
¿De qué mueren los jóvenes en este país? Esa fue la pregunta que me hice hace años, cuando intentaba comprender la turbulencia en el paisaje mexicano: el modo en que los cuerpos jóvenes comenzaron a aparecer como residuos de una guerra que nadie declaró formalmente, pero que se ejerce con puntualidad devastadora. ¿De qué mueren los jóvenes en México?
Mueren por bala.
Mueren por desaparición.
Mueren por sospecha.
Mueren por estar en el lugar equivocado.
Mueren porque su vida ha sido colocada en el margen de lo protegible.
Ricardo Mizael tenía 15 años. Salió de su casa en Culiacán para comprar un biberón y alimento para unos gatos que había rescatado. No volvía de una fiesta. No escapaba de una persecución. No estaba armado. Iba a una farmacia. Lo asesinaron a balazos en plena mañana.
En un país anestesiado por la repetición, el dato podría diluirse en la estadística. Pero el nombre propio obliga a detenernos. Ricardo no es un número más en la contabilidad de homicidios dolosos. Es la expresión concreta de lo que he llamado juvenicidio: la producción sistemática de condiciones que hacen posible —y administrable— la muerte de jóvenes.
Las cifras parecen frías. Y lo son. Pero no son abstractas. Una proporción significativa de las víctimas de homicidio en México tiene entre 15 y 29 años. Estados como Sinaloa han registrado repuntes que superan el promedio nacional, consolidando un patrón donde la juventud se posiciona como uno de los grupos más expuestos a la letalidad. No se trata de hechos aislados. Existe un entramado estructural de desigualdades, impunidad y normalización de la violencia que coloca a las vidas jóvenes en situación de vulnerabilidad ampliada.
El dato no sustituye al nombre propio. Lo explica. Ricardo no murió por azar. Su asesinato se inscribe en un patrón que lleva años consolidándose: la exposición sistemática de los cuerpos jóvenes a una violencia que opera con impunidad y que encuentra, además, una narrativa dispuesta a relativizarla.
En la casa, la mañana no parecía distinta. Ricardo salió con la naturalidad de quien vuelve pronto. Iba por un biberón pequeño y alimento para unos gatos recién nacidos. Su padrastro estaba trabajando. Era una escena doméstica, ordinaria. Después vino la llamada.
La familia ha insistido en que Ricardo no tenía vínculo alguno con actividades ilícitas. Era estudiante de la preparatoria Emiliano Zapata de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Practicaba baloncesto. Tenía amigos. Tenía rutina. La violencia no irrumpió en un territorio “de riesgo”; irrumpió en la normalidad.
En el México contemporáneo, cuando un joven es asesinado, la conversación pública no comienza preguntando quién disparó, sino qué hacía ahí. La sospecha antecede al hecho. Se indaga la biografía de la víctima antes que la responsabilidad del agresor.
Esa es la sospecha estructural: un régimen cultural y político donde la juventud —especialmente la masculina y popular— es leída como potencialmente culpable antes incluso de ser reconocida como víctima. El joven asesinado carga con la exigencia de probar, incluso después de muerto, que merecía vivir.
El juvenicidio no es únicamente el disparo que termina con una vida. Es también el clima social que acepta que ciertas vidas jóvenes están siempre a prueba. Hay un biberón que no se compró. El objeto es mínimo. No es símbolo grandilocuente. Era un gesto de cuidado. En el mismo espacio donde ese gesto ocurría, su propia vida fue considerada prescindible.
Un país se define también por aquello que considera intolerable. Si la muerte de sus jóvenes se vuelve parte del paisaje, la turbulencia ya no es excepción: es estructura.
La pregunta permanece abierta, no como consigna sino como diagnóstico: ¿De qué mueren los jóvenes en México?
Mueren cuando su vida deja de ser incuestionable.

El estudio buscaba generar cercanía entre desconocidos a través de un cuestionario que se volvía cada vez más (y más) personal. A la escritora Mandy Len Catron le funcionó.
“Para enamorarte de cualquiera, haz esto”.
El título era en extremo provocador. E irresistible.
Se trataba de un ensayo publicado en la sección Modern Love (“Amor moderno”) del diario The New York Times por la escritora Mandy Len Catron y fue un éxito viral.
De hecho, fue una de las historias más leídas del periódico en aquel 2015.
En el ensayo, Catron contaba que, junto con un conocido de la universidad, habían decidido poner a prueba un experimento diseñado por psicólogos que intentaron “hacer que dos personas se enamoren”, decía.
Se trataba de un estudio de 1997 liderado por el psicólogo Arthur Aron de la Universidad de Stony Brook en Nueva York, cuya metodología era simple pero potente.
Consistía en poner a dos extraños solos en una habitación, sentados cara a cara, respondiendo 36 preguntas que cada vez se volvían más (y más) personales.
