
Durante años, la economía global funcionó bajo una lógica relativamente clara: producir donde fuera más barato y eficiente. Esa etapa quedó atrás. Hoy, el crecimiento económico se define menos por costos y más por seguridad, resiliencia y control de insumos clave. La rivalidad entre Estados Unidos y China es la expresión más visible de ese cambio. No se trata solo de comercio o aranceles, sino de quién puede sostener su modelo productivo en un entorno incierto. En ese nuevo mapa, la energía se trasladó de ser un tema técnico para convertirse en una condición indispensable para la inversión.
La energía cumple hoy un papel más amplio que en el pasado. Por un lado, sigue siendo un insumo básico. Sin electricidad suficiente, confiable y a precios competitivos, no hay manufactura moderna, centros de datos ni logística eficiente. La viabilidad de muchos proyectos depende directamente de ello. Pero además, la energía funciona como un ancla macroeconómica. Los choques energéticos se reflejan rápidamente en inflación, finanzas públicas y estabilidad financiera. Las economías que no pueden absorberlos enfrentan mayor volatilidad y menor margen de maniobra.
Finalmente, la energía se ha convertido en una señal institucional. Las reglas del sector energético revelan qué tan predecible es un país, qué tan estables son sus políticas y qué tan confiable resulta invertir a largo plazo. Para muchas empresas, esta señal pesa tanto como los costos laborales o la cercanía a los principales mercados de consumo a nivel global.
Estados Unidos y China han tomado rutas distintas, pero comparten un objetivo: atraer y retener inversión productiva. Estados Unidos ha puesto el énfasis en resiliencia y seguridad energética. Busca reducir dependencias, asegurar suministros y ofrecer certidumbre a largo plazo para que la inversión se quede o regrese. La energía forma parte de su estrategia de competitividad. China, por su parte, conserva ventajas de escala. Controla segmentos clave de la manufactura energética y domina varios eslabones de insumos intermedios. Su modelo privilegia el control y la continuidad, lo que le permite seguir siendo un actor central en las cadenas globales. Ambos modelos son intensivos en energía. Y ambos compiten, de forma directa, por el mismo capital.
Aunque el debate público suele centrarse en discursos o alineamientos políticos, la decisión de inversión es más concreta. Las empresas buscan lugares donde puedan operar sin interrupciones, cumplir estándares internacionales y planear a largo plazo. En ese proceso, la energía actúa como un filtro previo: si no hay certidumbre energética, la inversión se pospone o se redirige. No es una decisión ideológica. Es una decisión de riesgo.
México parte de una posición particular. Está profundamente integrado con Estados Unidos, participa en cadenas globales donde China sigue siendo relevante y mantiene fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos. Sin embargo, la inversión privada lleva años enfrentando debilidad. Eso sugiere que el problema ya no es macroeconómico, sino estructural. El principal cuello de botella aparece en el sector energético.
México no carece de potencial energético. Lo que enfrenta es incertidumbre. Reglas que cambian o se interpretan de forma discrecional, capacidad limitada en generación y transmisión, y procesos administrativos largos elevan el riesgo percibido. El resultado es un fenómeno silencioso: la inversión no se va, pero tampoco llega con la fuerza necesaria. La economía entra así en un equilibrio de baja velocidad. Todo parece estable, pero nada despega.
Contrario a una percepción extendida, la inversión privada no busca subsidios ni privilegios. Busca reglas claras, previsibilidad y una relación funcional con el Estado. Cuando esas condiciones existen, el capital fluye. Cuando no, se queda en espera. La inversión responde a reglas, no a narrativas.
En los próximos años, la política energética será, en los hechos, política de crecimiento. La revisión del marco comercial norteamericano y la fragmentación global hacen que la ambigüedad regulatoria deje de ser neutral. En un mundo más competitivo, la falta de claridad se convierte en una desventaja. México no tiene que elegir entre Estados Unidos y China. Pero sí tiene que decidir si su marco energético facilita o bloquea la inversión. Una frontera clara.
La estabilidad macroeconómica es un activo valioso, pero tiene un límite. Sin inversión, no se transforma en crecimiento duradero. Hoy, la energía es una de las fronteras donde se define ese paso. Es ahí donde se revela si un país puede convertir su estabilidad en dinamismo. En esta década, las decisiones de capital no se escriben en discursos, sino en reglas claras y energía confiable. Ahí está el mensaje.
* Víctor Gómez Ayala (@Victor_Ayala) es Economista en Jefe de Finamex Casa de Bolsa, Fundador de Daat Analytics y experto México, ¿cómo vamos?

Sobrevivientes y familiares de las víctimas de la tragedia en España cuentan cómo sucedió el peor accidente de tren del país en más de una década.
Ana viajaba con su hermana y con su perro en uno de los trenes accidentados el domingo por la noche en el peor accidente ferroviario de España en más de una década.
“Algunas personas estaban bien y otras muy mal. Y las teníamos delante, estábamos viendo cómo morían pero no podíamos hacer nada”, le dice a la agencia de noticias Reuters con una herida visible en la cara, mientras cojea en la entrada al hospital.
Ensangrentada y sin saber muy bien cómo, la sacaron del tren otros pasajeros que rompieron las ventanas. A su hermana, que quedó atrapada, la rescataron los servicios de urgencia y está ingresada en observación un hospital de la zona. Del perro, aún no se sabe nada.
Un tren de la compañía Iryo en el viajaban unas 300 personas con destino a Madrid desde Málaga descarriló sus tres últimos vagones e invadió la vía contigua, chocando con otro convoy que cubría la línea Madrid-Huelva y que también descarriló con 184 pasajeros a bordo.
Al menos 39 personas han muerto y decenas más han resultado heridas. La mayoría eran españoles que regresaban a la capital después del fin de semana.
La colisión ocurrió a las 19.45 horas del domingo cerca de la localidad de Adamuz, en la provincia de Córdoba, a unos 360 km al sur de la capital, Madrid. Dejó 122 heridos, 48 de ellos siguen aún hospitalizados y 12 en cuidados intensivos, según los servicios de emergencia.
Momentos antes del accidente, Ana se dio cuenta de que algo pasaba: “Pensé que no era normal, viajo mucho en tren. Ahí fue donde miré a mi hermana, la busqué y es el último momento que recuerdo antes de que todo se oscureciera. De repente, solo oí gritos”.
Sentados en una silla de plástico verde de la sala de espera del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, Ahmed y Karina Tagedi esperan noticias de su hermano.
“Mi hermano se encuentra bien, dadas las circunstancias, con una fractura en la rodilla izquierda, a la espera de ser trasladado a Huelva”, le dice Ahmed a Reuters.
“Había gente muriendo cerca de él. Me contó que una niña le pedía ayuda. No pudo ayudarla porque tenía una rodilla rota y no podía moverse. Ella pedía ayuda. Se siente mal por no haber podido ayudarla”.
Lucas Meriako, describió la experiencia como una “película de terror”.
“Estábamos en el vagón cinco y empezamos a sentir unos golpes en la vía, nada raro, pero de repente los golpes eran más”, relató al noticiero La Sexta Noticias.
“Nos pasó otro tren por al lado y todo empezó a vibrar mucho más, se sintió un golpe atrás y la sensación de que todo el tren se iba a caer… romper”, describió.
Meriako añadió que el impacto del choque rompió los cristales del tren, desplazó las maletas que les cayeron encima a los pasajeros y se empezaron a escuchar los gemidos de los heridos.
En ese momento, según su testimonio, la gente se empezó a mover ya consciente de la situación y a romper los cristales para salir.
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