
Hillary Clinton, exsecretaria de Estado, declara este jueves a puerta cerrada ante un comité del Congreso sobre sus vínculos con el fallecido delincuente Jeffrey Epstein y con su cómplice Ghislaine Maxwell, exsocialité británica condenada por la red de tráfico sexual.
Su marido, el expresidente Bill Clinton, está citado mañana para responder a preguntas por parte del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, controlado por los republicanos.
Epstein murió en una celda de una cárcel de Nueva York en 2019 mientras esperaba ser juzgado. Desde hace años, fotos y documentos en los que aparece Bill Clinton en el avión privado de Epstein o en fiestas han salido a la luz pública.
Los Clinton habían rechazado inicialmente los citatorios que les ordenaban testificar en la investigación del comité, pero la influyente pareja demócrata acabó accediendo después de que los republicanos de la Cámara amenazaran con declararlos en desacato al Congreso.
Bill Clinton y el presidente Donald Trump, ambos de 79 años, aparecen de forma destacada en el más reciente lote de documentos gubernamentales difundidos en relación con Epstein, pero cada uno ha señalado que rompió lazos con el financiero antes de su condena en 2008 en Florida como delincuente sexual.
La sola mención en los archivos no constituye prueba de haber cometido un delito.
Pero tanto los demócratas, que consideran que la investigación no está siendo transparente, como los republicanos, que acusan a los Clinton de mantener una turbia amistad con Epstein y su socia Maxwell, se acusan mutuamente de manipulación de pruebas.
Los Clinton reclamaron que sus declaraciones fueran públicas, pero el comité insistió en interrogarlos a puerta cerrada, una decisión que Bill Clinton calificó de “pura política” y comparable a un “tribunal de opereta”.
Los testimonios a puerta cerrada acostumbran a ser habituales en comisiones de investigación, puesto que permiten plantear al testigo preguntas más incisivas, que por motivos legales no pueden ser realizadas ante la prensa.
Hillary Clinton, de 78 años, quien perdió las elecciones presidenciales de 2016 frente a Trump, afirmó en una entrevista con la BBC la semana pasada que ella y su esposo “no tienen nada que ocultar”.
La expolítica dijo que se reunió con Maxwell “en unas cuantas ocasiones”, pero que nunca tuvo interacciones significativas con Epstein. Más problemáticas son las recientes fotos de su marido, Bill Clinton, quien aparece en lugares como una piscina, supuestamente en compañía de mujeres jóvenes.
Los testimonios tendrán lugar en Chappaqua, Nueva York, donde residen los Clinton y donde decenas de periodistas se han congregado para cubrir la inédita audiencia.
Las medidas de seguridad son importantes, y se espera que los Clinton entren a la sala de la declaración por una puerta lateral protegida por una carpa blanca.

Bill Clinton reconoció que voló en el avión de Epstein varias veces a principios de los años 2000 para trabajos humanitarios relacionados con la Fundación Clinton, pero afirmó que nunca visitó la isla privada caribeña de Epstein.
Ghislaine Maxwell, de 64 años, es la única persona que ha sido condenada por un delito en relación con el fallecido financiero. La exasociada de Epstein cumple una pena de 20 años de prisión por tráfico sexual.
Maxwell compareció por videoconferencia ante el Comité de Supervisión de la Cámara a principios de este mes, pero se negó a responder a ninguna pregunta, invocando su derecho a no autoincriminarse.
Su abogado, David Markus, dijo que Maxwell estaría dispuesta a hablar públicamente si Trump le concediera el indulto. Markus también afirmó que Trump y Bill Clinton son “inocentes de cualquier irregularidad”.
“Solo la señora Maxwell puede explicar por qué, y el público tiene derecho a esa explicación”, señaló.
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Epstein cultivó una red de poderosos ejecutivos empresariales, políticos, celebridades y académicos, y la publicación de los archivos ha tenido repercusiones en todo el mundo, incluidas las detenciones en el Reino Unido del expríncipe Andrés y de Peter Mandelson, el exembajador ante Estados Unidos.
Varios estadounidenses prominentes han visto dañada su reputación por su relación con Epstein y han renunciado de sus cargos, pero nadie aparte de Maxwell ha afrontado consecuencias legales.

La risa “inapropiada” suele interpretarse como grosería o infantilismo. Pero desde una perspectiva neurológica, es una consecuencia predecible de la inhibición emocional prolongada.
No creo haberme reído nunca tanto como durante un servicio religioso, cuando algo ligeramente ridículo me llamó la atención. Mi amiga también lo vio, y cuando se empezó a reír, ya no pudo parar. Años después he intentado explicar qué fue tan gracioso, pero parece que había que estar allí. ¿Qué tenía la combinación de la situación -a veces llamada “risas de iglesia”- y la risa compartida que la hacía tan graciosa?
La mayoría de la gente reconoce la experiencia. Un ambiente solemne. Silencio absoluto. Un detalle visual fugaz que, en cualquier otro contexto, es apenas divertido en el mejor de los casos. Sin embargo, cuanto más intentas reprimir la risa, más incontrolable se vuelve. Cuando alguien más la nota, contenerse se vuelve casi imposible.
Este tipo de risa, que surge cuando intentas no reírte, no se limita a los espacios religiosos. Ocurre en cualquier entorno donde el silencio, la seriedad y el autocontrol se imponen con fuerza y la risa descontrolada está mal vista.
