
—¿Por qué nos subimos al tren si es tan peligroso?
Allan Josué, 33 años, hondureño, encoge los hombros fornidos tras repetir en voz alta la pregunta que le hace el periodista y mira, con una sonrisa cansada, hacia donde se pierden las vías ocres del ferrocarril en Huehuetoca, Estado de México.
A unos cinco kilómetros de donde está parado, muy cerca de un albergue, está la zona conocida como ‘el basurero’; el hangar de Ferromex que, junto a otros puntos en la zona centro de la República, como Hidalgo, San Luis Potosí o Guanajuato, es escenario diario de la llegada de miles de migrantes sin documentos que buscan treparse a los hierros del ferrocarril. Una escena que hacía años no se veía; al menos desde 2015, cuando el entonces gobierno de Peña Nieto puso cerco al tren como una de las medidas del llamado ‘Plan Frontera Sur’ para contener la migración hacia Estados Unidos.
—Mirá, brother, acá sin documentos no podés andar tranquilamente por la calle. Vos no podés caminar, ni agarrar combis ni autobuses como una persona normal. ¡Porque ni el boleto te venden sin papeles!
Allan, moreno, alto y corpulento, niega con la cabeza y se seca el sudor que le cae por la frente tostada por el sol que cae a plomo al mediodía.
—Por eso nos subimos al tren, brother. Porque no nos dejan otra alternativa más que subirnos a esa ‘Bestia’ y arriesgar la vida.
A continuación, el hondureño se toca la nariz y mira de soslayo la fachada del refugio que se levanta en mitad de un solitario paraje, en el que de vez en cuando se ve unos campesinos arreando reses a lomos de sus caballos.
En una de las paredes del albergue, un Cristo de grandes ojos azules da la bienvenida con una amplia sonrisa a los migrantes. Debajo del mural, sentados en el suelo, dos parejas de venezolanos aprovechan una pequeña franja de sombra de medio metro mientras aguardan su turno para entrar. Están recostados sobre mochilas y bolsas de tela de color rojo, de esas que se compran por unos pesos en los supermercados, junto a un garrafón de agua de 15 litros que cargan y cuidan con celo. Una venezolana de 26 años, que viaja con su niña de siete, tiene los ojos entornados, el rostro demacrado, y un visible gesto de hastío: llevan más de dos meses caminando por selvas, carreteras, y escondiéndose al amparo de los montes y las milpas.

—Mirá hermano, ese tren es una ‘Bestia’, pero una ‘Bestia’ de verdad, ¿oyó? —retoma la plática Allan—. Porque no solo es que te duermes, y ya, te quedaste en las vías. Ahí arriba también va de todo: gente buena, y gente malandra que solo quiere robarte; gente que si andás un par de tenis buenos te los quita, y que si no se los das o si no te encuentra dinero te avienta pa’bajo, y vos nada más rebotás con las ruedas del tren y te moriste.
Allan asegura que sabe muy bien de lo que habla. En realidad, puntualiza, todos los migrantes hondureños como él lo saben, pues hasta hace muy poco —antes de la explosión de la migración venezolana y haitiana hace un par de años— era la nacionalidad que más transitaba por México para intentar entrar sin documentos a Estados Unidos, seguida de los guatemaltecos. Y por muchos años, antes de que en 2015 el gobierno mexicano y las compañías ferroviarias ‘bunkerizaran’ el tren con operativos de migración y soldados en las vías, guardias privados armados en los vagones, pilotes de concreto para impedir que los migrantes corran y se trepen al convoy, e incluso con modificaciones al diseño de los vagones, ese tránsito lo hicieron arriba de ‘La Bestia’. De hecho, en este camino por Huehuetoca, no son pocos los migrantes hondureños que entre risas se proclaman orgullosos como “los hijos de La Bestia”.
—Cuando vas ahí arriba te pega un solazo que no te imaginás —prosigue el hondureño—. También te cae la lluvia, el frío y la humedad de la noche… Y si no cargás comida, tenés que aguantar hambre porque no podés bajar hasta que se detenga, y a veces puede tardar hasta tres días. Y todo eso te enferma, te deshidrata. Y luego está el sueño, el cansancio. Cuando vienes completamente en la oscuridad pensás que te vas a desmayar.

