
Para entender mejor
La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) abre un periodo de definiciones clave para la economía mexicana. Lejos de un escenario de ruptura inmediata o de una renovación automática que pueda brindar certeza, especialistas coinciden en que México enfrenta un escenario intermedio: el acuerdo seguirá vigente, pero bajo mayor presión política, uso creciente de aranceles y un entorno de incertidumbre que puede tener efectos sobre la inversión y el crecimiento.
Para dimensionar los escenarios que enfrenta México ante la revisión del T-MEC, prevista para julio próximo, Animal Político consultó a cuatro especialistas en comercio internacional y economía, cuyos análisis permiten anticipar qué puede ocurrir con el tratado y cuáles serían sus implicaciones reales para la inversión, el comercio y la relación con Estados Unidos.

Luis de la Calle, exsubsecretario de Comercio Exterior y uno de los principales negociadores del TLCAN, descarta una salida abrupta de Estados Unidos del acuerdo en el corto plazo. “La probabilidad de que Estados Unidos salga es muy baja”, señala, y recuerda que incluso durante el primer mandato de Donald Trump, cuando amenazó con abandonar el tratado, el resultado fue una renegociación y no una ruptura.
El punto de partida de la discusión es el mecanismo de revisión previsto en la llamada cláusula sunset, que se activa a seis años de la entrada en vigor del T-MEC. Este proceso contempla dos rutas: lograr un acuerdo para extender el tratado por 16 años o, en caso de no alcanzarlo, entrar en un esquema de revisiones anuales sucesivas sin que el acuerdo se cancele.
Para De la Calle, el escenario más probable es que la revisión pase al 2027. “Lo más probable es que lleguemos a junio y probablemente no nos pongamos de acuerdo”, explica. En su evaluación, este resultado concentra la mayor probabilidad frente a una extensión inmediata o una renegociación profunda.
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Carlos Aguirre, profesor de la licenciatura en Negocios Globales de la Universidad Iberoamericana, coincide con la posibilidad de que la revisión del tratado se extienda más allá de este año, aunque esto podría cambiar dependiendo de la “ambición” que Estados Unidos tenga al momento de negociar.
“Como están ahorita las condiciones apostaría a que no lleguemos a un acuerdo en este año y eso lleve a que hagan grupos de trabajo, de evaluación, de implementación, de rediseño y quizá en el segundo año o años posteriores se llegue a un acuerdo”, opina Aguirre.
Desde el punto de vista económico, el mayor riesgo para México no es la desaparición formal del tratado, sino la prolongación de la incertidumbre. Víctor Gómez Ayala, economista en jefe de Finamex, considera que México, Estados Unidos y Canadá pueden alcanzar un acuerdo comercial este 2026, sin embargo, no descarta la posibilidad de que la revisión se aplace a los próximos años, lo cual podría afectar a las inversiones en nuestro país.
“Ese sería el escenario más crítico porque implicaría que los diferentes proyectos de inversión productiva que se puedan desarrollar en la región estarían sujetos a un horizonte de planeación demasiado corto”, explica Ayala sobre las consecuencias que tendría, por ejemplo, en sectores como el energético y el de infraestructura.
El especialista de Finamex subraya que esta incertidumbre ya tuvo efectos visibles, pues, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 2025 la inversión en México se redujo 7 % por el ruido asociado al futuro del tratado y a las tensiones comerciales con Estados Unidos.
El académico Carlos Aguirre también alerta sobre los riesgos de no acordar un T-MEC pronto. “El peor escenario es que en diez años no nos pongamos de acuerdo y ahí serían evidentes las consecuencias para México porque este tratado, aún con todos sus puntos críticos, beneficia profundamente el desarrollo económico de nuestro país”.

Aunque el consenso entre los especialistas es que una ruptura formal del T-MEC tiene bajas probabilidades, la amenaza persiste como una herramienta de negociación y un riesgo latente.
Luis de la Calle estima que la probabilidad de que Estados Unidos abandone el acuerdo es “cercana a cero”, y Víctor Gómez Ayala coincide en que, en la práctica, no es el escenario más probable, aunque sí constituye una “amenaza permanente” en el contexto político actual. Sin embargo, Oscar Ocampo advierte que este escenario, aunque lejano, debe tomarse con “seriedad” y que México debe estar preparado: “Cuando Trump amenaza con ese tipo de cosas, uno tiene que tomarlas en serio“, subraya, alertando que el costo de ignorar estos riesgos puede ser muy alto.
Esta cautela es respaldada por Carlos Aguirre, quien explica que, si bien Trump suele iniciar con posturas excesivas para flexibilizarlas después, no se debe cometer el error de pensar que no cumplirá sus amenazas, ya que “en una de esas lo hace”. Aguirre recuerda que el mecanismo de denuncia existe y, ante un conflicto severo, cualquier país podría activarlo para terminar el acuerdo en seis meses.
No obstante, existen límites estructurales y económicos que frenan una ruptura. Tanto De la Calle como Gómez Ayala destacan el respaldo del sector privado estadounidense: en el proceso de consulta del USTR, de más de 1,500 comentarios recibidos, el 97 % fueron favorables a mantener el tratado tal como está.
Además, Ocampo señala que Trump no puede lograr su objetivo de reindustrializar Estados Unidos si rompe el T-MEC, ya que su industria depende de los insumos y la mano de obra de la región.
Asimismo, una salida tendría un costo político devastador para los republicanos en estados clave del “cinturón del óxido” (Rust Belt) como Michigan. De la Calle recuerda que en el pasado mandato de Trump fueron los intereses agrícolas estadounidenses los que frenaron la salida al hacerle ver que México es un mercado vital para sus productos.

