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Demencia en casa: “Nada que hacer”, la respuesta ante 1.3 millones de personas con deterioro cognitivo en México
Demencia en casa: “Nada que hacer”, la respuesta ante 1.3 millones de personas con deterioro cognitivo en México
María Eugenia. Foto: Israel Fuguemann
8 minutos de lectura

Demencia en casa: “Nada que hacer”, la respuesta ante 1.3 millones de personas con deterioro cognitivo en México

Salud declara la atención a la demencia como prioridad nacional. Sin embargo, el caso de María Eugenia revela cómo el sistema normaliza síntomas, carece de medicamentos y posterga revisiones. Sin políticas públicas, los cuidados de 1.3 millones de personas quedan a la deriva.
17 de febrero, 2026
Por: Texto: Eréndira Aquino | Foto y video: Israel Fuguemann

La Secretaría de Salud reconoció a la demencia como “un problema de salud pública prioritario” en 2024. Sin embargo, México aún carece de políticas públicas para atender a 1.3 millones de personas que viven con este síndrome; una cifra que podría triplicarse para 2050, llegando a 3.5 millones.

Los huecos en la atención comienzan con la insuficiencia de especialistas. Hasta 2022, en nuestro país había solo 850 médicos geriatras, lo que equivale a uno por cada 15 mil adultos mayores, de acuerdo con información del Consejo Mexicano de Geriatría. En cuanto a neurólogos, hay un total de mil 800 en todo el país; uno por cada 72 mil habitantes, según el Consejo Mexicano de Neurología. A esto, se suma la normalización de los síntomas de la demencia, lo que dificulta el diagnóstico, y la falta de medicamentos requeridos para su tratamiento en el sistema público de salud.

El caso de María Eugenia expone estas carencias y dificultades. Los doctores que la atendieron primero pasaron por alto los cambios en su comportamiento, pues al ser una mujer de 78 años, consideraron que era algo común debido a su edad. Más adelante, cuando Maru finalmente fue diagnosticada, el desafío consistió en encontrar los medicamentos para su tratamiento.

Su única hija fue quien empezó a notar reacciones extrañas en ella y decidió indagar a qué se debían: era repetitiva en las conversaciones y tenía olvidos. Después de unos años en el extranjero por su trabajo como consultora independiente, Itzel había vuelto a la casa con su madre en la Ciudad de México. Los cambios le parecieron notorios y como Maru, desde antes, ya vivía con diabetes, fibrosis hepática y glaucoma, decidió llevarla a una consulta privada para que le hicieran una evaluación general. La respuesta que le dieron fue que los síntomas “eran normales por la edad”.

Como esa conclusión no le dio confianza, Itzel llevó a Maru con una doctora geriatra, que a su vez le recomendó ver a distintos especialistas para entender a qué se debían los cambios en el comportamiento de su madre. Un neuropsicólogo que la revisó le informó que el diagnóstico de Maru era demencia mixta, es decir, Alzheimer más demencia vascular, lo cual se corroboró con un estudio de resonancia magnética.

Con este diagnóstico y todos los estudios que le hizo a su madre en el sector privado, Itzel acudió al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para buscar el tratamiento que Maru necesitaba. Por “fuera”, el costo de su atención “había sido una carga económica muy fuerte” que en este punto ya no podía seguir absorbiendo: los medicamentos que le recetaron costaban más de 2 mil 500 pesos, más las sesiones de fisioterapia dos veces por semana para ralentizar el avance de sus síntomas.

En el IMSS, el geriatra que las atendió dijo que los cambios en su madre estaban asociados a su nivel de glucosa, pero Itzel insistió en que era demencia. Luego, al ver la resonancia magnética el doctor reconoció que se trataba de “un deterioro cognitivo leve“, pero advirtió que “no había nada qué hacer” pues en esa clínica no tienen tratamiento para la demencia y se limitó a anotar una nueva cita de revisión para su madre dentro de un año.

