
A 15 años de la masacre de 72 personas migrantes en San Fernando, Tamaulipas, la justicia sigue pendiente. Solo se han emitido dos sentencias condenatorias, ninguna por homicidio, mientras aún permanecen cuerpos sin identificar, y la versión oficial del caso continúa marcada por inconsistencias e irregularidades en la investigación.
En entrevista con Animal Político, Eduardo Rojas, coordinador de Estado de derecho de la Fundación para la Justicia, explicó que el caso “definitivamente no está resuelto”.
La masacre de San Fernando ocurrió en agosto de 2010 en Tamaulipas, cuando 72 migrantes —58 hombres y 14 mujeres— fueron secuestrados y asesinados.
Este jueves 21 de agosto, la Fundación para la Justicia difundió testimonios que dan cuenta del dolor y la indignación que sigue vigente.
Miriam Carmen Solórzano, madre de Glenda Yaneira Medrano Solórzano, lamentó que tras década y media de lucha sigan sin respuestas. “Ya son 15 años que nosotros queremos justicia y reparación, pero ya pasaron muchos años y nosotros siempre seguimos con el dolor como si fuera el día uno”, dijo.
Recordó que sus familiares migraron buscando un futuro mejor y denunció la indiferencia oficial: “No eran ningunos perritos a quienes mataron, sino que eran personas buenas, que dejaron sus familias”.
La madre acusó además falta de voluntad política y constantes engaños. “Ya sentimos que solo son engaños con nosotros y les pedimos y les exigimos a los gobiernos que se unan y que hagan algo por las familias”, reclamó.

Por su parte, Cruz Alonso Ortiz, padre de María Magdalena, otra de las víctimas, reprochó la impunidad que se ha mantenido en el caso. “Tenemos 15 años y no vemos claro que haya justicia para todos los que murieron y nosotros queremos justicia, no queremos que quede impune todo eso”, expresó.
En su testimonio, subrayó que los migrantes asesinados no eran delincuentes, sino personas trabajadoras que buscaban mejorar sus condiciones de vida. “Ellos iban luchando en la vida para mejorar y ahí murieron. No eran delincuentes”. E hizo un llamado urgente: “nosotros queremos ayuda, justicia, reparación de todos nosotros que estamos vivos todavía”.
Eduardo Rojas subrayó que, aunque la versión oficial atribuye la masacre a Los Zetas, es “probable… que todos estos grupos criminales no operan de forma aislada, sino que forzosamente requieren tolerancia o colaboración de autoridades. Y esa línea de investigación, la fiscalía se ha negado a explorar”.
“Igual resulta que, después de agotarla, se confirma que no existe ninguna responsabilidad. Pero lo que se pide, y es la obligación de la fiscalía, es agotarla, tal cual como ha sucedido en otros casos notorios como el de Ayotzinapa, que existe una resistencia a investigar al Ejército”, enfatizó, comparando el caso con otras investigaciones donde las Fuerzas Armadas han sido “intocables”.
Agregó que, sumado a esto, el expediente presenta graves fallas: declaraciones obtenidas bajo tortura, evidencia procesada de forma irregular y omisión de líneas de investigación clave, como la posible participación de agentes estatales o incluso de otras estructuras criminales, como el Cártel del Golfo.
Como ejemplo de estas irregularidades, expuso que en el sitio donde supuestamente ejecutaron a 72 personas apenas se registraron unos cuantos casquillos, pese a que varios cuerpos tenían múltiples impactos de bala. Además, a las irregularidades procesales se suman contradicciones en los testimonios de los dos sobrevivientes y dudas sobre la fecha real de los hechos, afirmó.

Rojas explicó que uno de los principales retos en la investigación de la masacre de San Fernando es la falta de un enfoque de macrocriminalidad, que implica investigar los delitos graves no como hechos aislados, sino como fenómenos vinculados a redes complejas donde intervienen “el poder político, el poder criminal, el poder económico”, y cuya actuación permite que estos crímenes permanezcan impunes.
En los avances del caso, el integrante de la Fundación para la Justicia detalló que, de las detenciones realizadas hasta ahora, solo dos han derivado en sentencias condenatorias —dictadas en enero pasado y que alcanzaron penas de hasta 82 años de prisión—, pero por los delitos de delincuencia organizada y portación de armas de uso exclusivo del Ejército, no por el asesinato de los migrantes.
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“Entonces, en realidad, son sentencias que no versan sobre esos hechos, que no atribuyen responsabilidades por las violaciones a derechos humanos, por lo que no existe todavía ninguna sentencia por estos delitos”, lamentó Rojas.
