
Con consignas en contra de la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, decenas de personas se manifestaron este martes frente a la embajada estadounidense en la Ciudad de México, donde denunciaron una violación al derecho internacional y exigieron respeto a la soberanía del país sudamericano.
Durante la manifestación, diversas voces tomaron los micrófonos instalados frente a la sede diplomática. Entre ellas destacó la de Nydia Egremy, internacionalista mexicana, quien aseguró que el “ataque viola todas las normas del derecho internacional” y que se trataba de una acción anunciada tras el incremento del hostigamiento de tropas militares estadounidenses en la región del mar Caribe, de acuerdo con denuncias difundidas en semanas recientes por analistas y gobiernos aliados de Venezuela.
Además de banderas y carteles en contra del “intervencionismo estadounidense”, algunos manifestantes realizaron pintas sobre la reja que resguarda la embajada, sin que se reportaran enfrentamientos o incidentes mayores con elementos de seguridad. Las consignas apuntaron tanto al rechazo de cualquier acción militar extranjera como a la exigencia de respeto a la soberanía venezolana.

“En este momento, lo más importante es la presentación con vida de Nicolás Maduro y de Cilia Flores”, aseguró Ali Duarte, periodista e internacionalista, quien también advirtió que los mensajes lanzados desde Washington no solo afectan a Venezuela, sino al continente y a México porque las declaraciones recientes del expresidente Donald Trump, en las que acusa que México es gobernado por el narcotráfico y que la presidenta Claudia Sheinbaum “tiene miedo”, forman parte de una narrativa que, dijo, busca justificar presiones e intervenciones en la región.

A la par de las protestas frente a la embajada de Estados Unidos, en los alrededores de la embajada de Venezuela en México también se registraron concentraciones, aunque con un tono distinto.
Ahí, un grupo de venezolanos residentes en el país acudió para expresar su respaldo a la operación militar estadounidense en Caracas y a la captura de Nicolás Maduro. Entre ellas se encontraba Catarina Rivas, originaria de Venezuela y quien vive en México desde hace tres años.
La manifestante aseguró que, para muchos venezolanos que tuvieron que dejar su país, la acción militar no representó una sorpresa, sino “una operación impecable” que, destacó, dejó “saldo blanco”.

Describió lo ocurrido como “un renacer, como el ave Fénix”, y consideró que debe abrir paso a “una transición integrada por estadounidenses y venezolanos, porque Venezuela tiene que ser liderada por venezolanos”.
En el mismo punto, las posturas encontradas comenzaron a elevar los ánimos entre los grupos que se fueron congregando. Venezolanos que celebraban la caída del mandatario se encararon verbalmente con manifestantes mexicanos que rechazaban la intervención militar de Washington, lo que obligó a elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana capitalina a desplegarse para evitar que los gritos y consignas derivaran en incidentes mayores.
Entre las voces venezolanas que manifestaron su inconformidad con el grupo de mexicanos presentes estuvo Estefany Silva, quien dijo sentirse “desconcertada” al ver protestas en contra de la operación militar por parte de personas que “no son venezolanos”.
“Nosotros tenemos 26 años deseando y anhelando que este momento llegara”, afirmó. Sobre la situación en su país tras la captura de Maduro, señaló que, aunque todo es “muy reciente”, los hechos la “contentan muchísimo”.

El gobierno de México condenó este sábado el ataque de Estados Unidos a Venezuela y advirtió que cualquier “acción militar pone en grave riesgo la estabilidad regional”.
A través de sus redes sociales, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, citó el Artículo 2, párrafo 4 de la Carta de las Naciones Unidas, donde hace referencia al uso de la fuerza.
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Indicó que los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, deben de abstenerse de recurrir a la “amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.
En tanto, la cancillería hizo un llamado urgente a respetar el derecho internacional, los principios y propósitos de la Carta de la ONU, y a cesar cualquier acto de agresión contra el gobierno y pueblo venezolanos.
