El blog del Seminario sobre Violencia y Paz
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El crimen en la nueva era

A partir de los eventos en Venezuela, han corrido ríos de tinta sobre la hipótesis de un cambio de época. No son exagerados. Aquí aporto un chorrito más a la corriente. El discurso del crimen se ha convertido en un recurso político central de la seguridad internacional, no solo para describir amenazas, sino para reordenar jerarquías morales, justificar intervenciones y redefinir qué cuenta como violencia legítima.
16 de enero, 2026
Por: Rodrigo Peña González

El crimen ha dejado de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en lenguaje político central de la seguridad internacional. Ya no solo describe amenazas, también las ordena. Nombrar algo como criminal no es neutral. Antes bien, es una operación política para definir lo que puede negociarse o tolerarse. En ese sentido, el auge del discurso criminal no implica la desaparición de la política, sino su transformación. En la política internacional, al parecer, llegó para quedarse.

Venezuela no es una anomalía sino un síntoma de una tendencia más amplia. El régimen de Maduro carga un saco gigantesco que permite calificarlo como criminal, pero aquí me concentro en los efectos políticos de nombrarlo así. Cuando un gobierno deja de ser tratado como un actor político problemático y pasa a ser definido como una organización criminal, cambian las reglas del juego. El diálogo se vuelve sospechoso, la mediación irrelevante y la coerción una opción legítima. ¿Quién no va a querer que se capture al criminal? La solución, entonces, pasa por otro lado. El llamado Cártel de los Soles es un ejemplo de cómo, en la seguridad internacional contemporánea, la veracidad empírica puede volverse secundaria frente a la eficacia política de una narrativa centrada en la ideal del crimen. No es irrelevante saber si existe o no, pero tampoco es lo central. Lo decisivo es cómo su invocación materializa una ficción poderosa: la del Estado criminal como organización mafiosa homogénea, jerárquica y transnacional.

Esa representación no solo simplifica una realidad mucho más fragmentada, sino que cumple la función política de convertir un conflicto político complejo en un problema penal global, habilitando respuestas coercitivas que el derecho internacional y la diplomacia difícilmente justificarían. Este cambio no es menor. Durante buena parte del siglo XX, la seguridad internacional se estructuró en torno a la figura del enemigo político: un adversario con intereses, ideología y capacidad de negociación. Hoy, esa figura es sustituida cada vez más por la del objetivo criminal. Y al criminal no se le disuade ni se le convence; se le persigue, se le neutraliza, se le captura, o se le elimina. Este cambio semántico tiene consecuencias prácticas profundas: reduce el espacio de la diplomacia, debilita el derecho internacional clásico y normaliza formas de violencia excepcional que, en otro contexto, serían inaceptables.

No es difícil entender los incentivos políticos. Criminalizar permite construir consensos morales rápidos, evita deliberaciones incómodas y desactiva objeciones normativas: nadie quiere aparecer defendiendo criminales. En este sentido, lejos de que el crimen desordene al mundo, más bien lo ordena a partir de establecer fronteras entre lo que merece protección y lo que puede ser eliminado sin demasiadas preguntas ni justificaciones. Hay muchos riesgos vinculados. Uno de ellos es que, si todo se es criminal, todo admite soluciones punitivas; y si todo es una amenaza criminal, todo justifica la excepcionalidad. Migración, drogas, protesta social, disidencia política e incluso gobiernos incómodos comienzan a leerse bajo la misma óptica. El riesgo no es únicamente autoritario; es epistemológico pues se pierde la capacidad de entender los conflictos como conflictos, es decir, como disputas políticas que requieren interpretación, negociación y, en ocasiones, concesiones.

En este problema, América Latina es un laboratorio adelantado. Ya explicaba el profesor Héctor Schamis sobre los autoritarismos latinoamericanos del siglo XX, que no eran el resabio de la derecha fascista europea, sino una avanzada experimental de los gobiernos neoconservadoras que pulularían en los ochenta. Así hoy la región lleva décadas conviviendo con guerras contra el crimen, militarización de la seguridad y una peligrosa confusión entre enemigo y delincuente. Lo que hoy observamos en el centro del sistema internacional no es enteramente nuevo, sino la proyección global de lógicas que, aquí, se han aplicado con costos sociales y políticos enormes. Venezuela, en ese sentido, no inaugura una era; la proyecta a escala global.