Precisamente, —alza el dedo índice Allan—, lo peor es cuando la oscuridad y la soledad de los montes se tragan al tren y a todos los pasajeros que viajan encima de él clandestinamente con el único amparo de unas lonas de plástico o de unas bolsas negras de basura para cubrirse de la lluvia.
—A eso de las 10 o de las 11 de la noche empezás a ver en el camino trocas por todas partes y gente con armas. Yo he tenido que salir corriendo porque desde las trocas disparan al tren, a veces por pura diversión.
El hondureño traga saliva y desvía la mirada de nuevo hacia el horizonte de las vías, como si reflexionara sobre el efecto de lo que acaba de decir: que hay gente, criminales, que disparan al ferrocarril solo por echar relajo.
—Entonces —prosigue—, la gente se tira en manada y empieza a correr por los montes con desesperación. Muchos se caen, se parten una pierna o el tren les pasa por encima. Yo eso lo he visto —subraya con la mandíbula tensa—. He visto como ese tren ha partido a personas así —y mientras lo dice pasa el filo de su mano derecha por la mitad de la palma de la izquierda.
Por eso, Allan explica que en esta ocasión —esta es la tercera vez que migra tras vivir siete años en Estados Unidos y luego ser deportado—, se sumó a un grupo de migrantes venezolanos para cruzar el famoso ‘Paso del Coyote’ en la frontera sur entre Tecún Umán, Guatemala, y Ciudad Hidalgo, en Chiapas, y venir caminando acompañado por las carreteras y montes e intentar subir poco a poco, evitando el tren y sus peligros, así como los retenes de migración y también a los criminales, que llevan meses desatando el terror en la frontera entre Chiapas y Guatemala.

Un ejemplo reciente, que fue noticia en todo el país, fue el desfile a plena luz del día, entre vítores y aplausos de pobladores, que el pasado 25 de septiembre hicieron supuestos sicarios del cártel de Sinaloa en la carretera Panamericana a su paso por el municipio de Frontera Comalapa. El episodio se produjo después de 13 días de bloqueos por parte de grupos criminales en diferentes puntos de esa vía de comunicación chiapaneca.
Pero ni así, lamenta Allan con ambas manos cruzadas, ha evitado ver “cosas horribles” en el trayecto por México.
A continuación, el migrante cuenta que poco después de cruzar la frontera sur en Chiapas; él y los venezolanos se dividieron para pedir unas monedas para comprar un taco, por las calles de un pueblito, cuando, de pronto, vio que tres de los venezolanos regresaban llorando.
—Venían gritando: ‘¡Están violando a nuestras mujeres! ¡Están violando a nuestras mujeres! —exclama con los ojos muy abiertos, como si aún los tuviera delante.
Al parecer, según el relato de los migrantes, unos tipos salieron de la nada y se llevaron a las tres parejas a un lugar apartado de la población.
—Uno de ellos arrodilló a los hombres y les puso una pistola en la cabeza, mientras los otros dos violaban a las mujeres delante de ellos. Les desgarraron la ropa y… las dañaron muy feo. Luego, a los hombres les pusieron una golpiza y a uno que intentó defenderlas le dieron un machetazo en la espalda. Cuando terminaron, les dijeron que tenían cinco segundos para pelarse y se llevaron a las mujeres para que otros las violaran.
Allan baja la mirada al suelo y mira los durmientes de las vías por las que solo corre, de vez en cuando, unas ráfagas de aire que alivian un poco el calor.
—Al rato, llegaron las mujeres donde estábamos, en el pueblo. Venían semidesnudas, todas golpeadas, humilladas, violadas…
El hondureño respira hondo.
—Fue algo horrible, brother —dice en un susurro apagado—. Las atacaron y las violaron de la peor forma.
Por eso, aunque se dice varias veces a sí mismo que prefiere continuar el camino hacia el norte por carretera, “puebleando”, Allan admite que aún no tiene tan claro cómo se moverá: a pesar de los peligros del tren, el tener que recorrer miles de kilómetros clandestinamente y vulnerable a las agresiones de criminales y autoridades lo lleva a pensar que, quizá, el viejo tren sea efectivamente su mejor opción, o quizá, como él mismo repite resignado, ‘La Bestia’ es su única alternativa.
“Mirá hermano, acá la policía es una ratera; no son policías que si te roban ellos vayan a hacer algo por ti”.