Pidió a la Organización de las Naciones Unidas a actuar inmediatamente para contribuir a la “desescalada de las tensiones, facilitar el diálogo y a generar condiciones que permitan una solución pacífica, sostenible y conforme al derecho internacional”.

Fuerzas de Estados Unidos capturaron este sábado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y lo sacaron del país tras un “ataque a gran escala” que el mandatario estadounidense, Donald Trump, dijo haber seguido de cerca como un “show televisivo”.
Tras una hora de intensos bombardeos en Caracas y varias regiones de Venezuela, Trump anunció que Maduro responderá ante un tribunal de Nueva York por cargos de narcotráfico y terrorismo, y advirtió que no permitirá que nadie de su círculo retome el poder.
Maduro fue acusado formalmente de narcotráfico por la justicia estadounidense en 2020, y el departamento de Estado ofrecía por él una recompensa de 50 millones de dólares.

Sobrevivió casi 13 años en el poder en uno de los momentos más delicados en la historia de Venezuela, hasta que fue capturado el 3 de enero en una operación militar estadounidense.
Nicolás Maduro sustituyó en 2013 como presidente de Venezuela al político latinoamericano más carismático del siglo XXI, Hugo Chávez, y sobrevivió por más de una década al frente de un países en crisis.
Resistió a la peor crisis humanitaria y económica de la historia reciente de Venezuela, al éxodo de millones de venezolanos y a repetidas presiones de la oposición, organismos internacionales y otros países para ceder el poder ante denuncias de autoritarismo y erosión democrática.
No resistió, sin embargo, a una operación militar relámpago este sábado en la que fuerzas estadounidenses lo capturaron junto a su esposa, Cilia Flores.
Su aprehensión y traslado a EE.UU. se produce meses después de que la administración de Donald Trump incrementara la presencia militar en el Caribe y advirtiera sobre un ataque contra el gobierno de Maduro, al que acusa de estar vinculado al narcotráfico.
“Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han sido acusados en el Distrito Sur de Nueva York. Nicolás Maduro ha sido imputado por conspiración de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos, y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra Estados Unidos”, anunció en X la fiscal general estadounidense, Pam Bondi.
“Pronto enfrentarán todo el peso de la justicia estadounidense en suelo estadounidense y en tribunales estadounidenses”, añadió.
Terminan así casi 13 años de Maduro en el poder, marcados por múltiples crisis y supervivencias constantes a momentos en que parecía estar en jaque.
Tras Hugo Chávez y el dictador Juan Vicente Gómez, quien murió en 1935, nadie, salvo Maduro, estuvo más años al frente de Venezuela.
Una historia turbulenta que arrancó el 8 de diciembre de 2012.
Ese día, el mundo vio por última vez a Chávez, que iba y venía de La Habana a Caracas para tratarse un cáncer.
Tras meses de incertidumbre y ausencias, Chávez nombró a su sucesor en televisión.
“Si algo ocurriera que me inhabilitara de alguna manera, Nicolás Maduro no sólo en esa situación debe concluir como manda la Constitución el periodo, sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que en ese escenario, que obligaría a convocar a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”.
El entonces vicepresidente Maduro, sentado a su izquierda, mostraba un gesto entre el temor y la preocupación. Chávez lo elegía. Y lo hacía porque el líder ya no sería más presidente. En marzo de 2013 fue Maduro el que anunció la muerte del comandante.
Chávez elogió a Maduro, al que conoció cuando estaba en la cárcel de Yare, donde cumplió dos años de condena tras el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.
En sus visitas a la prisión el actual presidente también se encontró con Cilia Flores, que ejercía como una de las abogadas del comandante y que acabó convirtiéndose en su esposa y una figura silente a la que muchos atribuyeron una gran influencia en el gobierno.
De Maduro, Chávez alabó su “don de gentes” y lo llamó “un revolucionario a carta cabal, de gran experiencia a pesar de su juventud”.
Entonces a sus 49 años, Maduro era un hombre de confianza que ya había sido presidente del Parlamento, canciller y vicepresidente.