Para finalizar, explicaba Catron, ambos debían mirarse a los ojos durante 4 minutos en silencio.
“Seis meses después, dos participantes se casaron. Invitaron a todo el laboratorio a la ceremonia”, decía.
Lo más mágico del artículo quizás era que a ella y su compañero de cuestionario también les funcionó.
Sí, se enamoraron.
Es cierto que no eran desconocidos y que no lo habían llevado a cabo en un laboratorio sino en un bar, pero las preguntas generaron un “espacio íntimo” que en otras circunstancias “podría tomar semanas o meses”.
“Aunque es difícil atribuirle todo el mérito al estudio (quizás hubiese sucedido de todos modos), sí fue una forma de iniciar una relación que se siente deliberada”, escribió.
Y hay más todavía porque el año pasado, 10 años después de aquel experimento, se casaron.
Entonces, ¿eso quiere decir que funciona?
Antes de explicar las fortalezas y limitaciones del estudio, vayamos a lo que genera más curiosidad: las 36 preguntas.
El cuestionario “para el procedimiento de generación de cercanía” elaborado por Aron y su equipo está dividido en tres grupos.
Grupo 1:
1. Si pudieras elegir a cualquier persona del mundo, ¿a quién te gustaría como invitado en una cena?
2. ¿Te gustaría ser famoso? ¿De qué manera?
3. Antes de hacer una llamada telefónica, ¿ensayas a veces lo que vas a decir? ¿Por qué?
4. ¿Qué sería un día “perfecto” para ti?
5. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste para ti mismo? ¿Y para alguien más?
6. Si pudieras vivir hasta los 90 años y conservar la mente o el cuerpo de una persona de 30 años durante los últimos 60 años de tu vida, ¿cuál elegirías?
7. ¿Tienes alguna corazonada secreta sobre cómo vas a morir?
8. Nombra tres cosas que tú y tu compañero parecen tener en común.
9. ¿De qué te sientes más agradecido en tu vida?
10. Si pudieras cambiar cualquier cosa de tu crianza, ¿qué sería?
11. Tómate 4 minutos y cuéntale a tu compañero la historia de tu vida con el mayor detalle posible.
12. Si pudieras despertar mañana habiendo adquirido cualquier cualidad o habilidad, ¿cuál sería?
Grupo 2:
13. Si una bola de cristal pudiera decirte la verdad sobre ti, tu vida, el futuro o cualquier otra cosa, ¿qué te gustaría saber?
14. ¿Hay algo que hayas soñado hacer durante mucho tiempo? ¿Por qué no lo has hecho?
15. ¿Cuál es el mayor logro de tu vida?
16. ¿Qué es lo que más valoras de una amistad?
17. ¿Cuál es tu recuerdo más preciado?
18. ¿Cuál es tu recuerdo más terrible?
19. Si supieras que en un año vas a morir repentinamente, ¿cambiarías algo de tu forma de vivir actual? ¿Por qué?
20. ¿Qué significa la amistad para ti?
21. ¿Qué papel juegan el amor y el afecto en tu vida?
22. Túrnense para compartir cinco aspectos que cada uno considere una característica positiva del otro.
23. ¿Qué tan unida y cariñosa es tu familia? ¿Sientes que tu infancia fue más feliz que la de la mayoría de las personas?
24. ¿Cómo te sientes respecto a tu relación con tu madre?
Grupo 3:
25. Túrnense para hacer tres afirmaciones verdaderas cada uno que abarquen a los dos. Por ejemplo: “Los dos estamos en esta habitación sintiéndonos…”.
26. Completa la siguiente frase: “Ojalá tuviera a alguien con quien compartir…”.
27. Si fueras a hacerte amigo cercano de tu compañero, ¿qué sería importante que supiera?
28. Dile a tu compañero lo que te gusta de él; sé muy honesto esta vez, diciendo cosas que no le dirías a alguien que acabas de conocer.
29. Comparte con tu compañero un momento embarazoso de tu vida.
30. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste delante de otra persona? ¿Y solo?
31. Dile a tu compañero algo que te guste de él.
32. ¿Hay algo que sea demasiado serio para bromear sobre ello? ¿Qué?
33. Si murieras esta noche sin la oportunidad de comunicarte con nadie, ¿qué lamentarías más no haberle dicho a alguien? ¿Por qué no lo has hecho aún?
34. Tu casa, con todas tus pertenencias, se incendia. Después de salvar a tus seres queridos y mascotas, tienes tiempo para entrar una última vez para salvar cualquier ítem. ¿Cuál sería? ¿Por qué?
35. De todas las personas de tu familia, ¿la muerte de quién te resultaría más perturbadora? ¿Por qué?
36. Comparte un problema personal y pídele consejo a tu compañero sobre cómo podrías afrontarlo. Además, pídele que te cuente cómo cree que te sientes respecto al problema que has elegido.