A la una de la tarde, el grupo de 20 venezolanos que esperaba en la puerta del refugio migrante se dispersa. Unos deciden entrar a regañadientes —antes de acceder les advierten que deben dejar su celular en unas taquillas a resguardo de un policía, lo cual no les convence— y otros, tras agarrar de unas enormes bolsas algo de ropa donada, se mueven del lugar con sus hijos e hijas —algunos son bebés de menos de un año— para pedir unos pesos en una colonia cercana con los que comprar algo de comida y agua.
A unos diez minutos caminando del refugio, frente a la entrada de un condominio de casas que está muy cerca de las vías del tren, un par de taxis hacen guardia a unos pocos metros de las vías y unos postes de luz. Al igual que los taxistas que están en el centro de Huehuetoca, cuando se les pide ir hasta el ‘basurero’, el hangar de los ferrocarriles, los ruleteros se niegan de inmediato.
—Discúlpame carnal, pero la migra está muy pesada en estos días —se excusa un joven moreno, delgado, fibroso, que sobre el rostro anguloso lleva unos aparatosos lentes oscuros—. No podemos transportar migrantes a esa zona porque ellos lo toman como trata de personas y pal bote que te llevan.
—Pero… nosotros no somos migrantes —reviran sorprendidos los periodistas.
—Les da igual, carnal. Mira, como la maleza está muy alta en el camino, los de la migra esconden ahí sus patrullas y cuando ya estás pasando muy cerca, ¡fium!, te salen, te tapan el paso, y ya no te puedes dar a la fuga por ningún lado. Y pues, así en el momento te piden 5 mil varos, solo para que no den aviso al ministerio público y no se lleven tu carro al corralón.
Tras la negativa de los taxistas a ir al ‘basurero’, toca caminar en paralelo a las omnipresentes vías férreas.
En el trayecto, a unos pocos minutos del refugio migrante, aparecen tres solitarios campesinos que desde un montículo elevado rodeado de nopaleras vigilan unas reses algo huesudas. Entre risas —‘¡Huy no, joven!, se carcajean al unísono— dicen que para llegar al hangar de los trenes, ‘el basurero’, aún faltan varios kilómetros por delante, “como una hora caminando”.
—¿Van buscando migrantes? —pregunta uno de ellos, un señor de unos 60 años de aspecto bonachón y campechano, que va tocado con un sombrero de vaquero y viste pantalones tejanos y una camisa gris descolorida—. ¡Huy, aquí está lleno de migrantes!
—Sí, aunque esta semana no han pasado tantos —interviene otro campesino, este de unos 40 y pocos años, muy delgado, que viste pantalones y camisa tejana, y porta un machete al cinto—. Lo que pasa es que se ha puesto muy ruda la migra ahí en toda esa zona del basurero —alza la mano en dirección a una lejana antena de telefonía móvil—. Ahí pusieron un operativo para que no puedan subir al tren, porque esto era ya demasiado. El otro día dijeron en las noticias que había más de mil personas esperando el tren.
Sin ir más lejos, vuelve a intervenir el señor de aspecto bonachón, una semana atrás él estaba cuidando su “ganadillo” en la misma zona donde está ahora, cuando a eso de las seis de la tarde “se puso a llover en serio”.
—Y pues que salen un chinguero de migrantes de las milpas corriendo para refugiarse, y que detrás de ellos salen también la migra. ¡Noooo bueno! Y pues ahí te ves a una señora corriendo bajo la lluvia, que ya estaba bien tupida, con su niñita en brazos. Híjole, la mera verdad, sí da harta tristeza ver eso. Porque uno, como sea, se aguanta las inclemencias del tiempo o lo que le pase a uno, pero ver a esas criaturas llorando mientras los persiguen, pues, ¡hijo de la chingada!, sí te parte el corazón, cómo chingados no.
Tras exhalar un “pues ni modo, güero, así es la vida”, los campesinos se tocan el sombrero y se despiden para continuar arreando su ganado.

De nuevo, el camino a pie vuelve a transcurrir lento y pesado. El fuerte sol cayendo a plomo, los susurros del viento y la aridez de terreno inabarcable a la vista, le dan a la estampa un toque inhóspito, desolado. Hasta que, otra vez, aparecen un par de personas en mitad del desierto, que aprovechando el amparo de la copa de un solitario árbol toman agua de un termo.
