
Cada 19 de febrero se conmemora el Día Mundial contra la Homofobia en el Futbol, una fecha que honra la memoria de Justin Fashanu. Te contamos más sobre el origen de esta fecha y reflexionamos en torno a si ha habido un cambio dentro de la cancha.
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En 1990, Fashanu que fue delantero en equipos como el Norwich City se convirtió en el primer futbolista profesional activo en declararse gay.
Su declaración, lejos de abrirle puertas marcó el inicio de un aislamiento brutal: perdió contratos, fue rechazado por compañeros, recibió insultos constantes desde las gradas y fue señalado por la prensa sensacionalista.
La presión mediática, el rechazo en el entorno futbolístico y una acusación judicial en Estados Unidos terminaron por empujarlo al suicidio en 1998.
Fashanu fue el número 99 en la lista de los «500 héroes gays y lésbicos» en The Pink Paper, pero antes de convertirse en un símbolo, Fashanu fue, ante todo un delantero talentoso: en 1981 hizo historia al convertirse en el primer futbolista negro en ser transferido por un millón de libras cuando pasó del Norwich City al Nottingham Forest.
A pesar del trágico desenlace de su vida, hoy es fundamental resignificar su historia: no solo como un símbolo de lucha, sino como un jugador que dejó huella por su talento. Más de tres décadas después, su nombre sigue siendo símbolo de valentía, pero también evidencia de lo poco que ha cambiado estructuralmente el futbol.
Es cierto que hoy existen campañas institucionales, brazaletes arcoíris y discursos oficiales en favor de la diversidad. Sin embargo, cuando el balón rueda, la realidad suele ser otra.
Un ejemplo reciente es el partido entre las selecciones de Irán y Egipto que se jugará en Seattle el 26 de junio de 2026, en el marco del Mes del Orgullo LGBTQ+. El encuentro fue anunciado como un “Partido del Orgullo”, con la intención según el comité organizador de utilizar el fútbol como plataforma de impacto social y cultural que promueva el respeto y la diversidad.
No obstante, la contradicción es evidente: en Irán la homosexualidad está penalizada bajo la ley islámica y puede castigarse incluso con la pena de muerte. En Egipto, aunque no está tipificada explícitamente como delito, se persigue mediante leyes ambiguas que sancionan la “depravación”.
La reacción fue inmediata. Las federaciones de ambos países rechazaron públicamente la designación del encuentro como “Partido del Orgullo”, calificándola como inapropiada.

En México, el grito homofóbico que se escucha en los estadios durante los despejes del portero es otra muestra de lo mucho que falta por transformar.
Su origen se remonta a la década de 1980 en Monterrey, donde los aficionados acompañaban el saque con un “eeeeeh, ¡pum!”. A inicios de los 2000, seguidores de los Rayados de Monterrey modificaron la expresión para convertirla en un insulto dirigido al portero rival.
Con el tiempo, el grito se normalizó como parte del “folclore futbolero”, invisibilizando su carga discriminatoria. Las sanciones internacionales y campañas de concientización no han logrado erradicarlo por completo.
El problema no es solo la palabra, sino lo que representa: una masculinidad hegemónica que equipara lo “femenino” o lo “gay” con debilidad, burla o inferioridad.
La homofobia en el futbol no se limita a declaraciones oficiales. También se expresa en agresiones directas. El caso de Pascal Kaiser, árbitro alemán que pidió matrimonio a su pareja frente a 40 mil espectadores el pasado 15 de febrero es el ejemplo de esto.
Lo que parecía un gesto de amor y visibilidad terminó opacado por una agresión posterior que sufrió tras el evento.
Si, de nuevo el patriarcado haciendo de la suyas. El futbol ha sido históricamente uno de los espacios más rígidos en cuanto a construcción de género.
Se exalta la fuerza, la rudeza, el silencio emocional.
En ese esquema, cualquier gesto que desborde la norma desde pintarse las uñas hasta besarse en la cancha o incluso el hecho de compartir tu orientación sexual puede convertirse en blanco de ataque.
Recordar a Justin Fashanu no es solo un ejercicio de memoria. Es preguntarnos por qué en 2026, todavía son contados los futbolistas en activo que se atreven a hacer pública su orientación sexual.
Es cuestionar por qué los discursos institucionales avanzan más rápido que los cambios culturales reales.
El futbol, que presume ser el deporte más popular del mundo, tiene también la responsabilidad de ser un espacio seguro para todas las personas.
Porque mientras desafiar la heteronorma siga siendo un acto de valentía extrema en una cancha profesional, aún se le debe mucho a la igualdad.

Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, pero la industria estatal ha estado desprovista de inversiones durante muchos años.
Trump afirma ahora que tiene previsto visitar Venezuela, aunque aún no se ha fijado una fecha.
Sus comentarios, realizados el viernes pasado, se produjeron después de que el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, completara un viaje de dos días a Venezuela para ver cómo el país está empezando a reabrir su sector petrolero a las empresas estadounidenses.
La visita de Wright se produjo poco después de que la Asamblea Nacional venezolana aprobara una ley para permitir la inversión privada y extranjera en su industria petrolera, tras dos décadas de estricto control estatal.
A los ojos de Trump, se trata de una gran oportunidad de negocio para el sector petrolero estadounidense: “Vamos a extraer cantidades de petróleo como pocas personas han visto”, afirmó en una conferencia de prensa a mediados de enero, tras una reunión con los directivos del sector energético en la Casa Blanca.
Pero para las empresas petroleras estadounidenses que Trump quiere que inviertan fuertemente en Venezuela, la pregunta es sencilla: ¿salen las cuentas?
William Jackson, economista jefe de mercados emergentes de Capital Economics, afirma que el objetivo del presidente estadounidense es “reactivar el sector petrolero de Venezuela y utilizar esa energía para aumentar la oferta y reducir los costos para el consumidor, lo que posiblemente proporcionaría una fuente de ingresos para que un gobierno venezolano más favorable reconstruyera la economía tras años de mala gestión”.
Sin embargo, para las empresas energéticas estadounidenses hay enormes dificultades prácticas que superar. La petrolera estatal venezolana, Petróleos de Venezuela S.A. (Pdvsa), es una sombra de lo que fue.
Los gobiernos de Maduro y su predecesor, Hugo Chávez, exprimieron la empresa al máximo y utilizaron el dinero para financiar el gasto social en vivienda, salud y transporte, así como una inédita expansión del Estado.
Pero no invirtieron en mantener los niveles de producción de petróleo, que se han desplomado en los últimos años, en parte, pero no solo, debido a las sanciones de Estados Unidos, que ahora podrían revisarse.
“En Venezuela, se trata de una infraestructura que se ha degradado tras muchos años de abandono”, afirma Jackson. “Hace diez o quince años, Venezuela producía 1,5 millones de barriles al día más que en la actualidad”.
Mónica de Bolle, investigadora principal del Instituto Peterson de Economía Internacional, coincide en que PDVSA se encuentra en una situación precaria.
“Hay muchas cosas que hay que desechar por completo y reconstruir desde cero”, afirma a la BBC. “De hecho, si las restricciones políticas no importaran, lo mejor sería desmantelar PDVSA, pero eso no va a suceder”, continúa.
“Es un gran símbolo nacionalista, está ligada a la soberanía. ¿Estarían los venezolanos dispuestos a hacer lo que diga Estados Unidos y rendirse? No lo creo”.
Trump ha pedido a las empresas petroleras estadounidenses que inviertan al menos US$100. 000 millones en restaurar la maltrecha infraestructura de Venezuela, algo absolutamente necesario para que su plan de aumentar las ventas pueda hacerse realidad.
Oficialmente, Venezuela tiene 300.000 millones de barriles de reservas de petróleo, pero en 2023 solo exportó 211,6 millones de barriles, por un valor aproximado de US$4.000 millones.
Comparado con Arabia Saudita, que ocupa el segundo lugar, con 267.000 millones de barriles de reservas, el país de Medio Oriente tuvo exportaciones por valor de US$181.000 millones en el mismo periodo, es decir, 45 veces más.
Así que, al menos sobre el papel, hay margen para mejorar.
Sin embargo, Jackson afirma que existen dudas sobre el verdadero tamaño de las reservas petroleras de Venezuela.
Durante la presidencia de Chávez, Venezuela reclasificó sus reservas. Anteriormente, se pensaba que solo había 80.000 millones de barriles de petróleo extraíble, pero en 2011 la cifra comunicada casi se había cuadruplicado.
Ese cambio estadístico fue posible gracias a los altos precios del petróleo en ese momento, que permitieron que proyectos anteriormente inviables parecieran factibles.
“Hubo un gran salto que la gente ha cuestionado”, afirma Jackson. “Pero ahora el mundo está inundado de petróleo y no está claro que los mismos cálculos sigan siendo válidos”.