Entre los especialistas existe un consenso claro: lograr la confirmación del tratado por un nuevo periodo de 16 años representa el “ambiente idóneo” para México. Este desenlace brindaría certidumbre y eliminaría la volatilidad.
De lograrse este acuerdo, el tratado se renovaría para extenderse 16 años más, evitando la necesidad de revisiones anuales, lo cual es visto por los especialistas como el desenlace óptimo para el país, aunque advierten que las condiciones actuales lo hacen difícil.
Sin embargo, Luis de la Calle estima que la probabilidad de alcanzar este escenario positivo y resolver la revisión exitosamente es apenas del 25 %, considerando que lo más factible —con un 60 % de probabilidad— es que no se llegue a un acuerdo en junio y se active la dinámica de revisiones posteriores en 2027 y 2028.
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Coincidiendo con esta visión, Ocampo señala que el escenario “más plausible” es que la decisión se patee hasta el siguiente año, dado que lograr consenso en unos meses se ve “poco probable” en este momento. Carlos Aguirre respalda este pronóstico, apostando a que, tal como están las condiciones, no se llegará a un acuerdo este año.
Aunque los especialistas ven este riesgo de incertidumbre, Víctor Gómez Ayala encuentra optimismo en el hecho de que empresas mexicanas, estadounidenses y canadienses apoyan que el T-MEC continúe, lo que podría ayudar a consolidar el acuerdo.
“Hay un apoyo enorme al proceso de integración comercial porque ha traído como consecuencia beneficios económicos para todas las partes. El interés de extender el tratado sobre todo existe, a nivel yo te diría social, entre las empresas que se han beneficiado del proceso de integración”.

Aunque el T-MEC es un acuerdo exclusivamente comercial, factores políticos y sociales podrían provocar que su revisión se extienda por varios años, e incluso si ya hay un acuerdo en este 2025 esos temas podrían generar que el tratado se vuelva a tambalear.
Un ejemplo de esto son los reclamos que Donald Trump ha hecho a México por el flujo migratorio y el tráfico de fentanilo. El presidente estadounidense ha amenazado en varias ocasiones a nuestro país con imponer aranceles o dar por terminado el T-MEC si no duplica sus esfuerzos para atender estas dos situaciones.
Para Víctor Gómez Ayala, el uso de aranceles por parte de Estados Unidos como una herramienta de presión política “es la nueva regla”. Oscar Ocampo identifica esta estrategia como el “sello” de la segunda administración de Trump, utilizada para extraer concesiones no solo comerciales, sino en temas de seguridad y migración.
En este sentido, el académico Carlos Aguirre considera que Donald Trump ha utilizado el T-MEC como una moneda de cambio con México. Esto ha sido posible por un artículo de “seguridad esencial” que establece que el tratado no impide a los Estados parte aplicar las medidas necesarias para cuidar sus intereses esenciales de seguridad.
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“De entrada yo no pienso que vaya a haber, que ni siquiera se va a tocar el artículo que se refiere al tema de seguridad esencial. Yo no creo que vaya a haber un replanteamiento”, prevé Aguirre sobre el artículo que Donald Trump ha utilizado para imponer aranceles pese al T-MEC.
El economista Víctor Gómez Ayala coincide en que el T-MEC ha sido una moneda de cambio para Donald Trump, por lo que considera que lo mejor que podría hacer México es separar “el ruido político” de las mesas de análisis en las que se revisará el tratado.
“Si logra separar el ruido político del proceso de revisión de las mesas técnicas, México tiene muy buenas posibilidades de extender el tratado en aspectos que puedan ser benéficos para la economía mexicana”, indica el especialista.
Además, Estados Unidos no tiene incentivos para retirar estos aranceles en el corto plazo, pues le permiten iniciar cualquier negociación desde una posición de fuerza, dice Ocampo.

Para Carlos Aguirre el “peor de los escenarios” es visualizar a un México que pierda el acceso preferencial a Estados Unidos. Si bien el país no dejaría de exportar, tendría que hacerlo bajo una transición “profundamente compleja” hacia las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que implicaría enfrentar aranceles generales, nuevas medidas sanitarias y procedimientos aduanales que hoy están facilitados por el tratado.
Aguirre advierte que ni China, ni la renegociación con Europa, ni un acercamiento con Brasil permitirían a México conservar la “posición superavitaria” que hoy mantiene con Estados Unidos. Ningún otro acuerdo comercial vigente podría llegar a representar “ni siquiera la mitad” de lo que se exporta al vecino del norte.
Ocampo alerta que en una ruptura total, México tiene más que perder debido a que más del 80% de sus exportaciones dependen de ese mercado, aunque el costo político y económico para Estados Unidos —especialmente para su sector manufacturero y agrícola— sería también “muy grande”.