—Si van al ‘basurero’ en busca de migrantes, ya les digo que ahí no hay nadie. Nosotros ya fuimos y regresamos por lo mismo.
Juan Gabino y Esther María son dos predicadores cristianos de unos 50 años que, a diario, se dedican a recorrer con sus piernas cortas y menudas los 5 kilómetros que hay entre el albergue y el ‘basurero’ en busca de migrantes a los que, Biblia en mano, dedicarles unas palabras de ánimo, además de darles agua.
Juan, que viste una llamativa playera deportiva de color roja y manga larga, un paliacate también rojo al cuello —“es para cubrirme del sol, no las arrugas”, bromea—, unos pants negros y una gorra Air Jordan de fayuca, platica con un tonito melodioso y un ritmo de vértigo que, en efecto, como dijeron los campesinos, el flujo de migrantes en la zona del ‘basurero’ descendió en los últimos días. Sobre todo, desde que el pasado 19 de septiembre la compañía Ferromex anunció que suspendía 60 trenes de carga ante el incremento en la llegada de migrantes —las imágenes de miles de personas sin documentos abarrotando puntos fronterizos como Piedras Negras, en Coahuila, Ciudad Juárez, en Chihuahua, o Tapachula, en Chiapas, han copado las portadas de los medios en el mes de septiembre y lo que va de octubre— y de que, poco después, el Instituto Nacional de Migración también prometió que vigilaría los principales puntos, como Huehuetoca, donde los migrantes abordan los ferrocarriles.
Aún así, matiza el señor Juan, el flujo sigue siendo mucho mayor a lo que era unos meses atrás.
—Son como entre 1 mil 500 y 1 mil 700 personas a diario. Y pues como son personas que corren un gran riesgo en su peregrinaje, porque se pueden caer del tren, tenemos la obligación como cristianos de predicarles la palabra de Dios para que, si llegan a morir en el camino, no se vayan en automático al infierno —explica muy convencido Juan Gabino, que abraza la Biblia de letra grande que porta, mientras su esposa, quien viste un jersey de cuello de tortuga a pesar del intenso calor, asiente con la cabeza al tiempo que sostiene unas espigas en una mano.
Luego de caminar otros 15 minutos, la pareja de predicadores atisba a lo lejos a un grupo de migrantes que vienen del ‘basurero’ y salen presto a su encuentro para leerles la Biblia.

Los venezolanos, que vienen cargando garrafones de agua, mantas, esterillas, y unas bolsas de tela donde llevan sus pertenencias, aceptan de buen agrado la oración y todos se detienen, cierran los ojos, y abren las palmas de las manos al cielo limpio de nubes.
—No se puede tomar ahí el tren —dice luego de terminar la oración un venezolano que camina por entre las piedras afiladas con unas sandalias y que lleva sus pertenencias en una bolsa negra de basura, para explicar a continuación que más adelante la zona está “minada” de agentes y patrullas de migración.
—No sabemos qué convenio hay entre los del tren y la migra —lamenta amarga Escarli, que a sus apenas 26 años migra con siete hijos y su madre, que agotada trata de caminar al mismo ritmo que los demás, al tiempo que ayuda a su hija a aplacar la energía y travesuras de los niños—.
El tren estuvo funcionando bien hasta hace como dos semanas, porque mi hermana ya pasó y está en Juárez. Pero como el venezolano es terco, nosotros vamos a seguir para adelante —ríe ahora Escarli para darse ánimo y determinación.
—Ahora dicen que es mejor tomarlo ahí por un lugar que le llaman ‘El Puente’ —apunta otra migrante venezolana que lleva de la mano a su hija de seis años y se cubre la cabeza con una sudadera vieja, haciendo referencia a una zona en la ciudad que está como a unos siete u ocho kilómetros en dirección contraria, donde los ferrocarriles, si bien no se detienen por completo, bajan la velocidad para hacer cambios de vía que los migrantes, corriendo un gran riesgo, aprovechan para treparse con el convoy en movimiento.
De inmediato, el rumor, como en todo lo que tiene que ver con migración, corre por los chats de Whatsapp tan rápido como la pólvora, y ríos de migrantes comienzan a salir de aquí y de allá cargando más garrafones de agua, mochilas, tiendas de campaña, y niños, muchos niños de todas las edades, para comenzar a caminar —varios lo hacen incluso con muletas y piernas con aparatosos vendajes— rumbo al lejano puente por donde pasa el tren.
