
Recientemente se presentó el primer informe de la nueva titular de la Fiscalía de la Ciudad de México. Un año parece poco tiempo para transformar una institución que arrastra vicios del proceso penal escrito. Sin embargo, estamos ante el primer informe de una Fiscalía centrado en la tarea principal de estas instituciones: litigar y ganar casos.
A pesar de que la reforma de juicios orales —como se le conoció en México— debió empezar a operar a plenitud en todo el país desde 2016, la realidad de muchas fiscalías locales, incluida la de la capital del país, es que la transición a nuevos esquemas de trabajo no sucedió. Al día de hoy, muchas fiscalías siguen basando su trabajo cotidiano en la confección de expedientes de papel (literalmente, los siguen cosiendo con aguja e hilo). No sorprende entonces que no estén orientados a los resultados propios de un sistema acusatorio.
A diferencia de los tribunales de justicia —que con la reforma procesal penal ajustaron su gestión operativa, dieron capacitación a los jueces para enfrentar el escrutinio público e incluso renovaron espacios de trabajo (inauguraron salas de juicio oral con equipo para grabar audiencias)—, en la mayoría de las fiscalías no se dio un proceso similar. En estas instituciones simplemente se adaptaron algunos esquemas de trabajo a las exigencias del nuevo sistema, pero no cambiaron sus metas ni su operación.
Así, por ejemplo, muchos ministerios públicos recibieron capacitaciones sobre teoría del caso y argumentación en audiencias, pero continuaron “integrando” carpetas de investigación y cosiendo expedientes, de la misma manera como lo hacían con las averiguaciones previas. En la práctica, nunca tuvieron la oportunidad ni la responsabilidad de presentarse en una sala de audiencias.
“Una Fiscalía Que Sirva” —como la que desde hace años promovemos desde la sociedad civil— no se centra en “integrar carpetas”, sino en articular investigaciones. Se asegura de la legalidad de las pruebas y las somete a debate público hasta obtener sentencias.
El informe de la Fiscal centró el discurso en casos judicializados y sentencias, en vez de “disminución de incidencia delictiva”, que en la realidad significa reducción de denuncias recibidas. De hecho, un menor número de denuncias también podría interpretarse como falta de confianza para denunciar. En esta administración parece que la Fiscalía apunta hacia una meta: judicializar, obtener sentencias y resolver casos. Al respecto, se mencionó un total de 5,945 sentencias, de las cuales 90 % fueron condenatorias. Aunque para el número de casos que recibe la Fiscalía de la Ciudad de México sigue siendo una cifra reducida, es una buena noticia que la mira se ponga en ese objetivo en concreto.
Más allá del discurso, se plantearon esquemas de organización interna para poder dar seguimiento a los casos de principio a fin. Tal es el caso del Modelo Integral de Litigación que —de acuerdo a la explicación de la Fiscal—, sustituye la organización que divide a los fiscales “integradores o investigadores” de aquellos “litigantes”. En el sistema inquisitivo escrito eran los mismos ministerios públicos, pero con otros nombres: “de mesa de investigación” y “adscritos a juzgados”. De acuerdo a este modelo, el fiscal que recibe un caso será responsable (y esto también es muy importante porque evita que las responsabilidades se diluyan entre diferentes operadores) de los resultados de sus casos. Habrá que dar seguimiento a la implementación de este esquema y sus resultados.
Esta nueva forma de gestionar los casos debería instalar en la Fiscalía capitalina dinámicas diferentes orientadas a resultados, no simplemente en tramitar casos. Actualmente, y como se ha señalado por México Evalúa desde hace poco más de una década, el cuello de botella principal del sistema de justicia está en las fiscalías. En promedio, sólo un 6 % de los casos que llegan al Ministerio Público o a las fiscalías pasan ante un juez. Tener como objetivo judicializaciones y obtener sentencias condenatorias cambia la lógica de la institución.
Respecto a otras soluciones efectivas que también permite el sistema procesal acusatorio, como las suspensiones condicionales y los Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias (MASC), se abordaron como una forma eficiente y justa de resolver los conflictos penales, con énfasis en el seguimiento del cumplimiento de acuerdos y de condiciones que favorezcan a las víctimas. Sobre esta estrategia es importante que estemos atentos a los resultados en las víctimas.
La Fiscalía de la Ciudad de México se ha caracterizado por contar con un número de operadores y de agencias que superan los promedios nacionales; sin embargo, sus resultados han sido hasta ahora marginales. La hipótesis es que su operación y gestión estaba anquilosada en la cultura del viejo sistema de averiguaciones previas.
Al parecer, con esta administración se plantea un cambio que podría operar como en su momento lo hicieron los tribunales: migrar por etapas a una nueva forma de operación. En los tribunales, por ejemplo, la transición hacia la oralidad se abordó bajo el concepto de carga cero. Es decir, hacer la conversión institucional a partir de equipos con perfiles probados para asumir una nueva forma de trabajo, nuevas instalaciones, nuevos casos, así como la aplicación de estrategias para abordar el rezago y los casos anteriores a la renovación institucional. Esto llevará tiempo porque implica cambios radicales en toda la institución, pero principalmente una nueva cultura institucional que depende de los operadores de la Fiscalía.
