
Un presunto líder del cártel mexicano de Sinaloa compareció este lunes ante un tribunal de Florida, en el sureste de Estados Unidos, donde se le acusa de liderar una operación de narcotráfico a gran escala y de haber introducido fentanilo y otras drogas en el país.
Según un comunicado del Departamento de Justicia, Fidel Félix Ochoa, de 53 años, fue uno de los principales líderes del cártel de Sinaloa, responsable de dirigir y supervisar las actividades de narcotráfico y de lavado de dinero del grupo criminal.
La acusación sostiene que Félix Ochoa coordinó la entrada de cientos de kilos de fentanilo y cocaína en Estados Unidos, recurriendo a personas que transportaban las drogas en vehículos y también a través del servicio postal del país.
El acusado y sus cómplices almacenaban las sustancias en casas de seguridad antes de repartirlas a narcotraficantes y clientes en estados como Florida, Arizona, California, Texas y Massachusetts.
Félix Ochoa está imputado por conspiración para distribuir una sustancia controlada, un delito que conlleva una pena máxima de cadena perpetua.
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Washington designó el año pasado al cártel de Sinaloa, uno de los más poderosos de México, como organización terrorista extranjera.
En los últimos años, Estados Unidos ha logrado encarcelar a dos de los fundadores del cártel de Sinaloa: Joaquín “El Chapo” Guzmán, condenado en 2019 a cadena perpetua, e Ismael “El Mayo” Zambada, quien se declaró culpable en agosto de 2025 de liderar una organización criminal y aguarda sentencia.
Félix Ochoa es uno de los 37 mexicanos entregados el mes pasado a Estados Unidos, donde se los acusa de delitos graves.
Su comparecencia ocurre un día después de que el ejército mexicano abatiera a Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, el líder del poderoso Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
La muerte del narco mexicano más buscado en los últimos tiempos provocó una violenta respuesta de su grupo, que bloqueó carreteras, quemó vehículos, atacó gasolineras, negocios y bancos y enfrentó a autoridades en 20 estados del país.
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El pasado 19 de enero, el gobierno de México realizó la tercera entrega masiva de presuntos líderes y operadores del crimen organizado a Estados Unidos.
En total, 37 internos del Centro Federal de Readaptación Social 1 El Altiplano, en Almoloya de Juárez, Estado de México, fueron trasladados por vía aérea a distintas ciudades estadounidenses. Con este movimiento, la administración federal suma tres envíos de alto perfil, tras los efectuados en febrero y agosto de 2025.
El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, informó que los trasladados eran “operadores de organizaciones criminales que representaban una amenaza real para la seguridad del país”.
Detalló que el procedimiento se ejecutó con base en la Ley de Seguridad Nacional y mediante mecanismos de cooperación bilateral, con respeto a la soberanía mexicana, añadiendo que, a solicitud del Departamento de Justicia de Estados Unidos, se estableció el compromiso de no solicitar la pena de muerte.
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De acuerdo con el listado difundido por autoridades federales, entre los 37 enviados figuran operadores financieros, jefes regionales, responsables logísticos y lugartenientes vinculados con al menos seis organizaciones criminales.
Entre ellos se encuentran Ricardo Cortés Mateos, alias El Billetón, identificado como operador financiero del Cártel del Golfo en su facción Los Escorpiones; Fidel Félix Ochoa, conocido como Don Fido; Óscar Hernández Flores; y Juan Pedro Saldívar Farías, alias Z 27, señalado como tercero al mando de Los Zetas.
El traslado también marcó un precedente, ya que por primera vez fue incluida una mujer en este tipo de envíos masivos.
Se trata de María del Rosario Navarro Sánchez, alias La Señora, de 39 años, quien además es la primera mexicana acusada en Estados Unidos de brindar apoyo esencial a una organización terrorista extranjera, el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Tras la operación, la presidenta Claudia Sheinbaum defendió la medida como una “decisión soberana” adoptada por “conveniencia para México” y rechazó que haya sido resultado de un pacto con el mandatario estadounidense Donald Trump.
Ante cuestionamientos sobre si el traslado fue pactado o acordado durante una conversación con el republicano, la mandataria sostuvo que no y afirmó que la acción derivó de los grupos de entendimiento establecidos entre ambos países.

“Cuando escuchamos una idea contraria a la nuestra, el cerebro no empieza evaluando argumentos: primero detecta que hay un conflicto”, dice un experto. Pero es posible aprender a escuchar con calma.
Escuchar una opinión contraria a la nuestra rara vez es una experiencia neutra. Aunque solemos atribuir esta dificultad a factores culturales o personales, la ciencia muestra que tiene raíces profundas en el funcionamiento del cerebro.