Esa ‘Bestia’ que, en un camino minado de autoridades, la amenaza permanente de la deportación e innumerables peligros, se ha convertido paradójicamente otra vez en la gran esperanza de miles de migrantes para llegar al norte y soñar con otra vida.

El comercio en Little Village, un vecindario de Chicago conocido como el “México del Medio Oeste”, está de capa caída tras semanas de un intenso operativo de la agencia migratoria de EE.UU.
Durante las últimas semanas, todos los ojos han estado puestos en Mineápolis, Minesota, donde la furia pública por la muerte de dos ciudadanos estadounidenses a manos de los agentes del Servicio de Inmigración y Aduanas de EE.UU. (ICE, por sus siglas en inglés) generó una oleada de disturbios en la ciudad.
El presidente Donald Trump se comprometió a “reducir la intensidad” de la situación y el llamado zar de la frontera, Tom Homan, declaró este jueves el fin del operativo en el estado.
Chicago ya ha visto una leve disminución en el envío de más agentes migratorios y de sus medidas severas en las calles.
La llamada Operación Midway Blitz se lanzó en septiembre contra lo que el gobierno de Trump llamó “inmigrantes ilegales criminales” y alcanzó su auge en las semanas siguientes.
Desde entonces, Chicago y específicamente sus vecindarios hispanos, han tenido que ajustarse a la nueva normalidad.
En el sector Little Village, La Villita, el temor a las redadas ha causado que la gente no salga de casa, convirtiendo a uno de los núcleos económicos clave de Chicago en algo parecido a un pueblo fantasma, dicen los comerciantes y funcionarios de la ciudad.
“El comercio ha caído a la mitad durante la semana, algunas veces menos que eso. La gente no quiere gastar dinero”, afirma Carlos Macías, dueño de una tienda y restaurante Carnicería y Taquería Aguascalientes, que su padre abrió hace 50 años en la calle 26, la principal avenida.
Macías recuerda cómo una redada en su propio negocio propagó el miedo entre la comunidad. Los agentes escondían sus caras con pasamontañas, cuenta, y algunos portaban rifles mientras otros tenían pistolas en sus cartucheras.
Mientras se movían por el lugar, hicieron una barrida visual del espacio, mirando directamente a los ojos de los empleados y la clientela, algunas personas se agacharon bajo las mesas, recuerda, y otras empezaron a llorar. Otros corrieron hacia la parte de atrás del edificio, sin estar seguros de las intenciones de los agentes. Con la creciente tensión, Macías intervino.
“Esta es mi propiedad”, les dijo Macías. “No tienen permiso para estar aquí”.
Sus palabras tuvieron poco efecto. El incidente sigue grabado en su mente y cree que es una de las razones de la caída en el negocio.
Pero, aunque las redadas pueden provocar que la gente se quede en casa, Trump asegura que son necesarias para proteger a los ciudadanos estadounidenses.
El Departamento de Seguridad Interna afirma que lanzó la Operación Midway Blitz en honor a Katie Abraham, una estudiante de 20 años que murió atropellada por un inmigrante ilegal ebrio guatemalteco que se fugó.
La agencia asegura que más de 800 inmigrantes indocumentados han sido arrestados, incluyendo agresores sexuales, ladrones, asesinos y pandilleros.
Sin embargo, los expedientes de los tribunales federales divulgados en noviembre registraron que un número alto de los detenidos no eran considerados un riesgo significativo para el público.
La contracción en Little Village está teniendo repercusiones en la economía más amplia de la ciudad, señalan los funcionarios.
El corredor de tres kilómetros es uno de los núcleos económicos clave de Chicago, que genera uno de los recaudos impositivos más altos por fuera de la llamada Magnificent Mile (Milla Magnífica) en el centro.
Y, contrario a las elegantes boutiques y tiendas de marca internacional que salpican esa zona élite en la Avenida Michigan Norte, esta calle atraviesa lo que es predominantemente un vecindario hispano.
Los negocios son propiedad de los lugareños y sirven principalmente una comunidad latina, la clientela de base que muchos dicen se está quedando de puertas adentro por el miedo.
El concejal Michael Rodríguez declara que ha recibido informes de los restaurantes y expendios de comida locales que las ventas han caído hasta 60%. Una tienda local de teléfonos celulares no registró una sola venta durante un período de dos semanas, dice.
