
El teléfono empezó a brincar como a las 9:30 de la mañana, con la pereza de un domingo que apenas asoma. No era el timbre insistente de una llamada, sino esa vibración breve, intermitente, que anuncia que algo se está moviendo en otra parte. Cinco chats de WhatsApp —familia, colegas, amistades cercanas— prefiguraban una jornada complicada.
“¿Es cierto?”.
“Dicen que lo agarraron…”.
“Bloqueos en la carretera”.
“Guadalajara está raro, ¿Cómo está Chapala?”.
El nombre circulaba sin necesidad de escribirse completo. Bastaba el apodo.
La supuesta neutralización del líder no llegó como noticia confirmada, sino como oleada. Primero el rumor, luego los videos y fotos del incendios en avenidas conocidas, en las entradas a la ciudad. Carros quemados, los Oxxos que son parte sustantiva de nuestra economía. El domingo ya se había desacomodado.
A la hora en que esto escribo —el día después, como lo bautizó Sal Camarena— no existe aún un informe pericial oficial que confirme, con dictamen forense público y cerrado, la muerte del líder. Tampoco sabemos con certeza qué ocurrió con su equipo táctico de confianza. No hay imágenes difundidas por las fuerzas de seguridad que documenten el cerco final ni registros visuales que identifiquen de manera inequívoca a los abatidos. Lo que hemos visto son helicópteros sobrevolando la zona, columnas de humo en carreteras conocidas, bloqueos simultáneos en distintos puntos del estado y a un general secretario al borde de las lágrimas.
Tapalpa: un pueblo mágico en las montañas de Jalisco convertido, de pronto, en epicentro de una operación militar de alto impacto.
Y es que así suelen suceder los grandes operativos. La información se dosifica. El relato precede al peritaje. La versión circula antes que la prueba.
La ausencia de confirmación plena no es un detalle técnico; es una variable política y estratégica. Porque mientras el Estado afirma, las estructuras criminales evalúan. Y en ese margen —entre el anuncio y la certeza— se juegan las primeras reconfiguraciones.
Si el liderazgo realmente ha sido neutralizado, el riesgo inmediato no es el vacío absoluto, sino la disputa por llenarlo.
Primero: la fragmentación. Cuando una organización de esta magnitud pierde a su figura central, las lealtades internas se tensionan. Las células regionales prueban su autonomía. Los mandos intermedios miden fuerzas. La violencia puede volverse hacia dentro antes de proyectarse hacia fuera.
Segundo: la presión de grupos rivales. En el mundo criminal no existen territorios en pausa. Si hay percepción de debilitamiento, otros actores intentarán avanzar sobre rutas, plazas y mercados. No necesitan confirmación forense; les basta la señal de vulnerabilidad.
Y tercero —quizá el más complejo—: la dificultad de estabilizar y consolidar un nuevo liderazgo en un contexto donde las organizaciones ya no funcionan como pirámides rígidas, sino como redes con autonomía táctica y economías propias. Consolidar mando implica disciplinar, redistribuir rentas, contener ambiciones y sostener una narrativa de autoridad. Eso no ocurre por decreto.
Por eso el teléfono vibraba desde temprano. No era solo la noticia. Era la intuición de que algo se estaba moviendo bajo la superficie. Pero la fractura no ocurre solo en la estructura criminal. Ocurre también en el imaginario.
El 29 de marzo de 2025, en el Auditorio Telmex de Zapopan, la agrupación Los Alegres del Barranco interpretó el corrido El del palenque. En las pantallas del escenario apareció la imagen del líder. Miles de personas grabaron con sus teléfonos. La escena no transcurría en un escondite ni en un territorio clandestino: era un recinto formal, un concierto, luces, sonido profesional, boletos vendidos con normalidad. No fue un rumor. Fue una proyección.
La polémica posterior fue inmediata: investigación por apología del delito, cancelación de visas, disculpas públicas. Pero lo verdaderamente relevante no es la sanción, sino lo que esa escena reveló.
