
Una menor de edad dio a luz durante los primeros días de 2026 en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. La niña no pesa más de 40 kilos, mide alrededor de 1.20 centímetros y las labores de parto le provocaron un aplastamiento de la vejiga y la uretra, así como lesiones en otros tejidos internos.
En México, los embarazos infantiles representan una de las expresiones más graves de desigualdad. Tan solo en 2024 se registraron 92,660 nacimientos en adolescentes de 15 a 17 años y casi 8,000 nacimientos en niñas de 10 a 14 años, según datos de la Secretaría de Salud. Es decir, cada día, 21 niñas menores de 15 años se convirtieron en madres.
“La mayoría de estos embarazos nacen en contextos de violencia sexual o coerción y ocurren dentro del entorno familiar o comunitario”, afirma la activista Aleida Ruiz Sosa, originaria de Oaxaca. “La falta de acceso a educación sexual integral, servicios de salud reproductiva y mecanismos de denuncia seguros contribuye a que estas situaciones se repitan y permanezcan invisibilizadas, especialmente en comunidades rurales e indígenas”.
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Al momento de su ingreso hospitalario, la menor acreditó con documentos oficiales tener 11 años, aunque el medio La Jornada informó que en realidad tiene 13, pero que fue registrada dos años después de su nacimiento.
“Es importante diferenciar la infancia de la adolescencia: hasta los 12 años se es una niña y hasta los 18, una adolescente”, explica Ninde MolRe, abogada especializada en género y directora de la organización México Igualitario. “El embarazo infantil siempre debe ser percibido como un símbolo de violencia sexual; en tanto, el adolescente, en algunos casos, puede ser producto del ejercicio de la sexualidad, pero ambos son sinónimo de una situación de riesgo para la vida”.
Por ello, en 2014 el gobierno de México implementó la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA), el cual promete erradicar los embarazos en menores de 15 años para 2030. Pero, en realidad, las estadísticas no han disminuido.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID), durante el trienio de 2020 a 2023 —datos más actuales—, la tasa específica de fecundidad para mujeres de 15 a 19 años fue de 45.2 nacimientos por cada 1,000. Esta tasa se intensifica según ciertas características de la población, particularmente cuando las madres presentan un menor nivel de escolaridad, habitan en localidades rurales y hablan una lengua indígena, como lo muestra el siguiente gráfico:

“La omisión de estos casos por parte del Estado mexicano puede leerse como racismo estructural. Pero es importante resaltar que no se trata de estigmatizar a las comunidades, sino de analizar las desigualdades que enfrentan las infancias y juventudes frente a estos temas”, señala Irazú Gómez, antropóloga feminista e integrante de la red Aborta Libre Chiapas.
Aleida Ruiz Sosa explica que “estos embarazos violentan a las mujeres de múltiples maneras: limitan su crecimiento social y económico, aumentan el abandono escolar, interrumpen sus proyectos de vida y, evidentemente, continúan perpetuando desigualdades”.
“Otros puntos importantes son la salud física y mental de las menores. En estas edades, el cuerpo femenino no es capaz de soportar un trabajo de parto que no traiga consigo malas consecuencias tanto para la madre como para la o el recién nacido”, destaca Ninde MolRe en entrevista con El Sabueso.
El riesgo de morir por causas relacionadas al embarazo, parto y posparto se duplica si las niñas quedan embarazadas antes de los 15 años, revela un artículo de la organización Plan Internacional. En las madres, aumenta el riesgo de aborto espontáneo, obstrucción del parto, hemorragia posparto, hipertensión relacionada con el embarazo y afecciones debilitantes durante toda la vida, como la fístula obstétrica.
Mientras, los bebés que nacen de madres adolescentes tienen más probabilidades de nacer muertos, prematuros o con bajo peso y corren mayor riesgo de morir en la infancia, debido a la corta edad de la madre, según el mismo artículo.
Conforme a lo estipulado en la NOM-046-SSA2-2005 sobre violencia familiar y sexual contra las mujeres y en el Código Penal del Estado de Chiapas, el cual tipifica al delito de pederastia en su artículo 235 y establece que toda cópula con una persona menor de 14 años —aún sin violencia— constituye un delito: este caso debió ser atendido de manera inmediata como un supuesto de violencia sexual. Pero no fue así y las y los menores de 15 a 17 años continúan desprotegidos por la ley en ese estado.
De acuerdo con un pronunciamiento de la Red Estatal de Aborta Libre Chiapas firmado por organizaciones civiles, colectivas nacionales e internacionales y activistas, la menor ingresó al Hospital de San Cristóbal de las Casas con trabajo de parto activo y, por complicaciones médicas, este derivó en una intervención quirúrgica por cesárea. Previamente, también fue atendida en el Hospital de la Mujer de San Cristóbal.
“En ambos hospitales se debieron aplicar inmediatamente los protocolos de atención a niñas y adolescentes por tratarse de un caso de posible violencia sexual”, denuncia el pronunciamiento. Cabe destacar que, posterior al parto de la menor, personal de trabajo social denunció el caso ante la Fiscalía General del Estado, la cual activó una investigación por posibles delitos relacionados con violencia sexual y cohabitación forzada.
