
Luego de registrar tres años consecutivos a la baja, la cifra de asesinatos en México volvió a registrar en 2024 un incremento de casos, de acuerdo con datos preliminares del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi).
Según el informe que se publicó este viernes, y cuyos resultados aún son preliminares, —se espera que para noviembre próximo se hagan públicos los definitivos—, en el país se registraron el año pasado un total de 33 mil 241 casos de homicidios. Esta cifra supone 989 asesinatos más que en 2023, un 3.1 % al alza, cuando de manera definitiva el Inegi contabilizó 32 mil 252 casos.
No obstante, los datos de 2024 aún son un 9 % inferiores a los registrados en 2020, cuando se contabilizaron 36 mil 773 homicidios, siendo a la fecha el año con más casos desde que en 1990 se inició el conteo oficial.
Desde ese pico de 2020, se había registrado un descenso paulatino de las cifras de muertes violentas —en 2021 bajó a 35 mil 700 casos; en el 22 a 33 mil 287; en el 23 a 32 mil 252—. Pero en 2024 el dato volvió a aumentar hasta los 33 mil 241 casos ya señalados.

Entidades como Tabasco, que ha sido protagonista reciente de múltiples casos de violencia por parte de los grupos del crimen organizado, experimentó un aumento del 201 % de asesinatos: pasó de 278 casos en 2023, a 838 el año pasado.
Sinaloa, que el año pasado vio cómo un enfrentamiento al interior del Cártel de Sinaloa desató una fuerte oleada de violencia que persiste hasta este 2025, registró también un aumento importante de las cifras de homicidios dolosos. En 2024, sumaron 1 mil 032 casos, casi un 60 % más de lo registrado el año previo, y un 76 % más que en 2022.

La Ciudad de México, que venía de tres años consecutivos con cifras a la baja desde 2020, registró el año pasado un total de 978 casos, un 30 % más que en 2023, cuando contabilizó 750.
Guanajuato, que tuvo un leve descenso en 2023, sumó 4 mil 015 asesinatos el año pasado, un aumento del 4 %. Cabe recordar que esta entidad ha experimentado una explosión de violencia desde 2017, cuando pasó de 1 mil 232 a 2 mil 285 asesinatos, un 85% al alza. Desde entonces, el aumento ha sido continuo, hasta alcanzar en 2020 el récord de 5 mil 370 homicidios dolosos, siendo en la actualidad uno de los estados más violentos del país.
En Chiapas, que también ha visto cómo la entrada de diferentes grupos del crimen organizado a diferentes municipios, especialmente en la zona fronteriza con Guatemala, provocó un aumento de la violencia en los últimos dos años, registró en 2024 un total de 932 homicidios, casi un 50 % más que en 2023.
Zacatecas, en cambio, que desde 2020 venía registrando aumentos progresivos de la violencia, acumuló en 2024 un total de 570 homicidios, una caída de casi el 50 %.
Por otro lado, los resultados de 2024 arrojan una tasa de 25.6 homicidios por cada 100 mil habitantes a nivel nacional. Este dato también es mayor al que se generó con la información definitiva de 2023, que fue de 24.9.
Colima, con 906 asesinatos en una entidad con apenas 731 mil habitantes, es la entidad con la mayor tasa en el país: 123 casos por cada 100 mil habitantes. Le sigue Baja California, con una tasa de 65 casos por cada 100 mil habitantes; Guanajuato, con 63, y Chihuahua, con 60.
Por sexo, la tasa de homicidios en hombres fue de 46.0 por cada 100 mil habitantes, un incremento de 1.2 % en comparación con la tasa de 2023, ya con la información definitiva.

En el caso de las mujeres, la tasa fue de 5.6 homicidios por cada 100 mil habitantes, un dato muy similar al de 2023.
En cuanto al tipo de armas empleadas en los homicidios, el Inegi registró que el principal medio fue disparo con arma de fuego, con el 71.8 % de los casos. Esto es, algo más de 7 de cada 10 muertes violentas en el país es por arma de fuego.
En segundo lugar, están las armas punzocortantes, con el 9.3 % de los casos. Mientras que el ahorcamiento, estrangulamiento y la sofocación, ocupan el tercer lugar, con el 6.6 % de los casos.