La figura del jefe criminal no operaba únicamente en la sierra ni en los comunicados armados. Operaba también en el escenario, en la cultura popular, en la economía del espectáculo. Su imagen había cruzado del territorio del miedo al territorio del consumo simbólico. Ese cruce importa.
Porque cuando un nombre se canta, se proyecta y se corea, deja de ser únicamente un actor delictivo para convertirse en signo. En promesa torcida de movilidad, en metáfora de ascenso rápido, en encarnación de poder en un país donde la precariedad cierra rutas y la desigualdad define horizontes.
La supuesta muerte —o la noticia de esa muerte— no solo mueve estructuras armadas. Mueve relatos. Se fractura el mito de invulnerabilidad. Se tambalea la figura casi espectral que parecía omnipresente. Se abre una enorme fisura en la narrativa del poder absoluto.
Pero esa misma figura que en un concierto se proyecta con luces y sonido tiene otra densidad en el territorio. La organización que produce corridos y símbolos también administra crueldad. En otras geografías, lejos del escenario, hay reclutamiento forzado, control de rutas, economías de extorsión. Hay desapariciones. Ahí el imaginario ya no es espectáculo; es ausencia.
Mientras en una pantalla se proyecta un rostro, en la tierra se buscan cuerpos. Mientras una multitud corea un nombre, otras voces pronuncian listas de personas que no regresaron.
La fractura del imaginario no consiste solo en que el líder pueda morir. Consiste en que el símbolo luminoso convive con una maquinaria que borra vidas sin reflectores. Y cuando ese símbolo cae —si cae— no desaparece el sistema que produjo tanto la canción como la fosa.
Pero lejos del escenario y de las pantallas, hay otra escena. La de Beatriz. La conocí con una varilla en la mano. No es metáfora. Es una varilla de construcción, doblada apenas en la punta, que ella sostiene con una mezcla de técnica aprendida y fe obstinada. Las madres buscadoras las llaman “varillas videntes”. Camina despacio sobre la tierra, deja que el metal roce el suelo, escucha. Cuando la varilla vibra, se detiene. Marca el punto.
No hay luces, no hay pantallas gigantes, no hay sonido amplificado. Solo tierra removida, silencio tenso y una pregunta que no se formula en voz alta: ¿estará aquí?
Mientras en un concierto se corea “soy el dueño del palenque”, Beatriz recorre predios abandonados buscando huesos pequeños, fragmentos, ropa deshecha. No busca símbolos. Busca restos.
La organización que en la canción enumera brazos armados y celebra lealtades, también administra desapariciones. No es una abstracción. Son cuerpos que no regresaron.
La fractura del imaginario no es solo que el líder pueda morir. Es que la épica del mando convive con la práctica sistemática de borrar personas.
La varilla de Beatriz vibra cuando la tierra guarda algo que no debería estar ahí. Y eso es lo que está en juego cuando se habla de neutralizaciones, de operativos exitosos, de reacomodos internos. No solo quién manda, sino quién aparece y quién no.
Cuando a las 11 de la mañana un amigo periodista me escribió: “Confirmado: El Mencho fue abatido en Tapalpa. Se viene la tracatera”, intenté hacer lo que hacemos quienes hemos visto repetirse la historia: imaginar, calcular, proyectar. No en horas. En días. En semanas. En años.
Pensé en lo que a este país le iba a costar remover no solo la tierra —esa que Beatriz tantea con su varilla vidente—, sino también los relatos, los mitos, las promesas torcidas.
Pensé en la violencia que suele acompañar las transiciones criminales. En la disputa por el mando. En los territorios que no admiten vacío.
Y pensé, sobre todo, en los jóvenes que aprendieron primero qué eran “las cuatro letras” antes que Ayotzinapa. Antes que una lección de historia reciente. Para muchos, el referente de poder no fue una institución. Fue un apodo. Eso también es parte del saldo.

¿Serías una persona diferente si hubieras crecido en otro lugar? Cada vez más investigaciones ayudan a responder esta antigua pregunta sobre la naturaleza y la crianza, y su impacto en tu identidad.