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Itzel, junto a María Eugenia, su mamá, y Jennifer Bianchi, especialista en terapias para personas adultas mayores y con demencia. Foto: Israel Fuguemann

Tratamientos pueden ralentizar la evolución de los síntomas de la demencia

“Aunque desafortunadamente no existe al día de hoy una cura para esta serie de padecimientos, lo que sí existe es un tratamiento que ayuda a que la progresión de los síntomas sea lo más lenta posible para que, al mismo tiempo, la persona y su entorno familiar tengan calidad de vida”, sostiene Carlos Torres, neuropsicólogo clínico especializado en la atención de personas con algún tipo de demencia.

El problema —advierte— es que esta atención difícilmente se puede encontrar en el sector de la salud pública. “Hay un problema estructural porque no estamos informados ni capacitados para atender este síndrome”, añade Torres. El “edadismo” entorpece el diagnóstico, además de que no hay la totalidad de especialistas que se requieren y la atención se limita, prácticamente, a espacios como el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía.

“Y esto es sólo en la Ciudad de México porque en otros territorios no hay absolutamente nada, ni siquiera médicos con ideas edadistas. A ello se suma que “sobre todo en el IMSS y en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) no hay medicamentos“, comenta el neuropsicólogo.

Para Itzel, la perspectiva de esperar un año a que su madre tuviera una siguiente revisión en el Seguro Social y le dijeran que no había medicamentos, resultaba indignante. “Con la geriatra privada estoy en constante comunicación para ver cómo se ajustan los medicamentos; tengo ese privilegio, pero ¿y la gente que no lo tiene?, ¿qué hace en un año? Por eso las personas están postradas”.

Después de varios meses de reclamos al personal de la clínica del IMSS donde la atendieron, Itzel consiguió que ahí mismo le provean una de las medicinas para el tratamiento de su mamá. Otro medicamento que necesita no se encuentra en el listado institucional de fármacos que se pueden prescribir, por lo que no le será surtido.

Debido a esta situación, a Itzel no le ha quedado más que seguir absorbiendo por su cuenta el pago de consultas médicas con especialistas del sector privado para un seguimiento menos espaciado. También paga el medicamento que no le surten en el IMSS, así como los honorarios de una fisioterapeuta que acude a su domicilio en la alcaldía Álvaro Obregón, donde su madre tiene sesiones de ejercicios diseñados particularmente para ella.

Independientemente de los pacientes diagnosticados con demencia o deterioro cognitivo, en 2021 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró el autorreporte de 897 mil 409 adultos mayores que dijeron tener mala memoria.

En la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento (ENASEM) 2021, de los 16 millones 757 mil adultos mayores que había en México, 8 millones 119 mil 941 señalaron tener una memoria regular y otros 6 millones 031 mil 809 dijeron que era buena, muy buena o excelente.

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De acuerdo con Mariana López, investigadora del Instituto Nacional de Geriatría, a diferencia de otras enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión, la demencia no cuenta con un programa de atención específica en México, lo que quiere decir que “no hay un lineamiento a nivel nacional para que todas las instituciones públicas o privadas nacionales y estatales deban seguir un tamizaje para el diagnóstico, ni de tratamientos o manejo de los medicamentos”.

Ello dificulta que la mayor parte del personal profesional de la salud del primer nivel de atención pueda tener al menos sospechas del deterioro cognitivo. Como parte del webinar sobre cuidados de personas con demencia realizado en octubre de 2025 por la consultora Trazo Libre, Mariana López subrayó que esto se traduce en un acceso diferenciado a la salud, limitado por los recursos económicos.

“Quienes están en una gran ciudad y tienen recursos económicos van a tener un diagnóstico tal vez muy oportuno, con toda la gama de pruebas, mientras el otro 90 y tantos por ciento de la población probablemente no lo tenga. Hay personas que tienen que venir de otro estado a la Ciudad de México sólo para que un especialista les diga que lo que ocurre no es normal”, lamentó.

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Jennifer Bianchi y María Eugenia. Foto: Israel Fuguemann

“La necesidad aumenta y necesitamos mejorar la atención”

Dos veces por semana, Itzel recibe en su domicilio a Jennifer Bianchi, licenciada en rehabilitación por la Universidad Autónoma de Yucatán, quien se ha especializado en terapias para personas adultas mayores y con demencia.

