
Mis hijos llevan poco en la escuela, no tienen el kinder, porque allá donde vivíamos en el Estado de México y en algunos lugares acá (en la Ciudad de México) nos cerraban la puerta, más que nada por la discriminación, pero ahorita ya van a la primaria”, cuenta José, quien desde hace años habita junto con su familia en una camioneta por falta de recursos suficientes para rentar un cuarto o una vivienda “porque es muy caro, cobran hasta 10 mil o 15 mil pesos y nosotros no tenemos posibilidades”.
Con 37 años, José se dedica a vender hot cakes con su esposa, Érica, en un parque de la alcaldía Venustiano Carranza. Aunque ambos reconocen que les gustaría tener otro empleo que les permitiera aumentar sus ingresos, sólo concluyeron hasta sexto y quinto de primaria, respectivamente, “y es difícil, porque sí hay muchos trabajos, pero piden otros estudios y si no tienes no te lo dan”.
Por ello, su esperanza está puesta en que sus hijos Norma y Juan, de 7 y 10 años —cuyos nombres fueron cambiados para proteger su identidad— continúen estudiando y “tengan un poco más de conocimiento, que tengan otra mentalidad y el día de mañana puedan defenderse y no ser discriminados por no saber leer y escribir, que aspiren a un trabajo mejor al que nosotros tenemos”, agrega José.
A pesar de que en ocasiones no cuentan con recursos para comprar los uniformes o los materiales que se requieren a lo largo del ciclo escolar, los niños han encontrado comprensión por parte de los profesores y director de una primaria que se encuentra cerca de donde está estacionada la camioneta desvencijada en la que viven, donde han cursado tres años de la primaria.
Sin embargo, la asociación El Caracol, dedicada al apoyo de poblaciones callejeras, señala que no hay capacitación ni reglamentación para que las escuelas incorporen y realicen los ajustes razonables para los estudiantes en situación de calle, por lo que su inclusión queda a criterio de las autoridades de cada plantel.

Ante la falta de políticas públicas y ajustes razonables para la inclusión educativa de niñas y niños integrantes de poblaciones callejeras, El Caracol creó la ‘Escuela de las Mariposas‘, con el fin de apoyar a estas infancias.
Georgina Moreno, encargada del proyecto, explica que el objetivo principal es “reducir el rezago educativo de niñeces y adolescencias de población callejera a través de la implementación de un dispositivo móvil con el que llevamos actividades de regularización de español y matemáticas, hablamos de derechos humanos, emociones y salud, con la intención de que puedan ingresar de una manera más sencilla a las escuelas”.
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De acuerdo con la especialista, la prioridad del proyecto es que “no avance el rezago educativo que ya tienen estas niñeces, que ya es muy grande, porque hay niños de 12 años, por ejemplo, que no saben leer porque nunca han ido a la escuela y prácticamente han estado en la calle desde que nacieron”.
Es por eso que cada semana recorren distintos puntos en los que han identificado que viven niñas y niños en situación de calle para llevarles actividades lúdicas con el fin de estimular sus habilidades y conversar con quienes ya están inscritos en la escuela sobre sus experiencias. Uniformados con un chaleco rojo y cargando mesas y bancos se instalan en parques, banquetas o plazas públicas para simular un salón de clases.

En una de estas visitas se encontraron con Norma y Juan, quienes reciben a los educadores de El Caracol en el parque contiguo a su vivienda, pues saben que van para jugar con ellos. Aunque estos niños ya están en la escuela, la asociación les da seguimiento para conocer cómo se sienten y qué avance tienen en los aprendizajes.
Ambos responden que concluyeron el ciclo escolar y que no tuvieron inconvenientes, además de que saben que en caso de algún tipo de maltrato deben acudir a las maestras, al director o con sus padres.
Norma está por entrar a tercero de primaria y Juan a sexto. En el caso de la niña, dice que le gusta aprender matemáticas, mientras que su hermano cuenta orgulloso que le gusta el inglés y que ha aprendido algunas expresiones que incorporó a su lenguaje cotidiano, como “hello”, “thank you” y “good bye”. Ambos esperan con emoción que empiece el siguiente ciclo escolar y durante las vacaciones se inscribieron a un centro comunitario Pilares para entrenar fútbol.
Sin embargo, Georgina Moreno afirma que no en todos los casos la inclusión educativa es así, pues “en algunas escuelas las maestras les dicen a los niños que si llegan tarde sus papás van a llamar a los del DIF, y aunque lo hacen como una broma no entienden que para estas infancias que viven en calle escuchar esto resulta amenazante y les da miedo”, o reciben comentarios despectivos acerca de su higiene y en algunos casos se molestan porque no pueden cumplir con los requerimientos que se hacen para algunas actividades como convivencias y festivales.
“Nosotros intentamos que tengan lo básico, pero a veces tampoco nos es posible todo desde El Caracol y hay escuelas donde nos dicen ‘no es mi problema, deben tener lo que necesitamos’ y no hacen ningún ajuste. En esos casos, tratamos de hablar con las autoridades educativas para que entiendan la situación de las familias, y en algunos planteles incluso hemos llevado talleres de sensibilización para contarles cómo es la cultura callejera y que estos niños necesitan un acompañamiento diferente”, detalla Moreno.

