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La mirada neoliberal de la vida
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La mirada neoliberal de la vida

En la era neoliberal, las sociedades adoptaron la lógica de mercado como una racionalidad para entender y darle sentido a la vida cotidiana: desde mediar las relaciones de pareja y el tipo de vestimenta que usar, hasta el contenido que se consume en la web, entre otros.
18 de enero, 2026
Por: Benito Solís Macías

Imaginemos por un momento que estamos frente a la pintura del artista francés Georges Seurat, sin duda una obra clave del movimiento puntillista del siglo XIX. Supongamos que estamos situados a una distancia de tres metros y no hay nadie que se interponga en nuestro campo de visión. Desde esta perspectiva únicamente podremos observar la silueta de una mujer desnuda sentada de espaldas sobre lo que parece una cama cubierta con un edredón blanco. No obstante, a medida que nos acerquemos más a la pintura, podremos notar que esa imagen está compuesta por una enorme cantidad de pequeños puntos de diferentes formas, tamaños y colores, cuya disposición la dotan de forma y armonía.

Lo mismo sucede con los sistemas económicos. A medida que se presta mayor detenimiento a la composición del sistema, podemos percatamos rápidamente cómo millones de individuos se organizan (o son organizados) para hacer funcionar el sistema económico. Por lo tanto, si aceptamos que la obra solo revela su sentido pleno cuando se observa su técnica y no únicamente su forma, entonces el análisis del sistema económico exige el mismo desplazamiento de la mirada. Para pasar del resultado visible a los principios que lo estructuran necesitamos dirigir nuestra atención en la manera que las personas experimentan y piensan el mundo. Es, desde ese cambio de perspectiva, que el neoliberalismo puede ser entendido no solo como un arreglo institucional, sino como una racionalidad que moldea la experiencia social.

El neoliberalismo es un sistema económico, político, cultural y académico que no solo ordena los bolsillos de las personas, sino también su pensamiento. En este sistema económico, la lógica de mercado aparece como una dualidad que opera como un mecanismo de coordinación económica de los recursos de una sociedad, a la par de que se configura como una racionalidad social que organiza las interacciones humanas, la satisfacción de necesidades y la construcción de las subjetividades. Por lógica de mercado entendemos al tipo de racionalidad que se subordina a los valores de la competencia, la maximización de beneficios, el cálculo costo-beneficio y el lenguaje económico. Esta lógica significa un nuevo marco de sentido que indica cómo deben llevarse a cabo nuestras relaciones sociales y la manera en qué debemos de tomar nuestras decisiones, sin nunca perder de vista el ideal de maximizar nuestra función de utilidad (si es que existe algo como tal).

El estudio sistemático de la naturaleza de la lógica de mercado y sus implicaciones en la formación de la subjetividad de las personas se rastrea desde las clases magistrales dictadas por Foucault en el Collège de France entre 1978 y 1979. Para estudiar este fenómeno, el sociólogo francés introdujo el concepto de gouvernementalité, con la finalidad de ilustrar el uso de las racionalidades, las técnicas y los saberes mediante los cuales se conduce la conducta humana para la reproducción de un orden social basado en el consumo de bienes y servicios.

Desde la mirada foucaltiana, el individuo se autopercibe como una empresa de sí mismo. Es en este proceso de autopercepción en donde la responsabilidad individual se reconfigura bajo los principios del mercado. En este esquema, el sujeto se evalúa, se compara y busca activamente optimizar sus decisiones en términos racionales. A diferencia del homo economicus clásico, el sujeto neoliberal expande su horizonte más allá del intercambio, pues ahora su conducta está en función de maximizar su función de utilidad y no solamente en la satisfacción de necesidades básicas. Lo anterior puede ser resumido en el siguiente corolario: hay que disfrutar al máximo, según los recursos que están a nuestro alcance. El mercado se forja como un vínculo entre necesidades y satisfacciones. Aquí, el individuo neoliberal se reduce a su capacidad de generar el mayor valor agregado posible en cada una de las áreas de la vida: desde sus relaciones personales hasta sus interacciones políticas, económicas y comunitarias.