Era una tarde calurosa en el pequeño pueblo cerca de Calcuta, India, y los adultos dormían. Mi prima y yo estábamos sentadas en el suelo comiendo arroz inflado con aceite de mostaza cuando volteó hacia mí y me preguntó: “¿Es cierto que en Suecia se come vaca y cerdo?”.
Yo, que por aquel entonces tenía unos 10 años, asentí con vergüenza. “¿Entonces también comen perros y gatos?”, preguntó. Era una pregunta perfectamente lógica. Si se puede comer un mamífero de cuatro patas, ¿por qué no otro?
Habiendo crecido en Suecia, aunque de madre india, no era algo en lo que hubiera pensado antes: el vegetarianismo era poco común en aquella época, sobre todo en Europa, y los niños suecos estaban acostumbrados a ver a las vacas como fuente de alimento.
Mi prima, en cambio, era una apasionada de los animales y tenía la costumbre de rescatar a las criaturas que percibía en peligro. No comía carne.
Mis visitas a India estuvieron llenas de momentos así, que me hicieron darme cuenta de cuánto influye la cultura en nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos.
Si hubiera crecido en India, ¿habría tenido una moral diferente? ¿Un sentido del humor diferente? ¿Sueños, aficiones y aspiraciones diferentes? ¿Seguiría siendo yo?
Estas son preguntas que científicos y filósofos se han planteado durante siglos, y ahora un nuevo campo de estudio, la Psicología Intercultural, está comenzando a investigar posibles respuestas.
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En cierto sentido, el ADN de cada ser humano es único y su estructura fundamental (en términos generales) no cambia según el lugar al que vayamos.
Pero el ADN por sí solo no nos define como somos, afirma Ziada Ayorech, genetista psiquiátrica de la Universidad de Oslo, Noruega. Nacida en Uganda, Ayorech se mudó a Canadá a los tres años, pasó la mayor parte de su vida en Reino Unido y luego se mudó a Noruega hace un par de años.
“Cuando pienso en todos los lugares en los que he vivido y cómo han influido en mi perspectiva, intuitivamente me imagino que es imposible que eso no haya marcado la diferencia”, dice Ayorech.
Para explorar esto, los científicos suelen utilizar estudios que comparan a gemelos idénticos, que comparten un ADN casi idéntico, con gemelos no idénticos, que comparten, en promedio, la mitad de su genoma.
De esta manera, si los gemelos idénticos tienen mayor o menor probabilidad de compartir un rasgo que los gemelos no idénticos, esto sugiere que ese rasgo está más determinado por la genética que por el entorno.
En un amplio análisis llevado a cabo en 2015 de casi 50 años de estudios sobre 17.000 rasgos diferentes en 14 millones de gemelos de todo el mundo, que abarcaba desde la educación y las creencias políticas hasta las enfermedades psiquiátricas, los científicos concluyeron que la genética explica, en promedio, solo el 50% de las diferencias.
“Es esa combinación de naturaleza y crianza la que nos define y contribuye a nuestras creencias y culturas”, afirma Ayorech. “Por lo tanto, no podríamos tener esa misma combinación en otro lugar”.
El entorno influye más en algunos rasgos que en otros, por supuesto. Las investigaciones demuestran que el coeficiente intelectual es, en promedio, más del 50% hereditario, con la salvedad de que la genética desempeña un papel más importante en etapas posteriores de la vida que en la infancia.
Mientras que los rasgos de personalidad son hereditarios en aproximadamente un 40% y, por lo tanto, están más influenciados por el entorno (esto no significa que el 40% de la extroversión de una persona se deba a sus genes, sino que el 40% de las diferencias en extroversión en una población en su conjunto se pueden explicar por la genética).
Aunque Ayorech es bastante extrovertida, afirma que Noruega favorece menos las expresiones extrovertidas con las que está familiarizada. Por ejemplo, es menos probable que uno inicie una conversación espontánea con un desconocido en las calles de Oslo. Esto la ha cambiado, afirma.