A algunos sorprendió el nombramiento de Maduro como sucesor por delante del militar Diosdado Cabello, hoy ministro de Interior, y del poderoso expresidente de la estatal PDVSA Rafael Ramírez.
No fue una sorpresa para los que vieron el progresivo ascenso de Maduro y sus constantes viajes a La Habana a reunirse con el convaleciente Chávez.
Chávez vio en él al civil que debía continuar la revolución bolivariana. Un hombre pragmático, no un radical. Con capacidad de negociación y de cumplir tanto en un mitin político en la calle con ropa informal como en los despachos vestido de traje y corbata.
En 2018, cuando ganó unos comicios que revalidaron su primer mandato, un exfuncionario del gobierno le advirtió a BBC Mundo que a Maduro se le tendía a subestimar porque no estudió ni tiene un recorrido intelectual.
“Se tiende a pensar que es un bruto”, dijo esa fuente bajo condición de anonimato. Sus rivales de la oposición lo llamaban “Maburro”.
El menosprecio se convirtió en un arma a favor que el presidente utilizó prácticamente durante toda su presidencia, incluso cuando Trump le advertía una y otra vez sobre la proximidad de su fin y Maduro aparecía bailando en público y contestando al estadounidense, jocoso, que “war, no; peace, yes” (guerra, no; paz, sí”.
Maduro anunció la muerte de Chávez el 5 de marzo de 2013. Lideró el funeral y las jornadas de duelo. Y sin apenas tiempo, se embarcó en la campaña para la elección de abril, en la que se impuso por un estrecho margen a Henrique Capriles.
Muchos cantaron fraude, pero Maduro se instaló en Miraflores.
Su tarea era hercúlea: no sólo intentar suplir el carisma y la devoción de Chávez, sino afrontar un panorama económico muy diferente y que el propio comandante ya había atisbado.
En el gobierno de Chávez se pensaron propuestas macroeconómicas en un momento en el que los precios del petróleo iniciaban la desaceleración.
Al morir el comandante, la tarea de aplicar reformas, como la del sistema cambiario, quedó eventualmente en manos de Maduro.
Pero el excanciller, con un liderazgo mucho más débil que su antecesor y en el centro de varias facciones, no fue el reformista que prometió ser.
En 2014 se desplomaron los precios del petróleo y se detonó la terrible crisis que hasta hoy azota a los venezolanos.
Analistas criticaron entonces una inacción gubernamental en un momento crítico.
Durante su mandato, Maduro dejó importantes tareas de gestión a altos mandos del Ejército, a los que encomendó la importación de alimentos y productos básicos y hasta la dirección de la petrolera PDVSA, la fuente más robusta de ingresos del país.
La influencia de los uniformados no evitó, sin embargo, cierto descontento en los cuarteles, conspiraciones, ruido de sables y detenciones.
Desde aquellos años, Maduro pareció vivir permanentemente en el alambre.
En 2015, la oposición logró una amplia mayoría en las elecciones a la Asamblea Nacional (AN) por primera vez desde la llegada de Chávez al poder en 1999.
Con 107 escaños obtenidos por la opositora Mesa de la Unidad Democrática frente a los 55 del gobernante PSUV, la alternativa estaba facultada para aprobar leyes y nombrar miembros de otros poderes públicos como magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), rectores del Consejo Nacional Electoral o altos funcionarios como el Fiscal General de la República, sin tener que contar con votos del oficialismo.
Aquel revés electoral no encontró a Maduro y el oficialismo desprevenidos.
En las semanas festivas de diciembre previas a la instalación de la nueva AN en enero de 2016, Maduro nombró nuevos magistrados del TSJ, institución afín al gobierno desde la cual se bloquearía la posibilidad de que la AN ejerciera sus potestades constitucionales.
Entre otras medidas, el TSJ suspendió la toma de posesión de tres diputados indígenas -con los que la oposición alcanzaba su mayoría calificada- y, luego, declaró a la AN en desacato, dando así por inválidas todas sus decisiones.
