
Lo ocurrido en Venezuela en estos primeros días de enero no es una anomalía: es un cambio de fase en la guerra del capitalismo contra la vida. El secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses abrió una grieta que atraviesa a toda la región. No sólo por el golpe directo a la ya vulnerada soberanía venezolana, sino porque revela con crudeza un reordenamiento geopolítico que se organiza, cada vez más, en torno a esferas de influencia. El lenguaje que ha venido disfrazando estas intenciones desde hace algunos años (como nearshoring) se convierte en una realidad imperial que busca garantizar acceso a cadenas de valor, corredores logísticos, territorios y recursos para asegurar el flujo del capital, normalizando la guerra como la principal forma de gobierno del capitalismo.
La Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca en noviembre de 2025 empuja esa orientación. Introduce un “corolario Trump” a la Doctrina Monroe y declara un giro de prioridades hacia el hemisferio occidental. En continuidad con lo que el US Southern Command venía anunciando —la necesidad de asegurar recursos y control regional para intereses militares, económicos y de “subsistencia” de Estados Unidos—, el documento resume sus objetivos en una fórmula operativa: “enlistar” aliados para controlar migración, frenar flujos de drogas, asegurar “estabilidad” y fortalecer control en tierra y mar, y “expandir” cooperación económica y de seguridad. Leído sin eufemismos, esto actualiza el viejo lenguaje de la esfera de influencia con la gramática contemporánea de cadenas de suministro y control territorial.
Lo ocurrido en Venezuela confirma la destrucción absoluta del derecho internacional que ya había ignorado las denuncias de persecución interna de los venezolanos, un proceso que se profundizó con la invasión rusa a Ucrania en 2022 y se volvió abiertamente impune con el genocidio en Gaza y Palestina tras octubre de 2023. La paradoja es brutal: el orden jurídico internacional, diseñado para impedir que la fuerza sustituya al derecho, se ha convertido en un escenario donde el poder justifica sus intereses y deseos imperialistas. La arquitectura del mundo posterior a 1945 exhibe aquí su límite material e ideológico: lo que se asoma es el desgaste del liberalismo como máscara y el avance de un capitalismo cada vez más dispuesto a administrar muerte y colapso.
Trump no se limitó a justificar el operativo como parte de la “narcoguerra”. Declaró que Estados Unidos ahora “dirigirá” o “administrará” Venezuela, reiteró su interés en acceder a las reservas petroleras del país y amenazó con nuevos ataques si el aparato estatal venezolano no “coopera”. Esa explicitación vuelve innecesaria la especulación, cuando el objetivo se anuncia como “orden” y “estabilidad” y se acompaña de la promesa de reconfigurar una industria estratégica. En esto resuenan los discursos oficialistas que justificaron invasiones en Irak (armas de destrucción masiva) o Afganistán (terrorismo) (tan sólo los más recientes): un marco moral-mediático que prepara el terreno para que la fuerza parezca inevitable. La parte silenciosa, la que no se decía, ahora se anuncia en la rueda de prensa. Ya no se especula el interés por el petróleo y el control de los recursos, se presume. La narcoguerra reconfigura el problema de seguridad como un continuo que va del Caribe a la frontera con México, y facilita la traducción de soberanía y conflicto político en expediente penal y amenaza “regional”. Es decir, Venezuela es apenas el primer síntoma de este contexto en el hemisferio.
Ucrania y Taiwán, por su parte, confirman la misma mutación desde el horizonte de influencia ruso y chino —dos potencias que también habían jugado con el futuro de Venezuela y que ahora se establecen como puntos de presión y disputa— sugiriendo que el nuevo tablero se ordena por nodos estratégicos, flujos de capital, acceso a recursos y eliminación de todo excedente (humano y no humano). No hace falta leer esto como conspiración para verlo inquietante: basta reconocer que la política y el derecho internacional están desplazándose hacia una lógica donde los hechos consumados, la fuerza y la administración de zonas de sacrificio pesan más que cualquier orden liberal de “legalidad” o “justicia”.
Gaza es el laboratorio global de impunidad y de administración de ruinas. Aun con un cese al fuego negociado en octubre de 2025, los ataques continuaron y la vida civil quedó atrapada entre el control territorial, la excepción permanente y la destrucción sistemática de infraestructura básica. Gaza muestra, de forma concentrada, una racionalidad que se expande: la guerra como tecnología, como infraestructura y como sistema de gobierno. No sólo se ocupa territorio; se clasifica a la población entre quienes pueden ser asimilados al orden (todavía explotables) y quienes son declarados prescindibles o exterminables: poblaciones convertidas en estorbo para la acumulación. En ese marco, cualquier pretensión de universalismo jurídico se vuelve borrosa cuando no funciona al nuevo orden, un orden donde la guerra se convierte en el método mismo de construcción geopolítica.