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Si bien la historia de amor de Catron es real, el ensayo tenía datos incorrectos o imprecisos sobre el estudio original.
Algunos son detalles, como el ejercicio final de mirarse a los ojos durante 4 minutos, que no estaba incluido en el experimento.
Pero otros son más profundos.
Por ejemplo, en el propio paper se aclaraba que el objetivo del cuestionario era “desarrollar un sentimiento temporal de cercanía, no una relación real y duradera”.
Lo que el equipo de investigadores hizo fue tomar lo que entonces se sabía sobre cómo se construye una relación cercana (que puede ser de amor romántico, pero también de amistad) y aplicarlo para generar un procedimiento que permitiese lograr la mayor intimidad posible en el menor tiempo disponible (concretamente, 45 minutos).
Según el estudio, “un patrón clave asociado con el desarrollo de una relación cercana entre iguales es la autorrevelación sostenida, creciente, recíproca y personalista”.
De ahí que el cuestionario sea cada vez más personal.
Lo mismo sucede con las preguntas que apuntan a señalar factores en común entre los participantes y a decir elogios mutuos.
Con este procedimiento, se explicaba, los investigadores pueden decidir qué participantes eligen para forjar en el laboratorio una relación y así medir variables antes, durante y después, que pueden ser desde cambios hormonales hasta prejuicios sociales.
Distintos estudios recientes lo han utilizado, por ejemplo, para generar un vínculo cercano entre alumnos remotos, ya que la educación a distancia suele tener altas tasas de abandono.
“Creemos que la cercanía producida en estos estudios se experimenta como similar en muchos aspectos importantes a la cercanía sentida en las relaciones naturales que se desarrollan con el tiempo”, afirmaban Aron y sus colegas.
Catron, claro, explicaba “el procedimiento” de una manera mucho más romántica y emotiva.
“Las preguntas me recordaron el infame experimento de la rana hervida, en el que la rana no siente que el agua se calienta hasta que es demasiado tarde”, decía.
“En nuestro caso, como el nivel de vulnerabilidad aumentaba gradualmente, no me di cuenta de que habíamos entrado en territorio íntimo hasta que ya estábamos allí, un proceso que suele durar semanas o meses”, agregaba.
Luego reflexionaba: “La mayoría de nosotros pensamos en el amor como algo que nos sucede (…). Pero lo que me gusta de este estudio es que asume que el amor es una acción”.
Es “hacer el esfuerzo de conocer a alguien, que en realidad es una historia sobre lo que significa que te conozcan”.
Mucho ha pasado en la vida de Catron desde su texto viral.
Publicó el libro How to Fall in Love with Anyone (“Cómo enamorarse de cualquiera”), dio una charla TEDx y lanzó un newsletter sobre amor, entre otros proyectos profesionales.
En lo personal, además de casarse con aquel “conocido” llamado Mark Janusz Bondyra, tuvieron mellizos.
Hasta hoy, su ensayo “sigue siendo muy leído”, informó el año pasado The New York Times en un artículo sobre su boda.
En la ceremonia, contaron, en cada mesa y en el bar colocaron tarjetas con las 36 preguntas como un guiño al inicio de su historia de amor.
Si bien a lo largo de estos 11 años Catron ha intentado moverse del lugar de “caso de estudio”, entiende por qué su ensayo en general y su historia de amor en particular todavía despiertan interés.
“Creo que la mayoría de la gente quiere sentirse vista y comprendida por otra persona”, le dice a BBC Mundo.
Y agrega: “Creo que este deseo se ha vuelto especialmente fuerte en los últimos 10 a 15 años, con tanta de nuestra vida social mediada por las pantallas”.
Para ella, “las 36 preguntas proporcionan una estructura que hace que ese tipo de vulnerabilidad y conexión se sienta accesible”.
Catron está convencida de que esta herramienta “es valiosa para cualquiera”, incluso familiares y amigos: “Es una forma maravillosa de aprender más sobre uno mismo y sobre otra persona”.
Ahora, cuando se trata del amor de pareja, Catron en su ensayo escribía: “El estudio de Arthur Aron me enseñó que es posible (incluso sencillo) generar confianza e intimidad, los sentimientos que el amor necesita para prosperar”.
Pero como ha dicho en numerosas oportunidades desde entonces, enamorarse es fácil; seguir enamorados es lo difícil. Implica elegirse una y otra (y otra) vez.
Por eso, contó en su charla TEDx, aunque le gustaría tener la certeza del final feliz que sugiere el título de su famoso ensayo, la realidad es otra.
“Lo que tengo, en cambio, es la oportunidad de elegir amar a alguien y la esperanza de que él también me ame. Es aterrador, pero así es el amor”.
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