La carpeta de investigación iniciada por la fiscalía pone atención especial en un joven de 18 años que se identificó como esposo de la menor de edad y tras la denuncia desapareció, expone información de la organización de periodismo con perspectiva de género CIMAC.
Esto no es un hecho aislado, de acuerdo con una ficha informativa del Sistema de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA) solicitada por El Sabueso, en el caso específico de embarazos en menores de 15 años registrados en 2023, 37.9 % de los padres tenía 18 años o más al momento del nacimiento. Mientras, en otro 39.7 % de los casos no se cuenta con información sobre la edad del padre.

Sobre estos datos, Lorena Villavicencio Ayala, titular del SIPINNA, resalta que el total de casos en los que no se especifica la edad del padre es preocupante, pues señala faltas en el registro y la protección. “Las niñas no consienten, las niñas deben ser protegidas”, defiende.
“Cuando una menor de edad se convierte en madre y el padre es un adulto, estamos frente a una situación de asimetría de poder y violencia sexual. En ese contexto, no podemos hablar de una relación entre iguales ni de una decisión libre y consentida de la niña”, asegura la titular del SIPINNA.
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De acuerdo con el gobierno de México, los matrimonios infantiles son más frecuentes en las comunidades indígenas y rurales, que se rigen por usos y costumbres, donde se practican por motivos culturales, económicos o religiosos, lo que los hace un fenómeno normalizado.
A pesar de que desde junio de 2019 México prohibió el matrimonio infantil, en distintas entidades aún se practica la unión libre infantil —cualquier convivencia informal similar al matrimonio en la que al menos una de las personas involucradas es menor de 18 años.
“Aunque el gobierno sancione estas acciones a nivel nacional, en comunidades rurales de Oaxaca y Chiapas todavía existen usos y costumbres que no se refieren al matrimonio conforme a la ley, pero sí bajo rituales, tratos o incluso la venta o cambio de menores”, expone la abogada Ninde MolRe.
De hecho, la misma ficha informativa del SIPINNA revela una evolución respecto al porcentaje de casos de unión libre infantil: mientras en 1990 correspondía a 41.1 % de los registros, en 2020 acumuló 95.6% de estos.
“Desgraciadamente, el punitivismo no llega hasta estas comunidades. Por ello, es importante que el gobierno se enfoque en implementar campañas de información sexual, actividades educativas y mecanismos de denuncia en estas comunidades”, añade la activista Aleida Ruiz Sosa.
Respecto al tema, la titular del SIPINNA afirma: “Estamos impulsando que la política pública llegué a donde la desigualdad sigue empujando a las niñas a la maternidad forzada. Defendemos que no se puede normalizar lo que es violencia”.
Después de que el caso de la niña chiapaneca se volviera mediático, la Secretaría de Salud emitió una tarjeta informativa en la que no reveló la edad de la menor, afirmó que se encuentra estable y fuera de peligro; respecto al recién nacido, explicó que debido a su edad gestacional —de 34 semanas— su condición es delicada, por lo que permanece hospitalizado.
Aunque en agosto de 2025 la Secretaría de Mujeres reconoció que “el embarazo en niñas y adolescentes no debe ser normalizado ni visto como una elección personal consciente y se debe ver y entender como una manifestación de violencia sexual en la mayoría de los casos”, no se ha pronunciado al respecto.
El Sabueso solicitó una postura sobre el caso a la Secretaría de Mujeres, pero hasta la publicación de este Te explico no hemos obtenido respuesta.
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A lo largo de más de 100 años de desarrollo petrolero tradicional en Venezuela, se han descubierto alrededor de 75.000 millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos petrolíferos, entre los que se incluyen 28 yacimientos petrolíferos gigantes.
El petróleo venezolano ha ocupado las portadas de todos los medios del mundo en estos primeros días de 2026, tras la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por tropas de EE.UU. y las palabras de Donald Trump sobre la riqueza petrolera del país sudamericano.
No es casualidad que Venezuela sea un país petrolero: su posición geográfica, su historia tectónica, la extensión de sus cuencas sedimentarias y la interacción entre clima, relieve y tiempo geológico crearon condiciones únicas para generar y preservar hidrocarburos a escala mundial.
Venezuela está dividida en dos mitades en sentido geológico. Cada parte queda a un lado y a otro de la cordillera de los Andes que se extiende por el oeste y suroeste del país, atravesando los estados de Táchira, Mérida y Trujillo. En esta cadena montañosa destacan el Pico Bolívar, con más de 5.000 metros sobre el nivel del mar, y la Sierra de Mérida.
La existencia de grandes cadenas montañosas en conjunción con cuencas planas tienen mucho que ver en la formación de yacimientos y en cómo se acumuló el crudo a lo largo de los años.
Y aunque las condiciones de su subsuelo son similares a las que se dan en otras potencias petroleras, incluidas su vecina Colombia, unos pocos factores geológicos extremadamente raros son los que llevaron al terreno venezolano a crear la Faja Petrolífera del Orinoco, considerada la mayor acumulación de hidrocarburos del mundo, y los yacimientos del Lago de Maracaibo.