En este contexto, Venezuela se entiende como un nodo energético en un momento de reordenamiento industrial y militar. El mensaje es claro: el control de los recursos —y de las rutas que los movilizan— vuelve a operar como instrumento de gobierno hemisférico. Y cuando ese control se enuncia como “administración” posterior a un operativo militar, se revela el corazón del proyecto: intereses imperiales y una dosificación de la guerra como horizonte plausible del capitalismo en crisis.
Venezuela, Gaza y Ucrania exponen así una misma tendencia: conforme el capitalismo agota fronteras extractivas y enfrenta una convergencia de crisis, va abandonando sus máscaras de democracia, desarrollo y derechos humanos para apoyarse cada vez más en la excepción, la crueldad y la administración tecnificada de poblaciones. La inteligencia artificial, la vigilancia y la propaganda no son accesorios: aceleran la disolución de la distinción entre realidad y ficción que Hannah Arendt identificó como una condición para el surgimiento del totalitarismo, y convierten la obediencia y el “sentido común” securitario en hábito social y un sentido común. En esa deriva, lo que está en disputa no es sólo el control de territorios o recursos, sino la posibilidad misma de sostener —contra el miedo y la normalización de la violencia— un horizonte de vida común.
En América Latina, esta coyuntura cae sobre un terreno ya debilitado. En Venezuela la dinámica de intervención se ha tejido durante años en la relación del régimen con la renta petrolera y con potencias externas. Antes de esta operación estadounidense, el país ya estaba marcado por la deriva autoritaria del chavismo, por un aparato estatal atravesado por violencia, control y opacidad, y por una economía extractiva que convirtió la soberanía en moneda de cambio, todo esto mientras el tejido comunitario fue debilitado, la disidencia perseguida y los mecanismos de participación ciudadana anulados. Ese trasfondo se inserta en una región donde el horizonte del Estado-nación o plurinacional están agotados: no sólo por su incapacidad para contener la violencia estructural, sino porque su promesa de integración se sostiene sobre la misma matriz extractiva que reproduce dependencia.
Por eso, esto no se resuelve con el péndulo de la democracia representativa ni con la alternancia entre “izquierdas” y “derechas”. En Venezuela, el chavismo derivó en autoritarismo y en una dictadura. Los progresismos latinoamericanos —con matices relevantes, pero con una tendencia estructural compartida— no desmantelaron la arquitectura de la extracción ni la subordinación externa, sino que administraron el capitalismo con nuevos pactos de élite y nuevas retóricas. Ese vacío alimenta el giro punitivo, el culto al orden y la figura del “hombre fuerte” como respuesta, y es también lo que permite que el imperialismo se presente hoy como “corrección” de un fracaso regional, desplazando responsabilidades internas y reduciendo a la población a un problema de seguridad o de administración.
Incluso gobiernos como el de Sheinbaum o el de Lula, que en el plano discursivo rechazan la intervención en Venezuela, han sido ampliamente complacientes con las exigencias económicas del capital y con su necesidad de circulación. En el caso de México, la reorganización productiva y la subordinación energética e industrial a los intereses de Estados Unidos evidencian esta tendencia: el país se reordena como corredor logístico, plataforma manufacturera y perímetro de seguridad. En ese marco, la militarización social no puede leerse como simple “retorno de los militares”. Es un proceso regional que se vuelve una forma de gobierno del presente en contextos de convergencia catastrófica: superposición de crisis económicas, políticas, ecológicas y de seguridad que intensifica la conflictividad. La militarización desborda lo estrictamente institucional, opera como securitización que redefine “amenazas” —protesta, migración, disidencia—, reconfigura la guerra y se incrusta en la vida cotidiana mediante control territorial, disciplinamiento y normalización de la excepción. Leído desde hoy, este enfoque permite situar Venezuela y Gaza como escenarios distintos de una misma racionalidad: la administración violenta de crisis acumuladas, donde la guerra se convierte en infraestructura para contener el malestar social, gestionar poblaciones y clausurar —por vías cada vez más tecnificadas— la posibilidad de formas de vida autónomas.