¿Serías una persona diferente si hubieras crecido en otro lugar? Cada vez más investigaciones ayudan a responder esta antigua pregunta sobre la naturaleza y la crianza, y su impacto en tu identidad.
Era una tarde calurosa en el pequeño pueblo cerca de Calcuta, India, y los adultos dormían. Mi prima y yo estábamos sentadas en el suelo comiendo arroz inflado con aceite de mostaza cuando volteó hacia mí y me preguntó: “¿Es cierto que en Suecia se come vaca y cerdo?”.
Yo, que por aquel entonces tenía unos 10 años, asentí con vergüenza. “¿Entonces también comen perros y gatos?”, preguntó. Era una pregunta perfectamente lógica. Si se puede comer un mamífero de cuatro patas, ¿por qué no otro?
Habiendo crecido en Suecia, aunque de madre india, no era algo en lo que hubiera pensado antes: el vegetarianismo era poco común en aquella época, sobre todo en Europa, y los niños suecos estaban acostumbrados a ver a las vacas como fuente de alimento.
Mi prima, en cambio, era una apasionada de los animales y tenía la costumbre de rescatar a las criaturas que percibía en peligro. No comía carne.
Mis visitas a India estuvieron llenas de momentos así, que me hicieron darme cuenta de cuánto influye la cultura en nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos.
Si hubiera crecido en India, ¿habría tenido una moral diferente? ¿Un sentido del humor diferente? ¿Sueños, aficiones y aspiraciones diferentes? ¿Seguiría siendo yo?
Estas son preguntas que científicos y filósofos se han planteado durante siglos, y ahora un nuevo campo de estudio, la Psicología Intercultural, está comenzando a investigar posibles respuestas.
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En cierto sentido, el ADN de cada ser humano es único y su estructura fundamental (en términos generales) no cambia según el lugar al que vayamos.
Pero el ADN por sí solo no nos define como somos, afirma Ziada Ayorech, genetista psiquiátrica de la Universidad de Oslo, Noruega. Nacida en Uganda, Ayorech se mudó a Canadá a los tres años, pasó la mayor parte de su vida en Reino Unido y luego se mudó a Noruega hace un par de años.
“Cuando pienso en todos los lugares en los que he vivido y cómo han influido en mi perspectiva, intuitivamente me imagino que es imposible que eso no haya marcado la diferencia”, dice Ayorech.
Para explorar esto, los científicos suelen utilizar estudios que comparan a gemelos idénticos, que comparten un ADN casi idéntico, con gemelos no idénticos, que comparten, en promedio, la mitad de su genoma.
De esta manera, si los gemelos idénticos tienen mayor o menor probabilidad de compartir un rasgo que los gemelos no idénticos, esto sugiere que ese rasgo está más determinado por la genética que por el entorno.
En un amplio análisis llevado a cabo en 2015 de casi 50 años de estudios sobre 17.000 rasgos diferentes en 14 millones de gemelos de todo el mundo, que abarcaba desde la educación y las creencias políticas hasta las enfermedades psiquiátricas, los científicos concluyeron que la genética explica, en promedio, solo el 50% de las diferencias.
“Es esa combinación de naturaleza y crianza la que nos define y contribuye a nuestras creencias y culturas”, afirma Ayorech. “Por lo tanto, no podríamos tener esa misma combinación en otro lugar”.
El entorno influye más en algunos rasgos que en otros, por supuesto. Las investigaciones demuestran que el coeficiente intelectual es, en promedio, más del 50% hereditario, con la salvedad de que la genética desempeña un papel más importante en etapas posteriores de la vida que en la infancia.
Mientras que los rasgos de personalidad son hereditarios en aproximadamente un 40% y, por lo tanto, están más influenciados por el entorno (esto no significa que el 40% de la extroversión de una persona se deba a sus genes, sino que el 40% de las diferencias en extroversión en una población en su conjunto se pueden explicar por la genética).
Aunque Ayorech es bastante extrovertida, afirma que Noruega favorece menos las expresiones extrovertidas con las que está familiarizada. Por ejemplo, es menos probable que uno inicie una conversación espontánea con un desconocido en las calles de Oslo. Esto la ha cambiado, afirma.