“Si comparas mi versión de vivir aquí en Noruega con la de vivir en Reino Unido, sería justo decir que ahora soy menos extrovertida”, afirma Ayorech. Pero dada su composición genética, es poco probable que pierda por completo su extroversión.
Sigue gravitando inconscientemente hacia actividades que fomenten interacciones más espontáneas, añade Ayorech. “Tendemos a buscar entornos acordes con nuestros rasgos genéticos”.
A su vez, esta combinación moldea nuestro cerebro con el tiempo, permitiéndonos desarrollarnos como personas. Las vías neuronales se forman y consolidan a medida que integramos experiencias, según Ching-Yu Huang, psicóloga intercultural de la Universidad Nacional de Taiwán. Ella argumenta que la cultura es una “parte absolutamente crucial” de la persona en la que nos convertiremos.
“Habrías sido una persona diferente si hubieras crecido en Taiwán”, me dice con seguridad. “El cerebro que tienes ahora sería muy diferente si hubieras nacido y crecido en Taiwán, incluso teniendo el mismo ADN”.
Vivian Vignoles, psicóloga intercultural de la Universidad de Sussex, coincide: “Creo que la gente tiende a sobreestimularse con el aspecto genético”, afirma. “Sean cuales sean tus genes, necesitas un entorno específico para que afloren”.
Si bien la idea básica de que la cultura influye en cómo las personas se perciben a sí mismas cuenta actualmente con un sólido respaldo en psicología, a mediados del siglo XX sorprendió a algunos psicólogos, dice Vignoles.
Durante mucho tiempo, los científicos habían asumido que la psicología humana era universal y que los resultados de estudios sobre el comportamiento humano realizados en Estados Unidos y Europa serían válidos en todo el mundo.
Sin embargo, al estudiar y comparar la psicología de otros lugares, Vignoles y otros han descubierto que no es así.
Por ejemplo, los experimentos sugieren que las personas en Occidente tienden a ser más individualistas y se perciben más a sí mismas en función de sus rasgos personales -como ser graciosos, inteligentes o amables- en comparación con las personas en Japón, que tienden a ser más colectivistas y tienden a definirse en función de sus roles sociales, como ser padre o estudiante.
En un estudio que comparó escáneres cerebrales, los occidentales mostraron que la parte del cerebro responsable de la autoconciencia se activaba al pensar en sí mismos, mientras que los participantes chinos también lo hacían al pensar en sus madres.
En pruebas similares, Huang y sus colegas analizaron si los hijos de inmigrantes de origen chino en Inglaterra (que habían llegado al país desde diferentes partes de la República Popular China, Hong Kong, Taiwán, Vietnam y Malasia) percibían la autoridad de forma diferente a la de los niños ingleses no inmigrantes y a la de los niños taiwaneses que habían vivido toda su vida en Taiwán.
Todos los niños de los tres grupos tenían la misma probabilidad de obedecer a sus padres, pero los niños taiwaneses eran más propensos a hacerlo incluso cuando se mostraban inicialmente reacios, en comparación con los inmigrantes chinos criados en Inglaterra.
Huang argumenta que esto probablemente se deba a que las culturas taiwanesa y china valoran la obediencia y el respeto a los padres, mientras que los niños cuyas familias habían emigrado a Inglaterra probablemente se vieron influenciados por la cultura del Reino Unido para volverse más individualistas.
Un estudio de 2022 que comparó pruebas de rasgos de personalidad en 22 países reveló que las personas que vivían en un grupo de países con culturas que priorizan la autodisciplina -como Albania, India, Alemania, Francia, Hong Kong y China- obtuvieron puntuaciones más altas en medidas de responsabilidad y organización.
En cambio, los países con culturas más igualitarias, flexibles e individualistas -como Canadá, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia, Reino Unido, Irlanda, Noruega y Filipinas- mostraron mayores niveles de afinidad y apertura a la experiencia.
Investigadores también identificaron recientemente que las culturas occidentales son más propensas a ser monumentalistas, considerando el yo como algo estable e inmutable, como un monumento, afirma Vignoles.
Las culturas flexibles, comunes en los países del este asiático, por otro lado, consideran el yo como algo más maleable.
