
Cuba enfrenta una crisis que se ha acercado rápidamente a una catástrofe humanitaria. En las últimas semanas se ha generado una crisis energética como resultado de la presión de Estados Unidos sobre los países que exportaban petróleo a Cuba, en particular Venezuela y México. Esta presión ha provocado una interrupción casi total del suministro de crudo, que durante años fue la principal fuente de combustible para la generación eléctrica, dejando a la isla con reservas que podrían agotarse en cuestión de días exacerbando apagones, limitando servicios básicos y tensando aún más la capacidad del Estado para responder a las necesidades de la población. De acuerdo con diversos reportes, el objetivo de esta campaña para bloquear la venta de crudo a Cuba es provocar una crisis con el fin de detonar un cambio de régimen en La Habana.
La crisis energética en Cuba es resultado directo de la presión de Estados Unidos sobre los principales proveedores de petróleo de la isla. Esta situación ya se veía como una posibilidad tras las operaciones militares estadounidenses en Venezuela, e incluso se puede analizar en el marco de la política exterior estadounidense enfocada en el dominio hemisférico y en contrarrestar la influencia de China en la región. Tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, Washington intensificó la presión para frenar los envíos de crudo venezolano, una fuente tradicional de combustible para la isla. Asimismo, bajo amenazas de aranceles se ha presionado a países como México para que suspendan sus exportaciones de petróleo a Cuba. El resultado de estas acciones es que el gobierno en La Habana se ha quedado prácticamente sin suministro de petróleo, poniendo al país al borde del colapso.
Ante esta situación, el presidente Miguel Díaz-Canel ha reconocido la gravedad de la crisis, anunciando medidas de emergencia y describiendo las tensiones como un “bloqueo energético” que está afectando el transporte, la actividad económica, la producción agrícola y el funcionamiento de servicios básicos. Asimismo, diversos organismos internacionales, incluida la Organización de Naciones Unidas, han alertado sobre un posible colapso humanitario si la escasez de energía no se alivia pronto, señalando que la falta de combustible afecta desde la salud hasta la seguridad alimentaria.
Esta crisis ha tenido efectos profundos y cada vez más visibles en la vida cotidiana de millones de personas. La escasez de combustible ha provocado apagones prolongados en amplias zonas del país, con cortes de varias horas al día y una red eléctrica operando en modo de emergencia ante la falta de insumos esenciales. Además, la escasez del combustible para aviones ha llevado a aerolíneas internacionales a suspender vuelos a la isla y ha motivado la evacuación de turistas extranjeros, lo que ha golpeado fuertemente al sector turístico, uno de los pilares de la economía cubana y una fuente clave de divisas necesarias para el comercio internacional.
Este estado de crisis no es un fenómeno nuevo en la historia reciente de Cuba. La isla ya vivió una situación comparable durante el “Período Especial” en los años noventa, tras la caída de la Unión Soviética, cuando el país perdió de forma abrupta su principal proveedor de petróleo, financiamiento y comercio. Aquel episodio mostró hasta qué punto el funcionamiento del Estado cubano dependía del apoyo soviético que, una vez interrumpido, desencadenó apagones masivos, escasez generalizada y una contracción económica severa.
Los efectos de este antecedente no pueden entenderse sin comprender el embargo estadounidense, que desde la década de 1960 limitó la capacidad de Cuba de integrarse plenamente en los mercados internacionales, acceder a fuentes de crédito y diversificar sus socios comerciales. En la práctica, el embargo empujó a La Habana a una relación de dependencia estructural con la Unión Soviética como ancla económica y comercial. El resultado fue una vulnerabilidad sistémica, pues cuando el respaldo soviético desapareció en 1991, Cuba no tenía amortiguadores externos suficientes para compensar la pérdida del apoyo soviético. Esta política ha tenido efectos profundos y multifacéticos sobre la economía y el desarrollo de la isla. Los efectos de las sanciones han obstaculizado el acceso a mercados internacionales, inversión extranjera y bienes básicos, afectando sectores clave como el acceso a salud, tecnología, infraestructura, turismo y comercio general, lo que impacta negativamente a la población y afecta el desarrollo económico de Cuba.