Desde la neurociencia sabemos por qué nos cuesta tanto escuchar opiniones diferentes.
El desacuerdo activa sistemas diseñados para detectar conflicto y mantener la coherencia interna.
Esto explica por qué solemos reaccionar con rapidez y, a menudo, con rigidez ante ideas que desafían lo que creemos.
Cuando escuchamos una idea que contradice nuestra forma de pensar, el cerebro no empieza evaluando argumentos. Primero detecta que hay un conflicto. Una de las regiones implicadas en este proceso es la llamada corteza cingulada anterior o CCA.
Esta estructura actúa como un radar encargado de identificar inconsistencias entre nuestras expectativas y la realidad, así como conflictos entre respuestas o entre creencias. Por lo tanto, la CCA funciona como un “radar de incongruencias”.
La evidencia neurocientífica muestra que la CCA forma parte de circuitos implicados tanto en el control cognitivo como en el procesamiento del dolor físico y del dolor social.
Por eso, una opinión contraria puede ser experimentada como algo incómodo o amenazante, incluso cuando no hay confrontación directa.
Junto a la corteza cingulada anterior se activan otras regiones. Una de ellas, la amígdala, está implicada en la respuesta de amenaza. Otra área importante, la ínsula, está relacionada con la percepción del malestar corporal.
El resultado de este proceso es familiar para todos: nudo en el estómago, tensión corporal y una tendencia a defenderse o cerrar la conversación.
Finalmente entra en juego la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de funciones como la planificación, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones.
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Aceptar una visión opuesta exige un esfuerzo considerable. El cerebro debe mantener al mismo tiempo dos modelos mentales incompatibles: “lo que yo creo” y “lo que tú dices”.
Además, debe compararlos y decidir si alguno debe modificarse. Desde el punto de vista energético, es una operación exigente.
A este esfuerzo se suma la disonancia cognitiva: el malestar que aparece cuando una información amenaza la coherencia de nuestra visión del mundo o de nuestra identidad.
En muchos casos, este malestar no se resuelve escuchando al otro, sino justificando lo que ya pensábamos. Es lo que se conoce como “razonamiento motivado”.
Por otra parte, muchas creencias están ligadas a la pertenencia a un grupo.
Cambiar de perspectiva puede ser experimentado, aunque sea de forma inconsciente, como un riesgo social: quedar mal, perder estatus o sentirse excluido.
El cerebro social está especialmente orientado a evitar ese tipo de amenazas.
Un factor clave en todo este proceso es el estrés.
Cuando este es elevado o sostenido, el sistema nervioso funciona en modo de alerta, lo que reduce la capacidad de la corteza prefrontal para regular emociones y sostener el desacuerdo con calma.
En ese estado, escuchar se vuelve especialmente difícil.
La buena noticia es que estos sistemas son plásticos. Las regiones cerebrales implicadas en el conflicto, la emoción y el control cambian con la experiencia y la práctica.
La dificultad para escuchar opiniones contrarias ha ido ganando presencia en el debate social y cultural. Especialmente en contextos donde las decisiones tienen consecuencias compartidas como en equipos de trabajo, instituciones o espacios de liderazgo.
El desacuerdo mal gestionado suele escalar hacia conflictos interpersonales, bloqueos comunicativos y deterioro del clima emocional.
Se trata de algo muy común en entornos laborales de alta demanda.
Afortunamente podemos entrenar la escucha desde la calma, circunstancia que mejora de forma clara el liderazgo y la toma de decisiones.
Prácticas como el mindfulness o el biofeedback reducen la reactividad automática y aumentan la capacidad de observar el desacuerdo sin responder de forma impulsiva.
Por ejemplo, estudios sobre redes cerebrales en reposo muestran que la práctica sostenida de mindfulness modula redes cerebrales implicadas en regulación emocional y flexibilidad cognitiva.
De este modo se favorecen respuestas más adaptativas ante la discrepancia.
Por otra parte, nuestros proyectos de investigación del grupo Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla han mostrado que entrenar la regulación fisiológica y emocional se asocia con una mayor capacidad para pausar antes de responder, escuchar con menos reactividad y gestionar conversaciones difíciles con mayor claridad.
La clave no está en eliminar la incomodidad, sino en aprender a regularla para que no derive en rechazo automático.
Escuchar no significa ceder ni renunciar a los propios valores. Significa sostener la incomodidad el tiempo suficiente para ampliar el marco desde el que decidimos.
En un mundo cada vez más polarizado, la capacidad de escuchar opiniones contrarias es una habilidad neurocognitiva entrenable.
Comprender cómo responde el cerebro al desacuerdo es el primer paso para dejar de reaccionar automáticamente y empezar a responder con mayor calma, claridad y humanidad.
*Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons. Haz clic aquí para leer el texto original.
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