El arco de amenaza, además, no se restringe al sur. La insistencia de Trump en “adquirir” Groenlandia, sus agresiones y presiones hacia Cuba, Colombia y México; la presión de Xi sobre Taiwán; la guerra de Putin en Ucrania, y el genocidio en Gaza revelan que las intensiones son más amplias y más coherentes de lo que se admite: garantizar acceso a recursos estratégicos, securitizar cadenas de valor, asegurar corredores de circulación del capital y reorganizar la vida mediante una división cada vez más explícita entre poblaciones “asimilables” y “eliminables”. En otras palabras: una política que desnuda el esqueleto imperial, extractivo y colonial, cada vez más dependiente de la muerte y la violencia conforme se agudiza la crisis del capitalismo.
La pregunta decisiva, entonces, no es cómo “volver” al mundo de la posguerra y al consenso internacional, sino cómo reconocer que ese liberalismo siempre llevó una dimensión autoritaria en su interior. Adorno y Horkheimer lo plantearon con claridad al advertir el fascismo latente en el ADN del liberalismo. Aimé Césaire lo dijo de forma aún más incómoda: el escándalo del Holocausto, para Occidente, no fue el genocidio en sí, sino que la violencia colonial aplicada durante siglos en el mundo retornara al centro europeo y afectara a poblaciones blancas. Ese es el espejo que hoy se vuelve imposible de esquivar.
La reciente ola de derechas que ocupa cargos —de El Salvador a Argentina, pasando por diversos países de Centro y Sudamérica— no es sólo “reacción”; es también el síntoma de las fallas del progresismo y del vacío político que dejó. En muchos casos, la derecha convierte a los países en patio trasero de Estados Unidos sin necesidad de intervención directa: lo prueban los experimentos de Milei y Bukele, donde el alineamiento funciona como automatismo. Mientras tanto, Colombia, México y Cuba aparecen en el horizonte de nuevas presiones e incluso intervenciones, ahora formuladas en clave de seguridad, crimen organizado y “estabilización” regional.
Ante este panorama, quizá la única salida realista es construir infraestructura social de autonomía: comunes y autogobierno territorial, redes de cuidado y defensa de la vida, solidaridad transfronteriza entre pueblos, capacidad de respuesta colectiva ante las amenazas, y una política que no dependa de la promesa de salvación desde arriba. Como insiste Adolfo Gilly, ninguna cantidad de bombas, drones o “misiones” puede fabricar desde afuera la democracia como idea abstracta: la democracia, cuando existe, es una práctica vivida, situada, construida en relación con el territorio, la historia y los vínculos comunitarios, la cual asoma en la organización autogestiva de los barrios en Venezuela y que se ha convertido en la respuesta ante el abandono de los servicios básicos. En el mundo que se abre, resistir no es sólo decir “no” al imperialismo; es afirmar —materialmente— que la vida, la vida común, no es negociable, y esto se extiende a la condena de los autoritarismos nacionales, a los horrores que regímenes como los de Maduro atentan contra su población con el objetivo de retener el poder a toda costa.
La lucha del capitalismo contra la vida es permanente y se intensifica. El horizonte no puede ser el simple restablecimiento de la normalidad liberal —democracia procedimental, derechos humanos como retórica, retorno a la lógica del Estado-nación (o plurinacional) como si bastara con corregir sus administradores—. Pensar una autonomía del día después implica, al mismo tiempo, rechazo y construcción: rechazo de la ofensiva imperial, colonial y extractivista —incluida su gestión “progresista”— y la construcción de capacidades desde abajo para sostener cuidados, subsistencia y decisión colectiva. La defensa de la vida no puede depender del Estado cuando el Estado está cada vez más integrado a la administración del colapso. Se construye en común, con la fuerza lenta y concreta de los pueblos.
Agradecemos la revisión y la contribución de Claudia Lizardo para la elaboración de este texto, aportando sus conocimientos y lecturas desde su resistencia a las muchas formas de violencia que han atravesado a su país durante muchos años.

La búsqueda de una mayor calidad de vida y los altos precios de las viviendas, en máximos históricos, aportan a las zonas rurales en España un nuevo atractivo.
Cuando Ainara y Roger decidieron abandonar la gran ciudad para asentarse en Corterrangel, en la provincia española de Huelva, aumentaron la población del municipio en casi un 20%.
El contraste entre esta diminuta aldea de 15 habitantes y la Sevilla en la que vivieron durante tres lustros no puede ser más acusado. El pueblo, situado en el parque natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, está rodeado de bosques de castaños y dehesas de encinas y alcornoques, donde anidan aves rapaces y tienen su hogar ginetas y tejones.