En ese sentido, también es urgente que se aborden las condiciones de trabajo de los operadores, ya que el cambio real proviene de que estén dispuestos a hacer la transición y cuenten con los insumos e incentivos para trabajar en una nueva lógica de atención a las personas, así como metas encaminadas a resultados. Por ello, la planeación de la transición tiene que tener como prioridad las condiciones de todo el personal de la Fiscalía. En el informe, si bien se reconocieron los logros de cada equipo —y eso habla del buen liderazgo de la titular—, ese reconocimiento tiene que estar acompañado de una mejora en las condiciones sustantivas del personal. Para tener una procuración de justicia digna, los operadores deben trabajar en condiciones dignas.
Otros retos pendientes son la transparencia institucional y la mejora de la percepción ciudadana. La Fiscalía capitalina carga con el peso de ser la institución ministerial con menos confianza ciudadana del país según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2025, con apenas un 36 % contra el 60 % del promedio de las entidades federativas. En ese sentido, la misma encuesta reporta que al 41 % de las personas les tomó más de cuatro horas hacer la denuncia. Si bien se anunciaron mejoras en el servicio, esperemos a corroborar que un estándar de eficiencia que reduzca estos tiempos se instale en la mayoría de las unidades de atención de la Fiscalía y que los resultados se socialicen para mejorar la percepción y confianza ciudadana.
El reto de llevar a la Fiscalía de la Ciudad de México hacia rumbos de mayor efectividad y soluciones justas, tomará tiempo, pero parece que se están dando los primeros pasos para el cambio; habrá que estar al pendiente.
* Susana Camacho es coordinadora del Programa de Justicia de México Evalúa.

Su imperio de estafas se derrumbó en 2023, cuando fueron detenidos y entregados a China por milicias étnicas.
China ejecutó a 11 miembros de una conocida familia mafiosa que dirigía centros de estafa en Myanmar, a lo largo de su frontera nororiental, según informan los medios de comunicación estatales.
Los miembros de la familia Ming fueron condenados en septiembre por diversos delitos, entre ellos homicidio, detención ilegal, fraude y gestión de casas de juego, por un tribunal de la provincia china de Zhejiang.
Los Ming eran uno de los muchos clanes que controlaban la ciudad de Laukkaing, transformando una urbe empobrecida y aislada en un llamativo centro de casinos y barrios rojos.
Su imperio de estafas se derrumbó en 2023, cuando fueron detenidos y entregados a China por milicias étnicas que habían tomado el control de Laukkaing durante una escalada de su conflicto con el ejército de Myanmar.
Con estas ejecuciones, Pekín está enviando un mensaje disuasorio a los posibles estafadores. Pero el negocio se ha trasladado ahora a la frontera de Myanmar con Tailandia, y a Camboya y Laos, donde China tiene mucha menos influencia.
Según estimaciones de Naciones Unidas, cientos de miles de personas han sido víctimas de la trata para llevar a cabo fraudes en línea en Myanmar y otros lugares del sudeste asiático.
Entre ellas hay miles de chinos, y sus víctimas, a las que estafan miles de millones de dólares, también son principalmente chinas.
Frustrado por la negativa del ejército de Myanmar a poner fin al negocio de las estafas, del que presuntamente se beneficiaba, Pekín respaldó tácitamente una ofensiva de una alianza insurgente étnica en el estado de Shan a fines de 2023.
La alianza arrebató un territorio significativo al ejército y tomó Laukkaing, una importante ciudad fronteriza.
Los once miembros de la familia Ming son los primeros jefes de esquemas fraudulentos de Myanmar en ser ejecutados por China.
Pero no serán los últimos. Cinco miembros de la familia Bai también fueron condenados a muerte en noviembre, y los juicios de otros dos grupos de acusados de las familias Wei y Liu aún no han concluido.
El juicio de la familia Ming se celebró a puerta cerrada, aunque el año pasado se permitió la asistencia de más de 160 personas a la audiencia para dictar sentencia, entre ellas familiares de las víctimas.
Las operaciones fraudulentas y las casas de juego de la mafia Ming generaron más de 10.000 millones de yuanes (US$1.400 millones) entre 2015 y 2023, según el tribunal supremo de China, que rechazó sus apelaciones en noviembre.
Sus delitos provocaron la muerte de 14 ciudadanos chinos y lesiones a muchos otros, según el tribunal.
Más de 20 miembros de la familia Ming fueron condenados en septiembre a penas de cárcel que iban de cinco años a cadena perpetua. Ming Xuechang, el patriarca del clan, se suicidó en 2023 mientras intentaba evitar su detención, según informó entonces el ejército de Myanmar.
Las confesiones de los detenidos se difundieron en documentales de los medios de comunicación estatales, para subrayar la determinación de las autoridades chinas de erradicar las redes de estafa.
Los Ming estaban entre un puñado de familias al estilo “El Padrino” que ascendieron al poder en Laukkaing a comienzos de la década de 2000.
Esto ocurrió después de que el entonces “señor de la guerra” de la ciudad fuera derrocado en una operación militar encabezada por Min Aung Hlaing, quien se convirtió en líder del gobierno militar de Myanmar tras el golpe de 2021.
El cabeza de familia, Ming Xuechang, dirigía uno de los centros de estafas más infames de Laukkaing, Crouching Tiger Villa.
Al principio, el juego y la prostitución eran las principales fuentes de ingresos de estas familias, pero con el tiempo comenzaron a dedicarse al fraude en línea, con personal compuesto en su mayoría por personas secuestradas y obligadas a llevar a cabo estos delitos.
Dentro de los muros de los extensos y bien vigilados recintos se desarrollaba una cultura de violencia. Las palizas y las torturas eran habituales, según los testimonios recogidos de los trabajadores liberados.
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