Mientras realiza una rutina de ejercicios con María Eugenia, Bianchi explica que la terapia física forma parte de un tratamiento integral ya que “tiene un efecto positivo en el retraso de los síntomas. No vamos a pararlos ni a revertirlos, pero se pueden ralentizar”. Sin embargo, no existe una especialización formal entre los profesionales de esta rama para atender este tipo de padecimientos.

Jennifer Bianchi recurrió a diplomados y cursos en distintas instituciones para conocer las necesidades de estos pacientes y adecuar su trabajo. Es una de las pocas personas que atiende particularmente este síndrome, lo que convierte este tipo de tratamientos en “un privilegio”.

Ante la falta de especialización en atención y cuidados de personas con demencia, el neuropsicólogo Carlos Torres junto a Bianchi enseñan a familiares, casas de día y residencias de adultos mayores a asistir a estas personas, pues —a decir de la fisioterapeuta— “la necesidad aumenta y requerimos mejorar la atención”.

Grand Residence es uno de los pocos espacios para adultos mayores en el país que cuenta con personal especializado para asistir a personas con demencia. Reciben capacitación por parte de Torres y Bianchi, quienes además brindan sus servicios a los residentes.

2.Demencia en casa:
María Eugenia. Foto: Israel Fuguemann

José Luis Humberto Benítez, director de Edén, detalla que en comparación con otros modelos de residencias para adultos mayores, en este espacio se busca el apoyo de expertos en las necesidades particulares de los residentes.

“En el país se hacen muchas cosas de forma empírica o casera, no solamente en este sector, pero cuando estás hablando de vidas, de dignidad de las personas, no se puede dejar el trabajo en un plano de buena voluntad, tiene que estar respaldado por conocimiento, y si yo no soy el experto en la materia entonces los busco. Es lo que hemos hecho con Jenni y Carlos, quienes vienen de una trayectoria importante en Alzheimer México“, agrega Benítez.

Carlos Torres remarca que la falta de adecuaciones en los espacios físicos y capacitación del personal que brinda servicios a adultos mayores “puede caer en un maltrato por negligencia”, incluso de las familias en los casos en los que se encargan directamente del cuidado de alguien con esta condición.

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Desafortunadamente, pocas personas con demencia tienen acceso a la atención de especialistas, lo que no sólo merma su calidad de vida, sino que también afecta la salud mental de sus cuidadores.

“Este desborde puede ocurrir cuando no hay todavía una aceptación o entendimiento de lo que está pasando y cómo abordar las conductas. A esto se le ha etiquetado con el nombre de síndrome del cuidador, como si se tratara de una enfermedad, lo que fomenta las recomendaciones de autocuidado, como si dependiera de los familiares cuidarse, pero ¿cómo se van a cuidar si no pueden, por las tareas que realizan, si no tienen un ingreso económico estable?”, cuestiona Torres.

Para ello, afirma, es necesario que se implementen medidas a nivel social y gubernamental “para que toda persona esté cuidada con servicios adecuados desde distintas capas que también incluyan a los cuidadores”.

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¿Serías una persona diferente si hubieras crecido en otro lugar? Esto dicen algunas investigaciones
10 minutos de lectura

¿Serías una persona diferente si hubieras crecido en otro lugar? Cada vez más investigaciones ayudan a responder esta antigua pregunta sobre la naturaleza y la crianza, y su impacto en tu identidad.

17 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Era una tarde calurosa en el pequeño pueblo cerca de Calcuta, India, y los adultos dormían. Mi prima y yo estábamos sentadas en el suelo comiendo arroz inflado con aceite de mostaza cuando volteó hacia mí y me preguntó: “¿Es cierto que en Suecia se come vaca y cerdo?”.

Yo, que por aquel entonces tenía unos 10 años, asentí con vergüenza. “¿Entonces también comen perros y gatos?”, preguntó. Era una pregunta perfectamente lógica. Si se puede comer un mamífero de cuatro patas, ¿por qué no otro?