“Valoramos mucho el silencio y el contacto con la naturaleza”, cuenta Ainara. En Corterrangel están criando a su hija Irati, en una casa donde tienen una perra, Eska, gallinas, un huerto, no hay tráfico, ni ruidos, y que cuenta, además, con una ventaja muy atractiva: “Aquí pudimos comprar nuestra casa de un tirón con lo que teníamos ahorrado”.
En Sevilla el alquiler estaba cada vez más caro, y comprar les resultaba muy difícil porque, sin contrato fijo, los bancos no están dispuestos a conceder hipotecas.
Los dos son científicos: Ainara estudia los alimoches (el más pequeño de los buitres europeos) y Roger los ácaros que habitan en las alas de las aves. Ambos trabajan para el prestigioso Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la principal institución pública española dedicada a la investigación, un sector donde, a menudo, los contratos dependen de una financiación fluctuante y se van renovando cada pocos años.
Desde hace ocho años, cuando se mudaron a Corterrangel, tienen que desplazarse a la oficina a Sevilla, que se encuentra a algo más de una hora por carretera. Pero es un inconveniente que les compensa: “Vivir aquí nos da mucha paz”, reconoce la investigadora.
¿Se consideran neorrurales? “Por supuesto”, sentencia Roger. Mudarse al campo no ha sido solo una necesidad, también un acto consciente y deseado.
El caso de Ainara y Roger no es el único. Desde hace unos años, cada vez más jóvenes en España aspiran a abandonar los grandes centros urbanos en busca de una mayor calidad de vida y huyendo de los altos precios de la vivienda, mercado que se encuentra en máximos históricos en el país.
Varios estudios académicos recogen esta tendencia que se inició durante la pandemia.
Aunque algunos de los que huyeron entonces hacia los pueblos han regresado a las ciudades a medida que el teletrabajo retrocedía, otros han hecho ya allí sus vidas o aspiran con instalarse en una zona rural.
Uno de los detonantes son los precios de las viviendas. En España han sobrepasado los de la burbuja inmobiliaria que acabó estallando en 2008, mientras que el alquiler ha subido en muchas comunidades autónomas a razón de cifras de doble dígito, explica a BBC Mundo María Matos, directora de Estudios y portavoz del portal inmobiliario Fotocasa.
Una encuesta realizada por este portal en verano desvelaba que el 63% de las personas que estaban buscando vivienda, bien para alquilar o para comprar, desearían mudarse a una zona rural.
El deseo era especialmente acuciante entre personas con ingresos bajos y colectivos más vulnerables, “entre los que se encuentran los jóvenes, que ven en las áreas rurales una esperanza para poder emanciparse”, señala Matos.
De hecho, entre las personas de entre 18 y 24 años, la encuesta encontró que el porcentaje de los que soñaban con el campo ascendía al 70%, aunque la mayoría era consciente de que no llegarían a cumplir esa aspiración, principalmente porque sus trabajos no se lo permitían.
El desajuste entre salarios y el aumento desproporcionado de los precios del alquiler y de la venta de vivienda ayudan a explicar esta aspiración. El salario medio bruto en España en 2024 fue de 2.385 euros al mes, según el Instituto Nacional de Estadística, y de 1.372,8 al mes el de los menores de 25 años.
En Madrid, el precio promedio por metro cuadrado de alquiler se sitúa en los 22,37 euros. Es decir, que una vivienda familiar estándar de 80m2 cuesta de media 1.789,6 euros.
Para Anaí Meléndez, originaria de Valladolid, el precio del alquiler fue la gota que colmó el vaso de su paciencia con Madrid.
Pasó años trabajando en la capital española en varias de las grandes agencias de publicidad. Los sueldos, sin embargo, eran “irrisorios”, y los alquileres apretaban cada vez más el bolsillo.
Tuvo que abandonar uno de los apartamentos en los que vivió porque el propietario le comunicó que lo necesitaba para un hijo suyo, una de las razones que permiten en España poner fin a un contrato de alquiler. Sin embargo, poco después se dio cuenta de que la que había sido su casa se encontraba anunciada en AirBNB, el portal de alquileres vacacionales.
Entre los bajos sueldos, el alto precio de los alquileres y una ruptura personal, Anaí se lio la manta a la cabeza y decidió dejar el trabajo y dar un giro radical a su vida.