El proceso de reproducción de la lógica de mercado en la vida cotidiana puede explicarse a través del concepto del habitus expuesto por Pierre Bourdieu. Esta noción considera que la racionalidad económica se inscribe progresivamente en el ser social de los individuos, de modo que los valores como la competencia, la eficiencia, la maximización y el cálculo costo-beneficio se naturalizan como criterios legítimos para orientar no solo las decisiones económicas, sino también las elecciones personales, afectivas y simbólicas. Así, la lógica de mercado deja de percibirse como una imposición externa y se convierte en una segunda naturaleza: los individuos aprenden a evaluarse, compararse y juzgarse a sí mismos y a los demás conforme a métricas de rendimiento, éxito y productividad.

Esta reconfiguración explica, en gran medida, por qué la lógica de mercado logra reproducirse sin recurrir a mecanismos coercitivos explícitos, pues es en el habitus donde dicha racionalidad opera de manera prerreflexiva, es decir, en el espacio social que reestructura nuestras prácticas cotidianas en función de los valores del mercado. Esto garantiza la continuidad del orden neoliberal a través de sujetos que, sin ser plenamente conscientes de ello, actúan conforme a sus principios y lógicas. De esta forma, el mercado no solo organiza la distribución de recursos, sino también la forma en que los individuos perciben el mundo y se perciben a sí mismos dentro de él.

En consecuencia, las relaciones sociales, las decisiones políticas y personales quedan sometidas a evaluación, en donde se establece una escala de medición que traduce su valor a términos de utilidad, rendimiento y, con frecuencia, a equivalencias monetarias. Esta racionalidad se ha filtrado en casi todos los espacios, incluso en aquellos aparentemente intangibles como el internet. Es aquí, en este lugar muchas veces inhóspito para las minorías, donde se consolida una métrica cotidiana de reconocimiento a través de los likes, el número de reproducciones y de seguidores. Este fenómeno trasciende el efecto de la viralidad de la red y se vuelve un sistema de categorización y jerarquización, que dictamina aquello que se debe considerar como bueno, relevante o digno de circular.

En este estadio de la historia, resulta difícil ignorar que la experiencia humana se ha orientado al consumo. Deseos y pasiones tienden a reducirse a la capacidad de adquirir estilos, tendencias e ideas, mientras que la vida cotidiana se vuelve rankeable bajo criterios que no son neutrales, pues suelen alinearse con los ideales de las grandes corporaciones, lo que permite calcar en el psique de la población -sin mucho esfuerzo- los valores y las expectativas de los grupos socialmente dominantes.

Es a partir del consumo, y de la distinción del mismo, donde se forja la identidad. Tú eres la música que reproduces, los artistas que sigues, los libros que lees, las ideas que consumes, los lugares que visitas. Todo se vuelve un consumo de experiencias para luego incorporar todo eso en tu personalidad, lo que de alguna forma genera un sentimiento de empoderamiento (naturalmente, basado en el consumo de experiencias y mercancías). Y para cada una de esas categorías han surgido aplicaciones que clasifican el gusto y lo convierten en perfil. Por ejemplo, Letterboxd, una aplicación diseñada para cinéfilos donde el gusto cultural se codifica en listas, reseñas y puntuaciones que producen jerarquías relacionadas con el buen o el mal gusto de la cultura. Estas aplicaciones fungen como mecanismos modernos de distinción y de asignación de gustos, ya que terminan señalando cuáles deben ser las preferencias de la población.

Por así decirlo, delegamos nuestro criterio al mercado y a sus fuerzas. Ya no hay cabida para el pensamiento propio. Ahora, dilapidamos nuestra vida consumiendo bajo un régimen de elección permanente. Eso, sin duda, produce vértigo. Ya no es únicamente el mareo ante la infinitud de opciones del que hablaba Kierkegaard; es la infinitud de productos, estímulos y repertorios disponibles y la asquerosa obligación de consumirlos de inmediato, lo que amplifica esa sensación nauseabunda.

