
Pasó el día primero de diciembre y como cada año, llegó la mañana siguiente y aproximadamente 400,000 personas en México nos despertamos con la certeza de que seguimos viviendo con VIH.
El día mundial del SIDA (nombre oficial propuesto por las Naciones Unidas en 1988) fue creado para visibilizar las problemáticas de un estado de salud que ha sido atravesado por un estigma social que nació de la desinformación y los prejuicios.
Este año no es diferente; sin embargo, contemplando el panorama regional y algunos eventos nacionales se vuelve urgente recalcar la importancia de este día. En Estados Unidos la Casa Blanca por directriz no recordó la fecha, acto que va alineado con la elección de Donald Trump de recortar programas y agencias internacionales en temas de VIH, y seleccionar a un secretario de salud que se ha esforzado en decir que el VIH “no existe”.
En Argentina, donde años atrás se había publicado una innovadora ley de VIH y Tuberculosis que protegía la salud de muchas personas, el presidente actual Javier Milei decidió retroceder y recortar, también, programas de VIH, eliminando por completo la Profilaxis Pre-Exposición del presupuesto de salud de su país.
En México tenemos un panorama distinto. El día primero de diciembre las instituciones y nuestro gobierno dieron algunas noticias importantes. Se firmaron 5 acuerdos entre diversas instituciones encabezadas por el secretario de Salud, David Kershenobich, para fortalecer la respuesta al VIH. Estos acuerdos (en su mayoría enfocados a la prevención) contienen logros muy importantes, como un plan de vacunación para MPOX y un protocolo para que pacientes que viven con VIH y que pierden o ganan derechohabiencia continúen en su tratamiento, así como acciones y presupuesto para ampliar la cobertura de PrEP en el país.
Sin embargo, nada de esto está en las noticias, por el contrario. Tenemos noticias sobre datos (interpretados con una enorme libertad editorial) utilizados para alarmar a una población ya desinformada. Entiendo, el morbo y la polémica venden más que la información, no es nada nuevo aquí. Pero ¿dónde entra la ética del periodismo cuando esta polémica es a costa de las vidas de las personas? ¿De su salud? ¿O a costa de estigmatizar a una población que ya sufrimos discriminación?
En el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED) este año se presentó el documento “Salutismo. Análisis sobre la discriminación en el trabajo por estado de salud en la CDMX“, en el cual vislumbramos una realidad latente: las personas que vivimos con VIH somos uno de los grupos de población que más sufrimos violencia laboral de la mano con las personas con discapacidad. Esto se une al dato de la última Encuesta Nacional sobre Encuesta Nacional de Discriminación (ENADIS-2022), donde aprendimos que uno de los grupos de población con más índices de desempleo somos las personas que vivimos con VIH.
Esto, solo por poner algunos datos, pero la violencia se extiende en los ámbitos familiares, en los espacios de salud y en la relación sexo-afectiva.
Por eso, la marcha que sucedió la noche del primero de diciembre cobra una importancia especial: la de retomar nuestra realidad y contarla bajo nuestros propios términos, de no dar pasos atrás en el territorio que las luchas sociales han conquistado en el pasado. El acceso a tratamiento, el acceso universal al mismo, las Clínicas Especializadas Condesa en CDMX y los Centros Ambulatorios para la Prevención y Atención del SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual en México (Capasits) en el resto del país, son fruto de la presión social coordinada con la voluntad política e institucional. Nada ha sido un regalo y nada está asegurado. Por eso es importante recordar, año con año, que seguimos aquí.
Para finalizar quisiera aclarar algunos puntos de desinformación que se han compartido en los últimos meses, con la esperanza de que esto llegue a un número de personas suficientes.
1. Sí, hay un aumento de casos de VIH en México. Esto no es necesariamente algo malo si lo contrastamos con el hecho de que nunca antes se había tenido tanto acceso a la detección y prevención. Estamos detectando a las personas que antes no se detectaban; gracias a modificaciones en la Norma Oficial Mexicana (NOM) y la coordinación de sociedad civil con sector salud, juventudes pueden acceder a la prueba sin la necesidad de un tutor. Esto hace que puedan tener un diagnóstico y tratamiento oportunos, por poner un ejemplo. Entre más personas detectadas tengamos, más personas podrán acceder al tratamiento y más personas podrán controlar su carga viral y ser indetectables para así, no transmitir el virus.