Algo clave para entender es que el embargo no se limita solamente a restringir el comercio entre Cuba y Estados Unidos. En la práctica, opera como un bloqueo más amplio que limita la participación de empresas extranjeras, incluso cuando no son estadounidenses. Asimismo, el embargo funciona también como un bloqueo financiero, porque limita el acceso de Cuba al sistema internacional de pagos, incluidas redes bancarias vinculadas al sistema SWIFT, lo que encarece o obstaculiza transacciones financieras internacionales, restringe la inversión y complica el acceso al crédito y al dólar como moneda de cambio internacional. Esto reduce la capacidad de Cuba de importar insumos esenciales como combustibles, maquinaria y tecnología, incluso desde terceros países.
Esto ocurre porque el embargo ha sido diseñado como un mecanismo que disuade o incluso penaliza la participación de terceros países y empresas en la economía cubana. Una herramienta central para lograr esto son las sanciones, que extienden el alcance del bloqueo más allá de las fronteras estadounidenses. Bajo este contexto, las compañías extranjeras que hacen negocios con Cuba pueden enfrentar multas, restricciones de acceso al mercado estadounidense o incluso el bloqueo para operar en el sistema bancario y financiero internacional, lo que en la práctica desalienta inversiones y transacciones con la isla de la mayoría de empresas y países. El efecto acumulado es una reducción de la inversión extranjera, así como una restricción del acceso al dólar y, con ello, de la capacidad del país para importar insumos esenciales como combustibles, maquinaria y tecnología, incluso desde terceros países.
Aunque el embargo estadounidense ha sido un factor perjudicial constante para la economía cubana, no es la única causa ni puede explicar por sí sola la compleja crisis que enfrenta la isla. Pues, como tal, el embargo no explica por sí solo las fallas del gobierno cubano ni su incapacidad para responder a las constantes crisis. Y esto no es algo nuevo, desde la década de los 1960 la economía cubana dependió enormemente de la producción de monocultivos como el azúcar, que eran destinados en gran medida al mercado soviético, lo que redujo los incentivos para industrializarse y ampliar o diversificar su economía. Y es que, pese a intentos aislados y poco sostenidos, Cuba no consiguió transformar su base productiva ni romper con un modelo económico poco diversificado y centrado en actividades de baja productividad. Este estancamiento se vio agravado por otros problemas estructurales, entre ellos el peso desproporcionado del aparato militar, un sistema político articulado alrededor de un liderazgo paternalista y una dependencia prolongada de los subsidios y apoyos de la Unión Soviética. Con el tiempo, todos estos factores terminaron consolidando las debilidades estructurales de la economía cubana.
Esta dependencia hizo que la caída de la URSS fuera particularmente catastrófica para Cuba. Cuando ese sostén desapareció de forma abrupta a inicios de los noventa, la isla enfrentó un colapso económico inmediato. Este antecedente es relevante porque revela una vulnerabilidad estructural que el gobierno cubano no logró corregir del todo, incluso después de estabilizarse parcialmente con el desarrollo del turismo a fines de los 1990. Aun teniendo claro que el embargo estadounidense constituía una restricción permanente y previsible, el país no logró construir amortiguadores suficientes para reducir su impacto. En lugar de avanzar hacia una industrialización sostenida y una diversificación productiva, Cuba mantuvo una economía estructuralmente frágil, marcada por bajos niveles de inversión y una infraestructura que no pudo modernizarse de forma consistente.
En ese marco, las presiones recientes para limitar los flujos de crudo hacia Cuba exponen el problema estructural de fondo y es que el sistema económico cubano entra en crisis debido a factores externos si interrumpe la compra de insumos y el comercio con socios estratégicos de los que depende la economía, y por ende el funcionamiento del Estado y del aparato productivo del país. En los noventa, el golpe provino de la pérdida súbita de la relación económica que La Habana mantenía con Moscú tras la desintegración de la Unión Soviética. Hoy la situación presenta un patrón comparable, aunque con mecanismos distintos. Las actuales restricciones financieras y las presiones derivadas de sanciones estadounidenses han limitado el acceso de Cuba al crudo extranjero, sobre todo venezolano y mexicano.