Otra diferencia cultural es el grado en que las personas perciben el contexto. Un estudio pidió a los participantes que describieran una serie de escenas submarinas y descubrió que los participantes occidentales se centraban más en objetos individuales, mientras que los japoneses enfatizaban el contexto más amplio, como el color del agua circundante o la relación entre los diferentes objetos.
“Existe evidencia de que en las culturas occidentales, en particular en la estadounidense, las personas tienden a atribuir ese comportamiento a las características de la persona más que a la situación”, afirma Vignoles.
En la sala de espera de un dentista, añade Vignoles, un occidental tiende a interpretar a una persona que parece ansiosa como ansiosa en general, en lugar de simplemente como alguien ansioso por una extracción dental en ese contexto.
Sin embargo, estos resultados siempre deben tomarse con cautela, agrega, ya que es extremadamente difícil desentrañar el comportamiento, la personalidad, la cultura y muchas otras influencias que impactan en este ámbito, y aún queda mucha investigación por realizar en este campo.
Por ejemplo, un creciente número de estudios sugiere que la visión binaria este-oeste del individualismo frente al colectivismo es “demasiado simplista”, dice Vignoles, y que el colectivismo que se manifiesta en muchas de estas pruebas probablemente sea más una característica del desarrollo económico que de la cultura.
Es más, las mediciones del individualismo en un país pueden pasar por alto variaciones importantes entre grupos o individuos específicos de esa nación.
Y muchos estudios en este ámbito se basan en respuestas autodeclaradas de personas, que no siempre son precisas, en lugar de pruebas estandarizadas objetivas.
Quizás la pregunta de si seríamos la misma persona en una cultura diferente sea, en última instancia, una cuestión filosófica que cuestiona el concepto del yo.
Una encuesta en línea realizada en 2020 a filósofos angloparlantes reveló que el 19% apoyaba la idea de que cada individuo es un animal específico, resultado de un espermatozoide y un óvulo específicos, y que no son los pensamientos, sentimientos o recuerdos los que lo hacen ser quien es.
“Desde esta perspectiva, incluso si se borraran tus recuerdos, seguirías siendo la misma persona”, explica Philip Goff, filósofo de la Universidad de Durham.
De igual manera, alrededor del 14% apoyaba las teorías que sugieren que el yo no es biológico, sino que está encapsulado en algo parecido a un alma, y que eso es lo que nos hace ser quienes somos, sin importar dónde hayamos crecido.
De hecho, los estudios muestran que muchas personas creen tener un “yo verdadero” que es fundamentalmente moralmente bueno, y que esto no debería cambiar según su lugar de residencia.
Pero otros filósofos sostienen que el entorno también moldea la identidad esencial de una persona, una teoría denominada constructivismo social.
De hecho, la política también parece influir. En un experimento, investigadores pidieron a personas con diferentes opiniones políticas que evaluaran la moralidad de un hombre cristiano que se sentía atraído por otros hombres.
Las personas que se identificaron como liberales pensaron que el hombre actuaba según su verdadero yo, mientras que las que se identificaron como conservadoras creyeron, en cambio, que iba en contra de su verdadero yo cristiano.
El propio Goff cree que existe una especie de “unidad fundamental” de células y partículas -y que la consciencia está intrínsecamente integrada en este hardware- que nos define como personas, sin importar dónde crecemos. Pero esto probablemente cambie con el tiempo a medida que crecemos y maduramos.
“Estos son solo conceptos humanos de lo que es una ‘persona’ o un ‘yo'”, dice Goff. Probablemente no haya una respuesta definitiva, dice, sobre si “esa persona en una circunstancia muy diferente sería yo o no”.
Para quienes han crecido en más de una cultura, es difícil superar la sensación de que los seres humanos son, en gran medida, producto de su entorno social.
Aunque es difícil saber exactamente quién habría sido yo si hubiera pasado toda mi vida en ese pueblo a las afueras de Calcuta, estoy bastante segura de que tendría algunos indicios.
Este artículo apareció en BBC Future. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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