2. El VIH no se puede contagiar por besos, picaduras de mosquito o alimentos “infectados” con el virus. El VIH solo se puede transmitir a través de semen, sangre, líquido preseminal y fluídos vaginales cuando hay cargas de virus muy altas en las personas. Una persona que está en tratamiento no puede transmitir el virus.
3. El VIH no es una enfermedad mortal, es un estado de salud controlado por un tratamiento cuya adherencia asegura una calidad y esperanza de vida similares a las personas que no viven con el virus.
Por el momento lo dejo ahí. Finalizo puntualizando que en 2026 el reto de vivir con VIH no es el virus que nos habita, el reto está en derribar los prejuicios y estigmas que la sociedad impone sobre nuestras vidas.
*Misael Muñoz es coordinador de comunicación social en Inspira Cambio A. C. e integrante de la Asamblea Consultiva del Copred.

Sobrevivientes al ataque de EU en Venezuela que condujo a la captura de Nicolás Maduro cuentan sus testimonios. Rosa González murió por el impacto de un misil estadounidense en su casa.
Eran las 2:00 de la mañana cuando un proyectil cayó en su departamento. “La onda explosiva me tiró contra la pared”, recuerda Wilman González.
Tirado en el suelo, abrió los brazos mirando al cielo y se despidió: “Dios, perdona todos mis pecados”.
En ese instante, recuerda, “sentí que había muerto”. Momentos después se dio cuenta que tenía enterrada en su cara una astilla de madera que se había desprendido de la puerta.
“Como pude me la saqué y fui a atender a mis hermanos que estaban aturdidos por el impacto”, cuenta a BBC Mundo el electricista de 54 años.
Aún con el pómulo derecho morado, apenas puede creer lo que le pasó a él y su familia este 3 de enero, cuando las fuerzas militares estadounidenses atacaron Venezuela y capturaron al presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
Wilman vivía en el Bloque 12, un antiguo edificio ubicado muy cerca de una importante base militar de Venezuela, la Academia de la Armada Bolivariana, en la ciudad costera Catia La Mar, estado de La Guaira, a unos 35 kilómetros por carretera de Caracas.
Habitado principalmente por personas de edad avanzada en un barrio popular, el Bloque 12, o lo que queda de él, es ahora un símbolo de uno de los mayores acontecimientos ocurridos en la historia reciente de Venezuela: el bombardeo de Estados Unidos ordenado por el presidente Donald Trump.
Y es uno de los edificios civiles afectados en un ataque que principalmente tuvo como objetivo instalaciones militares y de comunicaciones.
Mientras Maduro permanece detenido en una cárcel de Nueva York acusado por cargos relacionados con narcoterrorismo, la presidenta interina del país, Delcy Rodríguez, es quien asumió esta semana las riendas del país bajo la tutela de EU.
Según el ministro del Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, la operación causó la muerte de unas 100 personas, incluyendo civiles y militares.
Wilman es uno de los sobrevivientes, pero su tía Rosa, de 79 años, que dormía en la habitación del lado, no tuvo la misma suerte.
“Ella empezó a gritar: ‘Ay, me duele, me duele el brazo’ (…). Había una lavadora encima de ella. Una lavadora que con el impacto voló y le cayó encima”, cuenta su sobrino que, con dificultad, logró sacarla y sentarla en una silla.
Fue en ese momento cuando la mujer le dijo que no podía respirar.
Desesperados, los familiares llevaron a Rosa González a un hospital donde recibió atención médica de urgencia. Pero pese a todos los esfuerzos, fue demasiado tarde.
Con el ataúd semi abierto para decirle adiós, dos días después del bombardeo, familiares y amigos velaron a Rosa en una pequeña capilla de paredes blancas frente a una estatua de Jesucristo en la cruz.