“Si comparas mi versión de vivir aquí en Noruega con la de vivir en Reino Unido, sería justo decir que ahora soy menos extrovertida”, afirma Ayorech. Pero dada su composición genética, es poco probable que pierda por completo su extroversión.
Sigue gravitando inconscientemente hacia actividades que fomenten interacciones más espontáneas, añade Ayorech. “Tendemos a buscar entornos acordes con nuestros rasgos genéticos”.
A su vez, esta combinación moldea nuestro cerebro con el tiempo, permitiéndonos desarrollarnos como personas. Las vías neuronales se forman y consolidan a medida que integramos experiencias, según Ching-Yu Huang, psicóloga intercultural de la Universidad Nacional de Taiwán. Ella argumenta que la cultura es una “parte absolutamente crucial” de la persona en la que nos convertiremos.
“Habrías sido una persona diferente si hubieras crecido en Taiwán”, me dice con seguridad. “El cerebro que tienes ahora sería muy diferente si hubieras nacido y crecido en Taiwán, incluso teniendo el mismo ADN”.
Vivian Vignoles, psicóloga intercultural de la Universidad de Sussex, coincide: “Creo que la gente tiende a sobreestimularse con el aspecto genético”, afirma. “Sean cuales sean tus genes, necesitas un entorno específico para que afloren”.
Si bien la idea básica de que la cultura influye en cómo las personas se perciben a sí mismas cuenta actualmente con un sólido respaldo en psicología, a mediados del siglo XX sorprendió a algunos psicólogos, dice Vignoles.
Durante mucho tiempo, los científicos habían asumido que la psicología humana era universal y que los resultados de estudios sobre el comportamiento humano realizados en Estados Unidos y Europa serían válidos en todo el mundo.
Sin embargo, al estudiar y comparar la psicología de otros lugares, Vignoles y otros han descubierto que no es así.
Por ejemplo, los experimentos sugieren que las personas en Occidente tienden a ser más individualistas y se perciben más a sí mismas en función de sus rasgos personales -como ser graciosos, inteligentes o amables- en comparación con las personas en Japón, que tienden a ser más colectivistas y tienden a definirse en función de sus roles sociales, como ser padre o estudiante.
En un estudio que comparó escáneres cerebrales, los occidentales mostraron que la parte del cerebro responsable de la autoconciencia se activaba al pensar en sí mismos, mientras que los participantes chinos también lo hacían al pensar en sus madres.
En pruebas similares, Huang y sus colegas analizaron si los hijos de inmigrantes de origen chino en Inglaterra (que habían llegado al país desde diferentes partes de la República Popular China, Hong Kong, Taiwán, Vietnam y Malasia) percibían la autoridad de forma diferente a la de los niños ingleses no inmigrantes y a la de los niños taiwaneses que habían vivido toda su vida en Taiwán.
Todos los niños de los tres grupos tenían la misma probabilidad de obedecer a sus padres, pero los niños taiwaneses eran más propensos a hacerlo incluso cuando se mostraban inicialmente reacios, en comparación con los inmigrantes chinos criados en Inglaterra.
Huang argumenta que esto probablemente se deba a que las culturas taiwanesa y china valoran la obediencia y el respeto a los padres, mientras que los niños cuyas familias habían emigrado a Inglaterra probablemente se vieron influenciados por la cultura del Reino Unido para volverse más individualistas.
Un estudio de 2022 que comparó pruebas de rasgos de personalidad en 22 países reveló que las personas que vivían en un grupo de países con culturas que priorizan la autodisciplina -como Albania, India, Alemania, Francia, Hong Kong y China- obtuvieron puntuaciones más altas en medidas de responsabilidad y organización.
En cambio, los países con culturas más igualitarias, flexibles e individualistas -como Canadá, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia, Reino Unido, Irlanda, Noruega y Filipinas- mostraron mayores niveles de afinidad y apertura a la experiencia.
Investigadores también identificaron recientemente que las culturas occidentales son más propensas a ser monumentalistas, considerando el yo como algo estable e inmutable, como un monumento, afirma Vignoles.