Figuras emblemáticas del chavismo, como la entonces ex Fiscal General, Luisa Ortega Díaz, rompieron con el gobierno, mientras el ex secretario general de la OEA, Luis Almagro, habló de “autogolpe”.
Distintos gobiernos de la región como Perú, Colombia, Uruguay, Brasil, Argentina y Chile cuestionaron en duros términos lo ocurrido.
Para octubre de 2016, el TSJ ya había emitido 27 sentencias que bloqueaban el trabajo del Legislativo.
Ese año, al cumplirse la mitad del periodo de gobierno de Maduro, se abría la posibilidad constitucional de convocar un referendo revocatorio para sacarlo del poder, pero estos esfuerzos de la oposición fueron bloqueados por los tribunales, que también impidieron los intentos de la AN de someter al mandatario a un juicio político.
En marzo de 2017, la oposición denunció un “golpe de Estado” y la “ruptura definitiva” del orden constitucional en el país después de que el TSJ emitiera una sentencia en la que básicamente se adjudicaba las facultades que le correspondían a la Asamblea Nacional, mientras esta se mantuviera en “desacato”.
Aunque el TSJ “corrigió” la sentencia en 72 horas, el malestar propició una oleada de protestas que se extendió por cuatro meses dejando unos 120 muertos.
El gobierno respondió con represión, pero también con sus propias manifestaciones multitudinarias.
Sin embargo, su arma más efectiva para desactivar a la oposición sería la convocatoria a unas elecciones regionales (ante las cuales la oposición se dividió) y una Asamblea Nacional Constituyente “plenipotenciaria” que le dio el control de un órgano legislativo que en teoría se encontraba por encima de los poderes constituidos.
Ambos comicios estuvieron marcados por señalamientos de fraude, incluyendo las denuncias de la empresa de software electoral Smartmatic que dijo que las cifras en la elección de la Constituyente habían sido manipuladas.
La represión, el cansancio por las protestas y la constatación de que el gobierno se mantenía inamovible ayudaron a Maduro a salir de este periodo convulso.
El año terminó con el inicio de una mesa de diálogo entre el gobierno y la oposición en República Dominicana que terminaría sin acuerdo en febrero de 2018.
En enero de 2019, Maduro se juramentó para un segundo mandato tras haber ganado las elecciones presidenciales de mayo de 2018, realizadas sin la participación de la mayor parte de la oposición y considerada como fraudulentas por EE.UU., la Unión Europea y más de una decena de países latinoamericanos.
Esa juramentación de Maduro disparó un proceso inédito: partiendo del principio de que las elecciones no eran válidas y de que Maduro no era un presidente legítimo, la oposición argumentó que había una vacante absoluta en la presidencia, por lo que decidió aplicar el artículo 233 de la Constitución.
Este señala que en estos casos el presidente de la Asamblea Nacional asumirá la presidencia de forma interina y convocará a elecciones en un periodo de 30 días.
El 23 de enero, el opositor Juan Guaidó, presidente de la AN, se declaró como “presidente encargado” de Venezuela, fijándose como objetivos “el cese de la usurpación, un gobierno de transición y elecciones libres”.
Guaidó recibió el reconocimiento del gobierno de Trump en EE.UU. y, tras este, de decenas de países de Europa y América Latina hasta llegar a sumar más de medio centenar.
El reconocimiento del gobierno interino vino acompañado de una máxima presión que buscaba forzar un cambio en Venezuela. Trump impuso sanciones sobre la industria petrolera venezolana, principal fuente de ingresos para el Estado.
La producción petrolera venezolana cayó drásticamente hasta ubicarse por debajo de los 500.000 barriles diarios, mientras el gobierno de Maduro perdió el control de millonarios activos que Venezuela tenía en el extranjero como la petrolera Citgo en EE.UU. o 30 toneladas de oro que el país tiene depositadas en el Banco de Inglaterra.