En esta línea, el consumismo se convierte en un elemento central en la sociedad neoliberal. Para Anthony Giddens, su relevancia se explica por la manera como los individuos, en el capitalismo tardío, basan la construcción de su identidad personal a través del consumo. Sin ser plenamente conscientes, los individuos construyen su identidad a partir de los recursos simbólicos disponibles, a saber, diferentes estilos de vida, bienes, experiencias y narrativas, según la clase social, etnia o religión a la pertenecen o adscriben. Esto último permite a los sujetos construir una narrativa sobre sí mismos y dar coherencia a sus identidades personales en función de lo que consumen. Por tanto, el consumo funciona como un mecanismo que permite la satisfacción de necesidades materiales y la creación de una identidad, que otorga sentido y dirección. Elegir qué se consume se vuelve una forma de elegir quién se aspira a ser o quién se busca afirmar qué se es.

Esta preocupación no es nueva, pues en el siglo XIX pensadores como Marx ya habían dedicado páginas enteras para describir cómo los sistemas económicos moldean la conciencia de las personas. En su libro, La Ideología Alemana, expresó que “El modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino -por el contrario- es su existencia social lo que determinan su conciencia”. Es decir, que la conciencia social no surge de la nada, sino como una respuesta a las condiciones del sistema económico imperante. Por ello, en la era neoliberal, las sociedades adoptaron la lógica de mercado como una racionalidad para entender y darle sentido a la vida cotidiana. A saber, la manera de mediar sus relaciones de pareja, el tipo de vestimenta que usar, el contenido a consumir en la web, entre otros.

La lógica de mercado, entendida como racionalidad social, actúa como ese puntillismo invisible que estructura la experiencia contemporánea. Es a partir del ejercicio de la gubernamentalidad, como el individuo aprende a verse a sí mismo como un proyecto que debe gestionarse, evaluarse y optimizarse constantemente. Lejos de ser un acto meramente simbólico, el consumo se convierte en un lenguaje mediante el cual se construyen las identidades, se gestionan los riesgos y se dota de sentido a la existencia humana. Como resultado obtenemos que las relaciones afectivas, las prácticas de ocio, el reconocimiento social y las aspiraciones personales pasan a cuantificarse en términos de intercambio, rendimiento y de satisfacción. Por eso, cuando escucho por las mañanas a la presidenta de México alegrarse sobre el fin del neoliberalismo en nuestro país, resultado del autodenominado movimiento de la cuarta transformación de la vida pública, me pregunto si acaso un sistema económico y político multidimensional como lo es el neoliberalismo puede extinguirse por decreto, de la noche a la mañana.

* Benito Solís Macías es egresado de la licenciatura en Economía por la UNAM. Actualmente se encuentra haciendo la maestría en economía en la Ludwig-Maximilian Universitat en Alemania.

 

Referencias:

  • Beck, Ulrich. 1992. Society: Towards a New Modernity. Sage Publications.
  • Peters, Michael A. 2021. “The early origins of neoliberalism: Colloque Walter Lippman (1938) and the Mt Perelin Society (1947).” (Educational Philosophy and Theory) 55(14): 1574-1581.
  • Foucault, Michel. 2008. The Birth of Biopolitics, Lectures at the Collège De France, 1978-1979. . Palgrave Macmillan.
  • Bourdieu, Pierre. 1996. Distinction: A social Critique of the Judgement of Taste. Cambrige, Massachusetts: Harvard University Press.
  • —. n.d. Outline Of A Theory of Practice. Cambrige University Press.
  • Marx, Karl. 1974. La Ideología Alemana. Barcelona: Ediciones Grijalbo.
  • Giddens, Anthony. 1991. Modernity and Self-Identity: Self and Society in the Late Modern Age. Standford University Press.
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Imagen BBC
“Sentí que había muerto”: sobrevivientes relatan lo que vivieron durante el bombardeo de EU al Bloque 12 en Venezuela
6 minutos de lectura

Sobrevivientes al ataque de EU en Venezuela que condujo a la captura de Nicolás Maduro cuentan sus testimonios. Rosa González murió por el impacto de un misil estadounidense en su casa.

