
Cuando un país debate una reforma laboral de gran alcance, la discusión pública suele polarizarse entre quienes la celebran como modernización indispensable y quienes la califican como un retroceso en derechos. Sin embargo, más allá de esas etiquetas, lo que está en juego es la arquitectura futura de la protección social.
El proyecto argentino, denominado oficialmente Ley de Modernización Laboral, propone una reconfiguración relevante de las relaciones laborales. La idea de “modernización” sugiere actualización institucional frente a nuevas dinámicas económicas. No obstante, varios de sus ejes implican modificar garantías que han estructurado el derecho laboral durante décadas.
Uno de los cambios más visibles es la ampliación de la jornada laboral hasta doce horas diarias, acompañada de un descanso semanal de 35 horas continuas. Se introduce además la figura del “banco de horas”, que permite compensar el tiempo trabajado adicional con descansos futuros en lugar de pago por horas extra. Es una tienda de raya de la modernidad. Aunque estos mecanismos requieren acuerdo entre empleador y trabajador, su aplicación práctica deberá observarse en contextos donde las asimetrías de poder en el mercado laboral siguen siendo significativas.
En materia de vacaciones, el proyecto habilita su fraccionamiento en períodos mínimos de siete días, lo que podría modificar la lógica del descanso continuo y previsible. Respecto de las indemnizaciones por despido, la exclusión de ciertos conceptos, como aguinaldo, bonos o vacaciones no gozadas, del cálculo indemnizatorio reduciría el monto final percibido por el trabajador.
A esto se suma la deslaboralización como uno de los cambios más estructurales. Al debilitar la presunción de relación de dependencia, la reforma abre la puerta a que millones de trabajadores queden fuera del paraguas protector del derecho laboral, bajo contratos civiles que los dejan desprovistos de aguinaldo, licencias y acceso pleno a la seguridad social.
Reformar para precarizar la seguridad social
Desde la perspectiva de la seguridad social, el debate argentino adquiere una dimensión adicional.
La creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL), que canalizaría aportes patronales hacia cuentas individuales destinadas a cubrir eventuales despidos, supone una modificación en la lógica colectiva del financiamiento de la protección frente al desempleo. El diseño institucional y las garantías de suficiencia serán determinantes para evaluar su sostenibilidad.
En el ámbito de licencias por enfermedad, aunque el polémico artículo 44, que reducía el salario al 50 % durante bajas médicas, fue retirado del texto final, el debate evidenció la tensión entre protección social y costos empresariales en contextos de reforma estructural.
Finalmente, la restricción del derecho de huelga y el debilitamiento de la negociación colectiva tienen consecuencias directas sobre la capacidad de los trabajadores para defender sus condiciones de vida a lo largo del tiempo. Los convenios colectivos no son solo instrumentos de mejora salarial, sino también el mecanismo por el que se actualizan las coberturas de salud, se amplían las licencias de maternidad y paternidad y se adaptan las condiciones laborales a las realidades de sectores específicos.
El efecto regional
Argentina no legisla en el vacío. En América Latina, donde las reformas estructurales suelen generar dinámicas de referencia regional, este proceso será observado con atención. En varios países persiste el debate sobre la rigidez del mercado laboral y el costo de los derechos adquiridos.
El riesgo no es el debate en sí, que es legítimo y necesario, sino que las reformas se evalúen exclusivamente por resultados inmediatos en inversión o empleo y se presente como “exitosa”, sin analizar sus efectos de mediano y largo plazo en cohesión social y sostenibilidad de la protección.
No se trata solo de crear empleos para la estadística, aunque sean formales, si estos carecen de los derechos mínimos que se han conquistado en el ámbito laboral. La seguridad social es un derecho con pleno reconocimiento y, como tal, debe protegerse y garantizarse para todas las personas. Argentina está discutiendo justamente la ruta en la dirección opuesta.
Más allá de la flexibilización
El problema de la informalidad laboral en América Latina es profundo y persistente. Sin embargo, su solución no necesariamente pasa por ampliar jornadas o reducir costos de despido. La evidencia comparada muestra que la formalización depende de una inspección laboral efectiva, incentivos fiscales adecuados, políticas activas de empleo y sistemas de seguridad social capaces de adaptarse a nuevas formas de trabajo.
