
“Me llamo Bond, James Bond”, es una de las frases del cine que cualquier persona reconoce sin importar la edad. Y es que no importa tu generación, seguro te ha tocado crecer con alguna de las encarnaciones de este superespía pues ya tenemos 27 películas de James Bond con una nueva en camino.
Sin embargo, la historia de este icónico personaje no nace en la pantalla grande. Antes de llegar a ella, apareció primero en una serie de libros creada por Ian Fleming. El autor creó a James Bond a su imagen, aunque con algunos rasgos extras o exagerados.
Ian Flaming nació en Londres en 1908 en una familia marcada por el emprendimiento y la aventura. Su abuelo fundó la banca Fleming & Co. y su hermano se encargó de relatar todos los viajes que tuvo al ser explorador y soldado.
Pero el mismo Ian Fleming trabajó para el servicio de Inteligencia Naval durante la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945). Ahí inició como analista con el grado de teniente, pero pronto ascendió y se encargó de la parte de información.
Y sí, tal y como en las películas de James Bond, Ian Fleming también estuvo en varias operaciones encubiertas. De hecho, su nombre clave era Agente 17F; así que tuvo una vida como espía durante varios años.
Luego de la guerra, Ian Fleming se dedicó al trabajo periodístico en The Sunday Times. Aunque se daba el lujo pasar meses en la ciudad Oracabessa en Jamaica.
Ahí compró un terreno donde construyó su residencia a la que nombró Goldeneye, pues en su tiempo en Inteligencia Naval participó en la operación que llevaba ese nombre. En esa casa fue donde inició la historia del Agente 007: Casino Royale, la cual publicó en 1952.
James Bond rápidamente se convirtió en el estereotipo del playboy de los 50. Solo que este contaba con toda clase de aparatos tecnológicos.
En total, Ian Fleming escribió un total de 14 novelas y dos colecciones de historias cortas de James Bond.
Si eres fan de las películas de James Bond, entonces agradéceles a los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, pues en 1961 compraron los derechos fílmicos de las novelas de Ian Fleming.
Para eso crearon Eon Productions y tan solo un años después llegó la primera aventura del agente a la pantalla grande: Dr. No protagonizada por Sean Connery y dirigida por Terence Young.
63 años después de ese primer filme, el Agente 007 busca una nueva cara para su nueva película.
Eon Productions es quien ha estado detrás de la franquicia de James Bond en el cine; sin embargo, por ahí rondan otros dos títulos que también se inspiran en el trabajo de Ian Fleming.
La primera de ellas es Casino Royale, la cual se estrenó en 1967 por Famous Artists Productions y Columbia Pictures.
Esta más bien es una película parodia del cine de espías, pues hasta el protagonista asegura ser el Bond “original”; aunque aparecen MUCHAS versiones del espía.
La otra oveja negra es la película de 1983 llamada Never Say Never Again, protagonizada por Sean Connery y dirigida por Irvin Kershner.
A pesar de también tener a Sean, esta película fue un proyecto de Kevin McClory, escritor que estuvo involucrado en la novela Operación Trueno de Ian Fleming.
El libro ya había sido adaptado al cine por Eon Productions en 1965. Pero Kevin McClory también tenía los derechos y por eso realizó su propia versión.
Lo especial de ella es que marcó el regreso del actor Sean Connery al personaje luego de 12 años, cuando hizo Diamonds Are Forever en 1971.
No hay duda de que James Bond es de los personajes más icónicos del cine y eso también es en parte gracias a los actores que le han dado vida.
Así que la mejor forma de repasar su historia en el cine es a través de esas interpretaciones.
A pesar de que el personaje hizo primero una aparición en televisión, fue la película Dr. No (1962) la que lo puso en el mapa.
Y no solo asombró al público, pues en ese entonces, Ian Fleming seguía con vida y se impresionó con la interpretación de Sean Connery. Tanto que escribió las demás novelas del 007 apegándose un poco más a la personalidad del actor.
El actor no estaba tan convencido de participar en varias películas con el mismo personaje, pero de todas formas se aventó el paquete y en total hizo seis con Eon Productions:
Hubo un momento donde Sean Connery pensó en dejar la saga para hacer otros proyectos y que la gente ya no lo encasillara en el personaje.
