
Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron secuestrados y detenidos ilegalmente por un escuadrón de élite del ejército estadounidense la madrugada del sábado 3 de enero. Estados Unidos decidió iniciar 2026 con una intervención militar en un país de su propio continente sin ningún reparo diplomático, con un uso abierto de la violencia para deponer al Jefe de Estado de Venezuela. Es la primera vez que ocurre en nuestra región desde la operación contra Manuel Noriega en Panamá a finales de 1989 y, como entonces, representa una declaración contundente del nuevo estado de cosas para la política nacional, regional e internacional: Estados Unidos hará valer su interés nacional a costa de todo orden interno o externo que se le oponga.
La coincidencia no es gratuita, de hecho no puede entenderse una sin la otra. La intervención militar de George Bush padre contra Noriega era el punto final a un ciclo donde la contrainsurgencia fue la estrategia dominante de injerencia estadounidense, para entrar en la época de intervención imperialista desde la economía: el neoliberalismo y sus políticas de ajuste. Las transiciones a la democracia fueron acompañadas de la apertura y liberalización de los mercados nacionales, y los resultados de esa estrategia fueron claros: el triunfo de Hugo Chávez en 1999 y los cacerolazos en Argentina de 2001 anunciaban el inicio de la Ola Rosa, gobiernos de izquierda progresista y nacionalista que cuestionaron la validez del modelo neoliberal impuesto por los gobiernos estadounidenses (demócratas y republicanos por igual).
Mientras Estados Unidos se volcaba al Medio Oriente en su “guerra contra el terrorismo” (Irak, Afganistán y su continuo apoyo al Estado genocida de Israel), América Latina buscaba una salida a la hegemonía estadounidense en la región. Sin embargo, la gran recesión de 2008 afectó a los gobiernos de la Ola Rosa y dio lugar al regreso gradual de gobiernos de derecha, conservadores y afines a la política económica estadounidense; entre el desencanto de la población con los resultados económicos de los gobiernos de izquierda, y el giro reaccionario en la política internacional tras la crisis financiera, Estados Unidos pudo mantener su preeminencia económica en América Latina.
Pero las condiciones seguían cambiando: mientras que Rusia procuraba y consolidaba su posición como potencia militar euroasiática, China crecía exponencialmente como potencia económica y financiera que, en poco tiempo, haría tambalear la centralidad estadounidense en la economía mundial. La estrategia china ofrecía una alternativa a los países que buscaban una salida a la hegemonía de nuestro vecino del norte. A diferencia de Estados Unidos, que exigía una transformación total de las economías nacionales para favorecer sus inversiones y sus empresas con la mano de obra y los mercados internos del país intervenido, China decidió pedir mano en los recursos naturales y los mercados a cambio de infraestructura y créditos.
El crecimiento acelerado de China representa la mayor amenaza que ha enfrentado Estados Unidos desde la Unión Soviética, pero a diferencia de la Guerra Fría, donde la carrera tecnológica y armamentista era algo relativamente claro, la cuestión económica representa una amenaza existencial distinta. La carrera armamentista del conflicto bipolar buscaba el armamento más potente y sofisticado, pero llegó a un punto donde esa capacidad llevó a la disuasión y obligó a ambas potencias a establecer acuerdos. La amenaza existencial ahora es económica y no hay una forma (sin renunciar a sus ambiciones imperialistas) de alcanzar dicho equilibrio. Es un conflicto sobre los recursos naturales y las materias primas necesarias para sostener sus economías, recursos que no están dentro de sus territorios y a los que no pueden acceder libremente. A diferencia del imperialismo de la Edad Moderna, nos enfrentamos ahora a un mundo más fragmentado, más explotado y de recursos cada vez más escasos por su explotación total en nombre del capital. Son dos hegemones que buscan controlar la mayor cantidad de recursos sin ninguna responsabilidad hacia los países explotados, para sostener su empresa imperial.
No olvidemos que Nicolás Maduro recibió el viernes 2 de enero a Qiu Xiaoqi, enviado especial de China para asuntos de América Latina y parte del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino. Qiu no es una figura menor: además de su posición en uno de los órganos políticos más importantes de la estructura china de gobierno, previamente fue embajador de China en España y tres países clave de América Latina: Bolivia, Brasil y México, donde su misión terminó en 2019. Como reporta la nota citada, Delcy Rodríguez también participó en la reunión donde estaba Lan Hu, embajador chino en Venezuela, y Wang Hao, directivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. No podemos entender el momento de la acción militar estadounidense sin considerar esta visita, ni que entre los barcos petroleros retenidos o interceptados por ellos estaba un barco chino (el gigante asiático es el principal comprador de petróleo venezolano), o que China es uno de los principales acreedores de la deuda venezolana.