En la madrugada del 30 de abril de 2019, acompañado de un grupo de militares venezolanos y del dirigente opositor Leopoldo López, que acababa de ser liberado de su prisión domiciliaria por agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), Guaidó transmitió un mensaje desde los alrededores de la Base Aérea de La Carlota en Caracas en el que llamaba a los ciudadanos a salir a las calles.
Por unos instantes hubo la impresión de que algo podía ocurrir, pero luego quedó claro que los esfuerzos por lograr una fractura en el respaldo militar al gobierno de Maduro habían fracasado.
Incapaz de forzar ese quiebre, sin posibilidades reales de ejercer la presidencia interina que había reclamado para sí, y sometido de forma constante a la amenaza de detención, el gobierno temporal de Guaidó menguó lentamente.
Desde el 28 de julio de 2024, varios acontecimientos marcaron una especie de cuenta atrás para Maduro en el poder.
Aunque el presidente fue declarado ganador de las elecciones presidencias por el CNE, bajo control oficialista, esos comicios fueron considerados como un hito por la oposición.
A diferencia del CNE, que se negó a presentar resultados detallados y auditables, la oposición divulgó más del 80% de las actas que mostraban como claro vencedor a su candidato, Edmundo González Urrutia.
Eso llevó a un consenso mayoritario entre las democracias occidentales de que la reelección de Maduro era fraudulenta y que González era el presidente legítimo.
Miles de venezolanos, incluso de barrios tradicionalmente chavistas, salieron a protestar a las calles. El gobierno reprimió y encarceló a más de 2.000 personas, según cifras oficiales.
Amenazado, González Urrutia se exilió en España, mientras que la líder de la oposición, María Corina Machado, tuvo que vivir más de un año en la clandestinidad, de la cual solo salió en diciembre de 2025 para recoger en Oslo el Premio Nobel de la Paz.
Con el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 cambiaron las reglas del juego.
Con una estrategia de mano dura para combatir el narcotráfico en América Latina, la administración trumpista acusó a Maduro de tener vínculos con el narcotráfico y liderar el Cartel de los Soles, una supuesta organización designada como terrorista por EE.UU. y que tendría su base en las Fuerzas Armadas de Venezuela.
Durante meses, EE.UU. desplegó lo que Trump llamó “la mayor armada jamás reunida en la historia de Sudamérica” alrededor de Venezuela.
El despliegue incluye al portaviones más grande del mundo, el USS Gerald S. Ford, buques de guerra, un submarino nuclear, cazas F-35 y una fuerza de unos 15.000 efectivos.
Desde septiembre, esas fuerzas han estado atacando lanchas supuestamente cargadas de drogas, matando a al menos 110 personas.
Los ataques se encuentran bajo intenso escrutinio por parte del Congreso de EE.UUU y han sido duramente criticados por defensores de los derechos humanos, que los han calificado como “ejecuciones extrajudiciales”.
Días antes de la captura de Maduro, Roxanna Vigil, investigadora especializada en Seguridad Nacional del Council on Foreign Relations, le advertía a BBC Mundo que la presencia militar estadounidense en el Caribe reducía en gran medida las opciones de Maduro para negociar un acuerdo para solucionar esta crisis.
El gobierno de Maduro había movilizado a las fuerzas militares venezolanas y ordenado el despliegue de armas y medios tácticos, al tiempo que desarrolló una amplia campaña diplomática, contactando a gobiernos aliados como los de Rusia y Turquía, y solicitando la implicación del Consejo de Seguridad de la ONU.
Había analistas que sospechaban que detrás de la campaña de Trump contra el narco en América Latina se ocultaba en realidad una estrategia para un cambio de régimen en Venezuela.
Lo que ya es seguro es que Maduro no seguirá al frente. El conductor de autobús elegido por Chávez para continuar su legado será juzgado en Nueva York tras una operación militar de EE.UU. que recuerda a la que posibilitó la captura del presidente Manuel Antonio Noriega en Panamá en enero de 1990.
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