Wilman, que por ahora está viviendo en la casa de un cuñado, se para frente al que alguna vez fue su hogar y mira los escombros sin explicarse lo que pasó. “Mira cómo quedó… No es justo, no es justa esta vaina”, dice profundamente molesto, mientras señala los restos del Bloque 12.
“La parte más grande del proyectil quedó en el cuarto de mi tía”.
Los restos del misil estadounidense, cuenta, se los llevó el gobierno. Pero el trauma de la experiencia se queda. “Estamos asustados, nosotros nunca hemos estado en una guerra”, cuenta desconsolado.
“Señores, ¡no a la guerra, no a la guerra!. La guerra no hace falta, lo que hace falta es comer, vivir”, grita con rabia frente al edificio. Lo único que hay frente a sus ojos son paredes demolidas, vidrios quebrados, trozos de objetos personales, y los restos de una vida que nunca volverá a ser como antes.
Su vecino, Jorge Cardona, de 70 años, estaba en la sala de su departamento cuando cayó el misil.
De repente, sintió un ruido y luego vino el impacto. “Escuché la explosión y la llamarada de candela y todo voló”.
Quedó tirado en un pasillo. “La pared del vecino se vino para mi casa y se llevó muebles, se llevó todo”. Cuando logró reaccionar, comenzó a sacudirse el polvo y los escombros que habían caído sobre su cuerpo. Rápidamente se puso un pantalón y unos zapatos, y fue a hablar con los vecinos.
“Yo pensé que nos estaban atacando, pero nunca pensé que me iban a atacar a mí”. El proyectil, cuenta, “pegó en la platabanda (techo) de arriba, en el pasillo, y pasó por la ventana del baño de los vecinos”.
“Estamos vivos de milagro”, le dice a BBC Mundo. “Fue algo que se vive una sola vez en la vida y se ve nada más en las películas de Hollywood, donde el muchacho se salva”.
Jesús Linares, de 48 años, estaba durmiendo cuando un zumbido fuerte lo despertó. Lo primero que se le vino a la cabeza es que podía tratarse de un fuego artificial de las celebraciones de fin de año.
Pero cuando llega el impacto, su hija de 16 años, que estaba durmiendo en la misma habitación, le preguntó: “¿Papá qué pasa?”. Él le contestó: “Hija, nos están invadiendo”.
En ese momento la sacó de la cama y mientras iba camino al cuarto de su madre, sintió un nuevo zumbido. Era el misil que impactó el edificio, destruyendo la entrada principal de su casa.
“La onda expansiva me arrojó al piso y sentí que algo me golpeaba la cabeza. Cuando me levanté le grité a mi hija: ‘¡Al suelo, tírate al suelo!'”.
Descalzo, pasó por encima de unos vidrios para buscar zapatos y alcanzó a empacar alguna ropa para él, su hija, y su madre, de 85 años. Luego entró al departamento de su vecina y la encontró tirada en el suelo, totalmente desorientada y con heridas en el cuerpo.
Coronel de bomberos, con 28 años de servicio en la institución, Jesús se dio cuenta que la mujer requería ayuda inmediata. Con una sábana improvisó un vendaje en la cabeza y otro en la pierna para detener la hemorragia.
Su madre y su hija, afortunadamente, solo quedaron con traumatismos leves.
Recordando lo que pasó esa noche, llega a la conclusión de que automáticamente había aplicado el protocolo que se utiliza en caso de un terremoto. Eso le permitió rescatar con vida a su vecina y ponerse a resguardo junto a sus parientes.
Ahora está colaborando en las tareas de reconstrucción del Bloque 12 y permanece alojado en la casa de un familiar junto a su hija y su madre, con la expectativa de volver a su hogar.
Y aunque Jesús está acostumbrado a lidiar con situaciones difíciles, la caída del misil en su edificio le ha dejado algunas secuelas.
Desde el ataque, Jesús se levanta todos los días a eso de las 2:00 de madrugada, la hora en que el proyectil impactó en su vivienda.
A esa hora, “retrocede la película”, y recuerda lo que vivió el día en que Estados Unidos atacó Venezuela e impactó al Bloque 12.
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