Esas mismas características provocaron, a lo largo de los siglos, que el crudo venezolano sea extrapesado y ácido, rico en azufre y difícil de procesar.
“El crudo pesado -como el de Venezuela- es especialmente importante para la producción de diésel y combustible para aviones”, explica Mauro Ratto, cofundador y director de inversiones, Plenisfer Investments, parte de Generali Investments.
“No es bueno ni malo, simplemente es que tiene otros usos distintos de los que puede tener el crudo ligero. Así es como hay que expresarlo. Es un producto diferente”, dice a BBC News Mundo el geólogo y profesor de la Universidad de Virginia Tech, Philip Prince.
¿Por qué Venezuela tiene tanto petróleo?
“Se debe a la forma en que está configurada. Además de tener una roca madre realmente buena y una roca reservorio excepcional, todo encaja a la perfección para tener estos grandes recursos petrolíferos en tierra firme en un volumen tremendo”, responde Prince.
Venezuela se sitúa en el borde norte de América del Sur, en una zona de interacción compleja entre la placa tectónica Sudamericana, la placa del Caribe y la de Nazca.
Este contexto tectónico ha generado cuencas sedimentarias profundas, sistemas de fallas, pliegues y trampas estructurales que acumulan el petróleo a la espera de ser descubierto. Son los elementos geográficos ideales para la acumulación.
“Las placas tectónicas se empujan entre sí. El borde de la placa sudamericana está siendo tragado bajo la placa del Caribe, como si se tratase de una máquina quitanieves apilando roca que tiene literalmente kilómetros de espesor. Por eso, se forman cuencas que se llenan de sedimentos”, cuenta Prince.
“El choque tectónico entierra la roca madre y genera el petróleo, y luego el petróleo migra a esas nuevas capas de sedimentos y se abre camino hacia la parte exterior”, añade.
Lo que el profesor nos describe que los choques tectónicos crean cadenas montañosas elevadas que permiten que los sedimentos que contienen el petróleo se desplacen como si volcáramos un plato hacia uno de sus lados. Ese lado que recoge todo es, por ejemplo, la Faja del Orinoco o los yacimientos del Lago de Maracaibo.
“Las vastas reservas del país se explican quizás mejor si se reconoce que las cuencas actuales son remanentes de áreas sedimentarias mucho más amplias que probablemente alimentaron las trampas geológicas. Esta historia implicó migración y remigración a larga distancia”, escribió el geólogo K. H. James en un artículo en el Journal of Petroleum Geology.
Básicamente, ese cinturón petrolero del Orinoco es casi como si fuera el lugar al que ha ido a parar todo el petróleo de las profundidades de la cuenca.
Desde sus inicios en la década de 1910 y hasta 1975, la industria petrolera venezolana estuvo operada por empresas privadas, lideradas por las legendarias empresas de la época: Shell, Exxon, Chevron, Mobil, Texaco, Gulf Oil, Sinclair y Phillips, por mencionar algunas.
El primer gran descubrimiento petrolero fue el campo Mene Grande en la cuenca occidental de Maracaibo en 1914. Desde entonces y hasta 1917, se descubrieron varios yacimientos importantes, incluyendo el legendario y gigantesco Campo Costero Bolívar, todos en el occidente de Venezuela.
En la Cuenca Oriental, la producción comercial de petróleo comenzó en 1937 con el descubrimiento del yacimiento de Oficina. A finales de la década, Venezuela producía 560.000 barriles diarios y se había convertido en el tercer mayor productor mundial de petróleo, después de Estados Unidos y la Unión Soviética.
A lo largo de más de 100 años de desarrollo petrolero tradicional en Venezuela, se han descubierto alrededor de 75.000 millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos petrolíferos, entre los que se incluyen 28 yacimientos petrolíferos gigantes.
Pero sus enormes reservas se crearon hace cientos de millones de años.
“En el subsuelo venezolano hay una secuencia gruesa de rocas sedimentarias de grano fino que se deposita en el agua y tiene mucho contenido orgánico. Esta es la fuente del petróleo. Tiene pequeños cuerpos, un poco de plancton y algas, cosas microscópicas que utilizan la fotosíntesis en el agua del océano para vivir. En realidad, esos son los ingredientes iniciales del petróleo”, explica Prince.
Es decir, hace millones de años, existían pantanos prehistóricos con abundantes algas y fitoplancton, y esos materiales se acumularon y acabaron enterrados. Las reacciones químicas a largo plazo, bajo altas presiones, convirtieron toda esa materia orgánica descompuesta en petróleo.
El otro de los elementos indispensables para la formación de los enormes yacimientos es la roca madre del Cretácico, que se encuentra por todas partes en Venezuela, es de muy alta calidad y tiene un enorme potencial para generar petróleo.
“En Venezuela, la roca reservorio es una buena arenisca. Es realmente muy buena para retener el petróleo en el subsuelo y además vemos todas estas fallas que son vías excelentes para trasladar el petróleo a estas pequeñas estructuras geológicas que llamamos trampas, situadas básicamente para recogerlo bajo tierra, de modo que se pueda perforar y extraer”, concluye el geólogo.
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