“Desde que el presidente Trump ha estado en el poder, hemos notado un importante traspié en los días subsiguientes en enero y febrero”, expresó Rodríguez.
“Cualquier impacto perjudicial en el entorno comercial de la calle 26 tiene un efecto negativo en la región”.
Pero algunos líderes políticos apoyan el plan de deportación de Trump, que fue una política central de su campaña electoral en 2024.
“Me encanta lo que está haciendo”, dice Lupe Castillo, una residente de Little Village y candidata republicana al Congreso por el 4to Distrito de Illinois.
“Me da lástima que haya llegado a esto, pero es la culpa de los demócratas. Este país tiene reglas. Puedes entrar, pero hazlo de la forma correcta. Así te puedes quedar aquí y buscar la vida que quieres”.
Castillo, que ha vivido en Little Village durante más de 40 años, afirma que esta es la primera vez que ha visto agentes federales en el vecindario, pero los residentes deberían continuar apoyando a los negocios locales.
“Simplemente no llames mucho la atención”, aconseja. “Yo conozco a estas personas del vecindario, no son malas, así que, ¿por qué deberían tener miedo? Sólo están buscando a los malos”.
El concejal Rodríguez señala que unos pocos negocios se han mantenido estables durante este período de incertidumbre, como algunas tiendas de comestibles selectas. Sin embargo, como un residente de Little Village de toda la vida, asegura que nunca ha visto algo así.
“Por primera vez en mi vida teníamos estacionamiento público disponible a lo largo de la calle 26”, dice Rodríguez. “A la hora del almuerzo, cuando nuestros restaurantes típicamente están llenos, veíamos restaurantes vacíos. Incluso durante la pandemia parecía que éramos más resilientes”.
En respuesta a las redadas migratorias, la ciudad de Chicago ha lanzado un programa de apoyo a los negocios locales que se han visto afectados. Ana Valencia, secretaria municipal de Chicago, introdujo la iniciativa llamada Shopping in Solidarity (Compras en solidaridad) para instar a los residentes, y los habitantes de toda la ciudad, a comprar localmente y apoyar a sus vecinos.
“Creo que los chicaguenses han encontrado la manera de unirse durante estas crisis”, expresa Valencia. “Lo que me derrite el corazón es ver a la gente venir aquí y ver lo vibrante que es el vecindario”.
A pesar de estos esfuerzos, el resultado de la diminución de tráfico peatonal se está sintiendo en todo el corredor, aún en restaurantes de larga data como la Taquería Los Comales, un lugar emblemático de Little Village por más de cinco décadas.
Aunque la Cámara de Comercio de Little Village no tiene datos de las ventas diarias en el vecindario, Christina González, miembro de la junta y dueña de la Taquería Los Comales, indica que las ventas de muchas tiendas han caído entre 30% y 60%. Dice que ella misma se ha visto forzada a recortar las horas de trabajo de sus empleados.
“No necesitamos 10 mesera sirviendo cuatro mesas”, explica González. “Simplemente no tiene sentido”.
La mayoría de los empleados son contratados localmente, añade, porque los residentes tienden a buscar empleo cerca de casa.
“La comunidad depende de estos pequeños negocios para el empleo y los ingresos”, cuenta González. “Si no tienen las horas para sostener eso, entonces no están percibiendo los ingresos que necesitan y empiezan a prescindir de otros lujos”.
Aunque todavía es muy temprano para conocer la totalidad del impacto económico a nivel nacional, los economistas advierten que las deportaciones masivas podrían perjudicar el PIB, ya que muchos migrantes trabajan en los sectores de la agricultura, construcción y manufactura.
Un informe de 2024 del Instituto Peterson para la Economía Internacional, un centro de análisis independiente arguyó que las deportaciones masivas podrían reducir el PIB en 7% en el curso de tres años.
Igualmente, un informe de 2024 de la Comisión Económica Conjunta del Congreso encontró que, dependiendo de la magnitud de las deportaciones, los precios podrían subir hasta en 9,1% para 2028.
No obstante, los adeptos de las políticas del presidente han sostenido que la inmigración descontrolada costaría más al fin de cuentas, incluso aplicándoles presión a los servicios públicos.
