
A mediados de octubre pasado, Aysam Mualla, de 13 años, acompañó a su familia a cosechar aceitunas en su campo de olivos, al sur de Nablús. Un comando israelí les tiró gases lacrimógenos que lo intoxicaron hasta dejarlo en coma. Finalmente, el 11 de noviembre falleció.

Murad Fawzi Abu Seifen murió desangrado el 6 de noviembre después de que soldados israelíes le dispararan cuatro veces tras una redada en las calles de la ciudad de Al Yamoun e impidieran la entrada de ambulancias. Tenía 15 años.

Nazih Masalma tuvo “la suerte de solo perder un ojo”. El 27 de octubre, mientras esperaba el autobús escolar junto a su hermana en la villa de Beit Awwa, al sur de Hebrón, un soldado abrió la puerta de uno de los tres jeep militares que pasaban y lanzó una bomba de gas lacrimógeno directamente al rostro de este estudiante de 14 años.

Estas historias no son de Gaza. Son de Cisjordania y desmontan una de las coartadas más repetidas para justificar la sistemática violencia israelí contra población civil: la idea de una “zona de guerra” contra Hamás.
Empezar por aquí permite comprender que el proyecto de limpieza étnica y colonialismo de asentamiento sobre la que se fundó el Estado de Israel no es un desvío reciente ni una reacción excepcional al 7 de octubre. Es una política de largo aliento que, en los últimos dos años, no ha hecho más que acelerarse sobre la Palestina histórica.
Según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), entre octubre de 2023 y el 14 de enero de este año, 1046 palestinos han sido asesinados en Cisjordania, 229 eran menores de edad. Sólo en 2025, más de 830 palestinos fueron heridos por colonos israelíes, envalentonados por el genocidio en Gaza que sigue su curso.
Desde el anuncio del supuesto alto al fuego del 10 de octubre pasado, más de 450 gazatíes han sido asesinados por el ejército israelí. Según UNICEF en un reporte al 14 de enero, 100 de ellos eran niños y niñas, cifra que, advierte el organismo, solo refleja aquellos incidentes que se han podido documentar. Entre ellos el de los hermanos Fadi y Jumaa Abu Assi, de 8 y 11 años, asesinados el 29 de noviembre. Fueron considerados “amenaza inmediata” por los soldados israelíes, quienes los abatieron con un dron al verlos cruzar la imaginaria línea amarilla mientras buscaban leña para que su familia pudiera cocinar.
Pero los actos genocidas no se reducen a asesinatos directos. También buscan hacer inviable la vida misma. Según un análisis satelital de The New York Times, 2500 edificios han sido demolidos en Gaza desde el “alto al fuego”. A ello se suma, desde enero, la prohibición impuesta por Israel para que 37 organizaciones humanitarias operen en la Franja, entre ellas Médicos Sin Fronteras. Todo esto en pleno invierno, mientras bebés mueren por hipotermia en campamentos improvisados.
Lo que, en cambio, sí logró el acuerdo de paz trumpiana fue sacar a Palestina de los titulares y desmovilizar las calles. Estos días, el hueco que se abre en los medios internacionales se centra en presentar a los integrantes del “Consejo de Paz” que Donald Trump ha invitado para dar inicio a la segunda fase de su “Plan de Paz” para la franja de Gaza, con el que además pretende ir más allá y crear una estructura paralela a la ONU, eso sí, con cartera en mano que la membresía cuesta 1000 millones de dólares por país.
Ante este panorama, pocos incentivos parecen quedar para el optimismo. Pero si Palestina ha fungido como laboratorio de prueba de este nuevo orden mundial distópico que pretende desplazar el derecho internacional por la ley del más fuerte y la impunidad, es también desde ahí donde podemos encontrar respuestas para revertirlo.
El pueblo palestino, tras décadas sometido a la sistemática desposesión de tierras, negación de derechos y amenaza constante del olvido, ha puesto nombre a la esperanza activa que guía la práctica de resiliencia y cuidado de la vida colectiva que hoy desborda sus fronteras: sumud.