Fue entonces cuando Albert Broccoli decidió buscar a otro actor, pues las películas de James Bond no se detendrían por Connery. Así fue como llegaron a George Lazenby.
Si no lo recuerdas como el personaje, no te culpamos, ya que el modelo convertido en actor solo tuvo la oportunidad de darle vida al agente en una ocasión: On Her Majesty’s Secret Service (1969).
Su mismo agente le recomendó no hacer más películas de la franquicia, así que Eon Productions tuvo que rogarle a Sean Connery para regresara una última vez en 1969.
Luego de la salida de Sean Connery el estudio consiguió al actor Roger Moore, quien supo balancear otros proyectos con la saga del 007.
Y eso se nota a la perfección, pues en total realizó siete películas con el personaje y en una de ellas hasta vimos cómo el agente llegaba al espacio.
Estas son las películas de James Bond con Roger Moore:
Después de ver el éxito de la saga, cualquier actor quería interpretar al agente. Pero Timothy Dalton perseguía ese sueño desde 1967 cuando tenía 21 años.
En ese entonces le dijeron que era demasiado joven, pero fue en 1987 cuando al fin se le hizo entrar a la franquicia con The Living Daylights.
Aunque muchas personas aplaudieron su actuación —que se apegaba más a la personalidad descrita por Fleming en las novelas—, el actor solo estuvo involucrado en dos proyectos:
Debido a problemas legales, Eon Productions se quedó sin hacer más películas de James Bond por un par de años. De hecho, ese fue el motivo por el que Timothy Dalton dejó la saga, pues se involucró en otros proyectos.
En 1995 al fin pudimos ver más del personaje, que era encarnado por Pierce Brosnan. Tal y como Dalton, este actor también fue considerado años antes para el papel, pero fue en los 90 cuando tuvo su oportunidad.
GoldenEye fue un éxito en taquilla y con Pierce Brosnan llegaron un par de cambios al personaje; por ejemplo, ya no fumaba y trataba a sus compañeras como iguales.
Además, tomó elementos de Sean Connery y Roger Moore para hacer una personalidad que equilibrada con encanto y humor.
Pierce Brosnan protagonizó cuatro películas de James Bond:
A pesar de que Pierce Brosnan estuvo tentado a regresar para una quinta película, al final decidió alejarse de la franquicia para dejar que una nueva cara le diera vida a James Bond.
Así fue como entramos en la era de Daniel Craig como el personaje en 2006 con el lanzamiento de Casino Royale. Un proyecto interesante, ya que más bien nos habla del origen del personaje como lo conocemos.
Daniel Craig cumplió con la tarea de darle nueva vida al personaje, pues aunque hubo gente que se quejó cuando lo eligieron, supo demostrar que fue la elección perfecta.
En 2021 llegó No Time to Die, película con la que Daniel Craig se despidió de las películas de James Bond luego de interpretarlo por cinco entregas:
Otro personaje icónico del cine: Así ha sido la evolución de Drácula en el cine
Para esta nueva faceta en la era de James Bond hay varios cambios en la franquicia. Para empezar, aunque EON Productions sigue teniendo los derechos creativos, Amazon MGM Studios, que compró MGM, asumirá el control de la próxima película. Esto incluye el guion, la dirección y la selección del nuevo actor.
La nueva película de James Bond todavía no tiene título ni fecha de estreno confirmada; se encuentra en las primeras etapas de desarrollo con Denis Villeneuve como director y Steven Knight como guionista, la cual buscará un nuevo enfoque para el agente 007, sin Daniel Craig.
De acuerdo a Deadline, la búsqueda por el nuevo James Bond empezará el próximo año (2026), cuando finalice la producción de Dune: Parte Tres. Conocedores del asunto le contaron a ese medio especializado que el director y sus colaboradores buscan “un actor oriundo de las Islas Británicas”. Ajá, nuevamente James Bond será británico.
Repetimos que todavía no hay nadie confirmado, algunos de los nombres que más suenan en redes son Aaron Taylor-Johnson, Callum Turner, Regé-Jean Page, entre otros.
