
Por: Amiel Martínez.
Si tu idea de un museo es un lugar frío donde los guardias te vigilan como si fueras a robarte un cuadro, el Franz Mayer te va a volar la cabeza. Para su directora, Giovana Jaspersen, la era de los museos que “vigilan y castigan” ya terminó; ahora, la apuesta es por la libertad y el afecto.
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Aquí ya no hay regaños por tomarse una selfie, transmitir en vivo para tus redes o incluso darle un beso a tu pareja en plena sala. Se trata de habitar el arte sin pedir permiso.
Para la directora del Museo Franz Mayer tiene una visión que parte de una idea sencilla pero revolucionaria para muchas instituciones culturales: el smartphone no es un enemigo. Es parte de la vida cotidiana, una extensión de lo humano y una vía para hacer accesible el mundo. Por eso, explica, reducirlo a prohibiciones o regaños no genera una mejor experiencia; solo impide que las personas participen con los lenguajes con los que ya se relacionan.
“Los museos no deberíamos de decidir la manera en la que las personas participan o no del espacio de las exposiciones”, dice Jaspersen. En su modelo, el museo crea escenarios, no reglas que limiten o prohíban. Y desde ahí invita a que cada visitante llegue con sus propias formas de ver, registrar, jugar y compartir.

“No es aceptarlo, es voltear a verlo”, dice sobre el uso del teléfono en sala. “Somos un museo, deberíamos de hacer un espacio de diálogo, de escucha, de libertad, de seguridad, de construcción, de vinculación”.
La directora reconoce la investigación de creadores de contenido para redes sociales, influencers especializados y comunidades digitales. No les llama “divulgadores menores”; los ve como productores de información y conocimiento que expanden el ecosistema cultural.
En muchas instituciones, el smartphone es visto como una distracción, pero en el Franz se entiende como una extensión de lo humano.
Hoy, plataformas como Instagram, TikTok o Facebook son parte de la experiencia. No como “propaganda”, sino como lenguajes de participación que amplifican voces, diversifican miradas y conectan a nuevas audiencias. “Es una extensión de lo humano”, explica. Por eso, el museo piensa sus montajes, guiños y dispositivos considerando estos soportes.
Cuando Jaspersen tomó el mando, el Franz Mayer tenía un reto enorme: una audiencia envejecida (de 50 a 60 años) y apenas 80,000 visitantes al año. Dos años después, la cifra saltó a 450,000 visitantes anuales, con una base mayoritariamente joven de entre 20 y 30 años.
Este fenómeno ocurrió porque el museo entendió que las nuevas generaciones no solo quieren ser espectadores pasivos: quieren intervenir, crear contenido y sentir que el espacio les pertenece.
Las nuevas generaciones no solo quieren mirar: quieren participar, intervenir, grabar, compartir, crear contenido y sentir que el espacio también les pertenece. Por eso, explica, el objetivo no es permitir o prohibir, sino reconocer esas prácticas y convertirlas en herramientas de mediación.
“Recuerdo que, cuando recién llegué al museo, alguien regañó a unas personas en una sala porque se estaban dando un beso”, comentó Jaspersen.
A diferencia de la vieja creencia de que la accesibilidad solo se trata de que la entrada sea gratuita, para el Franz Mayer el secreto está en la diversidad de audiencias.
“No es la gratuidad lo que podía hacer que un museo fuera accesible, sino pensar el museo para una gran diversidad de audiencias”, sostiene.
Las personas no están obligadas a conocer algo de antemano: es el museo el que debe generar experiencias cercanas, amables, libres y sociables, capaces de hacer sentir a cada visitante que el espacio le pertenece.
Esa apertura implica también abrazar la cultura popular, la moda, el diseño, la fotografía, la autorrepresentación digital, los creadores de contenido y las nuevas formas de habitar lo cultural. No desde la condescendencia, sino desde la escucha.
Al abrirle la puerta a los jóvenes de hoy, el Franz Mayer asegura su relevancia para las próximas décadas. Al mezclar temas contemporáneos con su acervo del siglo XVII, el museo logra que alguien que va por una exposición de moda termine descubriendo tesoros históricos que nunca imaginó.
. Su experiencia en museos públicos y privados le dice que cuando el eje es la escucha y la participación, la naturaleza jurídica de la institución pasa a segundo plano.
El Franz Mayer diseñó un modelo curatorial pensado como una casa, un “techo” de exposiciones de amplia audiencia que cobija tres exposiciones de especialidad técnica (como diseño, arquitectura o artes aplicadas). La idea es lograr cruces entre públicos, borrar barreras temporales y diversificar voces.
Cualquier museo, afirma, puede volverse un lugar que facilite el diálogo, que reconozca nuevos lenguajes y que construya comunidad. No se trata de renunciar a la conservación, sino de equilibrarla con experiencias significativas para las personas de hoy.
La directora lo resume así: tener una base de visitantes de 20 a 30 años significa audiencia de retorno por las próximas cuatro décadas.
Y ese futuro no se construye prohibiendo, sino escuchando.

Donald Trump dijo que el organismo será “una de las organizaciones más relevantes jamás creadas”. Pero hasta el momento no se sabe con certeza cómo o dónde funcionará.
“El Estatuto ha entrado en vigor y la Junta de Paz ya es una organización internacional oficial”.
Así se anunció la creación del organismo establecido por Donald Trump que, según él mismo, será “una de las organizaciones más relevantes jamás creadas” y de la cual se siente “honrado” de ser su presidente.
“Está funcionando maravillosamente… casi todos los países quieren ser parte de ella”, declaró Trump en la ceremonia de firmas organizada por el presidente estadounidense en Davos, Suiza, durante el Foro Económico Mundial.