Señaló además que “en términos de las familias, no supone ningún avance en ningún aspecto de justicia o reparación. Entonces, al menos para garantizar los derechos de las familias, no implica ninguna diferencia”.
En cuanto a la identificación de las víctimas, explicó que 63 de los 72 cuerpos fueron reconocidos, pero en siete de esos casos se mantienen dudas por parte de los familiares, al no haber certeza sobre los restos entregados, además de que nueve cuerpos más siguen sin identificar.
Rojas aseguró que “a muchas familias se les entregaban restos que no correspondían, por supuesto, a un cuerpo, sino que eran restos, incluso cenizas, y les decían: ‘Bueno, pues esto es lo que queda de tu familiar’”.
El problema en este punto, dijo, es que no existió un proceso de explicación que diera certeza sobre las pruebas realizadas a los restos, por lo que los familiares tuvieron que “creer ciegamente la palabra del personal de la entonces Procuraduría General de la República”.
En lo que respecta a las nueve víctimas que permanecen sin identificar, Rojas dijo que no han podido ser corroboradas “porque es necesario exhumar el cuerpo u otros trámites que han resultado de cuestiones más administrativas o de cooperación internacional, pero que no tienen que ver en sí con el proceso de identificación”.

Por lo que toca a la atención del Estado mexicano hacia las víctimas, Rojas señaló que durante los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y de la presidenta Claudia Sheinbaum sí se han registrado algunos avances, particularmente en materia de reparación.
“En reconocimiento, sí ha habido algunos pasos adelante, que han sido la entrega y la determinación de las compensaciones que se tienen que entregar a las familias. Eso ha ocurrido en estos dos sexenios”, dijo.
Sobre esta reparación del daño, destacó que se ha logrado gracias a la recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y no por sentencias judiciales.
Tras la masacre de San Fernando, dijo Rojas, se impulsaron algunos mecanismos de justicia transnacional para garantizar los derechos de las familias de migrantes víctimas del delito. Uno de ellos es el Mecanismo de Apoyo Exterior, ahora reconocido en la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, instrumento que permite que las embajadas mexicanas funcionen como enlace para que las víctimas indirectas que residen en otros países puedan presentar denuncias, aportar evidencia, solicitar actos de investigación y recibir información sobre sus casos.
Aunque el mecanismo ya cuenta con un protocolo de operación, acotó, aún enfrenta retos importantes: el personal de embajadas y consulados no está acostumbrado a desempeñar estas funciones.
Otro avance ha sido la creación de bancos forenses, previstos en la ley y concebidos como herramientas para centralizar información genética de personas fallecidas o desaparecidas. En teoría, estos registros permitirían vincular restos encontrados en México con familias en Centroamérica u otros países. Sin embargo, la crisis forense del país limita su eficacia.
Tras reconocer este avance en términos de los derechos de los migrantes en México durante los gobiernos de Morena, Rojas recordó la militarización de la política migratoria en México, que se remonta al gobierno de López Obrador, en la que la Guardia Nacional ha sido un instrumento clave en esta estrategia.
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“Algo que hemos podido documentar y que ciertamente nos preocupa ha sido, pues, ya desde también el sexenio pasado, el uso de las Fuerzas Armadas, particularmente en la Guardia Nacional, para ejecutar la política migratoria, en este caso del gobierno estadounidense”, señaló.
“Buena parte de los integrantes de la Guardia Nacional están siendo utilizados precisamente para impedir que las personas migrantes puedan cruzar la frontera tanto en el sur como en el norte”, indicó.

El especialista enfatizó que, aunque estas personas se encuentren en situación migratoria irregular, “eso no los convierte en responsables de la comisión de ningún delito”. Señaló que este despliegue militarizado responde más a un objetivo de control fronterizo en línea con políticas estadounidenses que a la protección de derechos humanos, lo que genera riesgos de violaciones y detenciones arbitrarias.
Por último, Rojas advirtió que el panorama para las personas migrantes en México sigue siendo adverso: la política migratoria se ha militarizado con la Guardia Nacional y prevalecen detenciones prolongadas, violencia y violaciones a derechos humanos, como las que se documentaron en el incendio de la estación migratoria de Ciudad Juárez en 2023.
“Es fundamental seguir documentando estas injusticias y no olvidar que, así como exigimos derechos para los mexicanos en el extranjero, debemos mostrar empatía hacia quienes llegan a nuestro país buscando una vida mejor”, subrayó.