Desde la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS) hemos documentado, durante décadas, cómo los sistemas de protección en la región se construyeron gradualmente mediante acuerdos sociales amplios, tanto por gobiernos como por la movilización de la base trabajadora. Cualquier reforma que modifique esa arquitectura debe evaluarse bajo una perspectiva de derechos humanos y sostenibilidad financiera, porque la seguridad social no es una concesión del Estado ni un beneficio contingente, sino un derecho.
El verdadero problema de la informalidad laboral en América Latina no se resuelve abaratando el despido ni extendiendo la jornada en una región que, de sí misma, trabaja más que el resto de los países de otras regiones. Se resuelve con sistemas de inspección laboral efectivos, con fiscalidad progresiva que no castiguen el registro, con políticas activas de empleo y con instituciones de seguridad social que sean capaces de extender su cobertura hacia los sectores más precarios.
La discusión argentina abre una pregunta que trasciende sus fronteras: ¿cómo actualizar el mundo del trabajo sin debilitar los pilares de la seguridad social que sostienen la estabilidad social y económica de la región?
Luis Alejandro Estrada (@je_nesaispas) es candidato a doctor en Políticas Públicas por el CIDE; actualmente se desempeña como Especialista en Análisis Cuantitativo y Desigualdades de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social.

El crimen de Franco fue motivado por su resistencia contra una ley que legalizaría unos condominios en la zona oeste de Río de Janeiro.
Un tribunal en Brasil condenó este miércoles a cinco hombres implicados en el asesinato a tiros de la concejala Marielle Franco y de su chofer, Anderson Gomes, ocurrido en 2018 en Río de Janeiro.
Todos ellos ocuparon cargos en el gobierno del país sudamericano.
Y, de acuerdo con la policía, la ejecución se debió a la resistencia de la también activista y su agrupación, el Partido Socialismo e Liberdade, a un proyecto de ley que legalizaría los condominios en la zona oeste de la ciudad carioca.
Los barrios del área están controlados por milicias que explotan desarrollos inmobiliarios ilegales.
Los condenados son: Domingos Brazão, miembro del Tribunal de Cuentas del Estado de Río de Janeiro; el exdiputado federal Chiquinho Brazão, hermano de Domingos; el mayor Ronald Alves de Paula, de la Policía Militar; y el expolicía militar Robson Calixto, asesor de Domingos.
El exjefe de la Policía Civil de Río de Janeiro, Rivaldo Barbosa, fue absuelto por el asesinato. Sin embargo, fue sentenciado a 18 años de prisión por los delitos de obstrucción a la justicia y corrupción pasiva, por haber recibido dinero de la milicia para obstaculizar las investigaciones.
“El tema político se combinó con la misoginia, el racismo y la discriminación. Marielle era una mujer negra y pobre que estaba desafiando los intereses de los milicianos. ¿Qué mensaje más fuerte se podía enviar? Y en las mentes misóginas de los perpetradores, ¿a quién le importaría eso?”, señala un comunicado del ministro Alexandre de Moraes, relator del caso.
Los hermanos Brazão, señalados como los autores intelectuales, recibieron condenas de 76 años y 3 meses de prisión cada uno por doble homicidio, tentativa de homicidio y asociación delictiva armada.
El cargo de tentativa de homicidio corresponde a que en el auto, que fue alcanzado al menos por nueve disparos, también viajaba la colaboradora de la concejala, Fernanda Chaves, quien sobrevivió al ataque.
Por su parte, Alves de Paula fue condenado a 56 años de prisión por doble homicidio y tentativa de homicidio, mientras que Calixto a nueve años de prisión por participación en asociación delictiva.
Todos quedaron inhabilitados para ejercer cargos públicos.
Los hermanos Brazão tienen una larga trayectoria en la política de Río de Janeiro.
Chiquinho Brazão, el hermano mayor, fue diputado federal por Río de Janeiro hasta su destitución en abril de 2025.
