
Le llaman centro residencial familiar, pero se trata de un recinto en Texas donde familias migrantes con niños esperan encerradas por meses una respuesta a su pedido de asilo bajo las estrictas políticas de Donald Trump en Estados Unidos, con denuncias por condiciones las insalubres.
En enero, en este centro ubicado en Dilley, sur del país y a poco más de 100 km de la frontera con México, estuvo el niño ecuatoriano de cinco años Liam Conejo y su padre Adrián, tras ser detenidos en Mineápolis durante las redadas antiinmigrantes. Ambos fueron liberados tras la intervención de un juez, pero aún arriesgan la deportación.
“El ejemplo de Liam es el típico caso de muchas familias. Estaban en proceso de asilo, cumplían con sus citas judiciales, pero no importó, igual los detenidos”, explicó Javier Hidalgo, director legal de la organización humanitaria Raices. Históricamente, los solicitantes de asilo han esperado su trámite en libertad.

A través de Raices, la AFP accedió a varios testimonios de personas que permanecen en Dilley. En Texas operan los dos centros de detención para familias inmigrantes del país. El otro está en el condado de Karnes.
El de Dilley puede albergar unas dos mil personas. A inicios de febrero, las autoridades de salud admitieron posibles contagios de sarampión allí y dijeron haber puesto en cuarentena a los afectados.
W., haitiana de 34 años, y su hijo de dos ingresaron por la frontera sur mediante una vía regular habilitada por el gobierno de Joe Biden y pidieron asilo. Se instaló en Ohio, pero durante un viaje a Nueva York fueron detenidos por agentes de ICE y trasladados a Dilley en octubre de 2025.
“Mi hijo y yo estamos en prisión, no tenemos privacidad (…) las luces están encendidas día y noche, incluso cuando dormimos (…) No tenemos acceso a agua embotellada o atención médica”, dijo en una declaración a Raíces en noviembre de 2025.
“Una vez hubo reclamos porque sirvieron brócolis con bichos dentro (…) tuvo que venir la seguridad a calmar a la gente”, contó.
Diana, una madre colombiana con una hija de 10 años que padece la enfermedad de Hirschsprung —mal funcionamiento de los intestinos— fue detenida en octubre de 2025 tras vivir en Alabama con un monitor GPS desde 2024. En Dilley, dijo, la dieta inadecuada agrava la condición de su hija.
A veces solo hay frituras, algo que su cuerpo no tolera y le provoca vómitos. Pidió ayuda para mejorar la dieta, pero “la doctora me dijo que ellos no estaban allí para darme comodidad, que estaba detenida y que su única responsabilidad es que no pasamos hambre”.
Crislane, haitiana de 40 años, fue detenida junto a sus tres hijos en Nueva York en agosto de 2025, pese a tener permiso de trabajo, pagar impuestos, ya que sus hijos iban a la escuela. “Es muy difícil dormir aquí, las luces nunca se apagan y el ruido no termina”, contó.
En Dilley también hay familias que trataron de cruzar la frontera en 2025. Vienen de Azerbaiyán, Kirguistán, China, Camerún, Rusia, Honduras o Venezuela.

Este centro de ICE es administrado por la firma privada CoreCivic bajo el nombre de Centro de Procesamiento de Inmigración de Dilley.
“La salud y la seguridad de quienes están bajo nuestro cuidado son la máxima prioridad. Nuestros socios en ICE comparten este compromiso, y trabajamos estrechamente con ellos para garantizar el bienestar de todos quienes están bajo nuestro cuidado”, dijo la firma en una declaración a la AFP.
Pero, para Hidalgo, “desde que un niño entra ya está siendo lastimado y la intención es forzar a las familias a que renuncien a su proceso de asilo” y acepten la deportación.
Una madre egipcia y sus cinco hijos —de 5 a 18 años— llevan ocho meses en Dilley, luego de que el padre, Mohamed Soliman, fue arrestado, acusado de intentar contra una manifestación pro-Israel en Colorado.
Las autoridades investigan si la familia, que entró al país en 2022 pidiendo asilo, estuvo involucrada.
“Hubiéramos querido saber del horrible plan [del padre], para tratar de detenerlo y evitar que lastime a otros”, escribió Habiba, la hija de 18 años, en una carta publicada por el abogado Eric Lee.
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Otro de los hermanos “tuvo apendicitis y pasaron días hasta ser atendido e incluso le dijeron que tomara tylenol”, explicó el abogado Chris Godshall-Bennett. “La comida es terrible, no hay comida apropiada para niños. No van al colegio. Este no es un lugar para niños”, agregó.
La haitiana W. contó que todas las mañanas despierta angustiada. “Lloro todo el tiempo y mi hijo seca mis lágrimas. Oficiales de ICE han llegado y me han pedido que firme mi deportación, pero quiero pelear mi caso. Aún no sé por qué estoy aquí”.