Sumud se refleja en las voces de las “Hijas de la Nakba” y se expresa hoy, dentro de Gaza, en gestos cotidianos que desafían la lógica de la aniquilación: en las familias que celebraron en noviembre que sus hijas e hijos lograron graduarse del tawjihi (el bachillerato), porque saben que estudiar es una vía para defender una posibilidad de futuro, y en la perseverancia de una nueva generación de periodistas gazatíes que, a través de proyectos como Gaza’s Voice, sigue formándose, decidida a que sus comunidades no se queden sin voz.
Pero sumud, entendido como una ética de resistencia civil, se sigue encarnando también fuera de Palestina, en acciones concretas como el movimiento BDS, que disputan la normalización del genocidio y el apartheid. En el terreno simbólico del deporte se han sumado campañas como Game Over Israel, que ha puesto bajo presión a la FIFA y a la UEFA para que suspendan a Israel de las competiciones internacionales, cuestionando que un Estado acusado de graves violaciones a los derechos humanos participe en eventos que pretenden representar valores universales. En el Reino Unido, activistas vinculados a Palestine Action sostuvieron una huelga de hambre desde prisiones británicas para exigir que el gobierno no adjudicara contratos de defensa a Elbit Systems, la principal empresa armamentística israelí; setenta días después, el gobierno anunció la cancelación de uno de esos acuerdos.
Ese mismo desplazamiento del marco —salir de las trampas narrativas heredadas— es el que plantea la One Democratic State Initiative, una iniciativa ciudadana que señala el agotamiento de la retórica de los “dos Estados”, convertida en un dispositivo para gestionar la desigualdad y posponer la justicia. Frente a ello, propone un horizonte político en el que todas las personas que habitan entre el río Jordán y el mar Mediterráneo puedan coexistir como ciudadanos libres e iguales, con los mismos derechos, sin jerarquías impuestas por origen, religión o etnia.
Nada de esto sustituye la responsabilidad concreta de los Estados de salvaguardar el derecho internacional y garantizar justicia. Pero sí muestra cómo, frente a la parálisis institucional y la anestesia mediática, se sigue construyendo democracia desde abajo: a través de la articulación ciudadana, la presión política y la disputa de los marcos de legitimidad que han permitido que lo intolerable se vuelva cotidiano. En tiempos de fatiga apocalíptica y saturación informativa, sumud no es una consigna romántica, sino una interpelación directa: a no dejar de mirar y a actuar para que lo que se normalice sea la solidaridad, no el horror. Despertar, aunque no baste, sigue siendo el primer acto de resistencia frente a la creciente ola autoritaria.
* Daniela S. Valencia (@dany_svalencia) es analista política y directora de la agencia internacional Vibrante Comunicación. Tiene un Máster en Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. Redes sociales: Instagram, LinkedIn y BlueSky

Desde que Delcy Rodríguez asumiera como presidenta encargada el pasado 5 de enero, hizo cambios en su círculo más cercano que apuntan a dónde podrá ir su gobierno.
No lleva ni un mes como mandataria de Venezuela, pero el poder de Delcy Rodríguez lleva años forjándose.
La actual presidenta encargada se juramentó el 5 de enero después de que Estados Unidos atacara Venezuela y capturara a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores.
Desde entonces, ha cambiado a buena parte de los responsables de ministerios y de puestos cercanos a ella como el Despacho de la Presidencia o el responsable de la Guardia de Honor Presidencial; ha bajado de la primera línea política a fichas de Maduro: se ha reunido con el director de la CIA, Jon Ratcliffe, en Caracas y firmó un acuerdo por el cual EE.UU. comercializará hasta 50 millones de barriles de petróleo.
Incluso ha sido elogiada por el presidente de EE.UU., Donald Trump.
Todo mientras denuncia “el secuestro de dos héroes que tenemos como rehenes en los Estados Unidos de Norteamérica”, tal y como dijo en su discurso de juramentación en referencia a Maduro y Flores.