Por eso el secuestro y detención ilegal de Maduro y Cilia Flores parece tan excepcional, aunque fuera predecible. No lo es por la sospecha de la cúpula de gobierno venezolana (incluso el propio Maduro) negociara esta acción a cambio de evitar una invasión abierta, o porque Estados Unidos decidiera que el derecho internacional era una sugerencia y no un orden jurídico por acatar. Por supuesto es un problema para América Latina que nuestro hegemón continental use la fuerza militar para conseguir sus objetivos e imponga su agenda política y económica. Lo excepcional es que use a nuestros países como un mensaje para China, con quien está en conflicto abierto. No se trata de Trump y un arrebato (aunque medios como el New York Times quieran venderlo así), a estas alturas es irrelevante distinguir entre el personaje y el país que gobierna.
¿De qué se trata entonces? Se trata de la muerte de la política. No me refiero a una idea virtuosa o abstracta de política, sino a la práctica y formas concretas que han regido al sistema internacional y a los Estados-nación. La intervención militar en Venezuela demuestra la irrelevancia de una idea tan fundamental como la soberanía, así como el sistema de valores que consideraba necesaria tanto la legalidad como la legitimidad para que una acción política fuera válida. Esto no inició el sábado, me atrevo a decir que tampoco inició con el genocidio israelí de Palestina. Ambos casos sólo son el punto final a un proceso de decadencia y agotamiento que inició tras el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el nuevo orden internacional fue incapaz de reconciliar la idea de soberanía con la necesidad de un mecanismo sancionador fuerte entre Estados que la protegiera.
Las profundas desigualdades económicas y militares tras la Segunda Guerra Mundial no se resolvieron durante el siglo XX, mucho menos ahora que entramos al segundo cuarto del siglo XXI. Si los principales hegemones consideran que la ficción del derecho internacional es irrelevante, realmente no tenemos ninguna garantía para que los próximos 25 años agraven un imperialismo que, en nombre de sus intereses y necesidades, aplaste e imponga su voluntad sobre cualquier territorio que sea considerado estratégico. Ante esta situación, lo último que podemos hacer es repetir las políticas de apaciguamiento, es claro que ya no hay reservas ni límites a la voluntad hegemónica.
También es necesario asumir que no, Estados Unidos no es un imperio decadente. Contra lo que la moribunda idea liberal sostiene, la violencia no es el último recurso sino el recurso central. Si ahora lo ejercen abiertamente no es porque estén desesperados, es porque saben que la ficción liberal de las normas y la negociación ya cumplió su ciclo, el final de la historia fue el final del orden liberal porque perdió un oponente ante el cual justificarse. Hay que aceptar que esa política ya no existe y requerimos una política de alianzas estratégicas más frontal, con mayor iniciativa de países como México o Brasil en América Latina, que parta del reconocimiento de que, ante un hegemón imperialista como Estados Unidos, la negociación ya no es la salida. Más allá de diferencias internas, la única posibilidad de defender la autonomía regional y nacional, y el propio bienestar de sus pueblos, es reconocer la mutua dependencia entre países latinoamericanos para hacer frente y romper con la consolidación de nuestra posición como apéndice económico estadounidense ante China.
* Armando Luna Franco (@alunaf_89) es candidato a doctor en Ciencia Política por El Colegio de México, especializado en política nacional, pensamiento político y análisis de coyuntura.

La antigua civilización romana creó un calendario que sirvió de base para identificar los meses del año que tenemos hoy. Aunque a lo largo de miles de años, hubo varios cambios.
La llegada del nuevo año es una de las celebraciones que comparte todo el mundo… o al menos lo hacen los países que siguen el calendario gregoriano, vigente desde hace siglos.
Pero que sea enero el primer mes del año no es algo que siempre fue así. De hecho hubo un tiempo en el que marzo era el mes que marcaba el cambio de año.
Y es que el calendario que usamos hoy en día ha tenido varias reformas y ajustes a a lo largo de miles de años, desde su origen en la antigua civilización romana.
Desde su primera creación, atribuida a Rómulo, el mítico fundador de Roma junto a su hermano Remo, los romanos le dieron el nombre a cada uno de los 10 meses de su primer calendario. Y luego le añadieron dos meses más, enero y febrero.
