidad matemática.

Las estimaciones anteriores no eran erróneas; simplemente reflejaban circunstancias históricas diferentes.

Esto revela algo fundamental: la hereditabilidad no es una propiedad biológica fija, sino una medida que depende completamente de la población y las circunstancias que se analizan.

La cifra tradicional del 20-25% describía la esperanza de vida tal como se experimentaba en poblaciones históricas, donde las amenazas externas eran importantes.

La nueva estimación del 50-55% describe un escenario diferente, donde dichas amenazas se han eliminado en gran medida, lo que en esencia describe un rasgo distinto.

Retrato de una pareja mayor paseando en bicicleta por la naturaleza
Getty Images
La contribución genética en la esperanza de vida hoy en día aumentó drásticamente: a alrededor del 50-55%.

La cifra principal de una esperanza de vida de alrededor del “50% heredable” corre el riesgo de malinterpretarse, como si los genes determinaran la mitad de las posibilidades de vida de una persona.

En realidad, la contribución genética en un individuo determinado puede variar de muy pequeña a muy grande, dependiendo de sus circunstancias.

Existen innumerables caminos hacia una larga vida: algunas personas tienen perfiles genéticos robustos que las protegen incluso en condiciones difíciles, mientras que otras compensan una genética menos favorable con una excelente nutrición, ejercicio y atención médica.

Cada persona representa una combinación única, y muchas combinaciones diferentes pueden resultar en una longevidad excepcional.

Las combinaciones más comunes dependen completamente de la población y de las circunstancias en las que las personas viven y envejecen. A medida que las causas externas de muerte continúan disminuyendo en el mundo real, aunque no desaparecerán por completo, será fascinante observar cómo evolucionan estos patrones.

Los autores de este último estudio admiten que aproximadamente la mitad de la variación en la esperanza de vida aún depende del entorno, el estilo de vida, la atención médica y procesos biológicos aleatorios, como la división celular descontrolada en el cáncer.

Su trabajo, argumentan, debería renovar los esfuerzos para identificar los mecanismos genéticos involucrados en el envejecimiento y la longevidad.

Comprender cómo interactúan los diferentes factores genéticos con los diferentes entornos es probablemente la clave para explicar por qué algunas personas viven mucho más que otras.

El estudio ofrece información valiosa sobre cómo los diferentes tipos de mortalidad han moldeado nuestra comprensión de la esperanza de vida.

Sin embargo, sus resultados se entienden mejor como una muestra de cómo cambia la hereditabilidad en diferentes contextos, en lugar de establecer una contribución genética única y universal a la longevidad.

En definitiva, tanto los genes como el entorno importan. Y, quizás aún más importante, importan juntos.

Así que, independientemente de si esto parece una buena o mala noticia, probablemente nunca obtendrás una respuesta sencilla sobre qué parte de tu esperanza de vida está determinada únicamente por los genes.

* Karin Modig es profesora asociada de epidemiología del Instituto Karolinska, Suecia. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.

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