10 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
0

Eran las 2:00 de la mañana cuando un proyectil cayó en su departamento. “La onda explosiva me tiró contra la pared”, recuerda Wilman González.

Tirado en el suelo, abrió los brazos mirando al cielo y se despidió: “Dios, perdona todos mis pecados”.

En ese instante, recuerda, “sentí que había muerto”. Momentos después se dio cuenta que tenía enterrada en su cara una astilla de madera que se había desprendido de la puerta.

“Como pude me la saqué y fui a atender a mis hermanos que estaban aturdidos por el impacto”, cuenta a BBC Mundo el electricista de 54 años.

Aún con el pómulo derecho morado, apenas puede creer lo que le pasó a él y su familia este 3 de enero, cuando las fuerzas militares estadounidenses atacaron Venezuela y capturaron al presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.

Wilman vivía en el Bloque 12, un antiguo edificio ubicado muy cerca de una importante base militar de Venezuela, la Academia de la Armada Bolivariana, en la ciudad costera Catia La Mar, estado de La Guaira, a unos 35 kilómetros por carretera de Caracas.

Habitado principalmente por personas de edad avanzada en un barrio popular, el Bloque 12, o lo que queda de él, es ahora un símbolo de uno de los mayores acontecimientos ocurridos en la historia reciente de Venezuela: el bombardeo de Estados Unidos ordenado por el presidente Donald Trump.

Y es uno de los edificios civiles afectados en un ataque que principalmente tuvo como objetivo instalaciones militares y de comunicaciones.

Mientras Maduro permanece detenido en una cárcel de Nueva York acusado por cargos relacionados con narcoterrorismo, la presidenta interina del país, Delcy Rodríguez, es quien asumió esta semana las riendas del país bajo la tutela de EU.

Según el ministro del Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, la operación causó la muerte de unas 100 personas, incluyendo civiles y militares.

Bloque 12, edificio parcialmente destruído por un misil estadounidense en la ciudad costera Catia La Mar, estado de La Guaira, a unos 35 kilómetros por carretera desde Caracas.
BBC
Bloque 12, el edificio donde murió Rosa González por el impacto de un misil estadounidense.

Wilman es uno de los sobrevivientes, pero su tía Rosa, de 79 años, que dormía en la habitación del lado, no tuvo la misma suerte.

“Ella empezó a gritar: ‘Ay, me duele, me duele el brazo’ (…). Había una lavadora encima de ella. Una lavadora que con el impacto voló y le cayó encima”, cuenta su sobrino que, con dificultad, logró sacarla y sentarla en una silla.

Fue en ese momento cuando la mujer le dijo que no podía respirar.

Desesperados, los familiares llevaron a Rosa González a un hospital donde recibió atención médica de urgencia. Pero pese a todos los esfuerzos, fue demasiado tarde.

Wilman González frente a su departamento destruido.
BBC
“Mira cómo quedó… no es justo”, reclama Wilman González frente a los escombros de su departamento.

Con el ataúd semi abierto para decirle adiós, dos días después del bombardeo, familiares y amigos velaron a Rosa en una pequeña capilla de paredes blancas frente a una estatua de Jesucristo en la cruz.

Wilman, que por ahora está viviendo en la casa de un cuñado, se para frente al que alguna vez fue su hogar y mira los escombros sin explicarse lo que pasó. “Mira cómo quedó… No es justo, no es justa esta vaina”, dice profundamente molesto, mientras señala los restos del Bloque 12.

“La parte más grande del proyectil quedó en el cuarto de mi tía”.

Los restos del misil estadounidense, cuenta, se los llevó el gobierno. Pero el trauma de la experiencia se queda. “Estamos asustados, nosotros nunca hemos estado en una guerra”, cuenta desconsolado.

“Señores, ¡no a la guerra, no a la guerra!. La guerra no hace falta, lo que hace falta es comer, vivir”, grita con rabia frente al edificio. Lo único que hay frente a sus ojos son paredes demolidas, vidrios quebrados, trozos de objetos personales, y los restos de una vida que nunca volverá a ser como antes.

Velatorio de Rosa González.
AFP via Getty Images
Rosa González murió por el impacto de un misil estadounidense en su casa.