El resultado es un cuello de botella que se traduce rápidamente en un colapso en cadena, pues una menor generación eléctrica implica menor producción industrial, interrupción de cadenas de suministro internas, caída del transporte de bienes y personas, y un deterioro acelerado de la capacidad estatal para garantizar servicios básicos. A la par que la pérdida del turismo provocada por la cancelación de vuelos restringe aún más la capacidad del gobierno cubano de acceder a dólares, por lo que, a su vez, se limita más la capacidad de comprar insumos del extranjero.
La actual crisis en Cuba no puede leerse únicamente como un episodio coyuntural de escasez, sino que se tiene que entender como el punto de convergencia entre presiones externas deliberadas y vulnerabilidades internas acumuladas. Por un lado, el endurecimiento del embargo y la presión estadounidense sobre terceros países para limitar el suministro de crudo han impactado severamente las capacidades de La Habana de mantener los servicios y bienes básicos. Pero, por otro, este shock externo golpea a un sistema que ya venía debilitado por años de subinversión, deterioro de infraestructura, rigideces burocráticas y una estructura productiva incapaz de generar divisas suficientes para sostener importaciones estratégicas.
En este contexto, la crisis energética se ha transformado en una crisis humanitaria, ya que el petróleo es indispensable para sostener la infraestructura eléctrica de la isla, de la cual dependen el funcionamiento de servicios básicos y el acceso cotidiano a bienes esenciales. Sin energía eléctrica la población vive entre apagones constantes que colapsan o paralizan los sistemas de bombeo y la potabilización de agua, el sistema hospitalario y la cadena de frío de medicamentos, la conservación y distribución de alimentos, el transporte público, las telecomunicaciones y la actividad económica en general. El resultado de esta crisis no es solo un menor crecimiento económico o la escasez de algunos productos, sino un deterioro directo de condiciones de vida de la población. Cada interrupción eléctrica prolongada reduce capacidades logísticas, eleva los costos de vida, profundiza la vulnerabilidad y acelera dinámicas de precarización de la población. Y es que más allá de las filias y fobias que puede llegar a detonar el gobierno cubano es necesario considerar que quienes más sufren la crisis humanitaria que se desarrolla es la población cubana.
* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.

El mandatario ucraniano afirma que en las negociaciones persisten problemas difíciles, mientras Rusia sigue llevando a cabo nuevos ataques contra instalaciones energéticas del país invadido.
El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, afirmó que Estados Unidos desea que la guerra con Rusia termine en junio, y añadió que ambas partes fueron invitadas a ese país para conversar la próxima semana.
“EE.UU. propuso por primera vez que los dos equipos negociadores, Ucrania y Rusia, se reunieran en EE.UU., probablemente en Miami, dentro de una semana. Confirmamos nuestra participación”, declaró el mandatario.
No hubo comentarios inmediatos de Washington ni de Moscú, pero el presidente estadounidense, Donald Trump, ha estado presionando para que se ponga fin al conflicto desde que asumió el cargo hace más de un año.
Mientras tanto, Rusia ha continuado sus ataques contra la infraestructura energética de Ucrania, provocando nuevos apagones generalizados durante el gélido invierno.
En declaraciones publicadas el sábado, Zelensky informó a la prensa sobre lo ocurrido durante la segunda ronda de conversaciones de paz mediadas por EE.UU. en Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos), que finalizaron el viernes sin ningún avance.
Zelensky afirmó que “los asuntos difíciles siguen siendo complejos”, incluyendo las concesiones territoriales con las que se presiona a Ucrania para que las haga.
El mandatario dijo que las partes discutieron, por primera vez, la posibilidad de una reunión trilateral entre líderes, no solo representantes, pero advirtió que “se necesitan elementos preparatorios para ello”.
Al preguntársele si se había fijado un plazo para un acuerdo, el líder ucraniano respondió: “Los estadounidenses dicen que quieren tener todo listo para junio”.
“¿Por qué antes de este verano? Entendemos que sus problemas internos tendrán un impacto”, agregó Zelenski sin dar más detalles sobre cuáles son esos problemas.
Mientras las gestiones diplomáticas siguen, también continúan los ataques rusos contra la infraestructura energética de Ucrania.