Cuestionar este fenómeno implica defender la distinción entre crimen y política (vaya cosa), y con ello defender la idea de que no todo problema de seguridad se resuelve penalmente y que algunos conflictos, por más desagradables que sean sus protagonistas, requieren soluciones políticas. Mantener esa distinción es hoy una tarea contracorriente, pero también una condición mínima para evitar que la seguridad se convierta en sinónimo de castigo permanente.

Cierro este texto compartiendo que, a partir de hoy, dejo la coordinación de este espacio y mis labores en el Seminario sobre Violencia y Paz. El blog continuará, estoy seguro, con enormes contribuciones, así como el Seminario en su conjunto, pues es un espacio que busca precisamente eso: no ofrecer respuestas rápidas ni alinearse con consensos punitivos, sino insistir en la complejidad de fenómenos que suelen reducirse a etiquetas tranquilizadoras, y proponer soluciones respetuosas de la dignidad humana. Personalmente cierro aquí una etapa con la convicción de que esta labor sigue siendo necesaria y urgente. Cambian los espacios institucionales desde los que escribiré, pero no la preocupación de entender la violencia sin convertirla en coartada para el castigo, y analizar la seguridad sin renunciar a la política. 

* Rodrigo Peña González es doctor en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad de Leiden. Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. 

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Imagen BBC
¿Puede la estimulación tecnológica mejorar el funcionamiento de nuestro cerebro?
6 minutos de lectura

La estimulación cerebral se ha utilizado durante mucho tiempo para tratar enfermedades como el párkinson y ahora se está probando para otras afecciones como la pérdida de memoria.

08 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
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¿Tienes una larga lista de la compra que necesitas recordar? ¿O los nombres de los invitados a una reunión importante?

Existen trucos de memoria que se usan para entrenar el cerebro y que funcione mejor: el llamado método “software” para mejorar la capacidad mental.

Pero ¿podríamos también usar hardware, es decir, dispositivos que le dan un impulso eléctrico al cerebro?

Hasta ahora, esta tecnología se ha desarrollado para ayudar a restaurar la función cerebral en ciertas afecciones neurológicas.

La estimulación cerebral profunda (ECP) es un ejemplo: una técnica compleja que se ha utilizado durante muchos años para tratar a personas con trastornos del movimiento como la enfermedad de Parkinson.

Marcapasos para el cerebro

La profesora Francesca Morgante, de la Universidad City St George’s de Londres, ha observado el impacto de la estimulación cerebral profunda (ECP) en sus pacientes.

“[La ECP] se considera para aquellas personas cuya medicación no logra controlar los síntomas”, le dijo al programa CrowdScience del Servicio Mundial de la BBC.

Una trabajadora sanitaria se inclina sobre un paciente acostado en una camilla de hospital con un marco alrededor de su cabeza, preparándose para una cirugía cerebral.
Getty Images
La estimulación cerebral profunda implica una operación quirúrgica para implantar cables en el cerebro, conectados a un generador de pulsos que generalmente se inserta en la parte superior del pecho.

En la enfermedad de Parkinson, las células que producen dopamina, el mensajero químico, se mueren.

La dopamina es necesaria para la señalización en las partes del cerebro que controlan los movimientos corporales. Sin suficiente dopamina, quienes padecen Parkinson pueden experimentar síntomas como temblores, rigidez y lentitud en los movimientos.

La enfermedad empeora con el tiempo y actualmente no tiene cura.

La ECP consiste en implantar quirúrgicamente un generador de pulsos bajo la piel, por lo general justo debajo de la clavícula. Este se conecta a cables o electrodos que se insertan en las áreas cerebrales afectadas para estimularlas con una pequeña corriente eléctrica.

El dispositivo actúa como un marcapasos cerebral, explica Morgante, ayudando a restablecer la señalización cerebral normal.

No hay un enfoque que sirva para todos

Si bien la estimulación cerebral profunda puede ayudar a aliviar algunos de los síntomas del párkinson, no siempre es eficaz.

Las formas en que la vasta red de neuronas se envían señales eléctricas entre sí son complejas y, hasta el momento, no se comprenden del todo.

“Hay muchos más síntomas que solo temblores y problemas de movilidad”, afirma la Dra. Lucia Ricciard, también de la Universidad City St George de Londres. “Incluyen síntomas como depresión, ansiedad, falta de motivación, problemas de memoria y dificultades para dormir”.

Y añade que los estudios sugieren que la estimulación cerebral profunda también puede ayudar a aliviar algunos de estos síntomas, como la depresión y la ansiedad, pero se necesita más investigación.