Habiendo crecido en Suecia, aunque de madre india, no era algo en lo que hubiera pensado antes: el vegetarianismo era poco común en aquella época, sobre todo en Europa, y los niños suecos estaban acostumbrados a ver a las vacas como fuente de alimento.

Mi prima, en cambio, era una apasionada de los animales y tenía la costumbre de rescatar a las criaturas que percibía en peligro. No comía carne.

Mis visitas a India estuvieron llenas de momentos así, que me hicieron darme cuenta de cuánto influye la cultura en nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos.

Si hubiera crecido en India, ¿habría tenido una moral diferente? ¿Un sentido del humor diferente? ¿Sueños, aficiones y aspiraciones diferentes? ¿Seguiría siendo yo?

Estas son preguntas que científicos y filósofos se han planteado durante siglos, y ahora un nuevo campo de estudio, la Psicología Intercultural, está comenzando a investigar posibles respuestas.

Naturaleza vs. crianza

En cierto sentido, el ADN de cada ser humano es único y su estructura fundamental (en términos generales) no cambia según el lugar al que vayamos.

Pero el ADN por sí solo no nos define como somos, afirma Ziada Ayorech, genetista psiquiátrica de la Universidad de Oslo, Noruega. Nacida en Uganda, Ayorech se mudó a Canadá a los tres años, pasó la mayor parte de su vida en Reino Unido y luego se mudó a Noruega hace un par de años.

“Cuando pienso en todos los lugares en los que he vivido y cómo han influido en mi perspectiva, intuitivamente me imagino que es imposible que eso no haya marcado la diferencia”, dice Ayorech.

Para explorar esto, los científicos suelen utilizar estudios que comparan a gemelos idénticos, que comparten un ADN casi idéntico, con gemelos no idénticos, que comparten, en promedio, la mitad de su genoma.

De esta manera, si los gemelos idénticos tienen mayor o menor probabilidad de compartir un rasgo que los gemelos no idénticos, esto sugiere que ese rasgo está más determinado por la genética que por el entorno.

En un amplio análisis llevado a cabo en 2015 de casi 50 años de estudios sobre 17.000 rasgos diferentes en 14 millones de gemelos de todo el mundo, que abarcaba desde la educación y las creencias políticas hasta las enfermedades psiquiátricas, los científicos concluyeron que la genética explica, en promedio, solo el 50% de las diferencias.

“Es esa combinación de naturaleza y crianza la que nos define y contribuye a nuestras creencias y culturas”, afirma Ayorech. “Por lo tanto, no podríamos tener esa misma combinación en otro lugar”.

El entorno influye más en algunos rasgos que en otros, por supuesto. Las investigaciones demuestran que el coeficiente intelectual es, en promedio, más del 50% hereditario, con la salvedad de que la genética desempeña un papel más importante en etapas posteriores de la vida que en la infancia.

Mientras que los rasgos de personalidad son hereditarios en aproximadamente un 40% y, por lo tanto, están más influenciados por el entorno (esto no significa que el 40% de la extroversión de una persona se deba a sus genes, sino que el 40% de las diferencias en extroversión en una población en su conjunto se pueden explicar por la genética).

ilustración de dos siluetas de niños con imágenes de lugares
Getty Images/BBC
El entorno en el que crecemos puede moldear algunos aspectos de nuestra personalidad más que otros.

Aunque Ayorech es bastante extrovertida, afirma que Noruega favorece menos las expresiones extrovertidas con las que está familiarizada. Por ejemplo, es menos probable que uno inicie una conversación espontánea con un desconocido en las calles de Oslo. Esto la ha cambiado, afirma.

“Si comparas mi versión de vivir aquí en Noruega con la de vivir en Reino Unido, sería justo decir que ahora soy menos extrovertida”, afirma Ayorech. Pero dada su composición genética, es poco probable que pierda por completo su extroversión.

Sigue gravitando inconscientemente hacia actividades que fomenten interacciones más espontáneas, añade Ayorech. “Tendemos a buscar entornos acordes con nuestros rasgos genéticos”.