¿A ti a quién te gustaría ver como el nuevo James Bond?

¿Serías una persona diferente si hubieras crecido en otro lugar? Cada vez más investigaciones ayudan a responder esta antigua pregunta sobre la naturaleza y la crianza, y su impacto en tu identidad.
Era una tarde calurosa en el pequeño pueblo cerca de Calcuta, India, y los adultos dormían. Mi prima y yo estábamos sentadas en el suelo comiendo arroz inflado con aceite de mostaza cuando volteó hacia mí y me preguntó: “¿Es cierto que en Suecia se come vaca y cerdo?”.
Yo, que por aquel entonces tenía unos 10 años, asentí con vergüenza. “¿Entonces también comen perros y gatos?”, preguntó. Era una pregunta perfectamente lógica. Si se puede comer un mamífero de cuatro patas, ¿por qué no otro?
Habiendo crecido en Suecia, aunque de madre india, no era algo en lo que hubiera pensado antes: el vegetarianismo era poco común en aquella época, sobre todo en Europa, y los niños suecos estaban acostumbrados a ver a las vacas como fuente de alimento.
Mi prima, en cambio, era una apasionada de los animales y tenía la costumbre de rescatar a las criaturas que percibía en peligro. No comía carne.
Mis visitas a India estuvieron llenas de momentos así, que me hicieron darme cuenta de cuánto influye la cultura en nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos.
Si hubiera crecido en India, ¿habría tenido una moral diferente? ¿Un sentido del humor diferente? ¿Sueños, aficiones y aspiraciones diferentes? ¿Seguiría siendo yo?
Estas son preguntas que científicos y filósofos se han planteado durante siglos, y ahora un nuevo campo de estudio, la Psicología Intercultural, está comenzando a investigar posibles respuestas.
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En cierto sentido, el ADN de cada ser humano es único y su estructura fundamental (en términos generales) no cambia según el lugar al que vayamos.
Pero el ADN por sí solo no nos define como somos, afirma Ziada Ayorech, genetista psiquiátrica de la Universidad de Oslo, Noruega. Nacida en Uganda, Ayorech se mudó a Canadá a los tres años, pasó la mayor parte de su vida en Reino Unido y luego se mudó a Noruega hace un par de años.
“Cuando pienso en todos los lugares en los que he vivido y cómo han influido en mi perspectiva, intuitivamente me imagino que es imposible que eso no haya marcado la diferencia”, dice Ayorech.
Para explorar esto, los científicos suelen utilizar estudios que comparan a gemelos idénticos, que comparten un ADN casi idéntico, con gemelos no idénticos, que comparten, en promedio, la mitad de su genoma.
De esta manera, si los gemelos idénticos tienen mayor o menor probabilidad de compartir un rasgo que los gemelos no idénticos, esto sugiere que ese rasgo está más determinado por la genética que por el entorno.
En un amplio análisis llevado a cabo en 2015 de casi 50 años de estudios sobre 17.000 rasgos diferentes en 14 millones de gemelos de todo el mundo, que abarcaba desde la educación y las creencias políticas hasta las enfermedades psiquiátricas, los científicos concluyeron que la genética explica, en promedio, solo el 50% de las diferencias.
“Es esa combinación de naturaleza y crianza la que nos define y contribuye a nuestras creencias y culturas”, afirma Ayorech. “Por lo tanto, no podríamos tener esa misma combinación en otro lugar”.
El entorno influye más en algunos rasgos que en otros, por supuesto. Las investigaciones demuestran que el coeficiente intelectual es, en promedio, más del 50% hereditario, con la salvedad de que la genética desempeña un papel más importante en etapas posteriores de la vida que en la infancia.
Mientras que los rasgos de personalidad son hereditarios en aproximadamente un 40% y, por lo tanto, están más influenciados por el entorno (esto no significa que el 40% de la extroversión de una persona se deba a sus genes, sino que el 40% de las diferencias en extroversión en una población en su conjunto se pueden explicar por la genética).
Aunque Ayorech es bastante extrovertida, afirma que Noruega favorece menos las expresiones extrovertidas con las que está familiarizada. Por ejemplo, es menos probable que uno inicie una conversación espontánea con un desconocido en las calles de Oslo. Esto la ha cambiado, afirma.