Liliana vive en Chimalhuacán, Estado de México. Actualmente se queda en casa de su madre, pero antes de eso pasó aproximadamente veinte años en situación de calle “porque mi familia no me trataba bien”. Decidió volver a ese domicilio para que sus dos hijos más chicos no tuvieran que pasar por una infancia como sus hermanos mayores, que estuvieron en una casa hogar.
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Aún con el hecho de contar con un espacio de vivienda, sus hijos menores, de 12 y 15 años, no saben leer ni escribir. El ciclo escolar pasado se inscribieron en la escuela nocturna, pero “dejaron de estudiar porque no tenemos para las cosas que les pedían“, ya que sus profesores fueron poco comprensivos con su situación económica y sus dificultades de aprendizaje.
“Mi mamá me acompañó a inscribirlos y no me cobraron nada, pero sí nos pidieron varios materiales que iban a ocupar, y en ese tiempo yo no podía trabajar y lo poquito que sacaba era para darles de comer“, explica Liliana. Además, estaban en una escuela donde estudiaban con adultos, ya que en otros planteles no los aceptaron por su edad “y porque para los maestros estaban muy maleados y muy burros”.
Pese a la mala experiencia, Liliana espera que sus hijos puedan seguir estudiando, para que a diferencia de ella sepan leer y escribir. El menor “quiere ser abogado porque le gusta mucho defender a los niños más chiquitos que él, pero al otro ya se le quitaron las ilusiones de entrar a la escuela y prefiere trabajar para ayudarme”.
“Yo les digo que estudien para que sean algo mejor en la vida, porque quienes no estudiamos para la sociedad no somos nada, pero en ambos casos se complican las cosas”, plantea la mujer de 39 años. Mientras definen si volver a inscribirse a la escuela, ambos jóvenes trabajan como chalanes de albañil y ayudantes de un mecánico de motos.

Casos como este ejemplifican la complejidad que enfrentan las personas de poblaciones callejeras. Al respecto, Moreno subraya que en la cultura de calle “se piensa mucho en la supervivencia de cada día”, pues las personas en esta situación deben pensar en cómo cubrir necesidades básicas, “y entonces entrar en una disyuntiva entre trabajar para comer y quedarse en un hotel o dejar a los niños en la escuela y acompañarles con las tareas, lo que los lleva a dejar de lado las cosas que no son prioridad”.
“La escuela pide muchísimas cosas para que puedas avanzar y depende de quienes están ahí el que puedan hacerlo, si es que tienen disposición para hacer ajustes, desde cosas como que las mamás y los niños se sientan parte de la comunidad escolar, que no los vean feo, pero es algo que queda a consideración de los directivos y maestros, que los apoyen o que los niños se desmotiven para ir, porque aunque nos ha tocado ir a pelear con autoridades escolares el trato con la población es esencial para que se sientan cómodos en un lugar así”, agrega.
“Si las escuelas saben cómo pueden hacer ajustes, pero hasta donde sabemos no hay ningún taller por parte de la Secretaría de Educación Pública (SEP) o de las autoridades educativas de la Ciudad de México que impartan capacitaciones para que sepan acompañar a niñeces que viven en calle o en condiciones de vulnerabilidad, porque sus aprendizajes, por su modo de vida y creencias los lleva a ser de otra manera a como la escuela espera que sean”.
El ciclo escolar pasado, El Caracol acompañó la inscripción y permanencia de 10 niñas y niños en la escuela, y para el siguiente año esperan que sean al menos 15, “un número que parece chiquito, pero que implica mucho trabajo, desde tramitar documentos de identidad, comprar útiles, uniformes” y el apoyo para que continúen asistiendo pese a las dificultades que viven sus familias.
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La encargada de la ‘Escuela de las Mariposas’ detalla que se trata de un proceso en el que participan los educadores de la asociación, las comunidades escolares y la propia población callejera, quienes trabajan en conjunto para que lleven a los niños, se paguen los servicios de comedor escolar, los apoyen con las tareas y tengan los materiales que se piden para las distintas actividades que llevan a cabo.
Para Isabel, de 43 años, este apoyo ha sido crucial para que su hija Silvia esté inscrita en la escuela. Como vendedora de dulces en ocasiones le alcanza el dinero para pagar una pensión en dónde dormir, y otras veces —como ha ocurrido en los últimos meses— se queda en la calle junto con la niña, lo que no ha impedido que esté inscrita en la primaria.