La mujer que llevó su lucha contra el abuso sexual hasta los tribunales falleció en abril de 2025 tras años de batallas personales y judiciales.
En medio del furor desatado por la publicación de los últimos documentos de los archivos Epstein, hay que recordar a una figura que fue clave para que estos documentos acabaran viendo la luz: Virginia Giuffre.
Giuffre, quien murió el pasado abril a los 41 años, fue una de las principales denunciantes de Epstein y su socia Ghislaine Maxwell. El primero se suicidó en la cárcel en 2019 y la segunda cumple una condena de 20 años en EE.UU. por su participación en el tráfico y los abusos sexuales de Epstein.
También denunció por abusos sexuales al príncipe Andrés de Inglaterra, acusación que este siempre ha negado rotundamente.
El pasado octubre, Andrés perdió su título de príncipe tras surgir nuevas revelaciones de sus vínculos con Epstein.
En unas memorias póstumas publicadas a principios de ese mes y tituladas Nobody’s Girl (La chica de nadie), Giuffre reiteró las acusaciones de que, siendo adolescente, mantuvo relaciones sexuales en tres ocasiones con el expríncipe, conocido ahora como Andrew Mountbatten Windsor.
En esas memorias, la mujer también aseguró que había temido “morir como esclava sexual” de Epstein y su círculo.
¿Quién era Virgina Giuffre y por qué fue clave para que el escándalo de abusos de Epstein saliera a la luz pública?
Giuffre nació como Virginia Roberts en 1983 en el estado de California, en EE.UU. Su familia se trasladó más tarde a Florida.
A los 7 años, según relató, fue abusada sexualmente por un amigo de la familia, y su “infancia fue robada rápidamente”.
“Ya estaba tan mentalmente dañada a tan corta edad que huí de eso”, contó en el programa Panorama de la BBC en 2019.
Durante su infancia pasó por varios hogares de acogida. A los 14 años, ya vivía en la calle, donde aseguró que solo encontró “hambre, dolor y más abuso”.
En el año 2000, mientras intentaba reconstruir su vida, conoció a la socialité británica Ghislaine Maxwell.
Giuffre trabajaba como asistente en los vestuarios del resort Mar-a-Lago, propiedad del presidente Donald Trump en Palm Beach, cuando Maxwell le ofreció entrevistarla para trabajar como masajista.
“Corrí hacia mi papá, que trabajaba en las canchas de tenis de Mar-a-Lago. Él sabía que estaba intentando arreglar mi vida, por eso me había conseguido ese trabajo. Le dije: ‘No lo vas a creer, papá'”, recordó.
Cuando Giuffre llegó a la casa de Epstein en Palm Beach, dijo que él estaba acostado desnudo y que Maxwell le dio instrucciones sobre cómo masajearlo.
“Durante ese tiempo me hacían preguntas sobre quién era yo”, recordó.
“Parecían buenas personas, así que confié en ellos, y les conté que había tenido una vida muy difícil hasta entonces: que había sido una niña fugitiva, abusada sexual y físicamente… Eso fue lo peor que pude haberles dicho, porque ahora sabían lo vulnerable que era”, le contó a la BBC.
Lo que esperaba que fuera una entrevista de trabajo se convirtió en el comienzo de años de abuso por parte de Epstein y Maxwell, según su testimonio.
Maxwell fue hallada en 2022 culpable de reclutar y traficar jóvenes para que Epstein abusara de ellas y actualmente cumple una condena de 20 años.
Aunque el nombre de Giuffre se mencionó repetidamente durante el juicio, ella no fue una de las cuatro mujeres que testificaron en el caso. Maxwell negó haberla agredido.
En 2015, Giuffre presentó una demanda por difamación contra Maxwell tras ser acusada de mentir. El caso se resolvió posteriormente con un acuerdo.
En sus memorias póstumas, Giuffre cuenta que, incluso décadas después, recordaba cuánto temía a ambos y afirma que Epstein la sometió a sexo sadomasoquista que le causó “tanto dolor que recé para perder el conocimiento”.
Giuffre también detalla las consecuencias físicas que dicho abuso tuvo en su cuerpo, con ojeras y costillas visibles bajo la piel.
En lugar de ofrecerle atención médica, Epstein se sentía “repugnado” por su apariencia, afirma.
“‘Ya no eres la misma chica que eras’, le dijo Epstein con frialdad. ‘Tienes que adecentarte'”, escribe en el libro.
También describe cómo Maxwell facilitó que le presentaran al príncipe Andrés en marzo de 2001.