“Si comparas mi versión de vivir aquí en Noruega con la de vivir en Reino Unido, sería justo decir que ahora soy menos extrovertida”, afirma Ayorech. Pero dada su composición genética, es poco probable que pierda por completo su extroversión.
Sigue gravitando inconscientemente hacia actividades que fomenten interacciones más espontáneas, añade Ayorech. “Tendemos a buscar entornos acordes con nuestros rasgos genéticos”.
A su vez, esta combinación moldea nuestro cerebro con el tiempo, permitiéndonos desarrollarnos como personas. Las vías neuronales se forman y consolidan a medida que integramos experiencias, según Ching-Yu Huang, psicóloga intercultural de la Universidad Nacional de Taiwán. Ella argumenta que la cultura es una “parte absolutamente crucial” de la persona en la que nos convertiremos.
“Habrías sido una persona diferente si hubieras crecido en Taiwán”, me dice con seguridad. “El cerebro que tienes ahora sería muy diferente si hubieras nacido y crecido en Taiwán, incluso teniendo el mismo ADN”.
Vivian Vignoles, psicóloga intercultural de la Universidad de Sussex, coincide: “Creo que la gente tiende a sobreestimularse con el aspecto genético”, afirma. “Sean cuales sean tus genes, necesitas un entorno específico para que afloren”.
Si bien la idea básica de que la cultura influye en cómo las personas se perciben a sí mismas cuenta actualmente con un sólido respaldo en psicología, a mediados del siglo XX sorprendió a algunos psicólogos, dice Vignoles.
Durante mucho tiempo, los científicos habían asumido que la psicología humana era universal y que los resultados de estudios sobre el comportamiento humano realizados en Estados Unidos y Europa serían válidos en todo el mundo.
Sin embargo, al estudiar y comparar la psicología de otros lugares, Vignoles y otros han descubierto que no es así.
Por ejemplo, los experimentos sugieren que las personas en Occidente tienden a ser más individualistas y se perciben más a sí mismas en función de sus rasgos personales -como ser graciosos, inteligentes o amables- en comparación con las personas en Japón, que tienden a ser más colectivistas y tienden a definirse en función de sus roles sociales, como ser padre o estudiante.
En un estudio que comparó escáneres cerebrales, los occidentales mostraron que la parte del cerebro responsable de la autoconciencia se activaba al pensar en sí mismos, mientras que los participantes chinos también lo hacían al pensar en sus madres.
En pruebas similares, Huang y sus colegas analizaron si los hijos de inmigrantes de origen chino en Inglaterra (que habían llegado al país desde diferentes partes de la República Popular China, Hong Kong, Taiwán, Vietnam y Malasia) percibían la autoridad de forma diferente a la de los niños ingleses no inmigrantes y a la de los niños taiwaneses que habían vivido toda su vida en Taiwán.
Todos los niños de los tres grupos tenían la misma probabilidad de obedecer a sus padres, pero los niños taiwaneses eran más propensos a hacerlo incluso cuando se mostraban inicialmente reacios, en comparación con los inmigrantes chinos criados en Inglaterra.
Huang argumenta que esto probablemente se deba a que las culturas taiwanesa y china valoran la obediencia y el respeto a los padres, mientras que los niños cuyas familias habían emigrado a Inglaterra probablemente se vieron influenciados por la cultura del Reino Unido para volverse más individualistas.
Un estudio de 2022 que comparó pruebas de rasgos de personalidad en 22 países reveló que las personas que vivían en un grupo de países con culturas que priorizan la autodisciplina -como Albania, India, Alemania, Francia, Hong Kong y China- obtuvieron puntuaciones más altas en medidas de responsabilidad y organización.
En cambio, los países con culturas más igualitarias, flexibles e individualistas -como Canadá, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia, Reino Unido, Irlanda, Noruega y Filipinas- mostraron mayores niveles de afinidad y apertura a la experiencia.
Investigadores también identificaron recientemente que las culturas occidentales son más propensas a ser monumentalistas, considerando el yo como algo estable e inmutable, como un monumento, afirma Vignoles.