Cuando Chávez asumió la presidencia de Venezuela en 1999, los precios del petróleo estaban subiendo. A principios de la década de 2010, un barril solía alcanzar unos US$100, lo que proporcionaba a Caracas mucho dinero para invertir en programas sociales. Pero con los precios actuales rondando los US$65, el país parece menos atractivo como inversión.
El petróleo de Venezuela también es de peor calidad que el de Arabia Saudita. Su crudo ácido y pesado es difícil de extraer y refinar, mientras que su alto contenido en azufre lo hace corrosivo para los oleoductos.
El resurgimiento de la industria venezolana podría plantear problemas a Canadá, que produce un petróleo igualmente viscoso y exporta gran parte de él a Estados Unidos, pero los analistas consideran que el riesgo es menor.
Según un estudio de Capital Economics, el petróleo canadiense debería seguir teniendo un precio competitivo, incluso si aumenta la producción venezolana.
Mientras tanto, la crisis económica de Venezuela ha provocado el éxodo de casi ocho millones de personas que se han marchado en busca de una vida mejor.
Esto incluye conocimientos técnicos esenciales para mantener en funcionamiento las bombas de petróleo: ahora que los ingenieros cualificados que antes trabajaban para PDVSA ejercen su profesión en otros lugares, el sistema sigue funcionando a duras penas con una plantilla mínima.
Thomas Watters, director general y responsable del sector del petróleo y el gas de la empresa de investigación S&P Global Ratings, afirma que las empresas estadounidenses tienen la capacidad de reparar la infraestructura de Venezuela, pero que debe tener sentido desde el punto de vista económico.
“Al fin y al cabo, las empresas petroleras y de gas tienen que aportar valor a los accionistas”, afirma. “Cuentan con muy buenos gestores. Se puede construir cualquier cosa, siempre y cuando se pueda pagar”.
“Pero se necesita un precio del petróleo que lo haga rentable. A menos que se pueda generar suficiente dinero para justificarlo, es muy difícil que la industria se recupere”.
Además, las empresas petroleras estadounidenses ya han sufrido consecuencias negativas por operar en Venezuela en otras ocasiones. En 2007, grandes firmas como ExxonMobil y ConocoPhillips vieron cómo se embargaban sus activos al negarse a permitir que PDVSA tomara el control mayoritario de sus proyectos.
Acudieron a los tribunales internacionales y se les concedieron enormes indemnizaciones por daños y perjuicios -US$8.300 millones en el caso de ConocoPhillips- que nunca se han pagado.
Dado que el actual gobierno venezolano sigue prácticamente intacto, con la vicepresidenta Delcy Rodríguez como mandataria interina, será muy difícil disipar los temores de una nueva expropiación.
Además, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, ha declarado que el gobierno de Trump no tiene previsto ofrecer garantías de seguridad a las empresas petroleras en Venezuela, una omisión preocupante en un país donde los grupos paramilitares vinculados al gobierno, conocidos como “colectivos”, suelen actuar como bandas criminales.
Sin mayores incentivos gubernamentales, las empresas petroleras se mostrarán reacias a dar un paso que podría resultar muy costoso. No es de extrañar, pues, que el director ejecutivo de ExxonMobil, Darren Woods, haya calificado a Venezuela de “inviable para la inversión” en su estado actual.
Es revelador que Trump no haya vuelto con una oferta de incentivos para promover la inversión. En cambio, amenazó con bloquear la inversión de ExxonMobil en Venezuela. La política es “todo palo, nada de zanahoria”, afirma De Bolle, del Instituto Peterson usando la expresión en inglés que significa “todo castigo, nada de premio”.
“Y no parece que entiendan que necesitan zanahorias”, añade.
En opinión de De Bolle, el gobierno de Trump tiene una “visión imperialista” de América Latina que la lleva a considerar los recursos de la región como de su propiedad. Para ella, la aversión de las empresas petroleras privadas hacia Venezuela es una barrera bienvenida a ese tipo de apropiación de recursos.
“Es un momento en el que uno piensa: ‘Gracias a Dios que Estados Unidos no tiene una empresa petrolera estatal'”, afirma. “Necesitan al sector privado, pero por el momento, este no se mueve. ¿Y qué empresa en su sano juicio va a invertir dinero en Venezuela?”.
Pero si la producción petrolera de Venezuela acaba aumentando, ¿podría hacer bajar los precios mundiales del petróleo? Los analistas se niegan a pronunciarse.
“Depende de la escala en la que se produzca”, afirma Jackson, de Capital Economics.
“La situación es muy fluida, muy opaca, y hay un gran ángulo geopolítico. Estamos en las primeras etapas en lo que respecta a la producción venezolana”, apunta.
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