Más que una cuestión de mala educación o falta de madurez emocional, nos dice algo sobre cómo se comporta el cerebro bajo presión. La ciencia que lo sustenta es sorprendentemente compleja.
En entornos muy formales (iglesias, tribunales, funerales), el cerebro opera en un estado de inhibición activa. Este es el proceso mediante el cual el cerebro suprime deliberadamente la actividad cerebral.
La región más involucrada es la corteza prefrontal, la parte del pensamiento y la toma de decisiones en la parte frontal del cerebro, en particular sus áreas medial y lateral. Estas áreas gestionan el juicio social, la restricción del comportamiento y la regulación emocional.
Esta parte del cerebro no impide que surjan las emociones. En cambio, funciona suprimiendo su expresión externa.
La risa proviene de una red distribuida por todo el cerebro, en lugar de un único “centro de la risa”. El impulso comienza en las regiones externas del cerebro, pero el impulso emocional proviene de estructuras más profundas del sistema límbico, el centro de procesamiento emocional del cerebro.
El sistema límbico incluye la amígdala, una estructura con forma de almendra que procesa las emociones y asigna importancia emocional a las cosas, y el hipotálamo, que controla funciones corporales automáticas como la frecuencia cardíaca y la respiración.
Una vez que se libera la risa, los circuitos del tronco encefálico (la base del cerebro que conecta con la médula espinal) toman el control y coordinan la expresión facial, la respiración y la vocalización.
Esto hace difícil detener la risa voluntariamente. La corteza prefrontal normalmente controla esta respuesta, suprimiendo la risa cuando es socialmente inapropiada.
Cuando ese control se debilita, debido a una mayor excitación o a señales sociales compartidas, la risa surge como un comportamiento automático, casi reflejo. Ya no es un acto deliberado.
En otras palabras, el impulso de reír y el esfuerzo por contenerse provienen de diferentes partes del cerebro que compiten entre sí.
Cuando algo inesperado o extraño llama tu atención, tu respuesta emocional se activa rápida y automáticamente. Controlarla requiere esfuerzo, consume energía y suele estar destinado al fracaso, especialmente si tienes que mantener el control durante largos periodos.
Cuanto más firmemente intentes controlarla, más activo se mantendrá el detonante en tu atención. Reprimirla no borra el pensamiento; de hecho, lo ensaya y lo mantiene.
La risa no es solo una respuesta al humor. Neurológicamente, también funciona como un reflejo regulador: una forma de liberar la tensión emocional y física.
En entornos con restricciones, tu sistema nervioso tiene pocas vías de escape. No puedes moverte, no puedes hablar, no puedes cambiar mucho de posición ni expresar incomodidad.
Al mismo tiempo, tu sistema nervioso automático se activa ligeramente. Tu ritmo cardíaco aumenta, tu respiración se vuelve más superficial y tu tono muscular se eleva.
Esta combinación reduce el umbral de liberación emocional. Tu cuerpo se prepara para liberar algo.
Una vez que comienza la risa, se activan vías motoras automáticas en el tronco encefálico que no puedes interrumpir fácilmente. Por eso, una vez que la risa se desencadena, a menudo se siente físicamente imparable.
Ya no estás “decidiendo” reír. El sistema ha tomado el control y estás indefenso.
Para muchas personas, el punto de inflexión no es el detonante original. Es el instante en que alguien más lo percibe.
Aquí es donde entra en juego la neurobiología social. Los humanos somos muy sensibles a las señales sociales sutiles: tensión facial, cambios en la respiración, sonrisas contenidas.
Procesamos estas señales rápidamente a través de redes que involucran el surco temporal superior, un surco a lo largo del lateral del cerebro que desempeña un papel clave en la interpretación de otras personas.
Las neuronas espejo (células cerebrales que se activan tanto cuando actuamos como cuando observamos actuar a otros) también nos ayudan a captar estas señales.
Reír juntos representa una alineación emocional compartida. Ese reconocimiento compartido hace dos cosas a la vez. Valida tu propia respuesta (no me lo estoy imaginando). Y elimina la sensación de transgresión solitaria (ya no estás reprimiendo solo).
El sistema de control prefrontal se debilita aún más. La risa se propaga a través del contagio emocional.
En este punto, el detonante original ya no importa. De lo que se ríen es del otro y de lo absurdo de intentar recuperar el control.
Estos momentos suelen desencadenarse por algo visual, pero no tiene por qué ser así. Una palabra mal pronunciada o una frase inesperada pueden provocar la misma respuesta.
Sin embargo, los desencadenantes visuales son especialmente potentes en entornos silenciosos. No se pueden interrumpir ni disimular, y el cerebro puede reproducirlos repetidamente mientras la inhibición esté activa.
Los desencadenantes verbales, en cambio, tienden a compartirse al instante. Que la risa surja depende de la rapidez con la que se pueda restablecer la inhibición social.
La risa “inapropiada” suele interpretarse como grosería o infantilismo. Pero desde una perspectiva neurológica, es una consecuencia predecible de la inhibición emocional prolongada en una especie social.
El cerebro no está diseñado para una inhibición sostenida sin liberación. Cuando la inhibición es lo suficientemente fuerte, y cuando alguien más está presente, la risa se convierte en la vía de escape. Por eso parece imposible detenerse.
*Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia creative commons. Haz clic aquí para leer la versión original (en inglés).
*Michelle Spear es profesora de Anatomía, Universidad de Bristol, Reino Unido.
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