Su vecino, Jorge Cardona, de 70 años, estaba en la sala de su departamento cuando cayó el misil.

De repente, sintió un ruido y luego vino el impacto. “Escuché la explosión y la llamarada de candela y todo voló”.

Quedó tirado en un pasillo. “La pared del vecino se vino para mi casa y se llevó muebles, se llevó todo”. Cuando logró reaccionar, comenzó a sacudirse el polvo y los escombros que habían caído sobre su cuerpo. Rápidamente se puso un pantalón y unos zapatos, y fue a hablar con los vecinos.

“Yo pensé que nos estaban atacando, pero nunca pensé que me iban a atacar a mí”. El proyectil, cuenta, “pegó en la platabanda (techo) de arriba, en el pasillo, y pasó por la ventana del baño de los vecinos”.

“Estamos vivos de milagro”, le dice a BBC Mundo. “Fue algo que se vive una sola vez en la vida y se ve nada más en las películas de Hollywood, donde el muchacho se salva”.

¡Al suelo, tírate al suelo!

Jesús Linares, de 48 años, estaba durmiendo cuando un zumbido fuerte lo despertó. Lo primero que se le vino a la cabeza es que podía tratarse de un fuego artificial de las celebraciones de fin de año.

Jesús Linares.
BBC
“La onda expansiva me arroja al piso y siento que algo me golpea la cabeza”, recuerda Jesús Linares.

Pero cuando llega el impacto, su hija de 16 años, que estaba durmiendo en la misma habitación, le preguntó: “¿Papá qué pasa?”. Él le contestó: “Hija, nos están invadiendo”.

En ese momento la sacó de la cama y mientras iba camino al cuarto de su madre, sintió un nuevo zumbido. Era el misil que impactó el edificio, destruyendo la entrada principal de su casa.

“La onda expansiva me arrojó al piso y sentí que algo me golpeaba la cabeza. Cuando me levanté le grité a mi hija: ‘¡Al suelo, tírate al suelo!'”.

Descalzo, pasó por encima de unos vidrios para buscar zapatos y alcanzó a empacar alguna ropa para él, su hija, y su madre, de 85 años. Luego entró al departamento de su vecina y la encontró tirada en el suelo, totalmente desorientada y con heridas en el cuerpo.

Coronel de bomberos, con 28 años de servicio en la institución, Jesús se dio cuenta que la mujer requería ayuda inmediata. Con una sábana improvisó un vendaje en la cabeza y otro en la pierna para detener la hemorragia.

Su madre y su hija, afortunadamente, solo quedaron con traumatismos leves.

Recordando lo que pasó esa noche, llega a la conclusión de que automáticamente había aplicado el protocolo que se utiliza en caso de un terremoto. Eso le permitió rescatar con vida a su vecina y ponerse a resguardo junto a sus parientes.

Bloque 12, ubicado muy cerca de una importante base militar de Venezuela, la Academia de la Armada Bolivariana, en la ciudad costera Catia La Mar, estado de La Guaira, a unos 35 kilómetros por carretera desde Caracas.
BBC
Al menos ocho departamentos quedaron destruidos por el misil.

Ahora está colaborando en las tareas de reconstrucción del Bloque 12 y permanece alojado en la casa de un familiar junto a su hija y su madre, con la expectativa de volver a su hogar.

Y aunque Jesús está acostumbrado a lidiar con situaciones difíciles, la caída del misil en su edificio le ha dejado algunas secuelas.

Desde el ataque, Jesús se levanta todos los días a eso de las 2:00 de madrugada, la hora en que el proyectil impactó en su vivienda.

A esa hora, “retrocede la película”, y recuerda lo que vivió el día en que Estados Unidos atacó Venezuela e impactó al Bloque 12.

Bloque 12, ubicado muy cerca de una importante base militar de Venezuela, la Academia de la Armada Bolivariana, en la ciudad costera Catia La Mar, estado de La Guaira, a unos 35 kilómetros por carretera desde Caracas.
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Los habitantes afectados esperan regresar a sus departamentos tras las tareas de reconstrucción.
BBC

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