Durante la ceremonia, en la que estaban presentes los “miembros fundadores”, incluidos el presidente argentino Javier Millei, el primer ministro húngaro, Viktor Orban, el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, o el presidente de Paraguay, Santiago Peña, Trump elogió sus propias acciones en el frente internacional afirmando que las amenazas a Europa, Estados Unidos y Medio Oriente “realmente se están calmando”.
“Están sucediendo muchas cosas buenas”, señaló. “Hace apenas un año, el mundo estaba en llamas; mucha gente no lo sabía”.
Y agregó que con la Junta de la Paz, “podremos hacer prácticamente lo que queramos”.
La Junta de Paz de Trump se concibió inicialmente para ayudar a poner fin a la guerra de dos años entre Israel y Hamás en Gaza y supervisar la reconstrucción de la Franja.
Sin embargo, una propuesta de estatuto filtró a los medios no mencionaba el territorio palestino y sugería que la organización podría estar diseñada para reemplazar las funciones de las Naciones Unidas.
Pero durante la ceremonia de firmas Trump señaló que la Junta “trabajará en colaboración con las Naciones Unidas”.
A pesar de sus reiteradas críticas al organismo internacional, el presidente dijo que la ONU tiene un “enorme potencial” y afirmó que la combinación de los esfuerzos de la Junta de la Paz y la ONU es “algo único en el mundo” y “el primer paso hacia un futuro mejor para Medio Oriente”.
Dentro del marco de la Junta de Paz se incluye una “Junta Ejecutiva de Gaza”, que será responsable de supervisar todo el trabajo sobre el terreno de un grupo administrativo de Gaza, según la Casa Blanca.
Arabia Saudita indicó previamente que un grupo de países de mayoría musulmana -Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Jordania, Indonesia, Pakistán y Qatar- respaldaba el objetivo de consolidar un alto el fuego permanente en Gaza, apoyar la reconstrucción y avanzar en lo que describieron como una “paz justa y duradera”.
Durante la ceremonia en Davos el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, presentó la Junta de Paz como una “Junta de Acción”.
Afirmó que, si bien la atención se centra actualmente en Gaza, la junta “servirá como ejemplo de lo que es posible en otras partes del mundo”.
También en la ceremonia, Jared Kushner, el yerno del presidente Trump, subió al escenario para presentar el proyecto para una “reurbanización” de Gaza, y mostró diapositivas de cómo podría ser la “Nueva Gaza” bajo los planes estadounidenses.
Las diapositivas mostraban imágenes de rascacielos futuristas junto al mar en la actual Franja de Gaza, con promesas de un “turismo costero” en el futuro.
Durante la ceremonia de firma no se dieron más datos sobre cómo o dónde funcionará el organismo creado por Trump.
Pero en el documento filtrado se dice que la Junta es una organización internacional con el mandato de llevar a cabo funciones de consolidación de la paz según el derecho internacional.
Y también establece que una persona -su presidente- tiene el poder de vetar decisiones, aprobar la agenda, invitar a los miembros, disolver la junta por completo y designar a su propio sucesor.
El estatuto filtrado establece que el organismo entrará en vigor una vez que tres Estados acuerden formalmente su adhesión.
Los Estados miembros tendrían mandatos renovables de tres años y se otorgarían puestos permanentes a quienes contribuyeran con US$1.000 millones, según el documento.
Donald Trump es nombrado presidente —y, por separado, representante de EE.UU.— y tiene autoridad para nombrar a los miembros de la junta ejecutiva y crear o disolver órganos subsidiarios.
La Casa Blanca nombró hace unos días a siete miembros del Comité Ejecutivo fundador de la Junta, entre ellos el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio; el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga; el enviado a Medio Oriente, Steve Witkoff; el yerno de Trump, Jared Kushner, y el exprimer ministro británico Tony Blair.
En la ceremonia de firmas de la Junta estuvieron presentes los líderes y representantes de 19 países, incluidos Argentina, Paraguay, Indonesia, Jordania, Kazajstán, Marruecos, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Turquía.
Un país estuvo notablemente ausente de la ceremonia: Israel, a pesar de que anunció su adhesión al organismo.
El presidente israelí Isaac Herzog se encuentra en Davos, pero un portavoz confirmó que no participaría en la ceremonia, sin dar más detalles.
No está claro cuántos países han sido invitados a unirse al nuevo organismo de Trump. Reino Unido fue invitado pero la ministra de Relaciones Exteriores Yvette Cooper indicó que aún no ha decidido firmar debido a preocupaciones por la participación del presidente ruso, Vladimir Putin.
Otros de los aliados tradicionales de Estados Unidos, como Francia y otras naciones europeas, no han aceptado hasta ahora unirse a la Junta.
Trump afirmó antes de la ceremonia de Davos que Vladimir Putin “había aceptado” una invitación para formar parte del organismo.
El jueves, la agencia estatal de noticias rusa TASS, informó que Putin está dispuesto a transferir los US$1.000 millones en activos rusos a la Junta.
Previamente se había informado que los fondos para la participación de Putin en la Junta podrían provenir de activos rusos congelados en EE.UU.
China, por su parte, confirmó que había sido invitada a unirse, pero aún no ha manifestado su disposición a participar y se dijo que había expresado serias dudas sobre el organismo, en particular por el papel de la ONU.
“China siempre ha practicado el verdadero multilateralismo. Independientemente de cómo cambie la situación internacional, China defiende firmemente el sistema internacional centrado en la ONU”, declaró el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Guo Jiakun, a la prensa en Pekín esta semana.
Los medios estatales chinos fueron un poco más críticos y cuestionaron si la Junta estaba “realmente a favor de la paz”, a la vez que plantearon la preocupación de que el presidente estadounidense estuviera creando un “club privado o una junta directiva corporativa con un costo de mil millones de dólares”.
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