Es pronto para determinar el rumbo que tomará Delcy Rodríguez teniendo en cuenta las dinámicas internas tanto de Venezuela como del propio chavismo, así como la naturaleza cambiante de Trump.
Pero se puede sugerir una línea al ver su historial, el círculo de confianza del que se rodea y a quién está dando protagonismo.
Delcy Rodríguez no fue una figura relevante con Hugo Chávez. Tuvo un paso fugaz por el Ministerio de Secretaría de Presidencia, “pero no tuvo las mejores relaciones posibles con él”, cuenta a BBC Mundo Mariano de Alba, investigador venezolano asociado del Instituto Internacional para Estudios Estratégicos en Reino Unido.
Quien sí tuvo mano desde el principio y logró construir bastantes vínculos en el chavismo fue su hermano, Jorge Rodríguez, quien de un día para otro pasó de escuchar a pacientes en su consulta de psiquiatría a ser el rector del Consejo Nacional Electoral (CNE); luego fue su presidente, más tarde, vicepresidente ejecutivo y alcalde del Municipio Libertador, la almendra de Caracas. Su hoja de vida se completa con la cartera de Comunicación, diputado de la Asamblea Nacional y, ahora, su presidente.
“Jorge siempre ha sido más público, el que se activó, quien manejó campañas a Chávez. También tiene más beligerancia. La hermana pequeña (Delcy) es más callada, pero esta comparación es injusta. No puedes comprenderlos por separado”, cuenta a a BBC Mundo César Bátiz, periodista y director del medio venezolano El Pitazo.
Bátiz define la relación de Jorge y Delcy con las palabras del investigador ruso Daniel Estulin: “Un dragón de dos cabezas”.
“El mayor aliado de Delcy Rodríguez es su hermano. Tienen una agenda. Los dos han pasado por casi los mismos cargos, salvo que Jorge no tiene experiencia económica. Ambos saben y conocen cómo funciona fuera y adentro. No puedes verlos por separado”, remarca Bátiz.
Andrés Izarra -ministro con Chávez y Maduro que dejó su cargo días después de que metieran preso al opositor Antonio Ledezma, padrastro de su esposa, en 2015-, comparte esta visión: “Jorge acumuló el control legislativo y los canales de negociación. Delcy, la vicepresidencia, la economía, las relaciones exteriores. Cuando había que abrir puertas desde dentro, ellos tenían las llaves”.
Tras la captura de Maduro, ahora los principales poderes del país están en manos de los Rodríguez: ella es la cabeza del Poder Ejecutivo y él, del Legislativo
Izarra califica a los hermanos como “los Fouché de esta historia”, en referencia al político francés que sobrevivió a la Revolución Francesa, al Imperio de Napoleón y a la posterior Restauración. “Su lealtad (la de los Rodríguez) es al poder mismo –a cualquier poder-. No teorizan sobre cómo ejercerlo, tejen cómo sobrevivirlo”.
Hay varios retos por delante para Delcy Rodríguez.
“Los dilemas de la elite autoritaria son múltiples, entre ellos, mantener el control, satisfacer las demandas Estados Unidos y lograr una reconfiguración hacia un ‘chavismo 3.0’ que le permita sobrevivir a esta coyuntura tras la captura de Maduro”, dice a BBC Mundo Maryhen Jiménez, doctora en Ciencias Política por la Universidad de Oxford.
Todo esto mientras hace se enfrenta a una paradoja pues “el chavismo se identificó antimperialita y ahora les toca convivir con el tutelaje de Estados Unidos”, dice Jiménez.
El reacomodo entre actores, con Trump, las diferentes facciones del chavismo y las bases chavistas, “es un equilibrio bastante frágil”.
“Es posible pensar que se van a priorizar perfiles con lealtad personal, que permitan delegar tareas complejas y que permitan transitar este momento”:
La experta en autoritarismos y democratización explica que “necesita hacer concesiones a Estados Unidos, sobre todo en lo económico; a la vez, hay múltiples demandas sociales acumuladas, causadas por el colapso del Estado; así como exigencias de liberalización política, es decir, el cese de la represión de la sociedad y de la oposición”.