En algunos países la influencia genética en la esperanza de vida parece haberse duplicado. ¿Por qué?
Durante años, la respuesta parecía definitiva: la genética explica entre el 20% y el 25% de la variación en la esperanza de vida humana, y el resto se debe al estilo de vida y al entorno.
Pero un nuevo estudio publicado en Science cuestiona esta perspectiva y afirma sugiere que la contribución genética es considerablemente mayor.
La razón, según los investigadores, es que las estimaciones previas no tenían en cuenta cómo han cambiado las causas de muerte con el tiempo.
Hace un siglo, muchas personas morían por lo que los científicos llaman causas extrínsecas: accidentes, infecciones y otras amenazas externas.
Hoy en día, al menos en los países desarrollados, la mayoría de las muertes se deben a razones intrínsecas: el desgaste gradual de nuestros cuerpos a causa del envejecimiento y enfermedades relacionadas con la edad, como la demencia y las cardiopatías.
Para obtener una visión más clara, el equipo de investigación analizó numerosos grupos de gemelos escandinavos, excluyendo cuidadosamente los fallecimientos por causas externas.
También estudiaron a gemelos criados por separado y a hermanos de centenarios en Estados Unidos.
Al excluir las muertes por accidentes e infecciones, la contribución genética estimada aumentó drásticamente: del habitual 20-25% a alrededor del 50-55%.
El patrón cobra sentido al analizar enfermedades individuales. La genética explica gran parte de la variación en el riesgo de demencia, tiene un efecto intermedio en las enfermedades cardíacas y desempeña un papel relativamente modesto en el cáncer.
A medida que los entornos se vuelven más favorables, las poblaciones envejecen y las enfermedades causadas por el propio proceso de envejecimiento se vuelven más comunes, el componente genético parece naturalmente mayor.
Pero aquí es donde la interpretación se vuelve crucial. Una estimación más alta no significa que los genes se hayan vuelto repentinamente más poderosos, ni significa que solo se pueda influir en la mitad de las probabilidades de llegar a la vejez.
Lo que ha cambiado es el entorno, no nuestro ADN.
Consideremos la estatura humana como ejemplo. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de si se tenía suficiente comida y de si las enfermedades infantiles retrasaban el crecimiento.
Hoy en día, en los países ricos, casi toda la población tiene una nutrición adecuada.
Debido a que estas diferencias ambientales se han reducido, la mayor parte de la variación restante en la estatura se explica ahora por diferencias genéticas, no porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría de las personas ahora alcanzan su potencial genético.
Sin embargo, un niño desnutrido seguirá sin lograr una estatura adecuada, independientemente de sus genes.
El mismo principio se aplica a la esperanza de vida. A medida que hemos mejorado la vacunación, reducido la contaminación, enriquecido la dieta y adoptado estilos de vida más saludables, hemos disminuido el impacto general de los factores ambientales.
Cuando la variación ambiental disminuye, la proporción de variación restante atribuida a la genética —lo que los científicos denominan “hereditabilidad”— aumenta por necesidad matemática.
Las estimaciones anteriores no eran erróneas; simplemente reflejaban circunstancias históricas diferentes.
Esto revela algo fundamental: la hereditabilidad no es una propiedad biológica fija, sino una medida que depende completamente de la población y las circunstancias que se analizan.
La cifra tradicional del 20-25% describía la esperanza de vida tal como se experimentaba en poblaciones históricas, donde las amenazas externas eran importantes.
La nueva estimación del 50-55% describe un escenario diferente, donde dichas amenazas se han eliminado en gran medida, lo que en esencia describe un rasgo distinto.
La cifra principal de una esperanza de vida de alrededor del “50% heredable” corre el riesgo de malinterpretarse, como si los genes determinaran la mitad de las posibilidades de vida de una persona.
En realidad, la contribución genética en un individuo determinado puede variar de muy pequeña a muy grande, dependiendo de sus circunstancias.
Existen innumerables caminos hacia una larga vida: algunas personas tienen perfiles genéticos robustos que las protegen incluso en condiciones difíciles, mientras que otras compensan una genética menos favorable con una excelente nutrición, ejercicio y atención médica.
Cada persona representa una combinación única, y muchas combinaciones diferentes pueden resultar en una longevidad excepcional.
Las combinaciones más comunes dependen completamente de la población y de las circunstancias en las que las personas viven y envejecen. A medida que las causas externas de muerte continúan disminuyendo en el mundo real, aunque no desaparecerán por completo, será fascinante observar cómo evolucionan estos patrones.
Los autores de este último estudio admiten que aproximadamente la mitad de la variación en la esperanza de vida aún depende del entorno, el estilo de vida, la atención médica y procesos biológicos aleatorios, como la división celular descontrolada en el cáncer.
Su trabajo, argumentan, debería renovar los esfuerzos para identificar los mecanismos genéticos involucrados en el envejecimiento y la longevidad.
Comprender cómo interactúan los diferentes factores genéticos con los diferentes entornos es probablemente la clave para explicar por qué algunas personas viven mucho más que otras.
El estudio ofrece información valiosa sobre cómo los diferentes tipos de mortalidad han moldeado nuestra comprensión de la esperanza de vida.
Sin embargo, sus resultados se entienden mejor como una muestra de cómo cambia la hereditabilidad en diferentes contextos, en lugar de establecer una contribución genética única y universal a la longevidad.
En definitiva, tanto los genes como el entorno importan. Y, quizás aún más importante, importan juntos.
Así que, independientemente de si esto parece una buena o mala noticia, probablemente nunca obtendrás una respuesta sencilla sobre qué parte de tu esperanza de vida está determinada únicamente por los genes.
* Karin Modig es profesora asociada de epidemiología del Instituto Karolinska, Suecia. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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