Ilustración de dos cerebros
Getty Images
En las personas con párkinson, las células nerviosas de la región del cerebro conocida como sustancia negra, mueren. Izquierda: sustancia negra sana (naranja). Derecha: sustancia negra degenerada (amarilla).

Además, existen consideraciones individuales. Cada cerebro es altamente complejo y único, por lo que no existe un enfoque que sirva para todos.

Los cables implantados que se utilizan en la ECP constan de múltiples segmentos independientes que se conectan a diferentes neuronas.

Los expertos deben determinar qué segmentos estimular para lograr el mayor impacto en los síntomas del paciente.

“La decisión de cuál activar y con qué parámetro en términos de frecuencia, amplitud y pulso: hay muchos aspectos que debemos considerar”, afirma Ricciard.

Este proceso de calibración personalizado, tradicionalmente realizado mediante ensayo y error, está mejorando constantemente, especialmente ahora que la IA puede sugerir qué combinaciones son las mejores para cada cerebro.

¿Un refuerzo para la memoria?

No está muy claro aún si la estimulación cerebral sirve para mejorar otras funciones como la memoria. Sin embargo, eso es actualmente objeto de investigación.

La memoria humana se centra en una región cerebral llamada hipocampo.

Este recibe información de otras partes del cerebro, como el olor, el sonido y la imagen de una experiencia, y la convierte en un código que se almacena a corto o largo plazo, según explicó el Dr. Robert Hampson, experto en memoria de la Universidad Wake Forest, en Estados Unidos.

Hace varios años, su equipo realizó experimentos con pequeños roedores, a los que les dio una tarea que requería el uso de la memoria, y observó la aparición de patrones eléctricos específicos antes de que el animal decidiera qué hacer.

“Si la rata de laboratorio va a girar a la izquierda, obtengo un patrón que llamo ‘izquierda’, y si va a girar a la derecha, obtengo un patrón que llamo ‘derecha'”, explicó Hampson.

“Descubrimos que existen patrones asociados con el correcto funcionamiento de la memoria y con su posible fallo”, afirmó.

Ratón de laboratorio
Getty Images
Los circuitos de la memoria en el cerebro han sido estudiados en ratas de laboratorio.

Hampson empezó a preguntarse si sería posible influir en estos patrones y “reparar la memoria cuando falla”.

Su equipo fue pionero en las primeras pruebas en humanos de un dispositivo llamado prótesis neural hipocampal, aunque Hampson lo describió como “más como una muleta o un yeso” que como una prótesis.

Similar a la ECP, implica la implantación quirúrgica de numerosos electrodos, esta vez dirigidos al hipocampo.

La tecnología aún no está completamente desarrollada. Por lo tanto, en lugar de un marcapasos, los electrodos están conectados a una gran computadora externa que puede enviar y recibir señales del cerebro.

“Intentamos restaurar la función cuando esta se debilita o se pierde”, afirmó.

Los primeros indicios son prometedores al probarse en personas con epilepsia.

“Observamos una mejora del 25% al 35% en la capacidad de retener información durante este tiempo, de aproximadamente una hora a 24 horas”, comentó Hampson. “Esto se observó en los sujetos que presentaban mayores problemas de memoria al inicio de la prueba”.

Una neuróloga está de espaldas a la cámara y observa exploraciones cerebrales en una pantalla grande que tiene delante de ella.
Getty Images
Actualmente se están utilizando o probando diferentes técnicas de estimulación cerebral en una variedad de afecciones neurológicas, como la depresión y la epilepsia.

Posibilidades para el futuro

Esta tecnología podría algún día ayudar a quienes padecen problemas de memoria como el alzheimer, según Hampson.

Pero, ¿se podría mejorar el cerebro de cualquier persona, no solo de quienes padecen enfermedades degenerativas?

Hampson cree que aún tenemos mucho que aprender sobre por qué la memoria de algunas personas funciona mejor que la de otras.

“No necesariamente tenemos suficiente información para decir: ‘¿Podemos mejorar (el cerebro) más allá de lo normal?'”, afirmó.

Y, por supuesto, existen obstáculos éticos que considerar, además de los riesgos de la propia cirugía cerebral.

“La memoria es la esencia que nos define, y lo único que no queremos es cambiarla”, comentó Dr. Hampson.

*Este artículo está basado en un episodio de CrowdScience del Servicio Mundial de la BBC.

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