Mariano de Alba apunta que el círculo más cercano de Delcy Rodríguez, además de su hermano, es “gente con un vínculo económico y técnico (…) más tecnócrata, pero teniendo como punto de referencia que es el gobierno más tecnócrata al que se podía aspirar dentro del chavismo”.
Uno de los primeros nombres es Félix Plasencia, actual embajador en Reino Unido. La semana pasada distintos medios reportaron que fue enviado por Caracas a Washington para mediar y “avanzar en la reapertura de la embajada de Venezuela”, según reportó The New York Times.
“Plasencia es un hombre de Delcy y de Jorge, no puedes separarlo, sobre todo de ella. Tiene un perfil más limpio, no tiene señalamientos y donde está no puede ser responsable de violaciones de derechos humanos. Es fiel a los hermanos y hará lo que le digan: si tiene que ser moderado, lo será. No es un chavista de los tradicionales, no tienen un verbo tan fuerte”, remarca César Bátiz.
Sobre Plasencia, Mariano de Alba dice que es “una persona con conexiones en el mundo empresarial e internacional”.
Delcy Rodríguez fue la encargada de la política económica con Maduro en la última etapa y a la que se le atribuyó una liberalización que alivió parcialmente la crítica situación del país.
Y lo económico parece ser prioritario en esta nueva etapa.
En ese sentido, otro miembro de su círculo es Calixto Ortega Sánchez, nombrado vicepresidente sectorial de Economía. Antes fue presidente del Banco Central de Venezuela (BCV). Según De Alba, “educado fuera de Venezuela, es una persona muy bien conectada, conoce bien el tema económico y lo maneja con cierta destreza”.
Otros nombres que destaca De Alba dentro del tema económico son Héctor Silva, poco conocido, “abogado especialista en negocios internacionales que viene manejando el tema de la industria minera en el sur de Venezuela”.
Román Maniglia, “presidente de Pequiven -corporación del Estado encargada de producir y comercializar petroquímicos- , fue presidente del Banco Venezuela y una ficha clave de Delcy Rodríguez”.
Así como Anabel Pereira, abogada y economista, vicepresidenta del BCV y ministra de Economía y Finanzas, cargo que empezó con Maduro “gracias a que Delcy le convenció de esa designación”.
“Si veo los nombres en su conjunto, diría que son personas bien preparadas, profesionales, enfocadas no tanto en lo ideológico del chavismo, aunque sí son chavistas, sino más bien en conseguir resultados económicos”, remarca De Alba.
Entre los últimos nombramientos que ha hecho Delcy Rodríguez en los últimos días está el de Gustavo González como Comandante General de la Guardia de Honor Presidencial y máximo responsable de la Dirección General de la Contraniteligencia Militar (DGCIM).
Como explica César Bátiz, “ahora es la mano militar más fuerte de Delcy”, aunque antes, como también apunta el periodista, “era reconocido como persona fiel y gran amigo de Diosdado Cabello”, ministro de Interior. “Ahora, sin embargo, juega a cuadro cerrado con ella”, agrega.
González fue el responsable del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y fue sancionado por Estados Unidos en 2015 durante la presidencia de Barack Obama como “responsable o cómplice de actos significativos de violencia o conducta que constituyen un abuso o violación grave de los derechos humanos”.
Otro nombre que no es nuevo es el de Juan Escalona, quien fue edecán de Chávez y miembro cercano al círculo de Maduro. En los ataques de Estados Unidos del pasado 3 de enero se creyó en un primer momento que había fallecido. Ahora es quien asume el Despacho de la Presidencia.
“No es un cargo pequeño. Tiene mucho acceso y eso es muy extraño. Puede ser un premio de consolación o también puede ser por guardarlas formas. Yo lo menciono como uno de los posibles traidores a Maduro, porque conocía muchos detalles de él”, señala Bátiz.
Otro nuevo nombramiento fue del Miguel Pérez Pirela como ministro de Comunicación, alguien considerado como uno “de los funcionarios afrancesados”. La propia Delcy se formó en Francia y Reino Unido.