En octubre de 2023, fue nombrado por el alcalde de Río, Eduardo Paes, para la Secretaría Especial de Acción Comunitaria, pero dejó el cargo después de que el nombre de su familia fuera mencionado en el testimonio de Élcio Queiroz, expolicía militar arrestado y acusado de conducir el vehículo utilizado el día del asesinato de la concelaja.
Domingos Brazão, por su parte, mantuvo su cargo como miembro del Tribunal de Cuentas del Estado (TCE) hasta su condena, y recibió su compensación de 56.000 reales (más de US$10.000), incluso estando en prisión preventiva.
Exdiputado estatal y empresario de la industria petrolera, ganó sus primeras elecciones en 1996, convirtiéndose en concejal en Río de Janeiro.
Su base electoral es la zona oeste de la ciudad, cuna de las milicias del estado. En el año 2000, se postuló a la alcaldía, pero quedó en octavo lugar; su labor siempre fue regional.
En 2015 fue elegido miembro del Tribunal de Cuentas del Estado.
Controvertido, el nombre de Brazão fue incluido en un informe sobre milicias de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro en 2007.
El asesor del Tribunal de Cuentas siempre negó las acusaciones de participación en delitos e irregularidades. Las atribuyó a disputas políticas, a la lucha por votos y a bastiones electorales.
Brazão admitió, sin embargo, haber asesinado a un hombre durante un debate legislativo en 2014.
“Sí, maté a alguien”, dijo Brazão, quien también reconoció haber sido arrestado por el crimen, pero afirmó haber sido absuelto, según el periódico O Dia.
“Pero eso fue hace más de 30 años, cuando tenía 22 años. Fue un matón que fue a mi calle, a mi casa, el día de mi cumpleaños, para confrontarme a mí y a mi familia. La justicia falló a mi favor”, afirmó en aquel momento.
En 2017, también fue vinculado a una presunta trama de sobornos, caso del que salió airoso.
Rivaldo Barbosa, exdirector de la Policía Civil de Río de Janeiro, asumió el control de la agencia un día antes de la muerte de Marielle.
Fue condenado por obstrucción a la justicia y corrupción pasiva por usar su cargo para proteger a los hermanos Brazão de las investigaciones.
Dirigió la policía entre marzo y diciembre de 2018, dejando el cargo tras la investidura del exgobernador Wilson Witzel.
Se destacó como jefe de policía en la década de 2010, desempeñándose como director de la División de Homicidios de 2012 a 2015. Su labor resultó en un aumento en la resolución de casos de homicidio en Río.
Barbosa fue nombrado jefe de la Policía Civil en 2018 durante una intervención federal en Río de Janeiro ordenada por el entonces presidente Michel Temer tras un aumento de la delincuencia durante el Carnaval.
En la primera fase de la investigación del caso de Marielle Franco, dijo que garantizaría una investigación exhaustiva y que el crimen no quedaría impune.
En una entrevista con GloboNews, la madre de Marielle, Marinete Silva, confirmó que el jefe de policía recibió a la familia después del crimen.
“Era un hombre que decía que era una cuestión de honor para él resolver este caso”, declaró.
El expolicía militar Ronald Paulo de Alves, conocido como el “mayor Ronald”, está acusado de vigilar a la concejala. Anteriormente había sido arrestado por su participación en la milicia en Rio das Pedras y sus alrededores, en la zona oeste de Río.
En 2004, recibió una condecoración del entonces diputado Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro por sus servicios al Estado.
Estaba destacado en el 22.º Batallón de la Policía Militar en el Complexo da Maré y fue condecorado por el parlamentario tras un operativo que abatió a tres delincuentes en la comunidad.
Robson Calixto Fonseca, conocido como Peixe, es un policía militar retirado y exasesor de Brazão en la legislatura de Río de Janeiro y posteriormente en el Tribunal de Cuentas.
Según una denuncia presentada por la Fiscalía General de la República, también está involucrado en las milicias de Río.
Con información de Wilson Tosta para BBC News Brasil.
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