“Salió de segundo de primaria y va a pasar a tercero. En El Caracol me apoyaron para poder inscribirla, a comprar los útiles, con los papeles y me acompañaron a hablar con la directora”, cuenta Isabel. Asimismo, la asociación le permite acudir con la niña para que puedan bañarse y la ayudan a realizar sus tareas, ya que ella no sabe leer ni escribir, aunque junto a otras mujeres de poblaciones callejeras se está capacitando en algunos oficios.
“El apoyo significa mucho para mí, porque quiero darle a mi hija la oportunidad que yo no tuve de que ella salga adelante y consiga su sueño de ser maestra”, concluye Isabel.
Si te interesa contribuir para la inclusión educativa de niñas y niños de poblaciones callejeras puedes donar recursos económicos o en especie a El Caracol, con quienes puedes ponerte en contacto a través de sus redes sociales.

El ejército israelí confirmó los ataques, que se producen durante un alto el fuego que Israel y Hamás se acusan mutuamente de haber roto. La agresión alcanzó apartamentos residenciales, tiendas de campaña, refugios y una comisaría de policía.
Al menos 28 personas han muerto en una oleada de ataques aéreos israelíes en la Franja de Gaza el sábado, según las autoridades locales.
La agencia de defensa civil, gestionada por Hamás, afirma que entre los fallecidos hay niños y mujeres. Añadió que, en uno de los ataques, helicópteros artillados alcanzaron una tienda de campaña que albergaba a personas desplazadas en la ciudad meridional de Jan Yunis.
Los palestinos han calificado estos ataques como los más intensos desde que entró en vigor a principios de este mes la segunda fase del alto el fuego, negociado por el presidente estadounidense Donald Trump en octubre.
El ejército israelí confirmó que se llevaron a cabo varios ataques en respuesta a lo que, según afirmó, fue una violación del acuerdo por parte de Hamás el viernes.
Tanto Israel como Hamás se han acusado mutuamente de violar la tregua desde que entró en vigor el año pasado.
En un comunicado, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) afirmaron que “se identificó a ocho terroristas saliendo de la infraestructura terrorista subterránea en el este de Rafah”, una zona de Gaza donde las fuerzas israelíes están desplegadas en virtud del acuerdo de octubre.
Las FDI afirmaron que, junto con la Agencia de Seguridad de Israel (ISA, por sus siglas en inglés), habían atacado objetivos en varios lugares, entre ellos “cuatro comandantes y otros terroristas”, así como un almacén de armas, una fábrica de armas y “dos bases de lanzamiento pertenecientes a Hamás en el centro de la Franja de Gaza”.
Hamás ha condenado los ataques y ha instado a Estados Unidos a tomar medidas inmediatas, añadiendo que “estas continuas violaciones” confirman que el Gobierno israelí “continúa su brutal guerra de genocidio contra la Franja”.
Afirmó que siete de las víctimas pertenecían a una familia desplazada de Jan Yunis, y un portavoz de la defensa civil añadió que los ataques alcanzaron apartamentos residenciales, tiendas de campaña, refugios y una comisaría de policía.
Funcionarios del hospital Shifa de la ciudad de Gaza dijeron que un ataque aéreo sobre la ciudad alcanzó un edificio de apartamentos, matando a tres niños y dos mujeres.
“Encontramos a mis tres sobrinas pequeñas en la calle. Dicen ‘alto el fuego’ y todo eso. ¿Qué hicieron esos niños? ¿Qué hicimos nosotros?”, dijo Samer Al Atbash, tío de las tres niñas fallecidas, según la agencia de noticias Reuters.
Las imágenes de video y fotografías tomadas a lo largo de Gaza muestran varios cadáveres siendo sacados de entre los escombros y numerosos edificios destruidos.
Los ataques se producen cuando el paso fronterizo de Rafah, en la frontera de Gaza con Egipto, está previsto que reabra el domingo, después de que las Fuerzas de Defensa de Israel recuperaran el cadáver del último rehén israelí a principios de esta semana.
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Egipto condenó los ataques en un comunicado al que ha tenido acceso la agencia de noticias AFP, e instó a todas las partes a “actuar con la máxima moderación”.
La guerra entre Israel y Hamás comenzó tras el ataque liderado por Hamás contra el sur de Israel el 7 de octubre de 2023, en el que murieron unas 1.200 personas y 251 fueron tomadas como rehenes.
Israel respondió lanzando una campaña militar en Gaza, durante la cual han muerto más de 71.660 personas, según el Ministerio de Sanidad de la Franja.
El ministerio afirma que al menos 509 palestinos han muerto desde que comenzó el alto al fuego el 10 de octubre de 2025. También han muerto cuatro soldados israelíes.
Aunque Israel ha cuestionado anteriormente las cifras del Ministerio de Sanidad de Hamás, los medios de comunicación locales informaron de que una fuente de alto rango de seguridad afirmó que el ejército acepta que más de 70.000 palestinos han muerto durante la guerra en Gaza.
Las cifras del Ministerio de Sanidad son consideradas fiables por la ONU y otros grupos de derechos humanos, y han sido ampliamente citadas por los medios de comunicación internacionales.
Israel no permite que las organizaciones de noticias, incluida la BBC, entren en Gaza para informar de forma independiente.
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