“Una elección que puede ser porque, por un lado, tienen pocos cuadros en comunicación y, por otra, que ella (Rodríguez) trate de mostrarse como más moderada. Está en campaña y puede estar buscando ideas frescas”, dice Bátiz.
Cabe recordar que, además de presidenta, Delcy Rodríguez aún ostenta la vicepresidencia ejecutiva y es ministra de Hidrocarburos. Y al control del Ejecutivo, se suma la alianza en el Legislativo con su hermano Jorge al mando.
Pero, además, por los cargos que ostentó antes Jorge, también tienen aliados dentro de otro poder clave: el electoral.
La ONG Transparencia Venezuela publicó un informe que detalla los vínculos de la actual mandataria. Señala como su principal aliado al rector y vicepresidente del CNE, Carlos Quintero Cuevas, “quien ingresó en el ente electoral en septiembre de 2004, mientras Jorge Rodríguez era rector principal”.
En esos movimientos, una de las caídas que destacan es la de Álex Saab, controvertido empresario que estuvo preso en EE.UU. acusado de blanqueo de dinero, devuelto en un intercambio de presos y, hasta ahora, ministro de Industrias y Producción Nacional.
Bátiz destaca la salida de esta figura “muy vinculada a Maduro, protegido de él” como un mensaje para el exmandatario.
“Si yo fuera Maduro y tuviera la esperanza de que Delcy y Jorge me fueran a sacar del brete en el que estoy, este movimiento es un muy mal mensaje”.
Para Izarra esta salida “puede leerse como una concesión (a EE.UU.), pero también como una bomba de tiempo que Washington puede detonar cuando quiera. Saab suelto también es Saab que sabe demasiado”.
Las razones detrás de estos cambios, “hechos en muy poco tiempo”, como señala De Alba, buscan “un cierto reacomodo con mucho énfasis en el tema económico, sin poder desmontar el tema militar e ideológico”.
“¿Estamos ante un “chavismo 3.0″? No sabemos qué rumbo tomará, pero podemos anticipar una adaptación a esta nueva realidad, que intentarán navegar para mantener el control y resistir. El chavismo pretende seguir existiendo para darse contiuidad histórica”, señala Jiménez.
Para Izarra, el objetivo de la nueva formación de Delcy Rodríguez es “sobrevivir”, por lo que “no puede darse el lujo de rodearse de gente leal a Maduro o con agenda propia”.
Mariano de Alba apunta que hay diferencia con la vieja guardia militar chavista en este círculo de poder y que el objetivo es “conseguir resultados, dar una mayor garantía de mejor administración, mejor eficiencia, mejora económica y, con ello, usar los ingresos para fines políticos, para recuperar tanto la popularidad como estar en una mejor posición electoral”.
Izarra señala que entre los retos que tendrá que afrontar en esta nueva etapa será “mantener el equilibrio con Diosdado Cabello, que controla el aparato de seguridad y puede desatar el caos si decide que le conviene; satisfacer a Washington sin perder la fachada de soberanía que necesita para sobrevivir internamente y evitar la presión popular o de la oposición que encuentren un hueco para desafiarla”.
Aunque diferente, De Alba no señala a Delcy Rodríguez como moderada: “Quienes la conocemos sabemos que tiene un perfil bastante combativo. Ahora, dentro del chavismo sí que representa un ala que no es la más ideologizada y su facción es la más abierta a negociar ciertas concesiones; quiere enfocarse en estabilizar la economía”.
Rodríguez está aún sancionada por la Unión Europea por acciones contra la democracia y el Estado de Derecho, por violaciones de derechos humanos y represión de la sociedad civil y la oposición en el país.
La nueva presidenta parece haber iniciado cambios que satisfacen a Trump. Y a la vez dice que defiende el regreso del “secuestrado” Maduro. Un equilibrio difícil que muestra, como dice Jiménez, que Venezuela está en “un momento incierto, también para el gobierno”.
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