Las culturas flexibles, comunes en los países del este asiático, por otro lado, consideran el yo como algo más maleable.
Otra diferencia cultural es el grado en que las personas perciben el contexto. Un estudio pidió a los participantes que describieran una serie de escenas submarinas y descubrió que los participantes occidentales se centraban más en objetos individuales, mientras que los japoneses enfatizaban el contexto más amplio, como el color del agua circundante o la relación entre los diferentes objetos.
“Existe evidencia de que en las culturas occidentales, en particular en la estadounidense, las personas tienden a atribuir ese comportamiento a las características de la persona más que a la situación”, afirma Vignoles.
En la sala de espera de un dentista, añade Vignoles, un occidental tiende a interpretar a una persona que parece ansiosa como ansiosa en general, en lugar de simplemente como alguien ansioso por una extracción dental en ese contexto.
Sin embargo, estos resultados siempre deben tomarse con cautela, agrega, ya que es extremadamente difícil desentrañar el comportamiento, la personalidad, la cultura y muchas otras influencias que impactan en este ámbito, y aún queda mucha investigación por realizar en este campo.
Por ejemplo, un creciente número de estudios sugiere que la visión binaria este-oeste del individualismo frente al colectivismo es “demasiado simplista”, dice Vignoles, y que el colectivismo que se manifiesta en muchas de estas pruebas probablemente sea más una característica del desarrollo económico que de la cultura.
Es más, las mediciones del individualismo en un país pueden pasar por alto variaciones importantes entre grupos o individuos específicos de esa nación.
Y muchos estudios en este ámbito se basan en respuestas autodeclaradas de personas, que no siempre son precisas, en lugar de pruebas estandarizadas objetivas.
Quizás la pregunta de si seríamos la misma persona en una cultura diferente sea, en última instancia, una cuestión filosófica que cuestiona el concepto del yo.
Una encuesta en línea realizada en 2020 a filósofos angloparlantes reveló que el 19% apoyaba la idea de que cada individuo es un animal específico, resultado de un espermatozoide y un óvulo específicos, y que no son los pensamientos, sentimientos o recuerdos los que lo hacen ser quien es.
“Desde esta perspectiva, incluso si se borraran tus recuerdos, seguirías siendo la misma persona”, explica Philip Goff, filósofo de la Universidad de Durham.
De igual manera, alrededor del 14% apoyaba las teorías que sugieren que el yo no es biológico, sino que está encapsulado en algo parecido a un alma, y que eso es lo que nos hace ser quienes somos, sin importar dónde hayamos crecido.
De hecho, los estudios muestran que muchas personas creen tener un “yo verdadero” que es fundamentalmente moralmente bueno, y que esto no debería cambiar según su lugar de residencia.
Pero otros filósofos sostienen que el entorno también moldea la identidad esencial de una persona, una teoría denominada constructivismo social.
De hecho, la política también parece influir. En un experimento, investigadores pidieron a personas con diferentes opiniones políticas que evaluaran la moralidad de un hombre cristiano que se sentía atraído por otros hombres.
Las personas que se identificaron como liberales pensaron que el hombre actuaba según su verdadero yo, mientras que las que se identificaron como conservadoras creyeron, en cambio, que iba en contra de su verdadero yo cristiano.
El propio Goff cree que existe una especie de “unidad fundamental” de células y partículas -y que la consciencia está intrínsecamente integrada en este hardware- que nos define como personas, sin importar dónde crecemos. Pero esto probablemente cambie con el tiempo a medida que crecemos y maduramos.
“Estos son solo conceptos humanos de lo que es una ‘persona’ o un ‘yo'”, dice Goff. Probablemente no haya una respuesta definitiva, dice, sobre si “esa persona en una circunstancia muy diferente sería yo o no”.
Para quienes han crecido en más de una cultura, es difícil superar la sensación de que los seres humanos son, en gran medida, producto de su entorno social.
Aunque es difícil saber exactamente quién habría sido yo si hubiera pasado toda mi vida en ese pueblo a las afueras de Calcuta, estoy bastante segura de que tendría algunos indicios.
Este artículo apareció en BBC Future. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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