Como en otras culturas, la sincronización con el año solar era el objetivo. Y aunque luego hubo que ajustar el desfase de los días, los nombres de los meses quedaron fijados así hasta nuestros días.
Aunque si miramos al pasado, su orden ha perdido su lógica inicial.
Siguiendo el calendario primitivo, bajo el mando del rey romano Numa Pompilio (753-674 a. C.) fueron añadidos los meses de enero y febrero al final del calendario de 10 meses, con el objetivo de ajustar el conteo del tiempo al año solar.
Así que este mes originalmente era el penúltimo hasta el cambio de posición bajo el calendario juliano, impuesto por Julio César.
En latín era llamado Ianuarius y su nombre procedía de Jano, el dios romano de los inicios o las puertas. Esta deidad era también considerado un dios de los finales, por lo que era representado con dos caras, mirando al pasado y al futuro, respectivamente.
A diferencia de enero, Februarius no recibió el nombre de un dios, sino que hacía referencia a la festividad romana de la Februa.
Esta fiesta se celebraba como ritual de purificación o expiación, ya que februare en latín significa “purificar”. Se realizaba al final del año romano, por lo que este mes era también el último.
En el calendario primigenio romano, marzo era el inicio del año y fue llamado Martius, en honor a Marte, el dios de la guerra.
Para los romanos, el inicio del año no era a mitad del invierno boreal, como en la actualidad, sino en la época de primavera.
Era el momento adecuado de reactivar la agricultura y las campañas militares.
De hecho, iniciar el año con la primavera es algo que se usó durante mucho tiempo en diversas culturas. Reino Unido, por ejemplo, celebraba este mes el año nuevo hasta la adopción del calendario gregoriano en 1752.
Sobre abril, hay distintas teorías sobre el origen de su nombre.
Una se refiere a un verbo del latín, aperire, o abrir, posiblemente para señalar el florecimiento en la agricultura.
Pero otra hipótesis lo relaciona con Afrodita, la diosa griega del amor.
Este mes era Maius, dedicado a la diosa de la fertilidad y la primavera, Maia. Esta divinidad también era la madre del dios Mercurio.
Algunos, sin embargo, señalan que el nombre pudo originarse como referencia a los maiores, es decir, los ancianos en la cultura romana.
El origen de junio, o Iunius en el calendario romano, era la evocación a Juno, la reina de los dioses romanos y esposa de Júpiter.
Como tal, esta diosa también era considerada protectora de la maternidad y el matrimonio.
Pero el origen del nombre también está sujeto a debate, pues también pudo haberse dedicado a los iuniores, es decir, los jóvenes, algo que tendría concordancia con Maius.
Este mes no era originalmente llamado Iulius, la palabra en latín del nombre Julio, sino que se llamaba Quintilis por ser el quinto mes del año en el calendario romano original (Quintus significa quinto)
En este mes había nacido el líder Julio César, así que a la muerte de éste en el año 44 a.C., los romanos cambiaron el nombre a Iulius en su honor.
Bajo su dominio fue que se había instaurado la primera gran reforma del calendario de 365 días, que colocó a enero como inicio de año (y febrero como segundo).
Durante siglos, el calendario juliano fue el que regía en los dominios de esta civilización conquistadora.
De manera similar a julio, el mes de Augustus, o agosto, originalmente era el sextus (sexto) mes del año y por ello era conocido como Sextilis.
Fue renombrado en 8 a.C. en honor a César Augusto, el primer emperador de Roma (27 a.C.-14 d.C.).
Siguiendo el orden numérico que tenían los meses en el calendario original, September, o septiembre, era nombrado por su posición.
Era el séptimo mes y los romanos lo nombraron por la palabra en latín septem, o siete.
El nombre de octubre, en latín October, venía de la palabra octo, que significa ocho.
Como el anterior, no estaba dedicado a un dios o un emperador, sino simplemente al octavo lugar que ocupaba en el año.
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La historia del mes de noviembre, o November, no es diferente: también tuvo su origen en la palabra novem, o nueve, por su lugar en el calendario romano original.
Finalmente estaba diciembre, el décimo mes del año para los romanos, que ellos conocían como December por la palabra en latín decem, que significa diez.
Cuando llegó la reforma del papa Gregorio XIII, en 1582, no se renombró los meses ni se cambió su orden, sino que simplemente se ajustó la duración para incluir los días bisiestos que corrigieran el desfase con el año solar.
Y desde entonces el calendario gregoriano rige en buena parte del mundo.
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