En 2024, el Centro de Estudios Migratorios, un centro de análisis que aboga por niveles menores de inmigración, declaró en un testimonio ante el Congreso que una vida de fuga fiscal (impuestos pagados menos los costos) por cada inmigrante ilegal era de unos US$68.000.
Mientras los economistas y los políticos debaten las cifras, para Gonzáles y sus empleados la preocupación es más inmediata: cómo mantener las luces encendidas y la comida en la mesa.
Adolfo Peña, dueño de la Zapatería Linda’s, revela que sus ingresos han caído por lo menos a la mitad desde que Trump asumió el poder. El declive ha sido particularmente difícil para él. Votó por Trump en las pasadas elecciones y Peña describe el resultado como una amarga desilusión.
“Esto es lo peor que nos ha pasado”, manifiesta. “Desafortunadamente, voté por él. Eso es lo que más me duele. Tenía confianza en que iba a cambiar las cosas”.
Peña confesó que parte de su decisión de votar por Trump fue motivada por su frustración con la política fronteriza de Joe Biden. Durante la presidencia de Biden, Chicago experimentó un aumento en el número de migrantes, con la ciudad recibiendo más de 51.000 llegados de la frontera sur de EE.UU.
Little Village se convirtió en un punto de entrada clave, con uno de los mayores refugios en la región que albergaba 220 personas a comienzos de 2024.
La victoria electoral de Trump en 2024 fue impulsada por un aumento en el apoyo de los votantes latinos como Peña, que estaban preocupados por la economía con la carga de la inmigración indocumentada.
Pero desde que Trump asumió el cargo, Peña señala que sus utilidades netas han sufrido más, primero cuando impuso aranceles a múltiples países, incluyendo algunos de sus proveedores, y luego durante la Operación Midway Blitz.
“Cuando se presentó este problema con ICE, todo el mundo desapareció”, lamenta.
En el Pollo Feliz, otro restaurante del vecindario, Marya trabaja detrás de la caja registradora y confirma que ha visto el tráfico peatonal disminuir. Los que entran al restaurante ordenan para llevar.
“Los que vienen son los que tienen papeles”, comenta Marya, que no quiso dar su apellido. “Antes, la gente solía venir de lejos. Desde que los agentes de inmigración están aquí, eso ya no sucede más”.
Marya afirma que entiende ese miedo. Ha sido testigo de los agentes migratorios deteniendo vendedores ambulantes comerciando tamales, chicharrones y empanadas. También recuerda detectándolos temprano en la mañana en vehículos con vidrios ahumados, algunos con sus caras cubiertas y rifles expuestos.
Rodríguez, el político local, dice que el número de vendedores ambulantes no es el mismo. Antes, varios vendedores de comida llegaban temprano a asegurar sus puestos en las esquinas, con los clientes ya esperando en fila antes de que los puestos terminaran de instalarse. En los meses más cálidos, casi todas las esquinas de la calle 26 estaban ocupadas.
Ese ajetreo ha desaparecido desde entonces. Algunos comerciantes dejaron de vender comida por completo, y las esquinas que solían estar repletas ahora lucen vacías.
“Los vendedores callejeros, que pueden no tener un estatus de documentación formal en nuestro país, me han manifestado su preocupación no sólo de perder su sustento, sino de ser separados a la fuerza de sus familias”, cuenta. “Tienen miedo de que sus hijos no tendrán a sus padres a la mesa”.
Edwin y Luna, que venden huevos en una de las esquinas de la calle 26, expresan que los vendedores ambulantes salen menos y por períodos más cortos.
“No quieren salir”, afirman. “Nosotros no estamos asustados, pero al mismo tiempo, sí lo estamos. No respetan que seas de aquí. No les importa”.
ICE podría incrementar sus redadas en todo Estados Unidos en los próximos meses.
El gobierno de Trump planea emplear miles de agentes más, abrir nuevos centros de detención y trabajar con compañías privadas para localizar personas sin estatus migratorio legal. El Congreso también aprobó US$170.000 millones de financiación para ICE y la Patrulla Fronteriza hasta septiembre 2029.
Para los residentes de Little Village, el temor de ICE está siempre presente.
Determina quién sale, quién trabaja y quién compra. A pesar de la incertidumbre, las familias, los negocios y los miembros de la comunidad mantienen su decisión de adaptarse y perseverar en esta nueva normalidad.
Imágenes adicionales de Google Street View
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