Giuffre afirmó que pasó de ser abusada por Epstein a ser “pasada como una bandeja de frutas” entre sus poderosos amigos, mientras la llevaban en jets privados por todo el mundo.
Aseguró que en 2001, cuando tenía 17 años, Epstein la llevó a Londres y se la presentó al príncipe Andrés. Una famosa fotografía que, asegura, fue tomada esa noche muestra al príncipe con el brazo alrededor de Giuffre, con Maxwell sonriendo al fondo.
Giuffre afirmó que, tras acudir a un club nocturno, Maxwell le dijo que “tenía que hacer con Andrés lo que hacía con Jeffrey”.
“Fue una época muy aterradora de mi vida… No estaba encadenada, pero estas personas poderosas eran mis cadenas”, le dijo a la BBC.
En su demanda civil, Giuffre alegó que el príncipe abusó sexualmente de ella en tres ocasiones: en la casa de Maxwell en Londres esa noche, y más tarde en propiedades de Epstein en Manhattan y en Little St. James, en las Islas Vírgenes.
En sus memorias, Giuffre afirma que esa tercera en la isla de Epstein tuvo que participar “una orgía” junto a “otras 8 jóvenes”.
“Las demás chicas parecían ser menores de 18 años y no hablaban inglés. Epstein se reía de su dificultad para comunicarse, diciendo que eran las chicas con las que era más fácil llevarse bien”.
El príncipe Andrés, quien llegó a un acuerdo económico con Giuffre en 2022 después de que esta presentara una demanda contra él en EE.UU. el año anterior, ha negado reiteradamente cualquier delito. En 2019, declaró a BBC Newsnight que no recordaba haber conocido a Giuffre en absoluto y que nunca tuvieron ningún tipo de contacto sexual.
Giuffre contó que para el año 2002 Epstein había perdido interés en ella porque ya era “demasiado mayor” para él.
Aseguró que lo convenció para que le pagara una formación para convertirse en masajista profesional, y que él y Maxwell la mandaron a un curso en Tailandia. A cambio, se esperaba que trajera a su regreso a EE.UU. a una chica tailandesa.
Sin embargo, Giuffre conoció a un hombre durante el viaje, se enamoró, se casó con él diez días después y se mudaron a Australia para formar una familia.
Según su relato, Epstein y Maxwell se quedaron el shock al oír la noticia de que no regresaba a EE.UU.
En 2009 presentó una demanda civil contra Epstein por explotación sexual en la que aparecía bajo el seudónimo de Jane Doe 102. Giuffre llegó a un acuerdo con Epstein en ese caso antes de que fuera a juicio.
Giuffre estuvo casada con su esposo Robert durante más de dos décadas. Juntos, tuvieron tres hijos, con los que vivían en Australia.
Fundó una organización sin fines de lucro dedicada a “educar y abogar por las víctimas de trata”.
A principios de abril de 2025, publicó en redes sociales una fotografía en la que se la veía con moratones y un mensaje en el que decía que le quedaban pocos días de vida tras el choque de un autobús escolar contra su coche.
El 24 de abril de ese año, su familia anunció que Virginia murió por suicidio a los 41 años en Australia Occidental.
La policía de esa región indicó que fue hallada sin vida en su vivienda de Neergabby y que no había indicios de circunstancias sospechosas.
En un comunicado, sus familiares la describieron como una “guerrera feroz en la lucha contra el abuso sexual”, y señalaron que “el peso del abuso se volvió insoportable”.
Añadieron que perdió la vida como consecuencia de una trayectoria marcada por el abuso sexual y la trata de personas.
“A pesar de todas las adversidades que enfrentó en su vida, brilló con luz propia. La extrañaremos muchísimo”, dijeron.
Josh Schiffer, abogado que representa a otra de las víctimas de Epstein, afirmó que Giuffre fue fundamental para exponer al financista y su cómplice. “El caso no habría existido sin su aporte, su cooperación y su valentía al principio, que inspiraron a tantas otras personas a denunciar”, declaró a una cadena estadounidense.
En 2022, después de que condenaran a Ghislaine Maxwell a 20 años de cárcel en EE.UU., Giuffre declaró al New York Magazine: “Definitivamente, esto no ha terminado”.
“Hay muchas más personas involucradas”, aseguró.
Las nuevas revelaciones que están apareciendo del caso Epstein parecen darle la razón.
*Este artículo se publicó originalmente en abril de 2025 y fue actualizado con motivo de la publicación de los nuevos archivos del caso Epstein.
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