“Desde hacía tiempo tenía un hobby; hacía una cata de chuletas en mi piso de Lavapiés. Invitaba a amigos y poco a poco se fue de las manos. Primero eran amigos, luego amigos de amigos… Al final decidí que podía sacar una rentabilidad a esas jornadas”, cuenta a BBC Mundo.
Gracias al dinero de la prestación por desempleo, Anaí pudo pasar dos años recorriendo la región en la que se encuentra su pueblo, Nava del Rey, en busca de proveedores, tejiendo redes, conociendo el territorio y “buscando gente que tuviera mi misma filosofía”, explica.
Finalmente encontró un local para reformar en su pueblo y allí montó su restaurante, “Caín”, especializado en carnes a la brasa y que utiliza productos locales y de temporada.
La restauradora asegura que no es la única que ha hecho ese camino inverso, del pueblo a la gran ciudad y de vuelta al origen.
Cuenta de jóvenes que han regresado a Nava del Rey, que no llega a los 2.000 habitantes, para montar, por ejemplo, una clínica de fisioterapia. O los que han decidido tomar las viñas viejas de sus abuelos y están haciendo vino con nuevas técnicas, mejorando el producto que hacían sus antepasados.
“En los pueblos hay mucho trabajo, pero hay que crearlo, buscarlo”, opina Anaí Meléndez.
Este es uno de los problemas con los que se encuentra la conocida como “España vaciada”, las zonas rurales que han sufrido una despoblación masiva, principalmente por el éxodo hacia las ciudades de los años 50 y 60, y que se enfrentan a una pérdida de servicios públicos, así como a un desequilibrio en cuanto a desarrollo social, económico y cultural.
Diego Curto, gerente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Valle de Ambroz (DIVA), una organización sin ánimo de lucro que busca dinamizar esta región extremeña, confirma este punto.
La pérdida de población obliga al cierre de servicios, comercios, bares o restaurantes, y esto se convierte en un círculo vicioso que hace que la región pierda atractivo y anime a otros a marcharse.
Desde DIVA y otros organismos similares buscan dinamizar la región, generar empleo y atraer a gente. Para ello han creado un banco de vivienda y tierras que hubiera en el territorio y que estén dispuestas a alquilarse. También ofrecen información sobre los servicios que hay en la zona: hospitales, ambulatorios, colegios, guarderías…
Varias familias ya se han asentado en el valle. “La gente busca calidad de vida y tranquilidad, y muchas personas con familia quieren criar a sus hijos en el medio rural, donde se evitan los problemas que hay en la ciudad”, señala a BBC Mundo Curto.
También han sido contactados por familias latinoamericanas que buscan principalmente trabajo en la zona: “Hay muchos que nos dicen que llevan años en Madrid o en Valencia y que les gustaría cambiar, y son perfiles que aquí nos hacen mucha falta también”.
Muchos se encuentran, sin embargo, de nuevo con el problema de la vivienda: si bien es más barata que en las grandes ciudades, en muchos pueblos escasea.
“La barrera de la vivienda es una de las causas de que más gente no venga a vivir a los pueblos”, dice Curto, quien lamenta que cuando se hacen promociones de vivienda pública “casi siempre son en ciudades o núcleos urbanos grandes”.
Este déficit es el que ha impulsado al alza los precios en toda España, según María Matos.
“España ha recibido más de 500.000 personas en el último año y tenemos un déficit de casi 150.000 viviendas anuales que vamos arrastrando y haciendo cada vez esa bolsa de viviendas necesarias más grande”, señala la directora de Estudios de Fotocasa.
Otra barrera, la de los estereotipos, frena también a algunas personas que quizás podrían encontrar en el medio rural un entorno óptimo para vivir.
“Muchos creían que era un atraso irnos a vivir así, pero nosotros pensábamos que encontraríamos gente con vidas muy diferentes e interesantes, y así fue”, relata Ainara, la investigadora.
Algunos sacrificios sí han tenido que hacer.
“No puedes ir a las dos de la mañana al Carrefour Express, no tienes Glovo (una aplicación de reparto de comida a domicilio)… Estamos acostumbrados a un estilo de vida que es difícil de romper”, confiesa Analía Meléndez.
Por este motivo, cuenta, muchos de sus amigos a los que les gustaría seguir sus pasos, les resulta difícil romper con su rutina.
“Yo soy impulsiva, pero sé que no es sencillo decir: ‘Oye, déjalo todo y haz lo mismo que yo, vete a vivir a un pueblo'”.
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