Las culturas flexibles, comunes en los países del este asiático, por otro lado, consideran el yo como algo más maleable.
Otra diferencia cultural es el grado en que las personas perciben el contexto. Un estudio pidió a los participantes que describieran una serie de escenas submarinas y descubrió que los participantes occidentales se centraban más en objetos individuales, mientras que los japoneses enfatizaban el contexto más amplio, como el color del agua circundante o la relación entre los diferentes objetos.
“Existe evidencia de que en las culturas occidentales, en particular en la estadounidense, las personas tienden a atribuir ese comportamiento a las características de la persona más que a la situación”, afirma Vignoles.
En la sala de espera de un dentista, añade Vignoles, un occidental tiende a interpretar a una persona que parece ansiosa como ansiosa en general, en lugar de simplemente como alguien ansioso por una extracción dental en ese contexto.
Sin embargo, estos resultados siempre deben tomarse con cautela, agrega, ya que es extremadamente difícil desentrañar el comportamiento, la personalidad, la cultura y muchas otras influencias que impactan en este ámbito, y aún queda mucha investigación por realizar en este campo.
Por ejemplo, un creciente número de estudios sugiere que la visión binaria este-oeste del individualismo frente al colectivismo es “demasiado simplista”, dice Vignoles, y que el colectivismo que se manifiesta en muchas de estas pruebas probablemente sea más una característica del desarrollo económico que de la cultura.
Es más, las mediciones del individualismo en un país pueden pasar por alto variaciones importantes entre grupos o individuos específicos de esa nación.
Y muchos estudios en este ámbito se basan en respuestas autodeclaradas de personas, que no siempre son precisas, en lugar de pruebas estandarizadas objetivas.
Quizás la pregunta de si seríamos la misma persona en una cultura diferente sea, en última instancia, una cuestión filosófica que cuestiona el concepto del yo.
Una encuesta en línea realizada en 2020 a filósofos angloparlantes reveló que el 19% apoyaba la idea de que cada individuo es un animal específico, resultado de un espermatozoide y un óvulo específicos, y que no son los pensamientos, sentimientos o recuerdos los que lo hacen ser quien es.
“Desde esta perspectiva, incluso si se borraran tus recuerdos, seguirías siendo la misma persona”, explica Philip Goff, filósofo de la Universidad de Durham.
De igual manera, alrededor del 14% apoyaba las teorías que sugieren que el yo no es biológico, sino que está encapsulado en algo parecido a un alma, y que eso es lo que nos hace ser quienes somos, sin importar dónde hayamos crecido.
De hecho, los estudios muestran que muchas personas creen tener un “yo verdadero” que es fundamentalmente moralmente bueno, y que esto no debería cambiar según su lugar de residencia.
Pero otros filósofos sostienen que el entorno también moldea la identidad esencial de una persona, una teoría denominada constructivismo social.
De hecho, la política también parece influir. En un experimento, investigadores pidieron a personas con diferentes opiniones políticas que evaluaran la moralidad de un hombre cristiano que se sentía atraído por otros hombres.
Las personas que se identificaron como liberales pensaron que el hombre actuaba según su verdadero yo, mientras que las que se identificaron como conservadoras creyeron, en cambio, que iba en contra de su verdadero yo cristiano.
El propio Goff cree que existe una especie de “unidad fundamental” de células y partículas -y que la consciencia está intrínsecamente integrada en este hardware- que nos define como personas, sin importar dónde crecemos. Pero esto probablemente cambie con el tiempo a medida que crecemos y maduramos.
“Estos son solo conceptos humanos de lo que es una ‘persona’ o un ‘yo'”, dice Goff. Probablemente no haya una respuesta definitiva, dice, sobre si “esa persona en una circunstancia muy diferente sería yo o no”.
Para quienes han crecido en más de una cultura, es difícil superar la sensación de que los seres humanos son, en gran medida, producto de su entorno social.
Aunque es difícil saber exactamente quién habría sido yo si hubiera pasado toda mi vida en ese pueblo a las afueras de Calcuta, estoy bastante segura de que tendría algunos indicios.
Este artículo apareció en BBC Future. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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