A su vez, esta combinación moldea nuestro cerebro con el tiempo, permitiéndonos desarrollarnos como personas. Las vías neuronales se forman y consolidan a medida que integramos experiencias, según Ching-Yu Huang, psicóloga intercultural de la Universidad Nacional de Taiwán. Ella argumenta que la cultura es una “parte absolutamente crucial” de la persona en la que nos convertiremos.

“Habrías sido una persona diferente si hubieras crecido en Taiwán”, me dice con seguridad. “El cerebro que tienes ahora sería muy diferente si hubieras nacido y crecido en Taiwán, incluso teniendo el mismo ADN”.

“Cuando en Roma”: psicología intercultural

Vivian Vignoles, psicóloga intercultural de la Universidad de Sussex, coincide: “Creo que la gente tiende a sobreestimularse con el aspecto genético”, afirma. “Sean cuales sean tus genes, necesitas un entorno específico para que afloren”.

Si bien la idea básica de que la cultura influye en cómo las personas se perciben a sí mismas cuenta actualmente con un sólido respaldo en psicología, a mediados del siglo XX sorprendió a algunos psicólogos, dice Vignoles.

Durante mucho tiempo, los científicos habían asumido que la psicología humana era universal y que los resultados de estudios sobre el comportamiento humano realizados en Estados Unidos y Europa serían válidos en todo el mundo.

Sin embargo, al estudiar y comparar la psicología de otros lugares, Vignoles y otros han descubierto que no es así.

Por ejemplo, los experimentos sugieren que las personas en Occidente tienden a ser más individualistas y se perciben más a sí mismas en función de sus rasgos personales -como ser graciosos, inteligentes o amables- en comparación con las personas en Japón, que tienden a ser más colectivistas y tienden a definirse en función de sus roles sociales, como ser padre o estudiante.

En un estudio que comparó escáneres cerebrales, los occidentales mostraron que la parte del cerebro responsable de la autoconciencia se activaba al pensar en sí mismos, mientras que los participantes chinos también lo hacían al pensar en sus madres.

dos siluetas de mujeres con imágenes de lugares
Getty Images/BBC
Tu disposición a obedecer a la autoridad, tus niveles de extroversión o apertura pueden variar según la cultura en la que creciste.

En pruebas similares, Huang y sus colegas analizaron si los hijos de inmigrantes de origen chino en Inglaterra (que habían llegado al país desde diferentes partes de la República Popular China, Hong Kong, Taiwán, Vietnam y Malasia) percibían la autoridad de forma diferente a la de los niños ingleses no inmigrantes y a la de los niños taiwaneses que habían vivido toda su vida en Taiwán.

Todos los niños de los tres grupos tenían la misma probabilidad de obedecer a sus padres, pero los niños taiwaneses eran más propensos a hacerlo incluso cuando se mostraban inicialmente reacios, en comparación con los inmigrantes chinos criados en Inglaterra.

Huang argumenta que esto probablemente se deba a que las culturas taiwanesa y china valoran la obediencia y el respeto a los padres, mientras que los niños cuyas familias habían emigrado a Inglaterra probablemente se vieron influenciados por la cultura del Reino Unido para volverse más individualistas.

Yo… ¿estable o maleable?

Un estudio de 2022 que comparó pruebas de rasgos de personalidad en 22 países reveló que las personas que vivían en un grupo de países con culturas que priorizan la autodisciplina -como Albania, India, Alemania, Francia, Hong Kong y China- obtuvieron puntuaciones más altas en medidas de responsabilidad y organización.

En cambio, los países con culturas más igualitarias, flexibles e individualistas -como Canadá, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia, Reino Unido, Irlanda, Noruega y Filipinas- mostraron mayores niveles de afinidad y apertura a la experiencia.

Investigadores también identificaron recientemente que las culturas occidentales son más propensas a ser monumentalistas, considerando el yo como algo estable e inmutable, como un monumento, afirma Vignoles.