“Criminales rusos llevaron a cabo otro ataque masivo contra las instalaciones energéticas”, escribió el ministro ucraniano Energía, Denys Shmyhal, en Telegram.
Las subestaciones, que controlan el flujo eléctrico, y las líneas eléctricas aéreas que “forman la columna vertebral de la red eléctrica de Ucrania” fueron atacadas, afirmó Shmyhal.
También fueron atacadas centrales eléctricas, aseguró el funcionario.
El operador estatal de energía de Ucrania, Ukrenergo, declaró que “el déficit energético aumentó significativamente” como resultado de los últimos ataques.
Shmyhal afirmó que se había solicitado a la vecina Polonia suministros eléctricos de emergencia.
Por su parte, Zelensky escribió en redes sociales que el ataque del viernes por la noche involucró a más de 400 drones y 40 misiles. Los sistemas de defensa aérea interceptaron la mayoría, pero no todos, admitió el ejército ucraniano.
“Los principales objetivos fueron la red eléctrica, las instalaciones de generación y las subestaciones de distribución”, declaró, añadiendo que se habían reportado daños en al menos cuatro regiones.
En la región occidental de Lviv, la central eléctrica de Dobrotvir fue atacada, dejando a miles de personas sin electricidad, según el jefe regional, Maksym Kozytskyi.
Al menos 6.000 personas se quedaron sin electricidad debido a los cortes de luz programados cada hora, añadió.
La central eléctrica de Burshtyn también fue atacada en la cercana región de Ivano-Frankivsk.
DTEK, que gestiona las centrales de Dobrotvir y Burshtyn, declaró que se trataba del décimo “ataque masivo” contra sus centrales eléctricas desde octubre de 2025.
“En total, las centrales térmicas de DTEK han sido atacadas por el enemigo más de 220 veces desde el comienzo de la invasión a gran escala”, añadió la compañía en Telegram. Rusia lanzó su operación hace casi cuatro años.
Se reportó la muerte de una persona en la región de Rivne y varias heridas en Zaporizhia. El presidente de Rivne, Oleksandr Koval, afirmó que también hubo daños en viviendas e infraestructuras críticas.
En Kyiv, los residentes volvieron a refugiarse en estaciones de metro.
“Nos obligan a vivir en condiciones inhumanas. Sin calefacción, sin electricidad”, declaró a Reuters, Oksana Kykhtenko, una de las refugiadas en el subterráneo.
Un ataque con drones en la ciudad de Yahotyn, a unos 10 kilómetros de distancia de la capital, provocó un incendio en un complejo de almacenes, según informaron los servicios de emergencia ucranianos.
Ucrania también ha atacado a Rusia, en específico una fábrica de componentes de combustible para misiles en la región occidental de Tver, según informes de prensa que citan a funcionarios de seguridad ucranianos.
Más al sur, en la región de Saratov, un depósito de petróleo también fue atacado, según Ucrania.
Rusia no ha hecho comentarios sobre ninguno de los últimos ataques.
Moscú reanudó sus ataques contra la infraestructura energética de Ucrania el lunes, tras una pausa de una semana que el presidente estadounidense, Donald Trump, había pedido a Vladimir Putin ante el intenso frío en Ucrania.
DTEK afirmó que los ataques combinados con misiles y drones causaron “el golpe más contundente” a la infraestructura en lo que va de año.
“Moscú debe ser privada de la capacidad de usar el frío como palanca contra Ucrania”, escribió Zelenski en la red social X el sábado, en respuesta a los últimos ataques.
Rusia también ha acusado a Kyiv de no tomarse en serio la búsqueda de una paz duradera. El ministro rusos de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, culpó el viernes a Ucrania del tiroteo contra un general de alto rango del ejército ruso, afirmando que su objetivo era “interrumpir el proceso de negociación”.
Aún se desconoce quién estuvo detrás del tiroteo.
Unos 55.000 soldados ucranianos han muerto desde que Rusia lanzó su invasión a gran escala en febrero de 2022, declaró Zelensky a principios de esta semana.
Por su parte, la BBC ha confirmado los nombres de casi 160.000 personas que han muerto combatiendo del lado ruso.
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