Las culturas flexibles, comunes en los países del este asiático, por otro lado, consideran el yo como algo más maleable.

dos siluetas de hombres con imágenes de lugares
Getty Images/BBC
El lugar donde creces no lo es todo, ya que las personalidades, por supuesto, también pueden variar dentro de un mismo país y cultura

Otra diferencia cultural es el grado en que las personas perciben el contexto. Un estudio pidió a los participantes que describieran una serie de escenas submarinas y descubrió que los participantes occidentales se centraban más en objetos individuales, mientras que los japoneses enfatizaban el contexto más amplio, como el color del agua circundante o la relación entre los diferentes objetos.

“Existe evidencia de que en las culturas occidentales, en particular en la estadounidense, las personas tienden a atribuir ese comportamiento a las características de la persona más que a la situación”, afirma Vignoles.

En la sala de espera de un dentista, añade Vignoles, un occidental tiende a interpretar a una persona que parece ansiosa como ansiosa en general, en lugar de simplemente como alguien ansioso por una extracción dental en ese contexto.

Sin embargo, estos resultados siempre deben tomarse con cautela, agrega, ya que es extremadamente difícil desentrañar el comportamiento, la personalidad, la cultura y muchas otras influencias que impactan en este ámbito, y aún queda mucha investigación por realizar en este campo.

Por ejemplo, un creciente número de estudios sugiere que la visión binaria este-oeste del individualismo frente al colectivismo es “demasiado simplista”, dice Vignoles, y que el colectivismo que se manifiesta en muchas de estas pruebas probablemente sea más una característica del desarrollo económico que de la cultura.

Es más, las mediciones del individualismo en un país pueden pasar por alto variaciones importantes entre grupos o individuos específicos de esa nación.

Y muchos estudios en este ámbito se basan en respuestas autodeclaradas de personas, que no siempre son precisas, en lugar de pruebas estandarizadas objetivas.

La perspectiva filosófica sobre el enigma

Quizás la pregunta de si seríamos la misma persona en una cultura diferente sea, en última instancia, una cuestión filosófica que cuestiona el concepto del yo.

Una encuesta en línea realizada en 2020 a filósofos angloparlantes reveló que el 19% apoyaba la idea de que cada individuo es un animal específico, resultado de un espermatozoide y un óvulo específicos, y que no son los pensamientos, sentimientos o recuerdos los que lo hacen ser quien es.

“Desde esta perspectiva, incluso si se borraran tus recuerdos, seguirías siendo la misma persona”, explica Philip Goff, filósofo de la Universidad de Durham.

De igual manera, alrededor del 14% apoyaba las teorías que sugieren que el yo no es biológico, sino que está encapsulado en algo parecido a un alma, y que eso es lo que nos hace ser quienes somos, sin importar dónde hayamos crecido.

De hecho, los estudios muestran que muchas personas creen tener un “yo verdadero” que es fundamentalmente moralmente bueno, y que esto no debería cambiar según su lugar de residencia.

Pero otros filósofos sostienen que el entorno también moldea la identidad esencial de una persona, una teoría denominada constructivismo social.

De hecho, la política también parece influir. En un experimento, investigadores pidieron a personas con diferentes opiniones políticas que evaluaran la moralidad de un hombre cristiano que se sentía atraído por otros hombres.

Las personas que se identificaron como liberales pensaron que el hombre actuaba según su verdadero yo, mientras que las que se identificaron como conservadoras creyeron, en cambio, que iba en contra de su verdadero yo cristiano.

El propio Goff cree que existe una especie de “unidad fundamental” de células y partículas -y que la consciencia está intrínsecamente integrada en este hardware- que nos define como personas, sin importar dónde crecemos. Pero esto probablemente cambie con el tiempo a medida que crecemos y maduramos.

“Estos son solo conceptos humanos de lo que es una ‘persona’ o un ‘yo'”, dice Goff. Probablemente no haya una respuesta definitiva, dice, sobre si “esa persona en una circunstancia muy diferente sería yo o no”.

Para quienes han crecido en más de una cultura, es difícil superar la sensación de que los seres humanos son, en gran medida, producto de su entorno social.

Aunque es difícil saber exactamente quién habría sido yo si hubiera pasado toda mi vida en ese pueblo a las afueras de Calcuta, estoy bastante segura de que tendría algunos indicios.

Este artículo apareció en BBC Future. Puedes leer la versión original en inglés aquí.

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